[Relatos] Memorias de un Mercenario

Prólogo

"Comienzo esta ignota aventura narrativa sin saber muy bien a dónde o a qué me llevará. Posiblemente ahora no tenga ningún sentido mas allá de cinco minutos de redacción antes de dormir, pero a buen seguro, necesitaré dar una vía de escape a mi mente cuando llegue a mi destino, y el papel y la pluma se convertirán por fin en mis aliados y no mis enemigos. Estas hojas, que arrojaré al mar en botellas, serán testigo no solo de mi exacerbado alcoholismo, sino también de la leyenda del eterno mercenario.

Quien sabe si de no haber sido por aquel explorador que tuvimos en la compañía, sabría ni siquiera qué es un cronista. Todo mi reconocimiento a Diaco el Pícaro y Ziegler Stendel, precursores intelectuales de esta creación, y a todos quienes me animaron a dejar de escribir Gilneas con J así como otras aberrantes faltas orcográficas.

Mi nombre es Torvald, de los Harford de Gilneas. Quizá me conozcan de alguna que otra pillería o travesura. Si, fui yo al que desterraron de la pedanía nobiliaria venida a más de los Landcaster por no fregar el sótano. No, no fui yo el del faro, eso es una larga historia que me niego a contar. Ni confirmo ni desmiento haber estado en Lunargenta, ni en ninguno de sus opulentos festejos, pero si ser el primo (el atractivo y carismático) del bienamado Galahalt Halford de Aguasnosequé de Lordaeron.

Pero algo si puedo afirmar. Nuestra compañía, la Compañía Harford, fue la mas temida y respetada asociación mercenaria en este lado de Azeroth. Y al que osara llevarnos la contraria, en un barril de avinagradas tachas lo metíamos y a rodar por el monte lo largábamos.

¡Pero basta de presentaciones! Ya me conoceréis a lo largo de estas narraciones."


Puerto de Boralus. Una ajetreada noche de verano cualquiera, la campana del embarcadero repica con vigor.

Otra vasija se hace a la mar, y al poco tiempo, una nueva ocupa la vacante. Jóvenes estibadores explotados hasta la saciedad exprimen sus últimas horas de trabajo, raquíticos mendigos moran las esquinas en busca de limosna y provocativas meretrices tratan de engatusar a algún mercader o aventurero de lejanas tierras bajo el fulgor de las lunas.

Pronto, este metropolitano ambiente es dejado atrás por la felicísima flauta mercante de don Jansen de Vries, un afamado comerciante local que, siguiendo su política de empresa - mas bien delirante superstición - todas sus vasijas han de ser fletadas con nocturnidad. En una de ellas, con una carga no demasiado llamativa ni valiosa, viaja nuestro protagonista. La nave responde al apelativo de "Gata de Porcelana". Al no ir cebada de productos, a menudo el capitán, a espaldas de su señor, ve la oportunidad de trasladar pasajeros a cambio de una tasa.

Un maltrecho candil en una esquina de la mas baja cubierta se enciende de manera tenue. Dentro de la insalubridad de un barco generosamente tripulado, el gilneano escribe sobre una caja sellada.


Día 1

"Hemos zarpado de Boralus. No fue difícil convencer con plata al capitán de la Gata de Porcelana de que me hiciera un hueco en su navío. A pesar de las facilidades para desplazarme, puede que este sea el viaje mas triste y melancólico que un hombre puede hacer. Es el viaje final, sin retorno, de una res al matadero. Un destino que, aunque desconoces, sabes que jamás saldrás de él.

Por suerte rellené bien mi petaca de por lo menos catorce licores locales. Eso me ayudará a no derramar ninguna lágrima, no por lo menos por nostalgia, y a centrarme en la misión. Incluso en un viaje tan gris como este, servidor tiene un cometido que cumplir.

Aún recuerdo la cara de los miembros de mi compañía congregados en aquella taberna en la que celebramos mi despedida en torno a tres mesas juntadas y rebosantes de grog cuando les desvelé mis planes de futuro. Me observaban ojiplatos, sin dudar una sola de mis palabras, asintiendo y haciendo preguntas banales con ebriedad. ¡Como se nota que si no fuera por mi, no sabrían ni a que huele el mar! ¿Cómo demonios esperan que navegue tantas millas usando solo un barco? ¡Con qué tripulación? ¿Retirarme, con apenas veinte doradas? Si por oro fuera, me hubiera retirado después de Los Baldios. (Y quizá hubiera salido ganando)

No, amigos... las lejanas Islas de Barlovento son precisamente tan desconocidas debido al enorme gasto de recursos que supone trasladar a una sola persona hasta allí. No se conocen puntos de ley de esos que usan los magos para llegar allí en un chasquido de dedos, y los impredecibles temporales del Mar del Sur frustrarían cualquier intento de llegar volando sobre un grifo o un trasto gnomótico. El mar es la única opción, y no es fácil. Pocos saben y menos lo comparten.

¿Cómo llegar? ¿Por qué tan lejos? ¿Por qué abandonar a los tuyos en un momento tan crucial como una guerra sin precedentes por una misión personal? No son todas pero si las principales cuestiones. No os preocupéis, amigos. Tendré noches de sobra para despejar todas las dudas. Esta no es una de ellas. ¡Hasta mas ver!"


La botella, arrojada al fiero Mare Magnum en mitad de la noche, flotó, hasta acabar llegando a una ignota orilla arenosa en una de las múltiples playas del vasto oceano, quien sabe a pies de quién.
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Día 6

La semana se ha hecho larga y espesa a lomos de la Gata de Porcelana, por suerte, la cocinera a bordo ha sido un buen hilo del que tirar para paliar el aburrimiento. Por esta clase de días son por los que me alegro de haber sido mercenario y no corsario. Esos pequeños detalles que pueden hacerte disfrutar de una lucrativa travesía a través de los Siete Mares cazando pesqueros neutrales en lugar de pasarte semanas criando barriga en un coy mientras simplemente haces como que vigilas el horizonte, das dos gritos a la tripulación en las jarcias e izas el pabellón cuando ves pasar a un mercante.

Pero bueno, no hay mal que cien años dure. Al atardecer arribamos al Puerto de Menethil, y horas después pude disfrutar de una festiva velada en la taberna local. Voy tan templado que no recuerdo ni como se llamaba la maldita taberna. ¡Y pensar que hace tantos años fue aquí mismo donde empecé mis aventuras fuera de la patria! ¿Que habría sido de mi si no hubiera tenido el coraje para hacerme a la mar durante el cierre portuario de Gilneas? Éramos solo yo, El Caña y el vecino del carpintero. Los buenos tiempos. No me malinterpretéis, se que tres hombres en una canoa es una fantasía algo exótica, ya me entendéis. No hubiera hecho ascos a alguna sirena cansada de morar los abismos del mar.

Sin embargo, las sirenas podrán esperar. Mi siguiente paso dependerá de la fortuna que corra el navío conocido como La Brava Rodela. Por lo que pude saber a palabras del contratista, son una tripulación de enanos neutrales que se dedica a explorar, picar, observar y coleccionar piedras. Arqueólogos, los llamo yo.

Su habitual ruta está comprendida entre la gélida Rasganorte y la árida Tanaris. Como es de esperar, no disponen de los medios para viajes de tal magnitud sin realizar transbordos, concretamente, en Menethil para reponer la bodega, y en Ventormenta para vender las mercancías. Ahí yacerá mi destino mas próximo, y con suerte, podré dejar de jugar a ser pasajero de terceros.

Lo admito, hubiera sido mas fácil tomar el transporte de pasajeros entre Boralus y Ventormenta. Es una nave veloz, no tan cara como mi actual ruta y muchísimo mas higiénica que un mercante rebosante de telarañas o un bote cargado de hombres barbudos. Pero, ¿acaso creéis que estoy solo en este viaje? No, por supuesto que no. Siempre hay alguien dispuesto a acecharte, perseguirte, y abalanzarse sobre ti en cuanto tenga la oportunidad. Hay que invertir tiempo y recursos en evadir esta clase de infortunios.

Sin mas dilación, y si el ron, el tequila, el ron de coco, el vodka, el aguardiente, el ron de banana, el anís, el vino y el ron blanco que he consumido esta madrugada me lo permiten, trataré de aprovechar mis escasas horas de sueño. ¡Es a primerísima hora!


Esta amarillenta hoja salpicada esencialmente de ron barato reposaba entre el pajoso colchón y la mugrienta almohada de la habitación mas barata de la principal tasca del Puerto de Menethil.

Días mas tarde y tras ser usada como picadero por un popurrí de razas de la Alianza, la cuidadora que se disponía a limpiar el mohoso habitáculo encontró este documento impregnado de algo mas que ron barato.

