[Relato] La sombra del honor, lo que perdimos y lo que recuperamos

Los valientes soldados se agolpaban a las afueras de Cerrotajo, en los estrechos cañones que conducían a Orgrimmar no cabía ni uno más, por encima de las cabezas de aquellos rebeldes solo sobresalían estandartes de una facción y de otra, alguna que otra pica y la cabeza de las monturas de aquellos que iban montados.

Herkus era ajeno al vocerío y murmullo previo a la batalla, gritos de ánimo y susurros inquietos se alternaban en el aire, pero aunque joven aún, el orco ya había pasado por un asedio, solo que ahora estaba al otro lado de la puerta.

-¡Espadas! Hoy moriremos y lucharemos juntos, seremos los primeros en llegar y los últimos en irnos, ¿espada y cierra?

El guerrero se golpeó el pecho con las banderolas que se le habían encomendado llevar, era el elegido como portaestandarte para ese día y no podría estar más orgulloso. Con la vista fija al frente, sin desviar la mirada por un segundo del objetivo respondió a las palabras de la centurión con un escueto “Espada y cierra.”

Tras unos segundos de espera, al fin el Jefe de Guerra Kurgan llamó a las tropas para la marcha. La cantinela de las placas y las mallas repiqueteando era la melodía de aquella última carga contra la tiranía de una Jefa de Guerra que había dado de lado a su gente.

En el camino a la batalla, el orco no pudo perder de vista el horizonte para echar un vistazo por un momento a quienes le rodeaban. Hermanos y hermanas de la Horda, rostros conocidos. Pero también gentes de la Alianza apoyaban aquella gesta, si en el pasado sus diferencias habrían provocado que saltase la chispa, ahora debían permanecer juntos por el hogar. Herkus no olvidaría a quienes allí estaban junto a él, escudo con escudo, acero con acero, hombro con hombro, por Azeroth.

-Capitán.

El Empalador saludó así al mando de la Orden, queriendo decir que estaba listo para la batalla.

-Es un honor luchar a tu lado, Herkus.

Respondió el Campeón de la Horda, Armgo.

El orco frunció el ceño con la decisión de quien iba a darlo todo ese día y apretó los colmillos con fuerza.

“¡Hoy saldré de esas puertas o con mi hijo o sobre mi escudo!”

Las murallas de Orgrimmar se alzaban ya frente a las almas de los honorables soldados, la valentía no residía en la ausencia de temor, sino en su voluntad. Las tropas pararon justo antes de llegar al Bloqueo Dranosh’ar. Desde las almenas y entre los imponentes pinchos de la muralla podían verse a cientos de antiguos camaradas que hoy dispararían sus flechas contra nosotros.

El viejo soldado se adelantó junto a Thrall, pareció dudar por un momento. Las tropas se mantenían en silencio ante la acuciante batalla. Los nervios dieron paso a las ansias y entonces una voz grave y profunda exclamó por encima de las defensas de Orgrimmar como fuego de artillería.

¡Sylvanas Brisaveloz! ¡Yo te reto! ¡Mak’gora!

Una exhalación ahogada se escapó de todos los allí reunidos. Las puertas se abrieron de ellas surgieron la Reina Alma en Pena junto a una renegada. Ambos contrincantes se examinaron, Varok estaba decidido a terminar lo que había comenzado en Costa Oscura.

Un traidor al frente de traidores, ¿por qué debería aceptar tu reto?

Tras la preparación previa al sagrado duelo el orco se precipitó contra lo que en vida fuera una elfa, la cual paraba todos los ataques del viejo soldado mientras bailaba a su alrededor, acuchillando la gruesa piel del Alto Señor como si un gato jugara con un ratón. Así hasta que Colmillosauro cayó al suelo. Los soldados trataban de contenerse, mantener la calma, el viejo soldado aún no había exhalado su último suspiro.

¿Matar la esperanza? Lo intentaste en Teldrassil, sin éxito. Fracasaste. Intentaste enfrentarnos en Lordaeron. Fracasaste. Seguimos aquí, siempre fra-ca-sas. La Horda resistirá, ¡la Horda es fuerte!

Varok al fin logró romper la guardia de la Reina Alma en Pena, hendiendo el filo de su espada levemente en su rostro. Y ésta, colérica por el golpe exclamó con desgarro.

¡La Horda no es nada!

