Sombras en el Claro [RELATO]

Capitulo 1

Oscuras nubes se reunían sobre el cielo nocturno como un consejo de sombras, anticipando una tormenta que aún no se decidía a caer. Los árboles, altos y espesos, formaban un dosel impenetrable, solo una tenue claridad azulada lograba filtrarse entre las hojas inmóviles, suspendidas en un aire tan quieto que parecía contener la respiración del bosque entero. En aquella calma forzada, los animales, bichos y monstruos habían buscado refugio en sus madrigueras.

El silencio en la noche solo lo perturbaban las voces que nacían de una vieja casa de madera, oculta en un claro al final de un camino de tierra endurecida. A un costado de la vivienda se erguía un carromato inmóvil, la ausencia de caballos y la hierba que crecía entre sus ruedas indicaban que hacía ya tiempo que no se utilizaba.

Desde el otro lado, una luz cálida y temblorosa manaba de unas ventanas, apenas entreabiertas, junto a risas y murmullos que se mezclaban con la noche, en la lejanía y tranquilidad del bosque apenas se distinguían las palabras que salían de la casa.

—¡Pasa otra jarra, Henry! —bramó un hombre de voz áspera y barba larga, la autoridad gastada por el alcohol.

—¿Es que no tienes manos ni piernas para ir tú a por ella? Maldito viejo —respondió Henry, un joven de cabello rubio y un pañuelo rojo anudado al cuello—. Cógela tú si quieres, yo voy fuera a mear.

—Estos jóvenes ya no respetan a sus mayores —rió un tercero, un hombre de rostro surcado por cicatrices y ropa raída, manchada de sangre vieja.

—Déjalo, Conrad. Ya aprenderá a respetar… quizá a base de golpes —añadió el barbudo, uniéndose a la risa.

La puerta se abrió con un chirrido leve y Henry salió, dejándola entornada tras de sí, avanzó unos pasos hacia los árboles, sin prisa, mascullando palabras que no buscaban oídos.

—Malditos vejestorios… si no fuera por lo que pagan, los apuñalaría yo mismo…

Mientras hablaba, aflojó el talabarte de su espada y la apoyó contra un tronco, estaba empezando a desabrocharse el pantalón cuando un silbido corto y afilado, rasgó el aire, no provenía del bosque, sino de un punto lejano y exacto, como una línea trazada desde la oscuridad.

El impacto llegó en un instante, un chasquido seco, contenido, la cabeza del joven giró bruscamente mirando al cielo y su cuerpo se dobló sobre sí mismo antes de desplomarse, la sangre brotó con fuerza, proyectándose hacia adelante en un trazo casi recto antes de caer en gotas gruesas sobre la maleza, todo sucedió en un único movimiento, rápido y limpio.

El bosque permaneció quieto, solo la tierra, oscurecida por la sangre, parecía haber registrado la trayectoria invisible que lo había atravesado.

Ajenos a todo, en el interior de la casa los otros dos hombres conversaban y bebían.

—Dime, Garrick, ¿por qué contrataste al chico para este último “trabajo”? —preguntó Conrad con voz contenida pero cargada de desconfianza—. Podríamos haberlo hecho solos, y el pellizco habría sido mayor.

—¿No sabes quién es su padre? Es el hijo de Haldor —respondió Garrick mientras cogía una jarra de cerveza.

—¡No me digas! ¿El que tuvo con aquella fulana? —Conrad estalló en carcajadas, un sonido seco que rompió la rutina del cuarto.

De repente, un estruendo resonó en la habitación, provenía de afuera de la casa, ambos hombres se tensaron, Garrick colocó las manos sobre la empuñadura de su espada mientras los ojos le volaban de un sitio a otro de la habitación.

—¿Qué diablos fue eso? Espero que ese maldito crío no esté detrás… o te juro que le partiré las piernas —gruñó Conrad nervioso—. Creo que el ruido viene de la puerta.