Al no saber leer, y creyendo que podría tratarse de algo importante, la almacenó en el tarro de cristal de los objetos perdidos - los suficientemente despreciables como para no acabar vendidos de segunda mano o robados - cogiendo polvo hasta que alguien la reclamase.

Una densa niebla cubrió al amurallado pueblo costero aquella noche...
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Día 10

Esto no es un barco de arqueólogos. “¿Que podía salir mal?” Estaba claro que podían ser de todo menos arqueólogos. ¡Son vrykul! ¡Y muchos de ellos geomantes y chamanes! ¿Quien iba a esperarse esto? Tienen un acento muy marcado del norte, no entiendo cinco palabras de cada cuatro y encima escriben en runas, que para mi, son todas iguales.

Gracias a los Siete Mares que hay un enano a bordo efectuando las labores de intérprete. De no ser por él ni siquiera hubiera subido a bordo de este “drakkar”, como ellos lo llaman, ni con cinco barriles de bourbon encima. Durante toda mi vida he luchado contra estos bárbaros de dos metros el mas pequeño, ¿quien me iba a decir que no todos ellos son hostiles?

Agradecimientos y complicaciones aparte, pude aprender algo sobre ellos durante estos días. Tienen técnicas de navegación mas avanzadas de lo que esperaba por el tamaño de sus naves o por la frecuencia con la que puede vérseles navegar. Temen a una especie de patrona de los muertos llamada Helya, evitan a toda costa los bancos de niebla y respetan la mar mas de lo que imaginarías para seres capaces de decapitarte con una de sus hojillas de afeitar.

El avizor, lejos de ser el habitual inútil de las tripulaciones humanas cuyo único requisito es no ser tuerto, es una especie de vidente con túnicas acompañado de un par de aves que hasta el momento desconocía podían adentrarse mar adentro. Esa misma mujer nos ha advertido de que el faro de Ventormenta está a la vista, aunque yo no veo nada. Llegaremos pronto y por fin tendré el control sobre mi destino



Día 14

Por fin. Ventormenta. Hogar de la humanidad, la Santa Sede de la Iglesia de la Luz Sagrada y, sin envidiar nada a la vil Lunargenta, la mejor torre de magos del continente. ¡Escoria! Canales rebosantes de hez fecal procedente de un lumpen obrero castigado severamente por las élites ventormentinas. Creo haber escuchado algo de una revuelta campesina (los “Medinistas”) en las regiones rurales mas lejanas a la urbe. Una pena haberme perdido toda la diversión.

También fue una pena no haber podido meter mano en las ventas de la Brava Rodela. Hay una especie de mercadillo en el puerto, como todos los fines de jornada. Sin embargo, no era mi prioridad.

Requiero de todos los fondos posibles para poder acometer mi misión con celeridad. Inmediatamente pasé, cual muerto alzado de su tumba, sin previo aviso y montando sobre la desgracia, la ronda por los locales de la ciudad con los cuales mantengo negocios. ¡Legales, si me preguntáis! Agradecimiento al bueno de Aithor por sus dotes de negocio a la hora de asegurar estos beneficios a las espaldas de la Compañía.

No he visto ni uno solo de aquellos tabardos que solíamos encargar a los Thurman. Dos espadas blancas cruzadas sobre un fondo azul marino y encuadrado en un clásico bordado azabache. Quizá sea cierto que ha muerto una leyenda. Dudo que esos bastárdos a los que llamé hermanos estén dando el tajo ahora mismo. Los símbolos son importantes, son nexos, son moral. Son el aglutinadores, inspiradores. ¿Os imagináis a los “Taurenchestain” esos sin su irreverente guitarrista de ultratumba, autor de míticos solos como el del tema “Soy un múrloc”? Yo tampoco.

Me pasé en última instancia por el Cerdo Borracho. Reese Langston, condenado perro viejo. Parece inmortal. Son ya muchos años consumiendo en su nefasta tasca de mala muerte. No recordaría ni cuantas noches he acabado peleando en el callejón de detrás, regurgitando sus volátiles mezclas alcohólicas o retozando con bellas damas que frecuentaban aquellas cuatro infestas paredes de madera atermitada

Y si. Le pagué sus sesenta y seis cobres de whisky. Las deudas han de ser saldadas. Por una vez en mucho tiempo, pude sentir que hacía algo correcto. Quien sabe si volveré de esta legendaria aventura, y que narrarán los bardos sobre mi. Quien sabe si alguno de esos paletos me recordará. ¡Me se de alguno que no podrá olvidar mis nudillos! Reese, gracias por todos estos años de taberneo. Eres un grande. Un mítico. Una leyenda. Tu legado perdurará mas allá de las generacion… (mancha de ron que nos evita una pesada y empalagosa narrativa)

Con las deudas saldadas, los asuntos cobrados, los pactos finiquitados y los negocios cerrados, abandoné el antiguo local de la Compañía Harford. Quitar aquella bandera azul de la pared me dolió en las entrañas, pero era necesario. Tras conversar y poner al día a los pocos amigos que me quedan en la ciudad, marché al puerto. Allí zarparía rumbo al destino final… pero eso es algo de lo que ya os hablaré mas adelante. Servidor lleva encima un par de pintas enanas bastante enriquecidas. Como dirían en la Gilneas del norte: “¡Hasta la vista, cerdo monarquista!”



Estas dos hojas, separadas del diario principal, parecen haberse separado accidentalmente del libro. A juzgar por su perfumado aroma a lujuria, parecen haber pasado mas tiempo del necesario en algún lupanar de barrio, custodiadas por alguna concubina quien sabe con que fin

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Día 15
“Llegó el momento de partir. Un alud de sentimientos sucumbió sobre mi corazón conforme nos alejábamos a bordo de aquella goleta, convirtiendo a la imperial urbe de Ventormenta en un punto perdido en el horizonte. Que la Luz guarde mi alma, pues arrancándola de donde ésta se templó, también siento haber perdido parte de ella.
Si. Acabo de encomendarme a la Luz Sagrada. Acabo de llamar algo mas que infecto entramado de nauseabundas cloacas a la ciudad de Ventormenta. Soplan vientos de cambio. A fin de cuentas, ¿qué hubiera sido de mi si no hubiera arrastrado mis huesos por la mugre que habitaba en esas calles? ¿Sin todos y cada uno de los rateros y maleantes que contraté para la compañía? En días como estos gusto de acordarme de viejos compañeros, no tan cercanos como el núcleo duro de la compañía, sino otros, a menudo conocidos como el lumpen. Mario “el Comadreja” y su mítico rito de iniciación cazando raptores en la Cuenca de Arathi. Agraf el enano gordo, y cuando se paseó desnudo con un barril tapándole en Los Baldios. Diaco, nuestro primer cronista, inspirador de toda una generación. Y todos los que me dejo. Nuestra historia siempre os hará justicia.”
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Día 19
“Cuarto día a bordo. Todo transcurre con normalidad, en parte gracias a los buenos tripulantes que llevamos. El almirantazgo del Gremio Mercenario, posiblemente la única organización que aún me reconoce más que sea como una figura relevante de un pasado glorioso que languidece, se ha prestado a suministrarme un par de hábiles manos de mar en esta empresa mía, a un precio bastante asumible.
El Gremio siempre fue algo controvertido. En la compañía se les percibía como una filial, y ciertamente, en sus inicios, no era mas que una cortina. Con el tiempo, llegaban nuevos empleados, y con ellos, nuevas ideas. Su opinión nunca fue favorable, y con razón. Yo siempre metía mano, hacía y deshacía a gusto, su organigrama no era estricto y yo aprovechaba la situación. ¿No era eso lo que hubiera hecho mi yo de hace una década? Lo mismo no he cambiado tanto.
Ahora mismo, con la compañía Harford extinguida y su abstracto colectivo en desaparición, el Gremio anda metido en sus propios contratos, de forma independiente y disciplinada. El mando del almirantazgo me ha concedido a un timonel especialmente diestro, Don McKenzie, un reflexivo anciano de nostálgica mirada, que lleva esta goleta hacia su destino en el sur. Parece ajeno a todo el conflicto de intereses. Nuestro intendente, Don Seoladh, parece algo reticente a compartir cubierta conmigo. Ha dejado patente en varias ocasiones su adversión hacia lo que significaba la compañía, y ha escupido a menudo en mi alimento. Nuestro contramaestre, Don Pipa de Marfil, se ocupa de organizar al resto del personal en los aparejos, quizá sea la persona mas dada a conversar en este barco, conoce todos los entresijos de un viaje de esta magnitud y hace que transcurra todo con normalidad. Sin embargo, aún queda trayecto.”

