Pálpito de un corazón vil [Parte 1]

¡Buenas! Como el antiguo foro de rol ha sido cerrado, y solamente me quedaba una parte de la serie de relatos que estaba escribiendo, os escribo los 3 anteriores para que podáis releerlos (o leerlos si no lo habíais hecho) para que os cuadre más o menos la última parte. Disfrutadlo corazones :kissing_heart:

De las cenizas del bosque…

-Mamá, ¿por qué no puede haber paz entre los orcos y nosotros? -la joven kaldorei de apenas cinco décadas mostraba un rostro risueño mientras su madre, Danara, cepillaba el níveo cabello de Azeli.

-Puede que sí la pueda haber, hija -aún le resultaba extraño llamarla así. Hija-. Quizá algún día, orcos y kaldorei lleguemos a convivir juntos en los frondosos bosques de Vallefresno, e incluso, bajo la copa del mismísimo Teldrassil.
La niña soltó una risilla infantil que logró dibujar una sonrisa en el rostro de su madre.

La siniestra cazadora de demonios se paseaba por el campamento orco con demasiada parsimonia. Una hilera de pieles verdes, y algún que otro sin’dorei y tauren, se encontraban arrodillados y encadenados con magia Vil. Las gujas de la cazadora brillaban con un fulgor esmeralda que provocaba expresiones de terror en algunos de los prisioneros. Otros, en cambio, permanecían impertérritos y cabizbajos. Su esperanza se había desvanecido, y no se atrevían a mover un solo músculo. Era una escena impactante e inédita: una veintena de miembros de la Horda encadenados por la magia de una cazadora de demonios. La hermosa kaldorei se detuvo ante uno de los orcos cabizbajos, y levantó su mentón con su mano derecha para mirar a los ojos a aquel ser que le parecía tan repugnante.

-Dime, piel verde. ¿Crees que puede haber paz entre los tuyos y los míos? -la kaldorei se hallaba en cuclillas mientras sonreía al orco, esperando su respuesta. La voz de la elfa estaba cargada de odio.

-La Jefa de Guerra sabrá de este sucio ataque de la Alianza, y vuestros cadáveres servirán de combustible para alim… -la cazadora chasqueó la lengua y, con un rápido movimiento, arrancó uno de los ojos del orco, que se quedó chillando de dolor y cubriéndose la cuenca. La cazadora jugueteaba con el globo ocular entre sus dedos, y cuando se hartó, cerró su puño y dejó que el humor vítreo corriera entre sus manos.

-¿Tan difícil te resultaba decir un simple “No”?

-Y mamá, ¿por qué los orcos y nuestros hermanos se odian tanto?
Danara apretó la trenza de Azeli antes de atar una cuerdecilla al extremo para que el elaborado peinado no se deshiciera.

-Cielo, los orcos asaltaron nuestras tierras, y talaron la mayoría de la flora. Fue un ataque directo y sin escrúpulos. No aprecian la vida, y nosotros solo nos defendimos de los invasores.

-Pero, ¿no es acaso la Legión más peligrosa que los orcos? Y la Legión es enemiga de todos, de elfos y de orcos por igual.

Danara no pudo evitar pensar en su querida hermana.

La cazadora atravesó con su guja el cuello de un sin’dorei. Volvió su vista demoníaca hacia atrás, e identificó las siete cabezas que ya había degollado. Cogió la cabeza del sin’dorei y la lanzó con el resto, no sin antes sacarle los ojos. El proyectil chocó contra el montoncito de cabezas, rompiendo el equilibrio del susodicho y haciendo rodar algunas de las cabezas. Ninguna de ellas conservaba los ojos.

-¡Eres un monstruo cobarde! ¡Enfréntame en combate, despreciable ser!¡Te daré una muerte mucho más rápida de la que nos estás dando! -un orco bastante corpulento se enderezó como pudo. La elfa frunció el ceño, y sus viles orbes se encendieron de odio.

-¿Monstruo cobarde? ¿Y lo dices tú, que sigues a esa hija de perra moribunda a la que llamáis “Jefa de Guerra”? -la cazadora torció su muñeca y liberó al orco de las cadenas. Se agachó para tomar un hacha de guerra cercana y la deslizó hasta los pies del orco-. Me divertiré con tu muerte.

El honorable y bravo soldado recogió el arma del suelo, y se levantó con un rápido movimiento. Apretó los dedos alrededor del mango y escupió al suelo. Lanzó un gutural grito de guerra en su lengua y cargó contra la cazadora con el arma alzada. Un rápido movimiento por parte de la cazadora cortó el brazo derecho del orco, y el enorme hacha de guerra cayó al suelo junto con el orco. Del hueco que ocupaba antes su brazo salía sangre a borbotones. El orco trataba de taparse la herida con la otra mano, y la cazadora observaba el espectáculo.

-Tanta rabia solo para morir desangrado… Podrías haber tenido una muerte más rápida e indolora, piel verde -dio tres zancadas para situarse frente al rostro del moribundo orco. Tomó la larga coleta que salía de su cabeza y tiró hacia arriba para observar los ojos del orco-. Jamás habrá paz entre nuestros pueblos. Recuerda el nombre de Araenna allá donde vayas -la cruel elfa soltó el cabello del orco y se dirigió hacia los prisioneros-. ¿Alguien más desea mostrarme la patética forma de luchar que tenéis en la Horda?