Los dos hombres, ahora en guardia, se asomaron al umbral, allí estaba el carromato, inclinado hacia un lado, una de las ruedas había cedido, se había partido el perno de madera que la sujetaba.

—Maldito trasto. Te dije que no lo dejáramos ahí sin más, o se acabaría pudriendo. Ve a por el chico y soluciónalo —bramó Garrick enfadado, mientras se daba la vuelta y volvía a entrar en la casa.

—¿Es que no vas a ayudarme? —preguntó Conrad mientras su compañero volvía adentro de la casa haciendo un ademán con el brazo—. Sí, sí, mejor ve a beber, no sea que te hernies.

El hombre se ajustó el cinturón mientras cruzaba el umbral de la puerta, aún mascullando para sí, el aire seguía quieto, demasiado.

Al llegar al carromato, Conrad se agachó a observar el perno, no estaba simplemente roto, estaba hecho astillas, frunció el ceño, sin llegar a comprenderlo, antes de tener tiempo siquiera de procesar lo que había visto, un crujido seco en la linde del bosque quebró el silencio.

Conrad alzó la cabeza de golpe.

—¿Henry? —llamó, con la voz tensa—. Más te vale que no sea una broma, chico…

Se incorporó despacio, llevando la mano a la empuñadura de la espada, dio un paso, luego otro, avanzando con cautela hacia la oscuridad.

La luz escaseaba más a cada paso que daba, espesándose entre los árboles, tragándose la poca claridad que aún alcanzaba desde el claro.

Cuando apenas le quedaban unos pasos para alcanzar el primer árbol, el sonido bajo sus botas cambió de golpe, ya no era tierra seca, sino algo húmedo, espeso.

Se detuvo.

Miró al suelo, con el ceño aún fruncido, la escasa luz no le permitía distinguir con claridad qué estaba pisando, pero lo sentía adherirse a la suela, pesado.

Unos metros más adelante, junto al tronco de un árbol, distinguió una forma tendida sobre la hojarasca, completamente inmóvil.

El aire se tensó. Entonces lo entendió.

Un silbido leve, afilado, rasgó la distancia, acercándose.

—¡Hen…!

La palabra murió en su garganta.

El impacto fue inmediato, el sonido seco se perdió entre los árboles mientras el cuerpo de Conrad se doblaba sobre sí mismo y caía al suelo sin resistencia, el silencio volvió a adueñarse de la noche.

Mientras, Garrick seguía sentado adentro de la casa, con la jarra a medio vaciar entre las manos, el silencio se había vuelto incómodo, como si algo hubiera cambiado sin que supiera decir qué.

Entonces lo oyó, un leve batir de alas, alzó la vista y lo vio, un cuervo se había posado en el alfeizar de la ventana, observándolo, sus ojos negros brillaban en la penumbra.

Garrick frunció el ceño, dejó la jarra sobre la mesa y se incorporó lentamente.

—¿Qué demonios? ¿Un cuervo? ¡Fuera! ¡Largo de aqui!

El ave graznó, seco.

—No ha venido solo… —dijo una voz a su espalda.

Garrick no tuvo tiempo de girarse.

Un golpe seco impactó en la base de su cráneo. Su visión estalló en blanco por un instante antes de apagarse por completo.

Capitulo 2

Garrick abrió los ojos, la luz era tenue, el aire olía a madera húmeda… y a hierro, intentó moverse pero no pudo, sus brazos estaban firmemente atados a la silla y las piernas inmovilizadas, las cuerdas se tensaban contra la piel con cada intento inútil de liberarse.
No sabía cuánto tiempo había pasado, solo sentía el pulso sordo del dolor golpeándole la cabeza.

Parpadeó un par de veces, tratando de enfocar la vista fue entonces cuando lo vio.

Allí estaba, sentado frente a él, en silencio.