Día 25
“Durante esta época del año, el Mar de la Niebla es mas difícil de navegar aún. Los bancos de neblina son espesos y turbios, no puedes ni tan siquiera ver la popa desde la proa. Nuestra avizora en la cofa, Doña Marisa, es incapaz de advertirnos de los rocajes hasta que estamos casi subidos a ellos. A pesar de los daños en el casco, que se han saldado con alguna que otra fuga achicada, es buena señal, pues significa que vamos en la dirección correcta.
El Bosque de Jade está a apenas una noche de distancia si las corrientes nos son propicias. Pandaria está a la vuelta de la esquina.
Es esta una tierra que apenas recuerdo, pues tan solo la pisamos dos veces si mal no recuerdo, en expediciones hacia Kalimdor en las cuales tuvimos que reponer enseres a medio viajar. Nuestros compañero Tekuro - icónico sanitario de la compañía en sus tiempos jóvenes - solía hablarnos de la tierra de la que era oriundo, y la describía como un lugar tranquilo, idílico, romántico, deseable. Bienestar. Para el pueblo pandaren, la llegada de nosotros los continentales significó desequilibrio, guerra, inestabilidad. Y no me extraña. Es una tierra por explorar, a buen seguro caudalosa en bienes y tesoros…”

Día 27
“Hubimos finalmente atracado en el continente pandaren anoche a última hora. Entre la niebla, se distinguía perfectamente lo que creíamos era una villa costera, pero, para sorpresa nuestra, resultaba ser un impetuoso junco pandaren. Estoy seguro de que pocos son los continentales que han vivido para admirar semejante maravilla. Su impetuoso tamaño, su colosidad, su superior manga y eslora convierten al mayor buque de guerra tirasiano que jamás he visto en un insignificante escarabajo a su lado. Las velas de este luminoso y monstruoso navío tienen una forma curiosa, como rasgada, geométrica, lineal. Sin duda, los pandaren han desarrollado su ciencia a espaldas de nuestros ojos. Hay mucho por compartir.
Pasé la noche junto a mi amante Ryuna Wang-Tse, que, tal y como esperaba, se encontraría aquí conmigo. Por lo visto, me he atrasado un par de días con respecto a la fecha planeada, y es una pena porque podría aprovechar mi tiempo en esta aldea de pescadores probando el soju local, escuchando sus historias o jugando a esta especie de ocio - un tablero de madera con cuadrados y fichas, ¡qué locura! -
Sin embargo, mi misión no puede aguardar tales contratiempos, pues ya navegamos contracorriente. Mañana al alba partiremos nuevamente. Quien sabe que nos traerán las mareas…”

“Una copia de estas páginas reposa en la estantería de un estudioso pandaren de la septentrional aldea pesquera del Bosque de Jade conocida como Bin Jing. Entusiasmado por las historias que contaba el mercenario gilneano en su primera noche en puerto - claramente ebrio -, se comprometió a traducirlas del común al pandaren, convencido de que estas narraciones serían de valor cultural alguno dentro de algunas generaciones. Contiene numerosas faltas e inexactitudes, pero están firmadas inequívocamente por Torvald Harford.”

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Día 30
“Se hubo retrasado nuestra partida de susodicha aldea en el Bosque de Jade a motivo de las enfermedades y las reparaciones.
-Tres marinos nos han dejado afectados por una especie de fiebre, que los curanderos locales no han sabido identificar a ciencia cierta. Sumando a Ryuna a nuestra tripulación, podemos paliar la falta de mano de obra en las jarcias, pero en caso de hostilidades, tendremos claramente la mano perdedora.
-Por si ello fuera poco, dos estibadores han resultado heridos a raíz de la explosión de uno de los seis cañones que llevábamos a bordo, perdiendo ella una mano y el el brazo entero. Hemos dispuesto a la mutilada a la cofa, devolviendo a Doña Marisa a cubierta, y a el lo hemos dejado en puerto descansando y recuperándose, con la promesa de un mercante pandaren de transportarlo a Boralus en su próximo viaje. La hospitalidad pandaren es legendaria.
Aprovisionados, ahora nos desplazamos hacia el sureste. Tal y como reza la carta de navegación que Ryuna se ocupó de obtener en mi ausencia en la aldea, las Islas de Barlovento se hallan ‘allí donde acaba la niebla, donde confluye el fuego con el viento, donde los relámpagos caen sobre la espalda del infierno, y donde las llamas hierven las puertas de los cielos.’
Suena bastante poético, seguramente debido a la traducción del pandaren tradicional. Me aterra creer que exista un lugar así, por tanto hemos llegado a concenso de que esa cita hace referencia al punto austral del mapa, oriental respecto a los Mares del Sur, y meridional respecto al Mar Adusto.
Cualquier otra interpretación sería caótica para la moral de la tripulación, así que, con votos a favor de Don Jaroslav, Don McKenzie, Doña Marisa, Ryuna y yo, y votos en contra de Don Seoladh y Don Swashbuckle - un enano negro gritón que parece estar al mando de la artillería - hemos decidido contar al resto de tripulantes, que ahora oscilan entre decena y media, que la frase literal del antiquo pergamino rezaba ‘al sur del ron de coco y al este del licor de bambú, las Islas Barlovento verás tu’. No solo lo han entendido y les ha hecho gracia, sino que se lo han creido. Panda de cretinos sin cultura.”

Día 38
“Siento haber abandonado la escritura durante esta semana. No solo olvidé el diario bajo una batería de a 16, sino que además las cosas han estado mas movidas de lo que me esperaba.
He caido en la tremenda deuda que arrastro. Aún apurando todos los beneficios que pude en la ciudad y liquidando las posesiones terrenales, fletar esta goleta, financiar los suministros, abonar las tasas portuarias y pagar a los marineros es un cuantioso menester. Salvando a Ryuna que me acompaña por deseo personal, el resto cobra por días navegados, y llevamos mas de tres jornadas echados a la mar.
Don Lazic, el capataz al mando, seguramente informado por Don Seoladh, el hombre a bordo mas adverso a mi que sepa contar, decidió recordar en mitad de un almuerzo el montante total que debo a la tripulación, sumado a las indemnizaciones por bajas de los cinco marineros que dejamos atrás, las reparaciones y los pluses por navegar aguas frecuentadas por piratas.
Apunto estuvimos de tener un motín entre manos, en el cual tenía todas las de perder. Tan solo un aviso desde la cofa de fuertes oleajes pudo dispersar aquella conversación, mandándome un mensaje claro; si pretendo llegar, debo ganarme al grueso de la tripulación y extirpar a las lapas del casco, antes de que ellas lo hagan conmigo.”

Día 41
“La furia de los Siete Mares se ha vertido sobre nuestra embarcación, haciendo caer de las jarcias a dos marineros de forma mortal, y provocando la caída y ahogamiento de otro mas. Se suman así un total de ocho bajas, restando además de la oficialía, tan solo once tripulantes para maniobrar. Nos va a tocar a todos trabajar con nuestras propias manos si queremos sobrevivir a este viaje.
Anoche hablé con Ryuna bajo la luz de la luna en proa, donde nadie pudiera escuchar. Sabe como arrancarme las respuestas a sus preguntas. Posiblemente sea la única humanoide a bordo que sienta intriga por qué haré cuando lleguemos a Barlovento, y definitivamente, no creía la excusa de la jubilación dorada. No es lugar para jubilarse, por lo menos no voluntariamente.
Traté de ser discreto en mis palabras. Sabe que es por alguien, no por mi. Seguramente lo sospeche. No quiero destripar aún la sorpresa, aunque empiezo a sentir que no es por la narrativa de este diario, o por si no consigo terminarlo, sino porque me aterraría que todo saliese mal, y quedara patente mi fracaso.
Confío en la buena fe de la Madre Marea y el Padre Viento. ¿Existirá alguna cultura que venere a estas deidades? ¿Que me decís de los vrykul? ¿Los colmillarr? Quien sabe.”

Día 44
“El Padre Viento nos ha castigado severamente. Descargó su rampante puño sobre nuestra vasija, arrancando de cuajo el trinquete. No tenemos posibilidad de navegar de bolina, y su voluntad parece cambiante. Hemos perdido mucha fuerza motriz, y a menudo nos vemos obligados a plegar el mástil, bajarnos de las jarcias, mover las baterías, y, remo en mano, abrirnos paso sobre los cabellos de Madre Marea.
Estoy extenuado y sin ganas de narrar un solo minuto de este hórrido día. Es solo el primero de muchos, si es que antes no pierdo el control de la tripulación y se amotinan. Tengo solamente el favor del timonel y creo que de la avizora, así como de los estibadores gilneanos, que son un par. El resto, no tengo dudas de que sus lealtades recaen sobre Don Seoladh y Don Jaroslav - quien de facto, tiene potestad sobre los marineros mas preparados, tanto para maniobrar como para combatir -. Calculo que en tres días, habré sido depuesto como capitán y echado a los tiburones junto a Ryuna.”