Los murmullos que pudiera haber entre las tropas se apagaron al instante, todas las miradas se reunieron sobre Sylvanas con incredulidad y decepción, incluso desde sus propios muros. Tras una pausa Brisaveloz sentenció su afirmación con otra aún más demoledora.

¡Sí, no sois NADA!

El orco se irguió con la certeza de que su victoria había sido exponer a Sylvanas como una egoísta Jefa de Guerra y entonces se lanzó en un último ataque.

¡Por Azeroth!

Sin tardar un instante, la Alma en Pena descargó una ráfaga de energía sombría sobre el orco, que se derrumbó inerte, en la gloria de una batalla que se libraba por los ideales de lo que era justo.

Si pudieseis veros como yo os veo…soldaditos de hojalata, bestias que aúllan por honor. Todos unidos, saboreadlo, nada dura…

La tirana se esfumó en el aire como una nube sombría que amenazaría con tormentas en un futuro no muy lejano y entonces muchos se preguntaban: ¿Y ahora qué, ha terminado? Esa pregunta fue respondida por los que defendían la capital de la Horda, quienes ante la comitiva que transportaba el cadáver del honorable orco hicieron tintinear sus estandartes como muestra de respeto, abriendo sus puertas a sus hermanos que estaban al otro lado del muro.

Las tropas de la Horda avanzaron hacia su hogar con una amarga alegría por la victoria pero no sin antes agradecer a la Alianza el apoyo prestado durante la rebelión. Todos avanzaban solemnes hacia el Valle del Honor, muchos de ellos hacía meses que no podía pasear por sus calles, la nostalgia del que vuelve al acogedor calor de la hoguera del hogar invadió el corazón de los orcos, de los tauren, de los renegados, de los trol, los goblin, los elfos de sangre, todos compartían un hogar y habían regresado a él, juntos.

Al pasar por el orfanato, Herkus lo miró con desesperación, estaba impaciente por ponerse a buscar al cachorro que le habían arrebatado.

-Capitán…

El orco señaló con los estandartes al edificio de los infantes tras una pausa.

-Puedes ir, Herkus.

El guerrero negó con la cabeza y trató de calmar las emociones de su cabeza y disipar los malos pensamientos que tronaban en su cabeza.

-Somos los primeros en llegar y los últimos en irnos, esto aún no ha terminado.

El capitán asintió con una sonrisa y la marcha no paró hasta llegar a los pies del bastión del honor donde Kurgan alzó la voz para dar un discurso. Sin embargo Herkus no tenía la cabeza en ese momento junto a los demás camaradas.

-¡Espadas! Conmigo.

Turletes Armgo llamó a sus tropas y se apartaron de la muchedumbre para evaluar la situación de la Orden.

-Todos habéis jugado un papel fundamental durante esta guerra, pero no ha terminado. Debéis patrullar la ciudad y aseguraros de que no se cometen injusticias contra los que han sido perdonados y no quedan impunes los aún leales a Sylvanas, pero primero… ¿Herkus?

El orco dio un paso al frente, golpeándose el pecho con tanta fuerza que resonó como un tambor de Kodo de guerra.

-¡Capitán!
-Tienes permiso para ir al orfanato, soldado.

Con la presteza de quien lleva esperando por meses ese momento, se subió a su lobo de guerra, su fiel Colmifiero que había estado junto a él en tantas batallas y lo espoleó al galope hacia su destino.

Al llegar estaba la matrona abrazando y consolando a uno de los cachorros.

-¿Qué se te ofrece, orco?

Herkus desmontó de un salto, con prisa e impaciencia.

-Recibí un mensaje en el que aseguraba que mi hijo había sido secuestrado de este orfanato.

El rostro de la matrona palideció por la empatía, podía sentir el dolor del guerrero como suyo propio.

-Ah…sí, eres tú… Se lo llevaron de noche, a rastras yo no pude hacer nad…

El orco colérico y desesperado interrumpió a la orco con un rugido desgarrador que resonó en toda la ciudad.

-¡Era tu único trabajo! ¡Debías proteger a mi hijo!

Una lágrima pareció recorrer el rostro del iracundo orco al acercarse a la matrona. Justo cuando las manos del guerrero se precipitaban sobre la matrona, una voz brotó de entre las sombras a las espaldas del orco.

-La culpa no es suya, orco. Yo sé dónde está. Suéltala.

Una mortacechadora apareció ante ellos y los ojos del orco se volvieron rojos como la sangre misma que hervía en sus venas al ver a una renegada hablar sin tapujos de su propio hijo.

