[Relato] La Sombra y el Fuego

Esa fue una noche sin estrellas. La niebla saturaba el entorno. No había árboles, ni siquiera un triste arbusto o brizna de hierba. La pétreas y frías paredes de roca se alzaban y abajo, se hundían. El lugar era presa del más absoluto ambiente opresivo, pues parecía que una enfermedad saturara el aire, la tierra y el agua.

A través de caminos sin nombre, bordeando peñascos afilados, un grupo de sombras corpulentas se desplazaba sin levantar sospecha, sin producir ruido alguno. Cualquier susurro era acallado con miradas encolerizadas, con dedos llevados entre los colmillos. Espadas, hachas, mazas y machetes, todas las armas empuñadas acompañaban a nuestras sombras, proporcionando aspectos afilados al final de sus contornos, casi parecían imágenes grotescas si uno las veía en la lejanía, monstruos sin manos, tan solo hojas afiladas, dentadas.

Las pequeñas piedras del camino crujían bajo botas de cuero y acero a medida que las sombras avanzaban por un sendero mortecino. El decaído ambiente era un desagradable preludio del lugar al que se acercaban. El orco que encabezaba la marcha sombría se detuvo, alzando un puño, la hilera cesó sus pasos, observando todos el ambiente. Allá a lo lejos, entre la bruma, grandes colosos eran visibles entre los moribundos fuegos de las rocas más alejadas. Ogros.

Silenciosas órdenes fueron dadas. Los chamanes buscaron guía en los espíritus del lugar, así que cerraron los ojos y juntos se centraron, estudiando la posibilidad de su ayuda para la misión que tenían entre manos.


En lo más profundo de unas mazmorras húmedas, maltratadas y frías, había un orco. Su cuerpo, semidesnudo se encontraba de espaldas a una pared, sus brazos estaban apresados por toneladas de cadenas que le impedían moverse. Hacía varios días que había perdido la fuerza para resistirse al peso del acero sobre sus muñecas y las heridas sufridas por la continua tortura no eran tratadas, si no dejadas al putrefacto ambiente del lugar.

-Kurgan… Tu voluntad de hierro es legendaria, pero al final, como todo, morirá. Llegará el momento en que pedirás clemencia, y yo te la daré.- La voz, muerta y sibilina, se alzaba en al oscuridad. Una presencia encapuchada se mantenía como una estatua de cementerio frente al cabecilla Quemasendas.

El orco rodó los ojos, no por hartarse de las palabras de su torturador, si no por el efecto que las drogas hacían en él. Desde el mismo momento que llegó, los Renegados le aplicaron todo tipo de sustancias experimentales para dejarlo débil y vulnerable. Lo suficiente como para extraerle información. Así se aseguraban conocimiento y mantenían a Kurgan preso, sometiendo la voluntad de los Quemasendas.

-Pero mi paciencia, “jefe”, tiene sus límites.- Continuó el no-muerto con voz de ultratumba.- Te lo preguntaré una vez más, orco. ¿De qué fuerzas disponen los tauren Pezuña Negra? ¿Quienes son sus líderes? -El Renegado pateó el estómago de Kurgan, a lo cual el orco se limitó a gruñir levemente.- Responde, o no me detendré hasta que hayas perdido la cordura. ¿Por qué tanta tozudez, orco? ¿Qué os impulsa a desobedecer el mandato de la Dama Oscura? Todos somos la Horda… ¿Verdad?- Una sonrisa maquiavélica se dibujó en un rostro largamente perecido, unos dientes podridos amanecieron de entre unos labios resecos, momificados.- Sí, por supuesto que sí. Todos somos flechas en el carcaj de la Dama Oscura, todos.


Muerte, desesperación, agonía y eterno sufrimiento. Los chamanes Quemasendas no lograron nada, pues los espíritus del fantasmagórico lugar yacían atormentados en ese sitio. Apretaban los dientes ante las súplicas de ayuda, de piedad, de los que aun moraban esa tierra. La más joven, Shokko, derramó lágrimas por ello, nada podían hacer ese día, pues una misión crucial debía ser llevada a cabo.

Nervioso por no avanzar, Brotgar aceptó la propuesta de Sinnastra, la aliada shal’dorei del clan. La elfa propuso cubrir a los orcos en una ilusión. Si el comandante aceptaba, podían pasar entre los ogros sin levantar sospechas, pues los orcos creían que los Renegados les toleraban cerca. Y así fue. Sinnastra movió sus manos y de ellas nació la magia, canalizándola a todos y cada uno de los orcos presentes. Todos, tarde o temprano, tuvieron la imagen ilusoria encima. Todos, en ese momento, lucían como Renegados, como no-muertos. Los orcos se miraron las manos, sus cuerpos, muchos se asquearon ante tal imagen, pero al fin y al cabo, solo era una ilusión, por lo que Brotgar acalló la palabrería y ordenó el avance.

