Una dama manchada de sangre [relato]

1. UN ACUERDO TÁCITO

Llevaba un tiempo sintiendo su llamada, enmarcada por unos labios carnosos y dulces, blandiendo palabras con una voz cálida como el verano. No siempre era fría y candorosa, como la presentaban los poetas; la Muerte también podía ser atrevida, excitante, intrépida… y apasionada.

Aún no ” solía replicarle cuando llamaba a las puertas de su reino “Mi trabajo aún no ha terminado ”.

Pero su reino era una fortaleza en ruinas, arrebatada por la oscuridad y el invierno. Sus puertas estaban todas entreabiertas, rotas sus ventanas, apagados los braseros, las cortinas deshilachadas y las camas huecas.

Tu trabajo ha naufragado ” respondía la Muerte, que ansiaba saborear sus labios “Tus vasallos supieron verlo y te abandonaron. No seas obstinada. Ven a mis brazos ”.

Un simple vistazo bastaría para que cualquiera se diese cuenta de la verdad en sus palabras, pero Shiannas veía el mundo desenfocado por su orgullo.

Aún no ”.

Volveré acompañada" le advirtió la Muerte "Y entonces serás tú la que busque cortejarme ”.

Una extraña quietud la había abordado en los días posteriores. Sabía que la Muerte vendría a por ella, pero, de algún modo, ya no la temía. ¿Por qué habría de hacerlo? El mundo le había arrebatado a sus padres, a su esposo; le había robado el corazón de su hija. Una parte de Shiannas había querido que Sangre Umbría fuera su segunda familia, un injerto que llenase el vacío de su corazón. Pero incluso ellos la habían abandonado.

Poder. Saber. Libertad. Si cerraba los ojos, todavía podía escuchar el eco de su propia voz prometiendo tales dones a quienes hincaran la rodilla. Los mismos pasillos que coreaban sus discursos habían enmudecido desde entonces, testigos silenciosos de su potencial derrochado.

Ingratos ”.

No, ya no le temía a la Muerte; no más de lo que temía afrontar la realidad y sufrir las consecuencias de sus innumerables equivocaciones. Por eso, cuando las puertas entreabiertas de su reino estallaron, ella barrió las telarañas del gran salón del trono y se sentó a la espera de conceder una última audiencia.

La Muerte había cumplido su promesa y llegó acompañada, disfrazada entre los asistentes.

—¿Sabes cómo hemos dado contigo? —Inquirió una voz, acusando a la elfa con un dedo.

Shiannas se detuvo a observar a la mujer que encabezaba la marcha. Era una draenei, alta, de paso decidido y semblante orgulloso; blandía un tridente y vestía una armadura negra como la boca del lobo. Sobre su cráneo rapado brillaba un símbolo dorado del mismo color que sus ojos.

—Déjame adivinar… ¿El destino os ha conducido hasta mí? —Respondió Shiannas tras un largo silencio. Había cierta burla en su tono, pero también resignación y cansancio.

—La Luz nos guió. Quiso que la más azarosa de las coincidencias aconteciera y mis agentes se cruzasen con uno de tus desertores. Bastaron unas pocas monedas para hacerlo hablar.

Shiannas reconoció en la voz de la draenei el mismo deje de autoridad que ella misma había inspirado en el pasado. Arrugó los labios y descruzó las piernas.

—¿Quién eres? —inquirió Shiannas —. ¿Una especie de justiciera? No esperaba que la Muerte decidiera vestir un rostro tan beato.

La draenei enarboló el tridente y avanzó a través de la gran sala. Sus pezuñas despertaron un eco que reverberó como una advertencia.

—Me llamo Enaara y soy la voluntad de la Luz manifiesta. Soy su espada. Su ira. La fusta que persigue y castiga a los herejes. La Justicia demanda tu cabeza.

Sus palabras despertaron un recuerdo en la memoria de la elfa.

—Eres la líder del Sol Sangriento. Tu secta dice servir a la Luz, pero matáis a sueldo. ¿Quién ha pedido mi cabeza?

Shiannas había oteado con anterioridad en el Vacío y éste le había devuelto la mirada. Sin embargo, ninguna de sus abominaciones había conseguido espeluznarla tanto como la mirada que blandía Enaara. Implacable.

La draenei no tardó en sonreír también.

—Tienes muchos enemigos. La Luz ha escuchado sus plegarias de justicia. No te recomiendo oponer resistencia.

—No lo haré —respondió Shiannas —. Sé qué me aguarda al otro lado. Estoy lista para partir.

—Una muerte presta es más de lo que te mereces. No, Shiannas, me temo que no saborearás la muerte de inmediato.

La luz mortecina que alumbraba los ojos de Shiannas palideció. La paz que había conseguido hallar en la certeza de una muerte limpia se desvaneció rápido, dejando paso a la sombra de la sospecha.

—La voluntad de la Luz es otra —continuó Enaara —. No solo purgamos, también redimimos. Viajarás hasta nuestra Catedral Roja y harás penitencia por tus pecados; encontrarás que el dolor es un gran maestro y un mejor terapeuta —siseó. Entonces, volviéndose a las figuras encapuchadas que la seguían de cerca, dijo: —. Preparad las cadenas y grilletes. La Luz se cobrará su diezmo.

Aún mientras los asesinos se cernían sobre ella y la cercaban, Shiannas advirtió a la Muerte observando desde las columnas, divertida. Parecía conforme, pero ya no era atrevida, excitante, intrépida y apasionada. Tampoco era como la cantaban los poetas, fría y candorosa.

Te advertí de que volvería acompañada. Cortéjame y consideraré ahorrarte el martirio

Shiannas estiró el cuello y trató de alcanzar sus labios. La Muerte cerró los ojos, complacida, y se inclinó para entregarse al beso. Había domado a la bestia. Había domesticado su orgullo. No planeaba ahorrar su sufrimiento, pero tal vez se plantease…

Un mordisco arrancó a la Muerte de sus abstracciones. Su sangre empapaba el rostro de la elfa, que sostenía entre sus dientes el pedazo de carne arrancado. Sus ojos destellaban.

Prefiero la tortura a tu falsa misericordia ” escupió en el rostro de la Muerte.

¡Creí que preferirías mi piedad a su castigo! ” replicó, conmocionada pero colérica “¡Creí que preferirías el Olvido a enfrentar de nuevo el mundo! ”.

No se resistió cuando los grilletes buscaron sus muñecas desnudas. Enaara y los demás tiraron después de las cadenas y la arrastraron como un despojo por el suelo empedrado. Afuera nevaba. Varios coches tirados por caballos blancos aguardaban en la calzada.

Prefiero morir a enfrentar mi pasado; los errores que cometí como madre, esposa y líder ” consintió Shiannas “Pero si el precio a pagar por la Nada es agachar la cabeza y suplicarte, prefiero enfrentar otros mil años la soledad de este mundo, antes que acompañarte al siguiente”.