-¡¿Es tuya, verdad?! VOSOTROS OS LO LLEVÁSTEIS.

La mortacechadora sin amedrentarse por la imponente figura del orco aproximándose hacia sí con la fuerza de un kodo en estampida habló.

-Sígueme.

El orco se giró hacia la matrona, su mirada no pudo evitar toparse con la de un cachorro asustado tras las faldas de la orco y entonces suspiró y calmó su rabia.

-Sin trucos, renegada.
-Ya ha habido suficientes trucos, orco.

Ambos se adentraron en las entrañas de Orgrimmar, el Circo de las Sombras. La renegada se disculpó por perseguirlos tras su exilio, en Vallefresno, los Baldíos, Cuna de Invierno, hasta ahí. Ese camino hacía rememorar al guerrero muchas vivencias de su pasado, ninguna buena.

-Espera aquí, voy por él.

La renegada siguió bajando hacia Sima Ígnea, la espera se hizo interminable para Herkus, quien desesperado daba vueltas en el sitio, pateando el suelo con la incertidumbre de sus dudas “¿Estará bien?” “¿Me culpará?” Los pensamientos del orco se nublaban cada segundo que pasaba aguardando la vuelta de la mortacechadora.

Al fin, desde las sombras de Sima Ígnea, surge una figura pequeña acompañada de la mano de la renegada. Los ojos del orco no podían creer que al fin iba a reunirse con su pequeño, de sus ojos brotaron lágrimas de felicidad.

-Creo que éste es tu padre, Valdur.

El cachorro se lanzó a los brazos del emocionado orco a los gritos de “¡Padre, padre!”, ambos se envolvieron en un abrazo mientras giraban entre alegría y risas.

-Padre, la mortacechadora me cuidó de que no me hicieran daño. Ella siempre decía que me reuniría contigo.

El orco miró sorprendido y avergonzado a la renegada, por todo lo que la había increpado hace apenas una hora y con el cachorro aún en brazos, se acercó a ella y la voz de Herkus se quebró.

-Yo también sé lo que es seguir las órdenes de un Jefe de Guerra, ser leal hasta el final. Por eso mismo, si necesitaras ayuda para sentirte parte de la familia que es la Horda de nuevo…sabes dónde encontrarme.

El guerrero tendió a la renegada su medallón, símbolo de la grandiosa guardia Kor’kron.

-Yo…nunca he pertenecido a nada, pero gracias.

Antes de marcharse, Herkus levantó la voz una última vez.

-Solo dime una cosa, ¿quién lo hizo?

La renegada suspiró y dio un nombre tras una pausa.

-Cerei Armgo dio la orden.

Valdur tomó la palabra para sorpresa de ambos mientras se marchaba junto a su padre.

-¡Ahora somos familia, eso es la Horda!

Padre e hijo fueron a reunirse con el resto de la Orden, aquellos quienes habían apoyado a Herkus durante toda la agonía que supuso su búsqueda, uno a uno, orgulloso, el orco fue enseñando con suma felicidad su cachorro a todos sus hermanos de espada, primero a Leonie, luego a Bixi, después a Nyssa y Telwyth hasta que el capitán se acercó y le susurró.

-Sube ahí y habla de tu viaje, Herkus. Es una orden.

La vergüenza frenaba el avance del orco hacia el lugar donde habían hablado todos los líderes, tanto de la Alianza como de la Horda, él no era digno de dar un discurso ahí arriba, estaba muy alto, no llegaba a ese nivel. El capitán, sonriendo, le dio un empujón que sacó al orco de entre la multitud y ya no tuvo más remedio que subir a hablar, saltándose cualquier fila establecida o turno de palabra, con su hijo subido en sus hombros el guerrero habló para todos.

“Hermanos y hermanas de la Horda, nuevos amigos de la Alianza, debo daros las gracias a todos. Hoy se libraba una batalla que decidía el destino mismo de nuestro mundo y hemos triunfado, juntos. No solo eso, gracias a los esfuerzos de la rebelión hoy me he reunido con lo que se me apartó durante el exilio. Un padre se ha reunido con su hijo hoy. Os aseguro que no olvidaré los rostros de los que hoy estaban dispuestos a morir y luchar por la causa, independientemente de su facción, estoy en deuda con todos vosotros. Gracias por ofrecer un futuro a mi cachorro. Por Azeroth.”

Las lágrimas no cesaban de florecer de los ojos del orco, que se alejó abrazando a su hijo con fuerza.