Día 46
“¡Milagro!
Una voz se alzó sobre las demás en plena discusión, motivada por los turnos y horarios de remos. ‘¡Barco a la vista!’, exclamaba. Sin embargo, no era un barco exactamente, sino un naufragio. Flotaban sobre la superficie en restos de madera, cajas y aparejos destruidos. Eran apenas media docena de polizones, que auxilio pidieron y auxilio recibieron tal y como legislan las leyes del mar que hoy cumpliré en beneficio propio.
Se trataba de Don de Boers, un autodenominado almirante de flotilla mercante, junto a su contramestre, un rostro bastante conocido, Don Stendel, y un par de tripulantes mas. Su embarcación se adentró en una tormenta y no tuvieron medios para doblegarla, acabando partidos por la mitad. A juzgar por el mástil flotante, no era bote de poca envergadura. Pensar en tamaña violencia meteorológica me escamaba, pues nuestro accidente con el trinquete quedaba en una pelea de bar frente a toda una guerra que teníamos perdida. Con suerte, usaríamos los restos del naufragio para reparar nuestra goleta y acelerar nuestra llegada. Pero eso no era lo mejor.
La fortuna de este hallazgo reside en Don Stendel. Afamado cronista de la Compañía Harford, también antiguo hidalgo del Ejército de la Alianza, los Primeros de Thuran o la Casa Stirvald entre otros, ahora servía a los intereses de compañías mercantes tirasianas. Es un hombre viajado, de palabra, con don de gentes. Es un tipo de labia distinta a la mia. Aunque yo puedo conseguir que aquellos pobres de alma e inseguros de corazón acometan mis propósitos, el puede ganarse el respeto de aquellos tenaces de espíritu y recios de voluntad.
Ejerciendo mi papel de capitán por encima de mis posibilidades, agasajé con todo tipo de lujos al alcance de mi mano al almirante, alimentando y pertrechando al hambriento y al enfriado de entre sus hombres, pues obtener una buena impresión de estos nuevos huéspedes sería crucial si pretendía completar mi viaje. Stendel haría lo suyo con nuestros oficiales, y de un plumazo, habría pasado de ser pasto de tiburones, a acabar mis días justiciado y vilipendiado como detritus mercenario, a haberme hecho con el control de la situación y vivir un día mas para poder contar con orgullo como me superpuse a otra adversidad.
Esta noche remaré con la fuerza del brazo de un niño cuando sujeta una manzana… no queréis saber a qué elfo robé esa frase ni en que contexto.”

Día 47
“Hemos dado con un inquietante monolito que se alza del agua en mitad de la nada. A pesar de nuestros tripulantes mas supersticiosos o de las reticencias del almirante de Boers a arriar velas tan cerca del lugar de su naufragio, hemos concedido un día de descanso a toda la tripulación, anudando cabos en torno a la majestuosa formación rocosa.
Si nadie come de más, racionando alimento y agua aún tenemos para una jornada y media de abastecimiento. En caso de bajas, esta cantidad aumentará para quienes sobrevivan. Si todo sale bien y las reparaciones a bordo triunfan, en ese tiempo habremos llegado por fin a Barlovento.
Don Seoladh y los suyos ya no me preocupan. Este día de ocio ha caído en gracia a muchos de sus partidarios, y el generoso alimento proveído ha limado asperezas. La presencia del almirante me ha permitido garantizarles que serán pagados justamente en agradecimiento por rescatarlos de una muerte segura.
Todos contentos. Mañana continúa nuestra aventura.”

Un extracto de estos manuscritos flota ahora en las vísceras de una botella de aguardiente extinta, encorchada con un tapón tradicional de Stromgarde. Alguien, con la suerte y la dicha necesarias para encontrar tal vestigio marino, será recompensado con esta lectura, por suerte o por desgracia para los ojos de quien tenga que tragar con tamañas faltas de orcografía. Torvald Harford no es el mejor de los escritores, todo sea dicho.

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Día 48
Se acabó el descanso. Ponemos rumbo, esta vez, hacia el norte.
La tripulación ha asumido que no podríamos llegar en la fecha prevista a las Islas de Barlovento, dado que el barómetro de Don McKenzie revelaba fuertes tormentas en el levante. Hemos pactado navegar al norte, realizar las reparaciones en la estación portuaria gilneana de Mechasur, donde obtendríamos mejores precios, y pagar la diferencia en concepto de dietas a la tripulación.
Por todo lo demás, el ambiente a bordo parece haberse calmado. Una vez lleguemos, Don de Boers nos abonará su compensación por el rescate y partirá con sus tripulantes hacia la Ciudad de Ventormenta. Le solicitaré que pueda quedarse con nosotros nuestro bienamado Ziegler, es un excelente navegante y mucho es lo que perderíamos con su partida.

Día 50
Por fin arribamos a Mechasur. Este asentamiento se ha desarrollado bastante desde los tiempos de la caída de la muralla de Cringris. Los trabajadores de la atarazana nos han prometido que en tres días nuestra goleta será reparada.
He delegado en Ziegler el aprovisionamiento del barco, en detrimento de Don Seoladh. No confío en esa rata para confiarle la supervivencia de nuestra embarcación. Esto a buen seguro levantará asperezas, pero salvará vidas de la codicia de esa víbora y sus perros falderos.
Es bastante entrada la noche, que lidie con esto el barbudo Torvald de mañana.

Día 51
¡No es poca la sorpresa! En cuanto hubo sabido de la llegada de un navío, se vió obligada a curiosear. No era ni mas ni menos que ella, Amethyst, mi querida hermana. No de sangre, pero como si lo fuera.
Fue con ella con quien compartí mi cruda infancia en los guetos a las afueras de la Ciudad de Gilneas. Me enseñó muchas cosas, sobre todo en lo relativo a toxicología - las vitaminas, que le decíamos - y seguramente hubiera muerto de no ser por ella. Incluso cuando por primera vez llegué a Ventormenta, allí estaba, a mi lado. Le debo mucho y no creo que nunca pueda pagárselo.
La última vez que nos vimos tuvo que digerir un duro secreto familiar enterrado mucho tiempo, desde la época donde escapé de Gilneas, que me abstendré de revelar aquí. Qué menos que invitarla a navegar con nosotros a Barlovento, y poder despedirme de ella como es debido. Aunque no creo que quiera despegarse, ha manifestado su intención de quedarse. Allá ella.
En otro orden de cosas, han enfermado dos marineros, nuevamente sin dar pistas de su aflicción. Hemos decidido renovar la tripulación y contratar a pescadores locales hasta un máximo de trece sin contar a la oficialía y mis amistades.

Día 53
Último día en tierra, no exento de sorpresas.
Ha aparecido, casi de la nada, la pirómana oficial de la extinta Compañía Harford, Kiskia Lanzafuhre. Es una empedernida pirómana, curiosa, chillona y habladora hasta por los codos. No ha sabido muy bien explicarse qué hacía aquí - la verdad es que estaba mas pendiente de mi amante y mi hermana que de atender a las incorporaciones - pero hemos decidido embarcarla. Los días se hacen largos en la mar y esta gnoma es una escopeta de conversaciones. Además, ha optado por no cobrar y podríamos ahorrarnos en torno a una o dos plateadas en cerillas. Bienvenido sea aquel que no cobre.
Don Seoladh parece reticente a aceptar tantas allegadas a mi dentro de la tripulación. Ha comentado ante los pescadores, a los cuales ha tratado de meterse en el bolsillo, que no son mas que lastres incapaces de ceñir media jarcia, negligencias y amiguismos míos. Va a ser una travesía movida.
Y con el barco reparado y aprovisionado, y la tripulación descansada y abastecida, volvemos a zarpar. En menos de dos semanas, habremos resuelto esta costosa expedición.

