ROL alternativo. La historia que nos une. WARCRAFT SANCTUM

Los Dos Navíos Malditos.

Ningún mapa de Azeroth mostraba el lugar.

Ningún reino hablaba de él.

Ni siquiera los magos del Kirin Tor parecían conocerlo.

La existencia de Sanctum no sobrevivía en canciones, cuentos de taberna ni relatos de navegantes.

Había sido borrada.

Olvidada.

Ocultada.

El secreto llegó a Rei De Nightblood y a su hermana Samdry mucho antes de que cualquiera pusiera un pie en aquellos mares imposibles.

Durante uno de sus innumerables viajes —cuando aún perseguían reliquias malditas, secretos antiguos y respuestas sobre fuerzas que nadie debía comprender— ambas encontraron algo enterrado bajo ruinas consumidas por el tiempo en antiguos territorios de procedencia Zandalari.

No era oro.

No eran armas.

Eran tablillas de piedra negra, pesadas y erosionadas por siglos de sal, grabadas con runas tan antiguas que incluso sacerdotes trol habrían dudado de su origen.

Samdry fue la primera en comprender que aquello no era historia común.

Era un registro.

Una advertencia.

O quizás…

Una invitación.

Las tablillas hablaban de un lugar fuera de Azeroth.

Una isla perdida entre la vida y la muerte, escondida en un océano imposible donde el mar se rompía contra la propia realidad.

Un reino creado por dos entidades que jamás debieron unirse:

Elune, madre lunar de la vida y los ciclos.

Y Bwonsamdi, loa de la muerte, custodio de las almas.

Las inscripciones relataban algo impensable:

Que ambos dioses, incapaces de renunciar el uno al otro, construyeron un refugio secreto lejos de la mirada del cosmos.

Un lugar donde amor y contradicción pudieran coexistir.

Un santuario.

Warcraft Sanctum.

Las tablillas advertían del precio.

El viaje hacia Sanctum atravesaba los confines ocultos del mar de Azeroth, regiones donde las corrientes no obedecían a la luna, donde el Vacío susurraba desde debajo de las aguas y donde los barcos comunes desaparecían sin dejar madera flotando.

Solo navíos ligados a fuerzas sobrenaturales podían sobrevivir.

Solo barcos con alma.

Por eso navegaron juntos.

El Guardian Abisal de Elhindor Oceansoul, mitad barco y mitad bestia espiritual.

Y El Lamento Errante, de Rei De Nightblood, cargando almas errantes bajo velas negras.

No viajaban solo capitanes.

Viajaban rotos.

Exiliados.

Sobrevivientes.

Personas que ya no tenían un lugar al que volver.

Buscando algo que ni siquiera se atrevían a nombrar.

Una nueva vida.

Y fue tras atravesar mares muertos, tormentas que parecían abiertas hacia otras dimensiones y cielos donde las estrellas eran incorrectas…

Cuando finalmente la niebla roja apareció.

Y más allá de ella…

La Cala de los Muertos.

La puerta de entrada a un mundo donde, según las antiguas tablillas Zandalari, existía una única ley inmutable:

“En Sanctum la muerte no reclama, solo espera.”

Porque allí…

Nadie moría del todo.

El alma siempre encontraba el camino de regreso…

Canción de la barda Lothelaris en su cuenta de Suno, Lothelaris, la isla de la tormenta.

SAMDRY DE NIGHTBLOOD

He pasado la mayor parte de mi vida estudiando los secretos más profundos de los sacerdotes, memorizando cada oración, cada ritual, cada prohibición. Mi padre era un gran señor de las Tierras de Luz, en una villa del recóndito bosque de Edwyn. Un maestro sacerdote implacable, disciplinado hasta la médula, de esos que creen que el alma se purifica a base de silencio y obediencia absoluta. Yo… fui su error. Su desliz. Nunca quiso decirme quién fue mi madre. Y cada vez que lo pienso, un latigazo golpea mi pecho.
En mi mundo todo lo que no fuera rezar estaba prohibido. Crecer rodeada de libros sagrados, de interminables reuniones de sacerdotes y de letanías monótonas debería haberme convertido en una más de ellos. Pero no. A mí me llamaban las máquinas. Las tuercas. El metal. Me fascinaban los engranajes, los resortes, las cosas que volaban aunque no tuvieran alas, los artefactos que emitían ruidos extraños y vivos. Construía pequeños prodigios en secreto, y cada vez que mi padre los descubría me encerraba. Decía que debía “sanar mi alma”. Lo que en realidad significaba silenciarme… Ocultarme. Porque yo era diferente. Porque mi sangre era negra.
Y esa fue la pista más contundente.