La Muerte espoleó las riendas de su corcel esquelético al tiempo que los carruajes se ponían en marcha.

Has elegido el camino del Dolor” espetó.

—Voy a romperte —murmuró a su vez Enaara —. Por dentro y por fuera.

El Dolor es el único camino” respondió Shiannas “Aquellos que lo abandonan se extravían para siempre”.

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2. QUÉ SE SIENTE AL SER MADRE

Sintió como si la hubiesen arrojado a un horno; amplio, pulcro, de horizontes tan blancos que lastimaban la vista. Había otros cerca, aunque no alcanzaba a verlos: moribundos y agonizantes, sus alaridos llegaron hasta ella y despertaron escalofríos. Se arrastró por el suelo tanto como se lo permitieron las cadenas.

—Esta será tu nueva casa por un tiempo —dijo Enaara —. Los inquisidores no tardarán en venir a buscarte. Si colaboras, mostrarán contención. Si eres tan obstinada como la otra, empeñarán toda su imaginación contigo.

La piel le ardía como el agua que hierve. Los ojos, deslumbrados y doloridos, apenas pudieron enfocar los decididos pasos de la draenei que abandonaba la estancia. Inspiró hondo, un gesto que había heredado de su vida pasada, y gateó de vuelta hasta la pared de la que pendían sus grilletes.

Puede que halle redención entre tanto sufrimiento, después de todo. Puede que llegue a sentir lástima de mí misma” .

Apoyó la espalda en la pared imposiblemente limpia y hundió el rostro en las rodillas huesudas. Las lágrimas que enjuagaron sus ojos apenas recorrieron sus mejillas antes de evaporarse.

—¿Cuál fue tu crimen?

La voz la tomó por sorpresa; estaba rota, rasgada, y sin embargo albergaba todavía un resquicio de dignidad en ella. Pero más sorprendente, si cabe, había una preocupación sincera en su tono, una curiosidad genuina.

Shiannas despegó los ojos para descubrir a su interlocutor, un hombre escuálido y de rostro afable, anciano, mas todavía solemne en sus canas

—He matado a centenares. He quemado aldeas, hundido barcos y traicionado a la Horda —se detuvo y le dedicó una mirada aviesa al hombre. La pregunta que formuló a continuación la untó de sarcasmo —. ¿Qué has hecho tú?

—Mi única hija enfermó —dijo. Su voz se hizo pesada —. Prometí que abjuraría si la Luz no la salvaba y cumplí mi palabra. La aldea me repudió, pero hubo quien respaldó mi arrojo. El sacerdote contactó con esta gente para darme un final aleccionador.

Shiannas se revolvió en su posición, inquieta. La Luz todavía lamía su piel, abriendo llagas que supuraban humo; pero, de algún modo, todo aquel dolor quedó empequeñecido ante el testimonio del anciano.

—Yo también tuve una hija —vaciló Shiannas. No recordaba que hielo que cercaba su corazón se fundiese con tanta facilidad. Tragó saliva antes de continuar —. Todavía vive, pero ya no soy su madre. Nunca lo fui, a decir verdad; desde su concepción, vi en su juventud el mismo entusiasmo que la vida me había extirpado. Vi en ella mi propia mortalidad, la infeliz sentencia que pesaba sobre mis hombros. Y aunque la quise más que a nada, no supe amarla… y la perdí.

El hombre escuchó en silencio. Después apoyó una mano en su hombro.

—Imagino que no esperabas esto de una homicida no-muerta — rio Shiannas, sin un ápice de gracia —. Tampoco yo.

—La tuya no es la primera historia extravagante que escucho aquí. Hay otra a la que tienen retenida, poderosa en las sombras. Trató de huir tantas veces que la Luz se ensañó con ella. No recuerdo su nombre…

Una intuición sucedió a las palabras del hombre, la certeza de que conocía a la mujer de su relato.

—¿Dónde está? —inquirió Shiannas —. Guíame hasta ella.

Una sonrisa apareció en el rostro del anciano, un gesto torvo que espantó cualquier trazo de compasión en sus facciones.

—La vida aquí es dura. Obvio que no es justo ayudarte a cambio de nada.

Lo siguiente que supo el hombre es que unas cadenas apretaban su gaznate. Se asfixiaba. Shiannas se había movido demasiado rápido y estrechaba su agarre con precisión mortífera.

—¿Qué te parece ayudarme a cambio de seguir con vida?

El silencio brotó de su garganta. Cerró los ojos y se entregó al cálido abrazo de la Muerte. Entonces, con su último aliento, mientras besaban sus labios, el anciano relajó el cuerpo y estiró un dedo hacia su izquierda, donde se perdían sus cadenas.

Le has dado aquello que más anhelaba” susurró su rencorosa amante, la Muerte “Te lo agradece respondiendo a tu pregunta”.

La Muerte desapareció tan rápido como llegó, dejando a Shiannas con el cadáver en su regazo.

No hallarás consuelo al otro lado ” pensó la elfa “ Puede que ni siquiera encuentres a tu hija ”.

Se asomó al pozo de sus ojos inertes; la paz se había adueñado de aquel rostro enjuto, dejando la estela de un alivio colateral. Descendió la mirada por el cuello inflamado y se deslizó por el pecho hasta el brazo extendido que señalaba la pared. Afiló los ojos, incapaz de soportar la luminosidad que irradiaba la estancia, y creyó vislumbrar una figura encorvada al fondo.

Apartó el cuerpo frío del anciano y gateó. Le pareció que transcurrían días enteros a medida que se arrastraba por el suelo, cargando a sus espaldas con el peso de mil culpas. Cada palmo que avanzaba entrañaba un desafío a la Muerte, debidamente castigado por la luz abrasadora.

Cuando, en su ceguera, se tropezó por fin con la figura que había entrevisto, tuvo que reprimir un grito de sorpresa.

—¿Althine? Althine, despierta.

Tomó a la mujer por los hombros y la sacudió. Tras un esfuerzo titánico, Althine levantó el rostro hacia su voz y sonrió, como si delirase.

—¿Dama…?

La urgencia se marcó en la mirada de Shiannas.

—¿Qué ha pasado? —le inquirió a Althine —. ¿Cómo dieron contigo?

—Alguien nos delató —tosió la mujer —. Aprovecharon que Sangre Umbría se había disuelto para darnos caza. Han tratado de sonsacarme información a mí también, pero… pero no dije nada.

Althine había servido en Sangre Umbría y había sido un efectivo leal y eficiente. Descubrirla ahí atada, completamente rota, enloquecida, afloró un sentimiento en Shiannas que no había experimentado en mucho tiempo.

—Tenemos que sacarte de aquí —murmuró con aire maternal, tomando por la barbilla a Althine —. Utilizaré el poder que me queda para enviarte tan lejos como me sea posible.