Día 55
Sopla viento de cola. Ningún incidente a bordo. Todo transcurre con normalidad. Don McKenzie nos ha recomendado disfrutar del trayecto mientras se pueda, antes de adentrarnos en el Adusto.
Aproveché esta aparente normalidad a bordo para darnos un pequeño capricho los cuatro. Solicité el camarote a Don Jaroslav para tratar asuntos de importancia logística con algunos de los tripulantes, que tras una breve cháchara de compromiso volvieron a sus puestos.
Quedábamos yo, Amethyst a mi diestra, meciéndose sobre la silla del capitán, Ryuna a mi zurda sirviéndome de reposacabezas sobre el cómodo camastro, y Kiskia enfrente mia, al otro lado de la mesa, subida sobre un grueso tonel de grasa de ballena del que a menudo caía.
No podía ofrecerles nada menos que una explicación. Ellas no eran toda la compañía ni todas las amistades que me hubiera gustado tener a mi vera a la hora de contar los por qués, de justificar mis procederes, pero eran todo lo que necesitaba. No solo aceptarían mis decisiones, sino que contarían lo necesario al resto. Por lo menos, mi leyenda seguiría viva.
Y, acompañados por el espeso humo que emanaba de la cachimba grúmel que se había traído Ryuna de Pandaria, así como del brandy gilneano que había robado Ame en el puerto, y de los polvos estelares que llevaba encima Kiskia, comenzamos a charlar, pues eran muchas las vivencias que habíamos compartido entre misiones, campañas y guerras. Ahora tocaba charlar como cuatro amigos que nunca mas volverían a verse…

Mientras que de estas hojas queda constancia física, material y tangible tanto en el diario de campaña de Torvald como en un extracto adaptado de la mano y pluma de Kiskia Lanzahielo, no hay documento alguno que pruebe la existencia de aquella conversación, de qué ocurrió en aquel camarote, o de, en caso de que tuviera lugar, qué se habló. Las dos siguientes páginas, por algún motivo, fueron arrancadas de cuajo. Continuará…

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Día 56
“La charla con las chicas anoche se alargó mas de lo esperado, y eso nos ha empujado a un precario descanso que ahora sufrimos en nuestras carnes. Aproveché el cambio de turno en la cofa para subir a lo mas alto del mástil y sustituir al marinero designado, ganando unas horas muy jugosas para pensar en todo, pararme a recordar y saborear todo lo caminado…”

“Nos ha tocado vivir una época violenta, cargada de guerras, conflictos militares y batallas multitudinarias… puede decirse que pocos de mi quinta hayan llegado a degustar una paz plena y duradera. ¿Cómo explicamos si no un mundo donde hasta chavales en la flor de su juventud vayan armados hasta los dientes? ¿Uno en cuyas tabernas hayan mas armas en los expositores que parroquianos en la barra?”

“Muchos me habrán encasillado como un hombre de guerra, un despiadado sicario, un codicioso truhán, un tónto útil o un desgraciado con suerte- y con razón - pero la realidad es que nunca he dejado de plantearme, ¿qué sería de nosotros de haber vivido una época de tranquilidad en lugar de una de violencia?”

“No voy a entrar en tópicos como aquel famoso ‘¿por qué luchamos?’ ni a tratar de convenceros de que pasar a cuchillo a civiles sea buena idea. Hablo de algo mas global, una sociedad casi utópica que pudiésemos obtener en un futuro pacífico. Una sin saqueos ni matanzas, solo hermandad y colectivización.”

“Imaginad que mañana acaba la guerra. La Horda vuelve a sus granjas de cerdos y sus comunas en Kalimdor, los no-muertos recuperan la dignidad que perdieron al alzarse y vuelven a sus tumbas, los vivos cambian las espadas por azadas y vuelven a cultivar la tierra en lugar de quemarla, incluso los elfos aparcan sus conflictos raciales y se retiran a sus bosques y ciudades a practicar la magia de forma responsable… ¿qué lugar ocuparías tu en esa sociedad de bienestar?”

Yo, sin duda, uno de los mas bajos. - musitaba para si el gilneano oteando el horizonte, ensimismado en sus utópicas reflexiones.
“Y ciertamente, tenía razón. Antes de la guerra (cualquiera de todas las que han habido) Torvald (yo) no era mas que un hijo de mercaderes. Mercaderes arruinados y despojados de cualquier prestigio que pudiera acarrear su otrora vanidoso apellido. Pasábamos hambre mientras otros se cubrían de lujo y riqueza. ¿Tiempos de paz? Mentira. Vivíamos otra guerra, no librada con espadas y cañones, sino con ideas y recursos. Solo había paz para quien pudiera comprarla.”

“La guerra me ha dado la oportunidad no solo de comer caliente y dormir tranquilo, me ha dado mucho mas. Mis días hubieran acabado en cualquier oscuro callejón de Gilneas de no haber sido por esta era de hostilidad y agitación. Tal fue el colapso de aquella situación, que no hubo otra para los reyes y los poderosos mas que recurrir a las cloacas de su propia creación; aquellos que habíamos sufrido en nuestras carnes su violencia.”

“Dejé de ser un cretino al margen de la ley para convertirme en uno bajo su amparo; aquellos actos que eran severamente reprendidos en mi tierra, eran ahora justificados en la tierra del enemigo de mi señor. Me codeaba con paladines, hechiceros, nobles, criaturas milenarias, héroes respetados, en plena batalla. Y aunque seguía siendo un hediondo mercenario, era el hediondo mercenario que hacía el trabajo sucio de estos adalides. En alguna que otra ocasión incluso pude permitirme el suculento placer de quitarles la razón, reprenderles, ofenderles. Bajarles de su reino en los cielos al fango en el que he vivido toda mi vida, salpicarles y disfrutar en su perplejidad.”

Una sonrisa se dibujó en el rostro del gilneano, seguramente recordando alguna anécdota graciosa, una de esas miles que se deben haber perdido en el tiempo ante la imposibilidad de recordar todas y cada una de ellas. Entonces, la madera crujió, un joven humano de cobriza cabellera trepaba las jarcias hasta la cofa, esgrimiendo un jovial “Cambio de turno, jefe.” Aquello lo sacó de sus cábalas

“¿Ya? Se me ha hecho pronto.” - replicaba Torvald-
“Si queréis, podéis pasar otras dos horas aquí” -bromeaba jocosamente el bisoño humano-
“Buena oferta, pero hoy me siento generoso, puedes quedártelas tu.” -comentaba el veterano mercenario mientras se hacía a los peldaños para descender por el aparejo-
Antes de no volver a cruzar palabra en posiblemente días, decidió abordar al marino con una última pregunta, tratando de afirmarse. “Y tu, si al volver a puerto no volviese a haber guerra alguna, ¿qué harías?”
Sin apenas transcurrir un segundo, el rubio oteador respondía convencido. “Vaya pregunta, jefe. Está claro que ir a buscarla. ¿Acaso tenemos alternativa?”

Aquella simplona respuesta le trasladó de vuelta al mundo real, donde, tras años de invasiones, asaltos y batallas, nadie se planteaba realmente qué había después de semejantes ríos de sangre.

“Muchos hablaban de la paz, de justificar sus barbaries, de construir algo (de forma abstracta) sobre las ruinas que quedasen tras la destrucción, o de volver a cómo era todo antes de que la violencia se apoderase de nuestras vidas. Pero nadie ha hablado hasta ahora de cómo nuestras vidas se han apoderado de la violencia, y esta las ha retorcido, distorsionado, triturado, de maneras que no creíamos posible, y que ya nada volverá a ser como era porque directamente vivimos en el reflejo marchito de un espejo roto al que jamás tuvimos que mirar”.

Día 57
“Ayer le dí demasiado al coco. Llegué a pensar por un instante que no estaba en lo correcto. Creí que tanta sangre derramada era en vano. Que tanto por lo que hemos sufrido había sido en vano. Dí buena cuenta del agua espirituosa que llevábamos a bordo, y pronto volví a verlo todo claro; estamos mas cerca que nunca.
¿Qué puede ser la valiosa sangremundo sino la manifestación de que todo esto acaba? ¡Nuestro mundo puede sangrar y nosotros comerciamos con sus pústulas y sus costras! ¡Puede morir! ¡Va a morir! ¿Debe morir?
Me limitaré a hacer las preguntas y a dejar las respuestas a la consciencia de cada cual. Yo, a día de hoy, solo tengo en mente llegar a mi destino y satisfacer mi ambición, pues tal es el estado de mutilación colectiva en el que vivimos, que ha perdido todo el sentido para mí el hacer algo desinteresado. El individuo no es mas que la parte ruin y agria seccionada del cuerpo de una comunidad fuerte y valiente reducida a nada, pisoteado por los mismos de siempre, quienes mantienen esta rueda en perpetuo giro sobre los cadáveres de quienes se han resistido a ello.
Pocos orcos he matado.”
“Si. La resaca está haciéndose notar aún.”