Muchos se acercaron a saludar al pequeño orco, un humano se acercó a pedir grog al padre que en otro momento lo hubiese apaleado ahí mismo por su osadía, sin embargo, se lo dio encantado.

El capitán llamó a Herkus y otro orco para que lo escoltaran hasta un encuentro con Rosa Negra. Los tres Espadas cabalgaron sus lobos, el guerrero llevaba las riendas y los estandartes en una mano mientras que en la otra abrazaba a su cachorro.

Al llegar, a pesar de que Herkus entendía y hablaba común perfectamente, no puedo atender a otra cosa que no fuera el dibujo en los tabardos de Rosa Negra. Un águila bicéfala, como los que llevaban los carceleros de Sentencia. La rabia comenzó a inundar al guerrero de nuevo hasta que su hijo soltó una risilla. La mirada del orco volvió a tornarse tierna y disipó de sí mismo cualquier intención negativa, al fin y al cabo esa gente también había aportado a la Rebelión.

Ambos líderes se despidieron y el Capitán se dirigió a reunir a todos sus efectivos. En el camino, Herkus se topó con viejos amigos y sin pedir permiso se desvió para saludarlos como es debido.

-Thukarg, ¡viejo amigo!
-¿Todo bien, Herkus?

El orco Quemasendas parecía afligido, con su cachorra en brazos miraba con tristeza al guerrero.

-Secuestraron a Valdur, me lo arrebataron y hoy, tras meses, nos hemos reunido al fin.
-Noticias de que se llevaron a un cachorro llegaron a oídos del clan, todos temíamos que fuera el nuestro, suspiramos aliviados al comprobar que no, pero no podía ni imaginar que se trataba del tuyo, ¿está bien?

El cachorro respondió él mismo.

-¡Una no muerta se aseguró de que no me hicieran nada!

Un viejo chamán y un orco gigantesco se acercaron a la escena, Herkus saludó al chamán con el respeto que merece un orco de su edad y sabiduría. Con una reverencia.

-Venerable.

El otro orco, se acercó a ver al cachorro, le revolvió el pelo y le sonrió. Ambos, el pequeñajo y el grandullón se quedaron conversando mientras que Herkus se ponía al día con Thukarg.

-Tras toda esta locura, he decidido enseñar a pelear a Valdur. Con el hacha que le regalaste en el torneo.

Entonces el quemasendas se acercó a la altura de los ojos del hijo de Herkus.

-Será un honor haber forjado el arma que llevará el futuro Jefe de Guerra Valdur.

Sonrojado y riendo el pequeño orco se apresuró a responder.

-¡La usaré para defender Azeroth!

Entonces una potente voz interrumpió el reencuentro de un orco con su amigo.

-¡Tito Herkus, eh, he visto a tito Herkus, soy Gragor!

Un orco enorme y corpulento abrazó con fuerza al guerrero.

-¡Gragor, cuánto tiempo hermano! Déjame en el suelo, estoy despidiéndome de unos camaradas.

El Jefe de los Rompecráneos se pronunció y ordenó al enorme orco que lo dejara en el suelo, cosa que cumplió sin hacerse de rogar.

Herkus se despidió de los tres orcos antes de girarse hacia sus hermanos del clan Rompecráneos. Allí estaban algunos reunidos, que compartieron risas y juegos con el cachorro, sobretodo Gragor, quien lo lanzaba por los aires a varios metros y luego lo cogía al caer mientras que Valdur chillaba y reía entre salto y salto.

-Jefe, este es mi hijo, Valdur. Voy a comenzar a entrenarlo aunque no tenga edad aún para el Om’riggor, no le vendrá mal saber manejar ya un hacha. De todas formas, necesitaré ayuda para que aprenda a ser un Hijo del Cráneo.

El Jefe Tuétano asintió sonriendo bajo una máscara de hueso y se marchó junto al resto del clan, patrullando Orgrimmar para asegurar que el ciclo queda roto y las diferencias no terminan con la paz que se respira tras el sacrificio de Varok.

Herkus tomó de la mano a su hijo y siguieron caminando hasta volver de nuevo al Bastión del Honor, donde una guardia del clan Quemasendas vigilaba la entrada. Una mirada desconfiada se clavó en el tabardo del orco.

-Throm’ka, ¿espada?
-Ahora presto servicio a la Orden, sí.