—No puedes —masculló Althine —. El dolor es insoportable. La Luz de esta cámara huele la magia y ataca al que la blande. He intentado escapar antes y el dolor me ha tumbado al instante.

El sonido de unos pasos interrumpió su conversación. Shiannas se volvió para descubrir la silueta de Enaara, que sonreía de oreja a oreja.

—Veo que has dado con “la obstinada”. Que reencuentro más emotivo —dijo la draenei, fingiendo un puchero —. Lamento estropearlo.

Los ojos de Shiannas se encendieron como dos hornos.

—Puedes tenerme a mí. Pero no lastimarás a mi Familia .

La sonrisa que vestía Enaara se ensanchó.

—¿Familia? ¿Así llamas a tus antiguas mascotas, tus esclavos? No me hagas reír e incorpórate. Los inquisidores te guiarán hasta la cámara de tortura.

Tras Enaara aguardaban dos figuras, dos hombres, ambos humanos. La observaban con obscena impaciencia.

—Una parte de mi anhelaba ser castigada; todavía lo anhela —dijo Shiannas —. Por eso me sometí. Ahora veo que fue un error, espero que tú también sepas reconocer el tuyo.

Enaara disparó una ceja. Su sonrisa se congeló y fracturó en un gesto de desencanto.

—¿Y qué error he cometido yo, si se puede saber? —preguntó la draenei, cruzándose de brazos.

Shiannas la perforó con la mirada. Nada de lo que Enaara pudiese haber dicho o hecho habría amilanado en lo más mínimo a la elfa.

—Has mordido más de lo que podías tragar.

Lo que vino a continuación sucedió demasiado rápido.

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3. FELICIDAD

La oscuridad la tomó y la arrancó de las garras de la luz con un estridente alarido. Cuando volvió en sí, Althine se descubrió abatida sobre un suelo de tierra empapada, fría y desvalida en mitad de la noche. Llovía y los árboles mecían ramas que susurraban con voces tristes, anunciando una madrugada larga y extenuante.

Se incorporó y supo que la Catedral Roja no quedaba muy lejos. Enaara y sus fanáticos mandarían fieles a peinar la zona; si para entonces no se había movido, podía darse por muerta.

Tomó un paso renqueante y apretó los dientes por el dolor. Adelantó un pie, después otro, y recordó poco a poco la sensación de caminar a la intemperie. Las piernas agotadas se quejaron y le fallaron más de una vez, pero la voluntad indómita que guiaba sus pasos no permitió que el cansancio la amilanase.

“Tengo que apresurarme. Tengo que avisar a Teslyn. Ella sabrá qué hacer” .

Sus pasos cogieron velocidad y confianza. Llevaba días encadenada en la Catedral Roja, sometida al escrutinio constante de la Luz, embebida en las súplicas y quejas de los demás presos. Ahora, por fin, no solo podía disfrutar del refrescante hálito del viento, si no también de la soledad apaciguadora, por cuya mano la paz era recompensada.

“Varios jinetes han partido de la catedral. Conocen bien estos bosques, no tardarán en encontrar nuestro rastro y alcanzarnos” .

La voz de San’Gor resonó en sus pensamientos, una extensión más de su conciencia. La criatura, por supuesto, no estaba dispuesta a que su anfitriona fuese capturada de nuevo. En la tortura que habían llevado a cabo los fanáticos de la Luz, Althine había sufrido las consecuencias físicas, pero San’Gor se había llevado la peor parte.

Escucharon el ruido de unos cascos a sus espaldas, y después voces e improperios y amenazas lanzadas al aire. La habían encontrado.

“Me fallan las fuerzas. No podré aguantar mucho más tiempo

“Hay un precipicio cerca. Puede que haya esperanza para nosotras aún. Sigue corriendo” .

En la oscuridad de la noche, una flecha silbó por encima de sus cabezas y se clavó en la corteza de un árbol próximo. Los relinchos del caballo sonaron en su nuca. Una mano enguantada soltó las riendas y acarició la melena de Althine. Agarró un mechón y tiró, pero se lo llevó consigo.

La línea de árboles dejó entrever el borde del desfiladero que había mencionado San’Gor. Dudó. Si no aminoraba la marcha, se despeñaría por el precipicio; pero si frenaba, su captor podría por fin echarle el guante. Y ya nunca más podría huir.

“No te detengas. Apura” .

—¡Te perseguiré hasta el infierno si hace falta! —Gritó el jinete.

Salúdalo de nuestra parte .

El suelo desapareció a sus pies, pero una fuerza estalló en el corazón de Althine y la oscuridad se condensó a su alrededor y desplegó dos grandes alas negras. El cazador no pudo frenar a tiempo y se precipitó junto a su caballo.

Los otros fanáticos se detuvieron frente al desfiladero y contemplaron en silencio la figura angelical de Althine. Sus alas se deshacían rápidamente en girones de sombra, pero le bastaron para sobrevolar el valle y adelantarles un día de jornada al menos. Sería muy difícil volver a dar con su rastro.

—¿A qué esperáis? —arengó el jefe de la partida —. No van a crecernos alas, pero la Luz nos pone a prueba. Solo somos hombres, vulgares y ordinarios. No tenemos poderes sobrenaturales a nuestro alcance, ni los necesitamos. Todo cuanto requiere nuestra tarea es dedicación y Fe. ¡Arre!


Nunca había experimentado un dolor tan visceral como aquella noche. Tal había sido la magnitud del esfuerzo que apenas podía recordar qué había sucedido. Su memoria se había fragmentado en imágenes sueltas: el hombre enjuto, Althine, Enaara, el portal y una explosión como jamás había visto.

Despegó los ojos, todavía aturdida, y miró alrededor. Las cadenas que ceñían sus muñecas se habían roto, pero aún a pesar de su libertad aparente, no podía moverse.

Entre el humo y los escombros, una figura tambaleante se presentó ante ella. Reconoció por sus cuernos que se trataba de Enaara. Su expresión era terrible.

—Podrías haber encontrado placer en el justo castigo, vuestro merecido calvario. Pero… preferiste rebelarte. Voy a asegurarme de que te arrepientas de ello.

Rota y tirada en mitad de la cámara, como una muñeca de porcelana, Shiannas elevó la mirada y confrontó la ira de la draenei con el último resquicio de cordura que le quedaba.

—Te dije que podías tenerme a mí, pero que no te dejaría lastimar a mi familia . Lo que hice, lo hice por ella.

Un recuerdo la asaltó: Althine derrumbada contra la pared, Enaara a sus espaldas junto a los inquisidores, a punto de llevársela a la cámara de tortura. En un acto de desafío, Shiannas había abierto un portal oscuro para llevarse a Althine lo más lejos posible. Le habían advertido de que la Luz castigaba cualquier intento de magia, que el dolor era insoportable, pero no le había importado.