En el despacho de mi padre había un baúl. Un maldito baúl cubierto de candados, sellos, cadenas y runas que parecían gritar peligro solo con mirarlo. Cada vez que entraba en esa sala sentía un ardor en el pecho, como si algo dentro de mí estuviera tirando de una cuerda invisible hacia ese cofre. Algo latía allí dentro. Algo latía en el con mucha fuerza y me llamaba a mí.
Una noche no pude más. Me colé temblando, sudando frío, con el corazón golpeándome desde el interior. Los candados no fueron gran cosa para mí; abrir cerraduras siempre se me dio ridículamente bien. Cuando levanté la tapa del último cierre… fue como si una mano invisible me apretara la garganta. Como si alguien hubiera estado aplastándome las sienes y quemándome viva durante toda mi vida y, de pronto, todo aquello se desvaneció.
Dentro solo había dos cosas.
Un documento sellado con magia oscura.
Y un medallón negro con una piedra roja sangre en el centro. En la parte trasera, grabado con una caligrafía fina, ponía: De Nightblood.
-Sangre oscura-…

Leí esas palabras y algo estalló dentro de mí. Mi corazón se volvió loco, latió tan fuerte que pensé que iba a explotar en mi pecho. La sangre me ardió por dentro como si fuera ácido. Agarré el medallón y el documento, cerré el baúl con manos temblorosas y salí corriendo.
Mi padre no tardó ni un día en darse cuenta de que alguien había profanado su secreto.
El documento era un contrato. Un pacto firmado por Keira De Nightblood… y por él. En él se estipulaba que yo, su hija, pasaría a ser propiedad exclusiva de mi padre. A cambio, mi madre juraba no interferir en mi aprendizaje.
Esa fue la última noche que pasé bajo su techo.
Al día siguiente me desterró. No hubo despedidas, aunque mi padre no pudo ocultar las lagrimas ante la imposibilidad de salvarme esta vez. Pero eso no fue suficiente para su Alto Sacerdote. Cuando descubrió quién era realmente mi madre —una bruja de un clan de cazadores sobrenaturales—, la sentencia cambió. “La hija de la bruja debe morir”. Permitieron el “desliz” de mi padre, pero no mi naturaleza.
Me persiguieron…
Enviaron una jauría de perros de guerra, bestias entrenadas para oler y perseguir cualquier presa. más de diez perros conseguí al menos contar. Corrí hasta que los pulmones me ardían. Caí por una grieta entre dos montañas inmensas en el corazón del Bosque Oscuro. Pensé que ahí acababa todo. Los perros me encontraron rápido. Luché con las manos desnudas y con mi bastón de luz, el único recuerdo que me permitieron llevarme. Uno de ellos me alcanzó y uno de sus contundentes zarpazos consiguió alcanzar mi rostro. Aún hoy, cuando paso los dedos por la cicatriz, siento el eco de esos colmillos y recuerdo exactamente quiénes son mi familia… y quiénes no.
Sobreviví…

Sangrando… rota, pero viva.
Y mientras la jauría quedaba atrás y el bosque se tragaba los aullidos, alcé la vista hacia el cielo negro y al bajar la mirada pude ver la figura de una mujer oscura armada con una extraña espada y una daga de aspecto maldita, pero esa historia ya os la contaré porque despues una gran aventura me aguardaba allá arriba, entre las estrellas, me esperaba el Vindicar. La nave que parte al infinito. El único lugar donde una sangre como la mía tal vez pueda encontrar respuestas… o al menos dejar de ser cazada.
Así que si soy Samdry De Nightblood.
Hija de un sacerdote y de una bruja.
Ingeniera. capitana. Sobreviviente.
Y voy camino al borde del universo para contaros la historia sobre como me convertí en paladín forjada por la luz.

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