Estas páginas se encuentran, además de en el respectivo diario, ocultas entre un lote de polvorientas cartas náuticas en oferta en algún rastrillo grúmel del tres al cuarto. La historia de cómo acabaron ahí es una que quizá deberíais averiguar por vosotros mismos, pues la explicación se antoja esquiva ante vuestro razonamiento.

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Día 60
“Por fin he confesado ante mis fieles compañeras de viaje qué me ha dirigido rumbo a este recóndito archipiélago del Mar Adusto. Reunidos informalmente entre dos de las baterías de babor, les comenté la verdad.
Todo comenzó hace años, en la Compañía Harford, antes de que ninguna de ellas, tan solo Ame, formase parte de ella.
Nos encontrábamos en Rasganorte bajo encargo de El Cerilla. Teníamos como objetivo escoltar un cargamento de mercancías que había fletado hacia una aldea de colonos en la boscosa región oriental. Ya sabéis, asentamientos en vías de desarrollo, una oportunidad jugosa para especuladores, mercantilistas y oportunistas. Nosotros éramos las tres a la vez, además de mercenarios.
Nuestro guía, un nativo del norte - del de verdad, no un escuálido lordanés - llamado Zhendan, nos permitía superar los pasos montañosos y los cruces de río con relativa facilidad, pero, a pesar de esto, acabábamos de una forma u otra enzarzándonos no solo en escaramuzas y emboscadas con la Horda, vrykul, fúrbolg o trol, sino también en constantes conflictos internos.
Se recuerdan muchas insurrecciones en nuestra agitada historia. Cuando nuestro alocado ingeniero gnomótico percibió como buena idea amenazar a un tabernero en Valgarde, o cuando se amotinaron un par de desgraciados infantilescos en una catacumba trol en la que nos hacíamos atrapados.
En mitad de aquel clima de inestabilidad, surgió la chispa del amor.
Elixia, gilneana de pura cepa como servidor, de cobrizos cabellos y verdosos ojos cristalinos. Jamás olvidaré como, mientras vendaba mi hombro tras la punzada de un fúrbolg, susurró a mi oído lo que sería el inicio de nuestra relación, que ha ido mas allá de la carne y sobrevivido a la distancia.
Yo solo soy un mercenario. El matrimonio me es algo ajeno. Tengo las manos sucias y una pareja en cada puerto. Sin embargo, hogar solo tenemos uno, y ella era el mío.
Con el tiempo, y para evitar esa clase de altercados, decidimos la cúpula de oficiales y yo profesionalizar la compañía y suprimir las libertades individuales como, por ejemplo, mantener relaciones sentimentales o carnales con militantes de la compañía. Desconozco si eso, junto a otras decisiones polémicas - como atomizar la jerarquía con las secciones - fueron ideas productivas, no es el asunto.
Ella y yo no solo nos deseábamos, nos queríamos. Celebramos nuestra unión de forma privada, pero acabaría siendo obvia nuestra unión y aquello iría en contra de lo que predicábamos. Yo no podía abandonar la compañía, y ella no podía permanecer. Así que acordamos lo siguiente…”

“Serán dos años largos, puede que incluso tres. Pero bien valdrán la pena, créeme. Obtendremos tanto oro como puedan nuestros sacos cargar, y una vez tengamos el suficiente para vivir con holgura el resto de nuestros años, volveremos a encontrarnos.” - susurraba el gilneano al oído de su amante sobre la cama de aquella pensión de baja estofa.
“¿Por qué no conformarnos? Con lo que tenemos podríamos irnos a vivir humildemente a algún pueblo, empezar de cero…” respondía ella, sobre su curtido pecho.
La mirada del gilneano correteaba por el techo de madera, siguiendo un rumbo vacilante y reticente a aceptar aquello "No he pasado por tanta miseria para convertirme en un granjero en Villaburrida. Tu eras sacerdotisa, yo un mercenario… la vida tan alejada de la sociedad nos acabará cansando.
“Eso es el pasado, Torvald. ¿Por qué no miras al presente de una vez?” preguntaba ella, manteniendo la mirada
“¿El presente dices?” Torvald volvía a mirarla, decidido “El presente es que no tenemos ni para fantasear vivir en libertad. Y aunque lo tuviésemos, mi lista de enemigos es demasiado grande como para poder vivir con seguridad. Me niego a vivir con miedo o sin libertad.” esgrimía con vanidad el gilneano. La realidad es que aunque adornase sus discursos con palabras bonitas, hablaba su orgullo por él. Aquella era su creación, aquellos sus peones, el mundo su tablero. No podía abandonar esa vida de un día para otro, no solo por el oro, sino por sí mismo. “Entonces, lo que haremos, si estás de acuerdo conmigo, si no dudas de mi palabra, si confías en mi voluntad, será ceñirnos al plan de dos años.” coronó finalmente
Las miradas de ambos amantes se perdían en el infinito, ahogándose en un mar de duda e incertidumbre. La gloria, escasa en posibilidades, se fajaba contra el fracaso, abundante y doloroso. La muerte acechaba tras cada nuevo correo que se recibía, el abandono y el olvido apuntaban directamente a sus cabezas a través de la distancia que los separaba. ¿Y si será todo en vano? Pero, ¿y si no?

Día 60
"…una vez explicado el plan, las chicas apenas podían creerse que hubiera ocultado algo así durante tanto tiempo con tanta gallardía. Es ahí donde me di cuenta de que realmente nadie que hubiese pasado por la compañía era realmente parte de mi o yo de ellos. Quiero decir, guardo buenos recuerdos, fervorosas amistades, grandes historias. Melian, Trinel, Turin, Hizdahr, Baird, Allysia, Ysendra, Agraf… nombres que me transportan a una remota época, que me cargan de nostalgia, éxitos colectivos, noches memorables. Sin embargo, aquí estoy, viajando por solo ella, y no por ninguno de ellos. ¿Será sensato anteponer a una persona especial por delante de todas las demás, o priorizar a quienes, de mejor o peor forma, han estado contigo a lo largo de estos crudos años, en mitad de este polvorín bélico que nos ha tocado vivir? ¿Ideales o razón? ¿Individuo o colectivo? Conceptos antagónicos trasladados a las relaciones personales que no pienso resolver, ni me veo con capacidad de.
En otro orden de cosas, McKenzie, con ayuda de Ryuna, ha conseguido interpretar los últimos fragmentos de la carta náutica. Nos ha asegurado que esta misma semana gritaremos “tierra a la vista”. Con tesón aguardo. No sé si he elegido sabiamente el devenir de mis días, sin embargo, no me arrepiento de encontrarme ahora aquí. Me siento como aquel joven que abandonó su patria en un bote con velas remendadas rumbo a ninguna parte, pero con la certeza de que hallaré alivio por fin.

Estas páginas incluyen una copia a mano, del puño y letra de TH, de la propia carta náutica utilizada para llegar a las Islas de Barlovento desde la costa oriental de Pandaria, con carácter orientativo, confusas e imprecisas

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Día 62
“¡No puedo esconder mi nerviosismo! Se han divisado las luces del pequeño poblado isleño. Mañana por la mañana atracaremos.
Los víveres han sido suficientes para mantenernos a todos en plenas condiciones hasta hoy, y previsiblemente, serán suficientes para el trayecto de vuelta. Se quedarán apenas dos días para descansar y reabastecer con lo que haya en la costa, y luego, me dejarán aquí con ella.
Serán dos días cargados de historias, viejos recuerdos y míticas leyendas… y ron de coco. De hecho, la primera que contaré, será sobre un amigo, una reliquia, y una sopa de cangrejo…”

Puerto de Boralus, dos meses antes. En uno de los miradores de la ciudad portuaria, un hombre de cabellera rubia como la piel de un plátano aguarda, recostado sobre su asiento. Parece hacer tiempo, mientras, bajo su espantoso sombrero azul, consume una pinta enánica. Sobre la mesa reposa, abrigada por un pañuelo de seda, lo que ineludiblemente es una rudimentaria arma de fuego de madera, junto a un plato de espesa y grumosa sopa de cangrejo de Tel Abim.

Con un acelerado caminar y las manos en los bolsillos de la gabardina, fruto de los refrescantes soplidos de la brisa tirasiana, otro hombre se sienta enfrente, cuyo ojo parcheado, grasienta coleta y andrajosa barba le reconocen ante su comensal, y por si esto no fuera suficiente, sus labios esgrimieron:

“Turin, reverendo bastárdo. ¿No podías haber quedado en Rasganorte directamente? ¡Voy a congelarme!” bramaba TH.
“Estás viejo, cabeza de necrófago” respondía burlesco el caballero, ataviado en cómodas y llamativas prendas bien guarnecidas para el invierno.
“Vieja es tu costumbre de ponerte esa horterada sobre el coco. Si de algo me alegro de largarme a la jubilación dorada, es no tener que aguantar mas sombreros estúpidos en la compañía” reía mientras comentaba, a la vez que plantaba ambos codos sobre la mesa, bebiéndose la sopa, fría e insípida, de un trago. “Eso serán dos doradas mas, jefe.” rebatía Turin, corvino y pesetero como de costumbre.