Conforme pronunciaba esas palabras, tomó a Valdur por la cintura y se lo echó a los hombros con una sonrisa en padre e hijo. Entonces la guardia abrió los ojos y se apartó ligeramente de su puesto.

-Así que es él…

Herkus asintió con la seguridad de que nada podría volver a separarlos jamás.

-¿Y qué se te ofrece, Herkus?

Preguntó la guardia con un tono amistoso.

-Quería ver a Kurg…
-¿A quién quieres ver, viejo amigo?

La voz de Thukarg apareció de improvisto por la espalda de Herkus, quien se giró para continuar haciendo su petición al clan con el que tantas batallas y momentos había compartido.

-Decía que si pudiera ser, querría tener unas palabras con el Jefe de Guerra Kurgan, agradecerle su entereza y vuestra lealtad a la Horda que importa.
-Ahora mismo se encuentra de reunión con el resto de líderes, pero estaremos una temporada por aquí, podrás decírselo cuando te lo cruces.

Herkus asintió, un orco de su calibre estaría ocupado con negociaciones y forjando lazos que no debían romperse por el bien de todos, más aún después de la importante guerra que acababa de terminar tras años librándola desde el exilio. Su clan había sufrido muchos agravios y descréditos desde que se echaron a un lado de la Horda de Sylvanas. Y por fin habían vuelto a casa.

-También quería que le entregases este regalo, en gesto de agradecimiento.

El guerrero se descolgó su confalón de la horda y plegó la bandera con sumo cuidado y con los honores pertinentes.

-Es la que arrojé al barro mientras le “ajusticiaban”. Quería que supiera que yo solo cumplía mi deber.

La voz arrepentida del guerrero dio paso a sus manos, las cuales tendieron el tan importante símbolo a Thukarg quien rechazó cogerlo él mismo.

-Ah no, viejo amigo, esto debes dárselo tú mismo en persona, ¡ahora mismo voy a por él!

El orco quedó desconcertado, ¿no estaba de reunión? No quería quedar como un impertinente, su regalo y su gesto no era tan importante, él solo era un guerrero y Kurgan el Jefe de Guerra de un clan fuerte. Pero al girar su cabeza hacia donde se dirigía Thukarg, pudo reconocer el rostro de un buen orco acercándose.

-¡Hablando del diablo!

Thukarg daba la bienvenida a su Jefe de Guerra mientras éste comentaba lo agotador que había sido la jornada. Entonces conforme subió los peldaños su mirada se cruzó con la de Herkus y luego con la de Valdur.

-¡Camarada Herkus! ¿Qué te trae por aquí? Veo que tu hijo está sano y salvo, ha crecido mucho desde la última vez.

Era cierto, el cachorro había dado un estirón en estos meses de ausencia, a lo mejor después de todo, no lo trataron tan mal.

-Sí, Jefe, está junto a mí de nuevo, pero no he venido aquí por eso. Quería darte las gracias por mantener una voluntad inquebrantable mientras que la misma Horda se partía.

Kurgan levantó una mano al aire, quitándole importancia a las palabras del guerrero.

-No tienes que agradecerlo, solo luchábamos por nosotros, por la Horda.

Herkus agachó la cabeza y confesó lo que todos en ese día pensaban al ver a los Quemasendas alzarse en la batalla.

-Pero vosotros vísteis antes que nadie lo que era justo, luchar por el hogar, por Azeroth.

Tras esta confidencia Herkus se acercó a Kurgan para tenderle la grímpola de la Horda, de orco a orco, de padre a padre.

-Tal vez no la reconozcas, es la que arrojé al fango en Tierras Altas Crepusculares cuando todo comenzó.

Kurgan agitó los brazos de un lado a otro a la par que negaba con su cabeza.

-No, no viejo amigo, esto debes quedártelo tú.
-Jefe de Guerra Kurgan, sin tus actos y decisión en la rebelión, no me habría inspirado a ir a recogerla, quiero que la tengas tú.

El líder de los Quemasendas sonrió de colmillo a colmillo, con un gesto amable y de camaradería recogió la bandera y pronunció.

-Así sea entonces, lo acepto por el respeto que tengo hermano Herkus, siempre es un placer verte, que tú y tu hijo podáis vivir en paz. Honor.

Kurgan inclinó su cabeza con una rectitud ceremonial.

-Y gloria.

Herkus respondió imitando la reverencia del Maestro del Acero y se marchó junto a su hijo.

-Bien, cachorro, nos vamos a casa.

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