Y la Luz, en efecto, acudió a castigarla, pero chocó con la Sombra y todo estalló por los aires. Enaara había sido herida, los inquisidores que la acompañaban se habían volatilizado, y Shiannas había gastado el último atisbo de poder que restaba en sus brazos maltrechos. Había salvado a Althine a sabiendas de que no le quedarían fuerzas para salvarse a sí misma.

Afortunadamente, tampoco tenía intención de ser salvada.

—Pudiste haber hallado cierta felicidad en saber que hacías lo correcto —insistió Enaara, dándose media vuelta para dar instrucciones a los fanáticos que habían acudido tras la explosión. Eran multitud.

—La felicidad debe ser arrebatada —repuso Shiannas —. Y yo arrebataré la mía.

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4. LA DEFINICIÓN DE LIBERTAD

—Qué cosa tan imperceptible es corromperse, pero mucho más duro es admitirlo.

Enaara apenas levantó el rostro para contemplar a la anciana Sitis. Por primera vez en siglos, una eternidad, tal vez, era ella quien ceñía los grilletes. Se había resistido al principio, tirando de las cadenas con fuerza y rabia. Sus gritos frustrados habían resonado por todo el baluarte, arrancando de sus sueños a los miembros de Sangre Umbría. Sólo tras probar que sus esfuerzos eran completamente vanos, se había resignado a su encierro y había guardado un silencio ominoso y vagamente hostil.

—No encontrarás Luz aquí, ni Vacío —dijo Sitis —. Estás sola con tus pensamientos.

—¿Crees que no hay Luz aquí? —inquirió la draenei, apretando los dientes — ¿Crees que arrojándome a una celda oscura podéis romper la comunión que me vincula?

—La Fe te corroe como el óxido, Enaara. Sé cómo funciona: primero, haces tuyos los ideales de la Luz; luego, son los ideales los que se hacen contigo. El Cónclave te ha dicho que representas su voz en Azeroth, ¿qué honor hay en su ventriloquía?

—¿Qué sabrá del honor una apóstata? —contravino la draenei —. Traicionaste al Cónclave. De entre las millones de almas que pueblan este mundo, los Sabios Maestros te escogieron a ti, y tú escupiste en su mano. Renegaste.

—En la escalera de la verdad —comenzó Sitis —, tomar un paso implica traicionar el anterior peldaño. Es una lección que ni el Cónclave ni la Cábala han aprendido nunca. Una lección que deberás aprender si ansías tu libertad.

Enaara tiró de sus grilletes e hizo castañear los eslabones de acero fundido. Las cadenas retuvieron su rostro apenas a un palmo del de Sitis, que no reculó ni trató de cubrirse. Por su expresión relajada, cualquiera diría que la anciana tenía todo calculado al milímetro.

—¡¿Qué quieres de mí?! —preguntó la draenei hoscamente.

—Que comprendas —siseó la anciana —. Muchos aquí desearían verte muerta; no yo. He descubierto que es mucho más lucrativo hacer que otros vean el mundo con mis ojos, que cerrar para siempre los suyos.

Enaara permaneció estática en su rincón. Todo cuanto asomó a sus facciones fue una levísima tensión en la mandíbula.

—Te contaré una historia —continuó Sitis, sentándose a un lado de la draenei, en el frío e irregular suelo de la mazmorra —. La historia de cómo abandoné el Cónclave y me uní a la Cábala, y cómo los abandoné también a ellos eventualmente. Puede que entonces aprendas a ver el mundo con otros ojos.

—¡Jamás! —bramó Enaara —. Jamás traicionaré la Verdad que la Luz me ha inculcado.

Sitis se quitó la capucha, descubriendo una larga melena blanca recogida en delicadas trenzas, y esgrimió una sonrisa de triste fisionomía; la sonrisa de alguien que había aprendido a las malas la cruel lógica que regía el cosmos.

—La verdad a menudo reside entre las expectativas que uno alberga y sus miedos.


Shiannas aguardaba por ella en el rellano, reclinada contra la pared desteñida por la humedad y los años. Aunque su mirada todavía hospedaba cansancio, al cruzarse con aquellos gélidos ojos, Sitis distinguió un brillo de autoridad y bravata en ellos, preludio de su insubordinación.

—¿Has tenido más suerte que yo haciéndola hablar? —preguntó Shiannas.

La voz de la Dama era estridente, como una orquesta de instrumentos desafinados. Sitis se paró junto a ella, ajustando el alero de su capucha para ensombrecerse el rostro arrugado. Un silencio medró en derredor.

—Es obstinada —dijo, al fin, la anciana —, pero entrará en razón. El Cónclave envenenó su mente y la de tantos otros durante milenios. Por suerte, Enaara nunca creyó en la Luz, si no en el ideal de Bien que la Luz le inculcó. No me será difícil desquiciar sus dogmas.

Shiannas le indicó con un gesto a Sitis que la siguiera escaleras arriba.

—Conoces muchas cosas; más que nadie que me haya encontrado nunca en mis muchos viajes —comentó la Dama sin detenerse —. ¿Quién o qué eres?

Llegaron a una puerta forjada, que se abrió a una orden mental de Shiannas. Al otro lado les aguardaba un hall polvoriento, vacío salvo por un brasero central que ardía con llamas verdes. Allí se concentraban los últimos insectos que aún no habían caído en las telarañas, describiendo en círculos en torno al fuego, cautivados por su brillo.

—No soy más que una simple mujer —respondió Sitis.

—Una mujer, tal vez, pero no tan simple. El Cónclave y la Cábala… ¿cómo supiste de su existencia?

Se pararon junto al fuego. Las llamaradas verdes propiciaban una atmósfera perfecta para que Sitis relatara su historia.

—El Cónclave antecede a cualquier civilización de Azeroth. Sus fundadores proceden de un mundo que ya no existe, los últimos especímenes de una raza extinta; una de las tantas que vinieron antes de que la Luz descubriese a los eredar y favoreciese a los draenei como sus favoritos. Su fanatismo los distanció del resto, y la endogamia ideológica los llevó a considerarse como los únicos y verdaderos heraldos de la voluntad de la Luz en la Gran Oscuridad del vasto universo.

Mundo por mundo, el Cónclave se infiltra y lo somete a juicio. Aquellos que lo superan, son obsequiados con una moneda de barro; los que fracasan… el Cónclave envía una delegación para llevar el Juicio de la Luz hasta sus confines más remotos.

Pero, ocasionalmente, el Cónclave advierte el potencial que encierra alguna de las paganas criaturas que pueblan un mundo listo para sentencia. A estos individuos los tientan con promesas de conocimiento y comprensión, y los abducen para unirse a su causa: es así como reabastecen sus números y engrasan la maquinaria bélica de su Cruzada.

—¿Formaste parte del Cónclave? —se adelantó Shiannas —. ¿Una humana?

—Aquello me hacía especial a sus ojos. Veían algo romántico en mi fragilidad, pero adivinaron sabiduría en la certeza de que la mía era una existencia fugaz. Tras mi abducción, no solo empecé a luchar por el Cónclave; pasé a formar parte del concilio que lo gobierna.