Las sombras, ahora esqueléticas y terroríficas, avanzaron ranqueando, cojeando. Los ogros se apartaban de su camino con el mismísimo miedo en sus miradas, tal era el terror que ejercían los Renegados sobre ellos. El regimiento orco encubierto caminó y caminó hasta que de entre la niebla del sendero apareció una alta estructura, una torre sombría que coronaba el final de un estrecho valle de rocas y polvo. Sus piedras eran viejas, estaban sucias y los maderos de los balcones largamente podridos y desgastados. Cuando alcanzaron la base de la estructura los orcos se detuvieron. Brotgar ordenó a Saburo y a Gar’gan que eliminaran los centinelas del exterior, pues cabía la posibilidad de que en el interior hubiera información del paradero de Kurgan, o que el mismo jefe estuviera ahí. Esa motivación fue suficiente para los orcos que, habiendo perdido su disfraz ilusorio, avanzaron hacia la torre. El venerable Saburo aprovechó una distracción de Gar’gan y cortó el cuello al primer centinela Renegado de la base de la torre. Antes de que el cuerpo cayera a peso muerto, el maestro del acero lo sostuvo, para evitar demasiado ruido. Otro centinela cayó en la entrada principal y con urgencia en sus gestos, Saburo indicó a Gar’gan que avisara a los demás.


-Tus músculos, Kurgan.- El Renegado dio un toquecito a uno de sus brazos, ahora algo más flacos, sin estar en tensión.- Te estás debilitando. ¿No valoraba tu pueblo la fuerza por encima de todo? ¿Qué hay de eso ahora, “jefe”? Eres débil, no podrías ni levantarte aunque quisieras.- Se giró y encaró a otro encapuchado.- Edmund, ya sabes qué hacer.

El otro no-muerto llevaba en sus manos una barra de hierro al rojo vivo. La aproximó a la carne de Kurgan y aplicó la tortura sobre su piel, llenando el ambiente del olor de la carne quemada. Le aplicó la barra de hierro sobre el pecho, pero no era la primera vez que lo hacían, y no sería la última. Aunque eso era lo de menos para el orco, era la mejor de las torturas, en comparación a las muchas otras. El orco se mantuvo en sus cabales y resistió sin proporcionar un solo grito de agonía ante sus captores, no les daría esa satisfacción.

-El castigo que estás experimentando es justo, “noble” Kurgan. Los tuyos masacraron a un batallón de los nuestros en Alterac. En concreto, mataron también al que te apresó, Valdric. Pobre muchacho… era un leal servidor de la Jefa de Guerra. No como tú.- Un bofetón que se esperaría más débil impactó contra la cara de Kurgan. Sin duda la no-muerte había bendecido a esos Renegados con más fuerza de la que aparentaban.

A través de las mazmorras, ecos muy lejanos del exterior llegaron hasta la sala donde se mantenía preso a Kurgan, al lugar donde le torturaban día y noche. El encapuchado giró su rostro hacia los decaídos pasillos del lugar, al sitio donde había la entrada.

-Ve a ver qué ocurre.- Entonces el otro, Edmund, asintió como solo un ser medio vivo puede hacerlo y se marchó, dejando tras de si el fétido olor de la decadencia y la muerte.

El orco alzó el rostro, la tortura le proporcionaba momentos de claridad, pues no estaba bajo el efecto de drogas o tranquilizantes. El Renegado, regio, majestuoso en su oscuridad, observaba al orco de forma magnánima, sabedor del poder que tenía, de las decisiones que podía tomar con el beneplácito de las altas esferas. Sin embargo, el no-muerto vio algo diferente en el cabecilla orco. Por primera vez en muchísimos días, con un ojo medio cerrado, cubierto de heridas, cicatrices y suciedad… Kurgan sonrió.


Los orcos trepaban por la torre a toda prisa, había poco espacio para la sutileza en ese momento. Un centinela renegado había gritado pidiendo ayuda y fue rápidamente acallado. Sin embargo los orcos lo tomaron como una señal de que se les acababa el tiempo, y así era.