Una figura sombría, encapuchada, permanecía en una silla apoyada contra la pared, apenas iluminada por la débil luz que entraba desde la ventana, a su lado, colocado con cuidado, descansaba un fusil de precisión, sin duda obra de Goblins.

Sobre su hombro, inmóvil, el cuervo lo observaba.

Garrick tensó la mandíbula y probó a moverse pero las cuerdas se clavaron en la piel, inspiró hondo.

—…¿Qué carajos es esto? ¿Quién eres tú? —murmuró, con la voz aún espesa.

El desconocido no respondió. Garrick alzó la mirada, más firme.

—Te has equivocado —añadió—, no sabes dónde te has metido.

El silencio se alargó, Garrick giró ligeramente la cabeza hacia la puerta.

—¡Conrad! —llamó, sin alzar demasiado la voz—, ¿dónde demonios estás?

Esperó pero no hubo respuesta. Chasqueó la lengua, irritado.

—¡Henry!

De nuevo, nada.

Garrick volvió a centrarse en el extraño frente a él pero este no se movió, no reaccionó, solo lo observaba.

Garrick sostuvo la mirada un instante más, incómodo, volvió a girar la cabeza hacia la puerta.

—¡Conrad! —alzó la voz—, déjate de historias y entra de una maldita vez.

Esperó, nada. Su mandíbula se tensó.

—¡Henry! —insistió.

El silencio se mantuvo, pesado, inmóvil. Garrick frunció el ceño, una mueca nerviosa asomaba tras su poblada barba.

—¿Dónde diablos están estos dos…? —murmuró titubeando .

Se removió en la silla, incómodo, tirando levemente de las ataduras.

—¡Conrad! —volvió a llamar, ahora más alto—, ¡deja de hacer el imbécil y ayúdame!

Nada.

—¡Henry!

El ambiente no cambió, ni un paso, ni una voz, ni un solo movimiento al otro lado de la puerta. Garrick tragó saliva, su mirada osciló un instante hacia la puerta y volvió al hombre frente a él.

El extraño no se había movido, no había hablado y no parecía tener prisa alguna, solo esperaba.

—Nadie va a venir en tu ayuda, Garrick.

Garrick se quedó inmóvil un instante, con la boca entreabierta tras la barba, el aire se le quedo atascado en el pecho.

— ¿Cómo dices?

— Estás solo.

Esas palabras lo golpearon más que cualquier puño. Garrick tragó saliva, la sequedad le raspó la garganta.

—¿Dónde están…? —preguntó, la voz más baja—. ¿Dónde están Conrad y el chico?

No hubo respuesta. El extraño permanecía inmóvil frente a él.
Garrick tensó las ataduras, un gesto breve, inútil.

—Te estoy hablando —insistió, algo más alto—. ¿Qué has hecho con ellos?

Silencio. Ni un gesto, ni una palabra. El aire se volvió más pesado.
Garrick sostuvo la mirada un instante, como si esperara encontrar algo en ella. No encontró nada.

—…¿Qué has hecho? —repitió, esta vez más despacio.

El extraño llevó la mano a una pequeña bolsa colgada al lado derecho del cinturón, con calma, sin apartar la mirada de Garrick mientras este lo observaba fijamente, los ojos abiertos casi se salían de las cuencas.
La mano salió de la bolsa, traía consigo un pañuelo rojo, empapado en sangre, y un collar con una alianza anudada. El hombre dejó caer los objetos a los pies de Garrick.

Garrick mantuvo por un momento la mirada fija en los objetos, inmóvil, algo en su expresión cambió, el aire le entraba a trompicones, irregular. Sus ojos volvieron a alzarse hacia el encapuchado frente a él, esta vez sin rastro de desafío, solo miedo.

—…No —murmuró.

Se removió en la silla, las cuerdas tensándose bajo su peso.

—Escucha… —añadió, más rápido—. Podemos arreglar esto. No tiene por qué acabar así.