Y entonces fui testigo de su hipocresía, su desmedida arrogancia. Despreciaban cualquier Verdad que no se adscribiese a su dogma, y todo cuanto eludía los horizontes de su credo lo tachaban de blasfemia.

De modo que los abandoné, y me llevé conmigo a varios de los aprendices que había estado entrenando. Trataron de darnos caza, pero la Cábala nos encontró primero y nos ofreció asilo. No negaré que mucho de lo que aprendieron sobre el significado del Mal, lo aprendieron de mí. Estaba resentida y odiaba a los Sabios Maestros. Hubiese sacrificado cualquier cosa con tal de verlos caer. Por desgracia, la hospitalidad de la Cábala duró tanto como duró mi utilidad para ellos; y una vez aprendieron de mí cuanto necesitaban, me traicionaron.

—Y ahora, hete aquí —contempló la Dama Umbría —. Pero en tu relato parece que transcurren siglos desde que te unes al Cónclave hasta que lo abandonas. Las vidas humanas son muy cortas, ¿cómo es posible?

Caminaron juntas hasta una puerta al otro lado de la cámara. Se advertía luz en su umbral, clara y desvergonzada, y Shiannas dedujo que acababa de amanecer. Empujó con cuidado y se hallaron en un patio tiznado de blanco. Algunos criados ya barrían la nieve.

—Dilatación temporal —explicó la Anciana —. El tiempo no transcurre al mismo compás en todas partes, y nuestra Cruzada nos conducía a menudo al Vacío Abisal. Mientras que para mí pasaban eones, en Azeroth se sucedieron tan solo un par de siglos.

Los criados se dispersaron a una orden de Shiannas. Ambas mujeres se apoyaron en la barandilla de hierro para contemplar el desolado paisaje de Rasganorte.

—¿Y qué es lo que quieres? —insistió Shiannas —. ¿Venganza?

—Me importaría la venganza, si me importase la justicia en primer lugar. Afortunadamente, la edad me ha despojado de mi ingenuidad. No, Shiannas. Lo que quiero yo es lo mismo que quieres tú.

—Libertad.

—Libertad.

—Un concepto ambiguo —indicó Shiannas —. Cuanto más profundizo en su estudio, más me convenzo de que es imposible alcanzarla.

—Llevas algo de razón —convino la vieja —. Ni siquiera las fuerzas que mueven este cosmos son libres. Todos somos víctimas de nuestra naturaleza, por eso, donde otros ven algo monstruoso, yo veo belleza. Eres hermosa para mí, Shiannas; aceptaste la no-muerte justo cuando el destino ceñía el nudo de tu soga. Como todos los de tu género, escapaste a su voluntad en cierta forma.

Shiannas disparó una ceja al escuchar a Sitis y ladeó el rostro hasta encararla por completo.

—¿Qué sabes tú de mi pasado, de mi destino? —no preguntó; exigió.

Sitis rio sin gracia.

—Estuve en el Cónclave y en la Cábala. No te sorprenderá saber que ambos tenían planes para ti desde antes de que nacieras.

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5. DESPLEGANDO LAS ALAS

Dos semanas más tarde

—¡Abrid las puertas!

El eco de la voz de los guardias reverberó unos segundos antes de que las puertas del bastión se abriesen para el grupo que regresaba. Estaban empapados. Algunos todavía tiritaban y tenían amoratadas las mejillas.

Heis fue el primero de los presentes en salir al encuentro del grupo.

—¡Madre! ¿Qué ha sucedido?

—Hemos conseguido lo que buscábamos —replicó la Dama Umbría. Entonces, haciéndose a un lado, reveló a una renqueante Teslyn, que sostenía mágicamente una perla en el aire—. Lo llaman la Blanca Perla. Es una especie de ancla que utiliza el Cónclave para sus viajes.

En el interior de la fortaleza aguardaban sendos criados para atender las necesidades de los expedicionarios. Tenían mantas, bebida caliente y ropa limpia; hasta habían acondicionado el hall con un gran brasero central que les ayudase a entrar en calor.

Shiannas, por supuesto, rehusó tales cuidados y se dirigió a su despacho en las dependencias superiores del bastión. La no-muerte había impreso un extraño vacío en su corazón, pero también la había sorprendido con virtudes como aquellas: no sentía ni frío ni cansancio, y muy rara vez experimentaba malestar o dolor.

Se acomodó en su silla. La mesa del escritorio, abarrotada de papeles e informes que supervisar, le arrancó un suspiro holgazán. La mayor parte de aquellos documentos se referían a las investigaciones de Skule sobre la gente que trabajaba para Madre Noctis y el Pintor; allí, escondida entre mares de tinta, podría hallarse la pista del rompecabezas que le permitiría dar con la Cábala y sus líderes.

Tomó el primer papel del montículo y lo desdobló. Ya se disponía a leerlo cuando una sombra furtiva se coló en su despacho. Era uno de sus informantes, uno de los espías que había mandado a recabar información sobre las prisiones que mantenía la Horda en Rasganorte.

—Traes noticias, espero —comenzó la Dama Umbría —. Siéntate, por favor.

El orco declinó su oferta, pero se acercó lo suficiente al escritorio como para que la luz de las velas revelase su rostro mutado. Shiannas le sostuvo la mirada. Era un individuo flaco y frágil para los estándares de su raza. Las malformaciones durante el parto y su debilidad posterior le habían valido el rechazo de su clan. Sin embargo, de algún modo, se las había apañado para sobrevivir por su cuenta, y cuando Shiannas lo había encontrado, el orco se había convertido en un maestro del morticidio por derecho propio.

—Otros ven taras en ti, un monstruo —dijo Shiannas —. Pero para mí, eres hermoso. No hay nadie a quien respete más que quien aprovecha su potencial al máximo. Formas parte de esta Familia tanto como el resto.

—Gracias, señora —titubeó el espía —. En efecto, traigo noticias. He descubierto que la Horda trasladará varios presos venidos desde Kalimdor hasta la prisión de Colinas Pardas. Echarán anclas frente a la costa y los trasladarán en convoyes hasta el enclave. He podido acceder al perfil de algunos de los presos que transportan, creo que serán de su interés.

El orco extrajo un fajo de papeles de la manga del traje y se los tendió a la Dama Umbría. Shiannas apartó los informes de Skule para hacer espacio a los nuevos documentos. Examinó los reportes con minuciosa atención.

—Algunos serían útiles incorporaciones a la Familia —consintió la no-muerta —. Has hecho un buen trabajo. Hablaré con los demás y organizaré un grupo para atacar los convoyes. Puedes retirarte.

El orco sonrió. En su triste vida, no muy a menudo se había encontrado con nadie dispuesto a tratarlo como “uno más”. Pero Shiannas no lo trataba tan solo con la misma deferencia que al individuo promedio; lo trataba como a un Hijo.