“Tus muertos” Sin tener en cuenta el último comentario y agarrando el pañuelo con su puño, lo desenvolvió, contemplando con su propio ojo la mercancía. Allí estaba, ante él, aquella reliquia del tiempo. No era, a ojos de cualquier transeúnte, poco mas que una pistola de llave de chispa de la Segunda Guerra, tallada en madera y manufacturada en cobre. El tiempo, el uso y las cafres aventuras de los mercenarios habían desvirtuado su apariencia, oxidada, abollada y maltratada. Su cañón seguía un patrón irregular, fruto de reparaciones baratas y chapuceras. El gatillo tintineaba con el movimiento, flojo y débil, y la llave se antojaba dura como los muslos de una enana, revelando una cazoleta parda e irredomablemente hedionda, doblada de tantas combustiones.

Sin embargo, el propósito de este ítem no era ejecutar un disparo en condiciones. Era la pistola de chispa de Trinel Tarran, Sargento Mayor de la Compañía Harford. Ese arma se ha cobrado mas víctimas que La Plaga, ese cañón ha visto mas rodillas que un cirujano, ha expulsado mas humo que un aquelarre de chamanes con ansiedad, y por supuesto, había dado trabajo a mas doctores de los que la compañía podía permitirse. Este ítem era un talismán de la suerte, un símbolo del vínculo que mantuvo unido al núcleo duro que mantenía a la Compañía Harford incluso tras los mas duros reveses. No importa lo que pasase, los bisoños reclutas, los vagos y los amotinados siempre iban a pagar con la integridad de sus rodillas sus incompetencias.

“Que Jefe, ¿te la vas a quedar? Piensa que con ella rematamos a Limonada…” comentaba Turin, rompiendo el meticuloso análisis visual que el gilneano realizaba en silencio “Ya no soy tu jefe. Recuerda que ahora te paga la Alianza.” comentó, retirando la mirada del trabuco de mano.
“Las cervezas no se pagan solas” Turin se encogía de hombros. Aunque solían confundirlo con un paladín debido a su colosal armadura de placas, la realidad es que era tan o mas perro que la mitad de la compañía.
“Aquí tienes. Es la llave del arca de la compañía. He retirado lo necesario para mi jubilación, liquidar al personal y compensar a oficiales y amigos. Lo que queda es tuyo.” deslizó una llave plateada, alargada, con adornos en su dentadura, por encima de la mesa, hasta quedar junto a alguna de las jarras que Turin ya se había encargado de vaciar.
“¿Dónde está el truco, Jefe? Seguro que ya las has saqueado.” ingeniaba sorprendido el rubiales, retirando su sombrero con asombro. “No hay truco. Melian ya no trabaja en la tesorería. La compañía se acaba, para siempre jamás. Lo de dejar suboficiales al mando era una treta. Ese atajo de incompetentes no aguantará ni una semana.” sentenciaba el gilneano, añadiendo además “¿Quién si no merecería disfrutar las mieles restantes del botín sino en quien mas he delegado a lo largo del tiempo? Demonios, Turin. Eres un desgraciado, un pervertido y un borracho, pero leal. Y eso se paga.”

La transacción se completo satisfactoriamente. Ambos compañeros, antaño Jefe y Mercenario, pasaron un tiempo mas reviviendo viejas batallas, como por ejemplo aquella noche en Bahía del Botín en la que Malanior bebió un licor de Gianni por accidente y acabó dejando la taberna en estado séptico mientras Torvald le mostraba la Cuenca de Arathi a su hermana. Pero eso, amigos, es otra historia, y tampoco creo que queráis escucharla.

Día 63
Esta página se encuentra salpicada de sangre
“Fui de los primeros en contemplar de lejos la isla, su acentuado pico, sus cocoteros a pie de playa, su humilde embarcadero… el primero por supuesto en saltar aún con el barco en movimiento sobre aquella madera, y el primero en desgañitarse corriendo por aquella picona arena hacia el par de escuetas estructuras que había construidas en aquella remota cala.
De nada sirvió. Los pocos comuneros que habitan esta isla jamás han oído hablar de Elixia, ninguna forastera les recuerda a su descripción, su llegada es completamente ajena incluso para el mas viejo de ellos,que ha vivido ininterrumpidamente en estas islas la última década.
Insistí en buscarla por el resto del archipiélago, a pesar de las indicaciones de los nativos. Ningún barco llega a estas playas sin que sus pocos habitantes tengan conocimiento de ello.
Kiskia, Ryuna y Ame se han ofrecido a patrullar el interior de la isla, mas bien como favor personal que realmente por fe en encontrar algo. Yo ya sé que no está en el interior de la isla. Simplemente quería que se largasen para poder estar a solas y escribir las últimas líneas de este diario.
Mi legado acaba aquí. Siempre se me antojó que vería el final de mis días tras una gloriosa batalla ante la Horda, o en una jaula, tras aguantar días de agónica tortura. Siendo realistas y restándole épica, esperaba abandonar este mundo de un infarto en una hamaca repleta de vicios.
Sin embargo, no siempre puede elegirse. Veo justo que el arma que me ayude a despedir mi existencia no sea otra sino la pistola de chispa de Trinel.
Este viaje no ha sido en vano. He reflexionado sobre mis errores y mis aciertos, me ha otorgado paz y en paz me iré. No me arrepiento de nada.”
Fdo. TH

El salpicón de sangre impide leer alguna palabra que otra, pero no por ello se pierde el hilo de esta trágica narración. Las siguientes páginas están en blanco, solo marcadas por la mancha roja, cuyo legado trasciende durante algunas páginas más.

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Como agujas de veraplata se clavaban las heladas gotas del invierno sobre aquella remota y solitaria cala, gris como los cielos, aún poblada de mohosas hiedras y frondosos a la vez que mustios helechos. Su melodía, aislada de los fuertes vientos, transportaba no solo el incesante repiqueteo de la lluvia, sino también un frustrado rechinar de dientes.

El viejo cañón del Parterodillas era ancho y avieso como la misma vida, pero no del todo fiable. El agua se hubo abierto paso a través de la jocosa arma de fuego y había humedecido la pólvora. Al accionar el gatillo, todo estaba como hace unos segundos. Torvald vivía un día más.

Tras unos inquietantes segundos de tensión, rompió a reír.

“Cuando decían que solo los mercenarios mediocres viven tanto lo decían en serio. ¡Ahora además voy a ser incapaz de matarme!” ironizaba consigo mismo, completamente destruído.

“Por eso estoy aquí.” imploraba severa una grave voz. La sentencia procedía de una figura encapuchada que descendía por el irregular terreno del rocoso refugio. Entre sus oscuras túnicas se deslizaban viperinos y arrugados pies de dos dedos, cubiertos por una mortaja de tiniebla, negra como las costas de Rasganorte.

El mercenario respingó, sorprendido, llevando intuitivamente su diestra a su fiable alfanje de acero, mientras las tres yemas de su desnuda zurda besaban la rasposa superficie rocosa, listos para impulsarle a una posición defensiva. “Vienes a tragar acero, sin duda. ¿Quién tiene el honor de morir aquí?” bramaba confiado Torvald, buscando mermar las reacciones del lúgubre visitante

Sin mediar una sola palabra y con prestos reflejos, el espigado encapuchado empuñó dos naifes que escondía bajo sus mangas, y en un solo movimiento coordinado, los arrojó contra el mercenario. Uno de ellos chocó con la roca, mientras que el otro ensartó limpia la mutilada mano de tres dedos del gilneano contra el pavimento, que ahora se tañía carmesí.

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El alarido de dolor inspiró seguridad en el asesino, que se desprendía de sus harapientos ropajes, exhibiendo una sangrienta y antigua casaca besada por las llamas. Sus colmillos, fieros como los de un jabalí enfurecido, bailaban entre la oscilante colección de nefastos colores de su dentadura. En sus pálidos ojos se reflejaba el acero encantado de su bracamarte, con el cual cargó hacia su presa.