Cual ariete, todos los guerreros y guerreras subían y subían, matando renegados por doquier. En la cima de la torre, un oficial resistió durante mucho tiempo los embates de los que lo enfrentaron, tanto resistió que el grupo decidió moverse deprisa, separarse. Mientras unos aniquilaban al oficial, otros buscarían a Kurgan, pues el jefe no se encontraba en lo alto de la torre. El grupo de buscadores encontró, en su frenesí, una entrada a un sótano oculto. Justo cuando lo hicieron, el resto de Quemasendas que combatían al no-muerto regresaron con algunas heridas, habían ganado. Y entonces, con las armas en mano, entraron en catacumbas y mazmorras largamente ensombrecidas.

No hubo piedad con absolutamente ningún no-muerto que se les cruzó. El clan entró con furia roja en sus ojos, con sus armas prestas cargaron por antiguos pasadizos oscuros, arrasando como una marea ígnea a todo lo que tuvieran por delante. Soldados, carceleros, torturadores, todos, absolutamente todos perecieron en esas infectas salas. Sin embargo, ninguno reparó en una sombra que se deslizó por un rincón perdido del lugar, alguien había escapado a su furia. Cuando los ecos del combate cesaron, los Quemasendas empezaron a gritar.

-¡Kurgan! ¡Kurgan!- Se llevaban las manos junto a los labios para que se oyera con más fuerza. Todos buscaban al orco, sin resultados.

El jefe, en lo más profundo de las mazmorras, sin apenas fuerzas para abrir sus ojos, hizo acopio de toda su fuerza de voluntad y dijo:

-¡Aquí…!

Eso fue suficiente para que los orcos le oyeran. Llenos de júbilo le encontraron y todos se horrorizaron ante el terrible aspecto que presentaba su jefe. Yacía encadenado, con evidentes marcas de tortura por todo su cuerpo. Moratones, latigazos, piel quemada y algún que otro hueso descolocado.

Los orcos no perdieron más tiempo. Krag tomó a Kurgan en brazos y se dispusieron a escapar de ese lugar, el tiempo corría en su contra de nuevo. Sin embargo, justo antes de alcanzar la salida, una enorme roca les bloqueó el paso, una trampa. Los orcos se miraron unos a otros, sabían muy bien que ese era el fin de todo, no habría escapatoria de los Renegados. No solo tenían a Kurgan, si no que también tenían a todos los responsables de las muertes de los Renegados en Alterac, de los que habían traicionado a la Jefa de Guerra.

La salvación llegó del ser que menos cabría esperar.

La shal’dorei Sinnastra, viendo que ella era la única capaz de sacar a los orcos del lugar, conjuró a toda prisa un portal que permitiría al clan vivir un día más. Los Renegados estaban a punto de hacer ceder el mismo techo de la cavidad, buscaban enterrarles vivos a todos. Las piedras caían de arriba, los orcos miraban, ofuscados a su alrededor mientras sucedía. Sinnastra por su parte puso todo su empeño, dedicación y profesionalidad en crear un portal en la más absoluta oscuridad. Cuando lo creó, empleó toda su energía en mantenerlo abierto para que absolutamente todos pasaran. Uno a uno los orcos lo atravesaron sin preguntar siquiera el sitio al que irían, todos desaparecieron del interior de las infectas criptas.

Todos, menos una. Cuando los orcos emergieron por el portal, cayeron de bruces en un ambiente selvático, uno que muchos veteranos podrían reconocer de inmediato, se hallaban en el Pantano de las Penas. Todos miraron a su alrededor.

-¿Dónde está Sinnastra?- Preguntó la pequeña Grohka, buscando desesperada a su maestra.

La shal’dorei, en un último acto de servicio y amistad con los orcos, había decidido sacrificar su vida para que todos ellos pudieran salir de ahí. Sinnastra no cruzó el portal.

No hubo orco que no sintiera pena o remordimiento por el acto de la shal’dorei, pero todos trataron de apartar los sentimientos negativos. La elfa había luchado como un auténtico miembro de la Horda, con honor, arriesgando su propia vida por sus amigos, por su familia fuera de Suramar. Habría tiempo para llorarla, pero ahora, debían buscar refugio.

Todos los Quemasendas y el maltrecho Kurgan se dirigieron a una antigua torre de vigía, perdida en la espesura de la selva y los pantanos. Allí morarían hasta la siguiente fase del viaje.

Allá, perdido entre las mareas del Vacío Abisal, había un lugar, uno al que debían llegar. Mientras los Quemasendas liberaban a su jefe, Zashe guiaba los restos del clan por las áridas llanuras de Península del Fuego Infernal, en pocos días alcanzaría Nagrand.

El futuro era incierto.

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Magistral como siempre Kurgan, sigue así!

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¡Gratitud buen hombre!

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