—Sí… Madre.

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6. LA CONSTANTE DE SU HISTORIA

Una semana más tarde

Las dos mujeres abandonaron el improvisado comedor y se dirigieron al despacho de Shiannas, en el ala oeste de la fortaleza. El regreso de la Dama Umbría había sido del todo inesperado y había puesto un fin prematuro a la intensa velada; ahora que al fin estaban todas las cartas sobre la mesa, tal vez se pudiese alcanzar un acuerdo fructífero para ambas partes.

—De modo que tú eres los ojos de Madre Noctis. —Comentó Shiannas, guiando a la mujer por un dédalo de pasillos a medio construir.

—Así es como se me conoce, sí —comenzó Almada —. Pero lo cierto es que es un título inexacto. No es Madre Noctis para quien trabajo, si no para el Pintor. Aunque ambos reman en la misma dirección, es el Pintor quien se ocupa del politiqueo del Silencio.

Llegaron al despacho y Shiannas le indicó un asiento mullido frente al regio escritorio. A Almada le chocó el contraste de estética con lo que había visto del baluarte hasta entonces: la arquitectura ruda y militarizada de la Horda, había sido reemplazada por una estética minimalista y cuidada, de trazos sinuosos y ángulos agudos. ¿Pudiera ser que la Dama Umbría todavía sintiese apego por los motivos arquitectónicos de su vieja patria, después de todo?

Shiannas se sentó frente a ella, al otro lado del escritorio.

—Te invité a sabiendas del riesgo que correríamos —dijo la no-muerta —. Me esperaba alguna trampa por tu parte: una identidad falsa, una maniobra evasiva, espionaje encubierto… Sin embargo, mis hombres han peinado la fortaleza y no han encontrado indicios de infiltración. Tan solo habéis venido tú y tus dos guardaespaldas.

Almada asintió, resuelta.

—¿Esperabas a una fanática? —inquirió —. ¿Una supersticiosa que se tragase la deificación de Madre Noctis e hincase la rodilla como el resto? Me temo que no. La gente del Pintor me ofreció una segunda oportunidad cuando el mundo me dio la espalda. Siento gratitud por ellos, pero no devoción. Y si algo me ha enseñado la vida, es que no hay forma más rápida de morir que jurando lealtad a terceros.

—Con lo que tan solo te eres leal a ti.

—Tan solo a mí —confirmó Almada —. Y acepté tu invitación porque, al igual que tú, trato de buscar respuestas a las mismas preguntas. Quién soy, cómo encajo en esta historia, qué quiere la Cábala… ¿Sabes? Siempre creí que el Silencio era el monstruo que aguardaba al final de todos los callejones. Me inquieta haber descubierto que no es así en absoluto.

—Compartimos inquietudes —continuó la Dama Umbría. Su voz era calmada, paciente, y aunque Almada hablaba con una elegancia protocolaria envidiable, el tono de Shiannas denotaba una nobleza mayor —. ¿Qué saben el Pintor o Madre Noctis de la Cábala?

Almada echó un vistazo alrededor. En aquella sala tan grande, se sintió de pronto muy pequeña.

—Saben que existe, pero ignoran hasta qué punto son sus marionetas. Jamás adivinarían que el hombre que tan gentilmente has arrojado contra la mesa del comedor, Aranax, es en verdad uno de sus infiltrados. ¿Cómo supiste de su implicación con la Cábala, por cierto? ¿Cómo diste con él?

—Tengo mis propias fuentes —replicó Shiannas —. ¿Acaso tú me has desvelado tu lista de informantes?

Almada se mordisqueó el labio. Su intuición le alertaba que procediese con cuidado.

—¿Sabes? Llevo siglos observándote —comenzó la mujer —. El Silencio había arriesgado mucho apostando por ti como sucesora de Madre Noctis, “aquella cuyo vientre gestaría al Prometido”, la libertadora de Yth`qwa. ¿Recuerdas la noche de tu asesinato? Estabais en Bosque del Ocaso, a punto de encontraros con las brujas del Cónclave de Samara para combatir juntos al Anciano. Mi gente y yo estábamos cerca. Los agentes del Silencio infiltrados entre los tuyos habían promovido a propósito el clima de disentimiento. El Pintor estaba convencido de que harías todo lo posible por conservar el poder, incluso si para ello debías matar a los insurgentes: aquel sería el último peldaño en tu oscura ascensión; solo entonces estarías lista para llevar el germen del Mal en tu seno.

Shiannas afiló la mirada. Sus ojos se encendieron como dos hornos al recordar aquellos siniestros acontecimientos.

—Pero elegiste lo impensable —continuó Almada —. Elegiste la no-muerte. Mi gente estaba preparada para actuar en caso de que algo saliese mal, pero tu pequeño teatro se desarrolló muy rápido. Siglos de conspiración e intrigas… en vano. No deduje hasta mucho más tarde, cuando hiciste público tu regreso como no-muerta, que había sido todo un montaje. Y entonces, dejaste de ser la hija pródiga del Silencio para convertirte en una amenaza.

—Algún día, alguien resumirá los trágicos acontecimientos de tu vida con la misma diligencia —dijo la Dama Umbría —.¿A dónde quieres llegar, Almada?

—A la constante que hay detrás de tu historia. El Pintor nunca consideró al Anciano como algo más que un peón en su tablero, un catalizador que ayudase a madurar tu “yo” más innato y oscuro —Almada hizo una pausa. Tomó aire y descargó en Shiannas todo el voltaje de su mirada —. Hay otra razón por la que decidí acudir a tu encuentro. No sólo quiero respuestas sobre la Cábala. También quiero respuestas sobre el Anciano.

—Está muerto —cortó Shiannas —. El Pintor está en lo cierto: nunca ha sido más que un peón.

Almada se incorporó bruscamente. Su rostro ovalado, de grandes ojos color turquesa, reflejó una ira súbita y terrible.

—Entonces dime qué significa esta nota, que mi gente halló en el cadáver de uno de los míos.

“No soy uno, sino muchos, odiado y sin amigo alguno. No soy viejo, sino joven, una araña sin abdomen. Ni reyes ni dioses, no hace falta más que un hombre; para poner en jaque al destino basta un nombre: verdugo”

Almada prestó gran atención al movimiento escéptico que describieron las cejas de Shiannas. Su expresión quedó congelada así unos instantes, antes de transformarse en una mueca de disgusto.

—Tú eras la verdugo del Anciano —señaló Almada. Seguía de pie, tan alta como era, y amenazante —. ¿Lo viste morir con tus propios ojos? ¿Fuiste testigo de su caída?

Shiannas le devolvió una mirada iracunda a Almada, pero no tuvo más remedio que admitir la verdad.

—No. Y no sería la primera vez que doy su muerte por sentado.