-¿Y cómo os defendisteis de tantos invasores orcos?

-Pues verás, cielo. Las Centinelas y varios grupos de druidas defendieron con sus vidas nuestros bosques sagrados.

-¿Druidas como papá? -Azeli se dio la vuelta para mirar a su madre. Los ojos de la pequeña brillaban de ilusión.

-Sí, como papá. ¿Te he hablado alguna vez de la Centinela Araenna?

-¿Conociste a una Centinela en persona? -la sorpresa de la niña hizo reír a la elfa.

-Sí, y teníamos una relación cercana. Araenna era hermosa, fuerte, luchadora, cabezona y leal a su pueblo. Igual que tú.

-¡Yo quiero ser una druida como papá! Y venceré a la Legión yo solita.

Danara abrazó a la pequeña mientras ambas reían felices

Solo quedaban tres prisioneros vivos: un orco con vestiduras de brujo, una hechicera sin’dorei y un fornido tauren. La cazadora se dirigió al orco.

-Observa, asqueroso ser -Araenna señaló hacia el norte. Las llamas de Teldrassil podían observarse desde los Baldíos. El Gran Árbol aún ardía, y puede que lo hiciera durante varios meses más-. Tu “honorable” Horda le hizo eso a mi hogar. ¿Crees que merecéis el perdón, o que vamos a arrodillarnos ante vosotros y rendirnos a vuestros pies? -un puño cruzó la cara del orco, y su mandíbula inferior se desplazó varios centímetros hacia la izquierda con un sonoro crujido de huesos.

-Solo seguíamos órdenes de la Dama Oscura -la hechicera pronunció palabra antes de que la cazadora terminara de separar ambas mandíbulas del orco.

Araenna se volvió rápidamente para mirar a la hechicera. Las llamas viles que refulgían bajo la venda que cubría sus ojos se intensificaron mucho. El odio parecía avivar esas terribles llamas.

-¿Órdenes? Habéis arrasado nuestro hogar, habéis prendido en llamas un Árbol del Mundo, habéis acabado con la vida de miles de mis hermanos. ¿Y dices que solo seguíais órdenes? -el odio inundaba el interior de Araenna. Introdujo ambas manos en la boca del orco, sujetando con cada mano una de las mandíbulas. Y en un arrebato de furia, separó ambas manos, destrozando el cráneo del orco.
La sin’dorei bajó la mirada al suelo, evitando ver tal espectáculo.

-Estás asesinando, destruyendo hogares y familias. No eres tan distinta de nosotros.

La kaldorei no pudo evitar soltar una larga carcajada. En su rostro se dibujó una sonrisa que no auguraba nada bueno.

-Voy a mostrarte mi lado compasivo -las cadenas de la hechicera se esfumaron con un giro de muñeca de la cazadora-. Mátalo y te dejaré libre -alargó un dedo para señalar al tauren.

La hechicera lanzó una mirada de desprecio hacia la elfa.

-Antes de matarlo a él te mataría a ti, vil demonio.

La kaldorei se encogió de hombros, suspirando. Cogió la cornamenta del tauren con sus manos, e hizo fuerza para acabar partiendo ambos cuernos. Los tomó como si de dagas se trataran y hundió ambos cuernos en los pequeños ojos oscuros del tauren. Una agradable y eufórica sensación recorría a la elfa, y su rostro mostraba cierta locura sanguinaria. La cazadora tomó sus gujas y se volvió hacia la elfa. Con un rápido giro, segó la oreja izquierda de la elfa, que se encogió, taponándose la herida con las manos. Araenna recogió el sangrante trofeo y lo guardó entre sus ropajes. Una sonrisa sádica atravesó la faz de la kaldorei.

-Confío en que algún amiguito tuyo verá el rastro de cadáveres que he dejado hasta aquí y lo seguirá para encontrarte. Solo te dejaré vivir para que cuentes lo que has visto hoy, y lo que os espera a todos, bestias de la Horda.

Unas alas se desplegaron de la espalda de la cazadora, y aletearon con fuerza para dirigirse al siguiente campamento de la Horda. Volvió su vista para contemplar su magnífica obra maestra.

-No hay cabida en este mundo para salvajes como vosotros. Vuestro fin ha surgido de las cenizas del bosque.

-¿Y qué le pasó a Araenna? -la curiosidad de la niña era insaciable.

-Pues… se marchó para protegernos de la Legión -el bello rostro de la elfa se ensombreció-. Para protegerte a ti.

-Uau, esa Araenna debe ser extraordinaria. Algún día me gustaría conocerla -la niña dio un corto beso a su madre y salió corriendo para jugar con algún cervatillo al que había visto.

-Algún día lo harás… Solo espero que tu madre siga siendo esa Centinela que era… -Danara esbozó una sonrisa melancólica, y se dirigió a sus dependencias con un amargo sabor en la boca.

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