“¡No tan rápido!” dejó escapar entre quejidos de sobresfuerzo el herido mercenario, flexionando su pierna izquierda por debajo de su brazo de apoyo y encorcovando su postura, obteniendo la fuerza suficiente para impulsar su diestra y detener el poderoso tajo descendente del trol. Sin perder ni un segundo y en un aluvión de adrenalina, una vigorosa patada en el estómago le brindó un segundo adicional para soltar su alfanje y reemplazarlo por el chafarote arrojadizo, que arrancó de su mano en una ráfaga de dolor.

Separados por apenas un metro de distancia, ambos contendientes caminaban de lado, esperando el momento de obtener ventaja sobre el otro. El colmillesco duelista no dudó, y teniendo superioridad en armas, arrojó dos sablazos para tantear los reflejos del mercenario, que se vió obligado a dar dos largos pasos hacia atrás y uno hacia un lado, quedando al borde del abismo. Las olas repicaban indomables contra el rocamen, y un trueno dotó de épica a la singular liza. Al tercer tajo del trol, que se intuía decisivo, Torvald rodó en dirección opuesta, apoyado sobre su mermada extremidad zurda, con la suerte de rozar con la punta del puñal a su oponente en el muslo. “No te has presentado. En Gilneas no soportamos ni a los orcos ni a los maleducados, y tu no eres verde” reía desafiante

El umbral de dolor de su oponente parecía ser lo suficientemente alto como para ignorar la punzada. “Has consagrado tu vida a la fortuna, mercenario. Es tu espíritu libre, tu desafiante alma lo que busco. He visto tu muerte en las aguas.” las palabras se deslizaban con fanatismo de los violáceos labios del agresor. Aquel color no parecía propio, y junto a sus amargamente canosas cabelleras y cicatrizado rostro daban a entender la mortecina naturaleza del trol. “¡Si me dieran una moneda de cobre por cada cultor que he matado…!” la frase de Harford no pudo completarse, pues una rampante descarga de oscuridad emanaba de la propia hoja de la criatura, carbonizando su pecho de lleno, y eliminando todo rastro de armadura.

En un abrir y cerrar de ojos, de dos enérgicas zancadas, el matarife recortó distancias y se dispuso a ejecutar al humano. Justo a tiempo, Torvald estiró como nunca su brazo, impulsado por el vigor de la supervivencia, alcanzando la empuñadura de su alfanje, anteriormente abandonado, dibujando una grotesca herida en el costado de su rival, acompañado por una muesca de dolor que le brindó el tiempo necesario para arrastrarse unos metros hacia atrás, espada en ristre.

Ello no detuvo al cazador, que aún sangrando, danzaba violentamente sable en mano, entonando la melodía del acero junto a su presa, que realizaba milagrosas paradas fruto mas bien de la desesperación que de la técnica. En una de estas, su alfanje fue cercenado por la mitad, rendido ante el superior encantamiento que combatía. Lejos de dar cuartel al asesino, Torvald asestó una criminal puñalada en el mismo centro del peludo pecho del trol, bañando su rostro de lo que parecía sangre ennegrecida. El arma, aún partida por la mitad, y gracias a la gravedad, se hundió dentro de la carne del asaltante hasta que la mismísima empuñadura besara su piel.

“Demasiado a la derecha.” suspiró con su último aliento Torvald Harford, sabedor de su error, antes de que en un despiadado alarido de furia, el exótico metal de la cimitarra trol separara la cabeza de sus hombros en una taimada arremetida sin parangón. La testa rodó espantosamente sobre las rocas, salpicando tanto como encontraba. Se acabó.

“Has corrido, te has escondido, pero no has escapado de mi.” musitaba entre sus babosas fauces el asesino, sus labios adquirían una tonalidad mas siniestra si cabe con los hilajos de sangre colgando entre ellos y los colmillos. Aún con la sañosa estocada luciendo sobre su bermellón pechera, el trol se arrodilló, practicando canibalismo con el humeante cadáver, hundiendo sus zarpas entre sus costillas, devorando su corazón, dándose un banquete con sus vísceras. Cuando hubo acabado, y tras separar su carne del acero que le perforaba, arrojó los restos del soldado de fortuna por el borde del acantilado.

.

Nada quedó allí que recordara el destino de Torvald Harford, salvo, claro, la pistola de chispa, y el diario de campaña. “¿Quién sabrá la verdad tras la mancha de sangre?” cuestionaba la grave voz del narrador

“¡Aquí tenéis la hidromiel!” Serán diez cobrizas. irrumpía la tierna voz de la sirvienta. Dentro de aquellas cálidas paredes de madera, donde las carcajadas y las palmadas aspaventaban al ritmo del bardo - y el alcohol -, iluminadas por las crepitantes fogatas que mantenían calientes y animosos a sus parroquianos, la fúnebre estampa descrita parecía muy lejana y distante, tanto, que no pudo evitar algunas de las reacciones “¡Eso se lo habrá inventado alguno de su compañía, que son unos malasangres, los conozco bien!” contestaba un humano parcheado al otro lado de la mesa “¡Si, ¿quién estaba ahí para verlo?!” imploraba un pandaren a la diestra del narrador. “No es una isla grande ni desierta, y era un acantilado. ¡Seguro que alguien lo vio de lejos, no sería tan difícil de ver!” exponía la crédula elfa sangrienta al otro lado de la mesa

“¿Y a quién le importa?” retomaba el mismísimo narrador, un fornido navegante de tez oscura y canoso mostacho, encogiéndose de hombros “Es una historia. Poco importa el final. Os ha mantenido entretenidos desde la primera página. Una vez acaba la historia, solo hay dos cosas seguras: que Torvald Harford, el mercenario mas mediocre e infame de los Siete Reinos, ya no vive para contarla, y que al final del día, nosotros sí. Bebamos por ello, ¡y que le den a ese desgraciado!”

La noche continuó en Bahía del Botín como habitualmente lo hace, alcohol, historias, peleas y demacre en general. Nadie pronunciará nunca su nombre con orgullo ni con gloria, pero sus desventuras tardarán en ser olvidadas, tanto en quienes lo sangraron como enemigo como en quienes lo sufrieron como aliado.

“T.H.”

· FIN ·

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Ambientación: https://youtu.be/9faAN2X6YtM?t=56

Aquel solitario acantilado era la metáfora perfecta de su huésped. Aislado de los focos de un vertiginoso mundo, en una baldía y mustia tierra azotada tanto por la pobreza como por un melancólico y sobrecogedor olvido. Clavada impávida cual alfanje en la arena, como en uno de esos míticos duelos entre piratas disputando un tesoro, se erigía el pétreo monumento. Una marginal y desdeñada lápida de mármol, abrazada por el húmedo regazo del moho y bañada por los despiadados céfiros. Solo los astros y los insectos visitan este siniestro y deprimente lugar día tras día. Una misericordiosa luna llena guardaba aquella noche el santo reposo de quien un día fue alguien, mecida tan solo por el vaivén de la pleamar adyacente.

Dos corvinas sombras, por primera vez en mucho tiempo, rompen la macabra armonía de esta remota esquina del mundo para asomarse por un instante al más allá, iluminados tan solo por la frágil luz de un candil. La una luce encapuchada y ataviada en un umbrío manto, anulando por completo todo atisbo de identidad a su figura. La otra, de menor tamaño, exhibe un elegante sombrero de copete a la vez que un humilde y amargo frac azotado por años de uso y práctica.

Escudriñaban ambos el herrumbroso memorial con desdén e incomodidad. Ni un ínfimo rastro de detalle que pudiera indicar que alguien hubiera presentado sus respetos o hubiera puesto interés en visitar la fría e incógnita tumba en mucho tiempo. Este lóbrego y solemne entierro contrastaba de sobremanera con los otros muchos que se solían celebrar aquellos días.

El reciente gran conflicto que azotó el mundo daba sus últimos coletazos. Generosos festejos para conmemorar no solo el fin de una guerra que había desangrado a la población civil, sino el comienzo de una paz duradera en la que todos creían. Misas conducidas por célebres personalidades eclesiásticas de la Santa Iglesia de la Luz, como por ejemplo la del Padre Horus Silvela, para honrar a los caídos por la Cuarta Guerra. Masivas ceremonias en torno a los funerales para recordar a los muertos y consolar a los vivos. No era el caso de aquella remota tumba, casi clandestina, sin ningún honor mas que el que pudo dejar su propietario en vida.

Abundantes incógnitas se hallaban a tan solo un par de metros bajo tierra. ¿Quién puso fin a su existencia? Muchos ni siquiera creen realmente que haya muerto. Otros son incapaces de creer que fuera tal y como escribió de su puño y letra. Pero sin duda, el mayor de los misterios es tan evidente que ensombrece las demás cuestiones, es casi inherente a la propia existencia de dicha lápida…

¿Por qué en los Páramos de Poniente?

Continuará.