El silencio volvió a llenar la sala, afuera no se movía nada, ni una hoja, solo el cuervo rompió la quietud al alzar el vuelo y posarse sobre la chimenea.
Pequeñas gotas de sudor frío recorrían el rostro de Garrick.

—Dame un nombre.—dijo el extraño.

—¿Nombre? ¿De qué estás hablando?

—No eres tú quien ha organizado este golpe.

Una pausa breve. La tensión era palpable.

—Alguien te dio la información.—continuó el desconocido sin apartar la mirada.—Dame un nombre.

Garrick trató de sostener la mirada un instante más, pero ya no era la misma, vaciló, sus labios se entreabrieron tras su barba como si fuera a decir algo… pero no salió nada, desvió la vista un segundo, apenas un gesto, y volvió a fijarla en el encapuchado.

—Yo… —empezó, dudando—. No sé de qué hablas.

La frase salió tarde y forzada. Se removió en la silla, incómodo.

—No hay nadie más —añadió, más rápido—. Fue cosa nuestra.

Garrick apretó la mandíbula, como si intentara convencerse a sí mismo.

—Se te acaba el tiempo.

El desconocido se puso en pie.
Sacó un trozo de pergamino y una pluma, comenzó a escribir sin prisa, avanzando hacia la chimenea, el cuervo lo observaba en silencio.

Guardó la pluma, enrolló el pergamino y lo ató a la pata del cuervo.

—Ya sabes qué hacer.

El ave alzó el vuelo y salió por la ventana, perdiéndose en la noche.

Garrick observaba a duras penas, forzando el cuello hacia atrás para seguir la escena, su mente trabajaba a toda velocidad, barajando opciones.

¿Qué debía hacer?

El desconocido volvió a colocarse frente a Garrick, esta vez no se sentó, permaneció de pie, mirándolo fijamente.

—¿Entonces?

Garrick no respondió, el silencio se hizo eterno.
Su respiración era irregular, contenida a medias, como si intentara mantener algo dentro, bajó la mirada un instante, la mandíbula se tensó.

—…No puedo —murmuró Garrick mientras negaba levemente con la cabeza.

—No lo entiendes… —añadió, más bajo—. No sabes cómo es, de lo que es capaz.

Sus ojos volvieron al encapuchado, había miedo en ellos, miedo real.

—Si hablo… estoy muerto.

La frase quedó suspendida en el aire.
Pasaron unos segundos, demasiados, ninguno quitó la mirada.

—…Karsen —dijo al fin, apenas un susurro.

El encapuchado no respondió, permaneció inmóvil unos segundos, observándolo, luego asintió levemente, casi imperceptible.
Se giró, cogió el fusil y avanzó hacia la puerta sin prisa. La abrió, el aire frío de la noche se coló en la estancia.

Garrick lo siguió con la mirada, la tensión aún clavada en el pecho.

—¿Ya está? ¿Te irás y me dejarás aquí atado? —preguntó, la voz quebrándose al final.

El encapuchado se detuvo un instante en el umbral, de espaldas a él.

—Pronto vendrán a por ti.

Una breve pausa.

—Hay una celda esperándote.

Y salió. La puerta se cerró tras él con un leve golpe seco.

Capitulo 3

El amanecer comenzó a abrirse paso entre los árboles, la luz entraba despacio, colándose entre las ramas y dejando atrás la oscuridad de la noche. El bosque empezaba a despertarse, el canto de algunas aves rompía el silencio, como si nada hubiera ocurrido.

El claro seguía allí, la casa, el carromato torcido, la puerta cerrada… y los cuerpos y la sangre, ya oscurecida sobre la tierra.

En la linde del bosque, apoyado contra la base de un árbol, el encapuchado permanecía sentado, una pierna extendida y la otra ligeramente flexionada, el fusil de precisión descansaba a su lado, la culata clavada en el suelo y el cañón inclinado hasta su hombro.