—Un mero peón no habría llegado tan lejos como él —continuó la mujer —. Me temo que el Anciano es mucho más capaz de lo que jamás consideró el Pintor, o tú. Y la intuición me dice que no somos las únicas que están tras los pasos de la Cábala.

Shiannas se incorporó. Pese a la diferencia de tamaños, la autoridad que destilaban ambas mujeres se equilibró.

—Bien, Almada —comenzó Shiannas —. Conseguí sorprenderte hallando antes que tú a Aranax. Ahora me has sorprendido tú a mí con esta pista, que podría indicar la perpetuidad del Anciano. Creo que ya estamos en condiciones de negociar de igual a igual, sin exigencias o trucos. Nos necesitaremos mutuamente si queremos llegar hasta el fondo de este asunto.

—Empiezo a sospechar que este asunto carece de fondo.

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7. COMO GUIONIZADO

El alboroto del torneo probó ser una forma conveniente de enmascarar los suplicantes gritos de Aranax. Mientras Shiannas fingía disfrutar del paripé del combate, en las mazmorras de la mansión Almada conducía el interrogatorio del prisionero. La Dama no creía que nadie en Sangre Umbría fuese a tener reparos con su tortura, pero incluso entonces, desconfiaba de que la Cábala pudiese haber infiltrado algún agente en la Familia; cuántas menos personas estuviesen enteradas de sus planes, mejor.

—¡Juro que no sé nada! —balbució el hombre.

Por su aspecto escuálido y desgreñado, Aranax podría parecer muy poca cosa a ojos del desacostumbrado. Pero Almada era una experta en su campo. Durante décadas, si no siglos, se había dedicado a la tarea íntegra de recabar información para El Silencio. Aquello, a menudo, implicaba observar desde la distancia, pero cuando su trabajo se complicaba, Almada había tenido que mancharse las manos y adoptar una metodología menos… ortodoxa.

El bisturí acarició la piel enfermiza de Aranax y descendió hasta el húmero. Trató de retorcerse, chilló, pataleó y lloró, pero las correas apenas lo dejaron moverse en el sitio.

—Es la sexta incisión —informó Almada, adoptando un tono de rigor médico —. El mismo hechizo que impedirá que mueras desangrado, es responsable de tu hipersensibilidad al tacto. ¿De veras vale tanto la pena guardar los secretos de la Cábala?

Los ventanucos de ventilación trajeron el rumor de una oleada de aplausos. En la distancia sonaron vítores y silbidos.

—¿La Cábala? —lloriqueó —. Juro que no sé de qué me hablas.

Una nueva incisión. La piel de Aranax, conjurada para extremar el sentido del tacto, comenzaba a adquirir una tonalidad translúcida y mortecina. Aquello no era bueno.

Gritó, apretó los ojos y suplicó con la voz rota que lo liberasen. Almada retiró el bisturí y se quedó un rato observando al prisionero, contrariada.

—Ni siquiera los sigues por convicción, ¿verdad? —inquirió la mujer —. Si fuese por convicción querrías morir con orgullo, al menos. No, los sigues por miedo. ¿Tienes familia?

Aranax respondió a su pregunta con un silencio de lo más elocuente. Ajá, así que es eso. No es más que un instrumento para ellos. Almada se estiró y buscó una banqueta en la que sentarse.

—Podemos cobijaros —continuó Almada —, a tu familia y a ti. Esta fortaleza es segura, y la gente con la que trabajo probablemente odia a la Cábala tanto como tú. Ayúdanos a dar con ellos. Si los destruimos, serás libre de cualquier chantaje suyo.

—Y si fracasáis y os destruyen ellos, habrá dado igual que nos dieseis cobijo —comentó Aranax con la voz temblorosa —. Moriremos todos.

—Estás dispuesto a morir por tu familia —dijo Almada —. Eso lo admiro. Pero Shiannas está dispuesta a matar por la suya. Aunque no hables, la Dama conoce un método para interrogar a los muertos. A efectos prácticos, la Cábala seguirá creyendo que los has traicionado, y tu familia sufrirá su represalia. Considerálo.

Aranax tragó saliva. Antes de que Almada realizase una última incisión con el bisturí, rompió:

—Cerca de Trinquete hay una isla envuelta en bruma. Los marineros hablan de una hechicera de la que el océano se enamoró tan perdidamente, que agitó sus aguas para impedir que regresara al continente. Esa es la leyenda, al menos.

Almada alzó una ceja y depositó el bisturí en la mesita.

—¿Tienen allí su sede? ¿Cómo accedemos?

—No en barco, desde luego —respondió el hombre con su voz quejumbrosa —. Ni por aire. Un hechizo la guarda. La única forma de acceder a ella es… descendiendo.

Almada arrugó la nariz. Descendiendo… Quiere decir sumergiéndonos. Pero si el mar es tan peligroso como dicen los marineros, sería un suicidio bucear en esas aguas.

—Tengo la sensación de que pretendes enviarnos a nuestra propia muerte —increpó Almada —. Necesitarás una mentira más elaborada si pretendes que mordamos el anzuelo.

—¡Es la verdad, lo juro! —exclamó el hombre al ver que Almada volvía a coger el bisturí de la mesita —. Hay una cueva submarina en los acantilados al norte. Es imposible acercarse en barco por culpa del oleaje y las rocas. Yo solo he estado un par de veces. Un intermediario me acercó en bote y me proporcionó equipo de buceo. Tienen una mansión allí, y laboratorios. ¡Juro que no sé más!

Almada pudo ver en su mirada que no mentía. Creyó conveniente desatarlo y ofrecerle un vaso de agua.

—Si me dices donde está tu familia, mis agentes irán a buscarlos y los traerán hasta aquí.

—Páramos de Poniente —respondió tras pensárselo unos instantes, incorporándose y tomando una gran bocanada de aire —. Una pequeña villa costera llamada Sandvil.

—Bien —sonrió Almada —. A decir verdad, me cuesta creer que hayas conseguido infiltrarte en El Silencio. Aunque estás dispuesto a morir por tu familia, eres débil y fácilmente impresionable. Espero por vuestro bien que no nos llevemos ninguna sorpresa desagradable en la isla.

Los ventanucos de ventilación trajeron el rumor de una segunda oleada de aplausos. El alboroto se prolongó varios segundos. Qué contraste más irónico , ni que estuviera guionizado .

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8. CUANDO EL CAZADOR MUERDE EL ANZUELO

Casi un mes después del torneo y el interrogatorio de Aranax

“La Familia es para siempre”.

El mensaje de Jacob, único superviviente a la masacre, todavía martilleaba los pensamientos de Serana. ¿Podía ser cierto? ¿Era siquiera posible? Claro que lo era. Había barajado muchas otras hipótesis, a cada cual más absurda, pero a menudo ocurría que el supuesto más simple era el más seguro: Sangre Umbría se erguía de nuevo.

Y no solo se yergue, sino que han dado con mi paradero.

