La luz de las farolas de Ventormenta siempre ha tenido un brillo hipócrita. Para un cazador acostumbrado a la crudeza de Dun Morogh o a la humedad de Vega de Tuercespina, la capital de la Alianza huele a exceso: a perfume barato, a alcantarilla y a promesas de oro que rara vez se cumplen.
Kaldan, un rastreador veterano con la cara surcada por una cicatriz que le dejó un acechador de la selva, caminaba por el Distrito de los Enanos. A su lado, su fiel lobo de crin gélida, Hati, gruñía en voz baja. Los animales no mienten, y Hati odiaba la ciudad tanto como él.
Buscaban la posada “El hermitaño taciturno”, en el barrio de los magos. Kaldan necesitaba un contrato. Su carcaj estaba vacío de flechas de calidad y su bolsa de monedas sonaba a hueco.
Al entrar, el calor del hogar y el olor a estofado de ciervo lo golpearon. Pero el silencio que siguió a su entrada fue la primera señal de alarma. En una mesa al fondo, bajo una nube de humo de tabaco, lo esperaban las “malas compañías” que el contacto le había prometido.
No eran soldados de la Séptima Legión, ni mercenarios con honor. Eran Rastreadores del Vacío, desertores que habían coqueteado demasiado con las sombras de Tierras Devastadas.
—¿Eres el que sabe rastrear lo que no quiere ser encontrado? —preguntó una mujer envuelta en una capa de seda violeta desgarrada. Se hacía llamar Vesper. A su lado, un humano de mirada febril jugaba con una daga que emitía un brillo antinatural.
—Depende de quién pague y a quién haya que cazar —respondió Kaldan, sin soltar el arco de su espalda.
—Queremos una pieza que los guardias de Ventormenta ignoran —siseó el hombre de la daga—. Un artefacto que se perdió en las criptas bajo la Catedral durante el caos de la invasión de la Horda de Hierro. Un eco del pasado que solo un olfato como el de tu lobo puede localizar.
Kaldan aceptó, pero su instinto le gritaba que algo estaba mal. No eran simples buscadores de tesoros. Mientras bajaban a las catacumbas de la ciudad, el aire se volvió pesado. Hati erizó el pelaje.
En la oscuridad de los túneles, donde los nobles de Ventormenta entierran sus secretos, Vesper reveló sus verdaderas intenciones. No buscaban un artefacto de oro, sino un Fragmento de Alma imbuido de energía del Vacío.
—El Rey Wrynn cree que esta ciudad es segura —rio Vesper, mientras sus manos comenzaban a brillar con una energía oscura que no pertenecía a este mundo—. Pero Ventormenta se pudre desde abajo. Con este fragmento, abriremos una brecha que ni los magos de la Torre de Azora podrán cerrar.
Kaldan comprendió que se había convertido en el cómplice de un acto de terrorismo contra la Alianza.
—No rastreo para traidores —dijo Kaldan, tensando la cuerda de su arco en un movimiento fluido.
—Entonces te reunirás con los muertos —sentenció Vesper.
La posada de arriba seguía llena de gente bebiendo, ajena a que, diez metros bajo sus pies, un cazador y su lobo luchaban por evitar que la ciudad se sumergiera en la locura. Vesper lanzó una descarga de sombras, pero Hati saltó, interceptando la energía con su resistencia de bestia mientras Kaldan disparaba una Flecha de Dispersión.
Fue una lucha silenciosa y brutal. Kaldan usó sus trampas de hielo para inmovilizar al hombre de la daga, mientras su lobo mantenía a raya a la hechicera. Al final, el entrenamiento en las tierras salvajes pudo más que la magia inestable del Vacío.
Kaldan salió de los subterraneos de la ciudad al amanecer, con la ropa manchada de sangre y el Fragmento de Alma envuelto en un paño de cuero grueso. No fue a cobrar su recompensa. Fue directamente a los Cuarteles del Casco Antiguo.
Dejó el fragmento sobre la mesa del oficial de guardia y salió sin decir palabra. No quería medallas, solo quería salir de la ciudad.
Mientras cruzaba las puertas de Ventormenta hacia el Bosque de Elwynn, Kaldan acarició la cabeza de Hati. —La próxima vez, compañero, nos quedaremos en las montañas. Los lobos son más nobles que los hombres, y la nieve es más limpia que las posadas de esta ciudad.