La luz del amanecer comenzaba a perfilar su figura con mayor claridad.

La capucha, negra como el azabache, caía por su espalda a modo de capa, arrugada contra el tronco. Bajo ella, un tabardo marrón oscuro cubría el torso, dejando al descubierto unos brazos marcados por tatuajes.

En la cintura, un cinturón cargado de pequeñas bolsas y herramientas colgaba con peso discreto, ordenado, funcional.

Su mirada seguía fija en la casa.

Entonces, a lo lejos, un sonido rompió la calma, pasos pesados y rítmicos, distintos a los de un caballo, un golpeteo seco sobre la tierra.

El encapuchado giró ligeramente la cabeza en dirección al ruido para luego volver a enfocar la casa.

Un batir de alas.

El cuervo descendió desde el cielo y se posó sobre su hombro, ajustando las garras con un leve movimiento.

El extraño alzó una mano y, sin mirarlo, le rozó el pecho con los dedos.

—¿Por qué has tardado tanto? Casi me duermo esperando —dijo el encapuchado, sin apartar la mirada de la casa. El cuervo respondió con un graznido de desaprobación.

El sonido se acercaba, creciendo cada vez más hasta hacerse claro, pesado, constante.

Entonces aparecieron.

Emergieron entre los árboles, rompiendo la linde del bosque y entrando en el claro con paso firme, cuatro monturas de gran tamaño, altas, de patas largas y movimientos secos, cuatro jinetes de elegante armadura, se detuvieron al unísono al borde del claro, formando una línea.

Tras una breve pausa, uno de ellos espoleó ligeramente a su montura y se separó del grupo, avanzando hacia el encapuchado con paso firme.

Se detuvo a unos metros del encapuchado.

El resto no se movió.

Luego llevó una mano al casco y se lo quitó, dejando al descubierto un cabello rojo recogido hacia atrás, el rostro afilado, rasgos propios de un Elfo y ojos color verde brillante.

—Shorel’aran, Khiros… —dijo, con cierta familiaridad—. A tu cuervo le pareció bien despertarnos ya entrada la madrugada.

El extraño se llevó una mano a la capucha y la retiró hacia atrás, dejando el rostro al descubierto, rasgos finos, marcados, piel ligeramente morena, más de lo habitual para un Elfo de Sangre, orejas alargadas y cabello negro cayendo suelto hasta los hombros.

El cuervo permanecía inmóvil sobre su hombro.

—Se supone que no deberíais haber estado durmiendo, Thaeron —respondió al fin, con deje sarcástico y una leve sonrisa—. Se supone que erais mi “seguro” por si algo salía mal.

—Ya… —respondió el jinete, dejando escapar una leve sonrisa—. Si quieres nos pasamos la noche en vela, esperando que dejes de jugar.

Khiros dejó escapar una ligera risa.

Apoyó una mano en el tronco y se incorporó con calma, las piernas algo entumecidas tras tantas horas sin moverse.

—Lo tenéis ahí dentro, atado a una silla —dijo, señalando ligeramente hacia la casa—. Ahora “juega” tú… que yo me voy a dormir.

—Hemos montado el campamento a un par de kilómetros de aquí, sigue el camino, hay una patrulla cerca, te llevarán a tu tienda.

Khiros asintió levemente.

Se acercó al Halcón Zancudo y le dio una palmada en el costado, el animal respondió con un leve movimiento de cabeza. Alzó el puño hacia Thaeron y lo chocó con él. Luego levantó la mano hacia los otros tres jinetes, a modo de saludo. Ninguno respondió, pero tampoco apartaron la mirada.

—Al diel shala.

Khiros se giró sin añadir nada más y se internó entre los árboles, el cuervo volando lentamente tras él. El bosque los fue tragando poco a poco, dejando atrás el claro, los jinetes, la casa… y a Garrick.

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