Aunque ya hacía unas semanas que tenía constancia sobre otros poderes que buscaban apoderarse de Bahía del Botín, Serana había optado por la prudencia y la equidistancia. Granjearse enemigos no era un problema para ella, pero atacar al rival sin haber medido antes su fuerza… aquello sería pecar de impulsiva.

En vistas al sangriento ataque que había sufrido uno de sus negocios en las zonas bajas de la ciudad, casi se arrepentía de no haber sido ella la primera en atacar. Ahora, por desgracia, tan solo quedaba resignarse y recabar información para cobrar su venganza. Bahía del Botín sería suya. La inesperada interrupción de Sangre Umbría no era más que un contratiempo.

Se pasó los siguientes dos días peinando la ciudad junto a sus mejores agentes, recabando pistas confusas, a menudo contradictorias, que no parecían servir otro propósito más que confundirla. Aunque le resultaba evidente que estaba lidiando con profesionales y que el rastro que seguían no era más que una artimaña, estaba decidida a tirar de aquel hilo hasta el final y llevar su investigación hasta las últimas consecuencias. Por supuesto, tratarían de tenderle una trampa antes o después. Aquello también entraba en sus planes.

Por eso, cuando las pistas la condujeron de vuelta hasta el pequeño negocio del altercado, Serana tuvo la certeza de que aquel absurdo juego del escondite por fin había terminado.

—Esperad aquí —ordenó, avanzando a paso quedo hacia el edificio abandonado —. Y mantened la posición.

La puerta yacía entreabierta. Al otro lado sólo se aventuraba oscuridad.

Empujó con suavidad y echó un vistazo. Los ojos verdes, testimonio del trágico pasado que había sufrido el pueblo sin’dorei, se estrecharon hasta convertirse en dos ranuras. Inspiró. Estaba todo en silencio. Distinguió el contorno de varios armarios desvencijados, cristales rotos, estanterías destrozadas y… Se detuvo. Una sombra humana, de pie, a un lado.

—Esperaba una trampa —reconoció Serana, altanera.

Si aquel había sido el plan de sus rivales desde un principio, entonces habían subestimado terriblemente las capacidades de Serana. Haría falta una docena de asesinos, al menos, para poder abatirla. Aquella silueta, tan sola y triste, no tenía nada que hacer contra el Cuervo Rojo.

Entonces, la silueta despegó los párpados y la oscuridad desapareció. Dos grandes ojos azules, fríos como el tacto de la muerte, se encontraron con los de Serana.

—Yo soy la trampa —dijo Shiannas.

Ya era tarde para correr, y aunque su voz consiguiese abandonar aquella ruinosa cámara y alertar a sus hombres, probablemente seguiría sin ser suficiente para derrotarla. De modo que empuñó aquello que mejor manejaba: las palabras.

—Shiannas. No esperaba que vinieras. Si querías una audiencia, hubiese bastado una simple carta.

—Una burda nota dudo que llegase a llamar la atención del Cuervo Rojo —repuso la Dama Umbría —. Es así como te haces llamar ahora, ¿no es así?

Serana percibió una ira sorda en la voz de Shiannas. La miró con recelo.

—Nos abandonaste —dijo Serana —. Abandonaste a la Familia. Ahora tengo una familia propia.

Shiannas prendió una vela y paseó un dedo por las llamas, como distraída.

—Ah, sí. Olvidaba el nidito de amor que habías construido junto a ese pirata del tres al cuarto. ¿Trece, era su nombre?

—Tengo una hija.

—Yo también tuve una hija —dijo Shiannas, y por un momento su voz flaqueó, rehén de una súbita nostalgia —. Pero ahora tengo muchos hijos. Y hay poderes más grandes que tú y que yo en juego. Por eso he venido.

La puerta del local se cerró a sus espaldas de un portazo. Frente a ella, junto a Shiannas, percibió cómo la energía de la muerte se concentraba y bullía, saturando el ambiente.

Serana arqueó una ceja, pero Shiannas no dijo nada. Le hizo un ademán y desapareció por una fisura en la pared del fondo.

Y ella la siguió.


—Observa —señaló Shiannas.

Había conducido a Serana hasta un brazo de arena que bordeaba el edificio. Era un lugar lamentable, bañado por unas aguas que mecían basura de todo tipo en su ir y venir. Pero era discreto, y de no ser porque los agentes del Culto Silente habían elegido atacar aquel local a conciencia, jamás lo hubiese descubierto nadie.

Las dos mujeres se alzaban allí ahora, de pie sobre la arena.

Serana siguió el dedo de Shiannas hasta su objetivo. El edificio hacía esquina con otro, pero entre ambos se aventuraba una pequeña franja que dejaba ver unos pocos metros de paseo. Entonces lo vio. Uno de sus hombres se había separado del grupo y se acercaba con discreción a la puerta del local. Si las dos mujeres siguiesen allí dentro, no hubiera sido difícil para él espiar su conversación.

Un escalofrío recorrió la espalda de Serana.

—La Cábala —explicó Shiannas en voz baja —. Tienen infiltrados en todas partes: aquelarres, sectas, cárteles, colegios, instituciones… Monitorizan, sabotean y lideran desde las sombras. Son el monstruo que ha plagado todos nuestros armarios. El verdadero enemigo.

Serana no respondió de inmediato, y Shiannas entendía bien por qué. Revelaciones de aquel tipo rompían los esquemas que uno se hacía del mundo y su funcionamiento. Descubrir que incluso ella había captado la atención de la Cábala y estaba siendo “supervisada” debía de ser una sensación repugnante.

Pero Serana la contempló en silencio, y Shiannas se inquietó.

—¿Tan grave es? —inquirió por fin. Fue todo cuanto dijo.

—Sí.


De vuelta en el interior del local, Shiannas le dedicó una mirada significativa.

—De modo que renuncias a la Familia —comenzó Shiannas. Su voz temblaba —. Renuncias a Sangre Umbría. A mí. Después de todo lo que hice por ti, de todo lo que he sacrificado.

El frío mirar de Serana rivalizaba con el glaciar que eran los ojos de la Dama Umbría.

—Tienes tres días para retirar a tus hombres de la ciudad —dijo Serana —. Si para entonces seguís en Bahía del Botín, teñiremos las calles con vuestra sangre.

—Pero la Cábala… ¿no entiendes qué…?

—Entiendo que esta ciudad es mía, y no toleraré más vuestra presencia —cortó Serana. Se cruzó de brazos y caminó hasta la puerta —. Tres días. Ya no pertenezco a Sangre Umbría, Shiannas. Ya nunca volveré a llamarte Dama.

Descubrió que pronunciar aquellas palabras le había dolido en su propio espíritu, pero lo cierto es que las circunstancias no le dejaban otra opción. Los eventos se habían desarrollado demasiado rápido: el ataque al negocio, la aparición de Shiannas, la charla sobre la Cábala…

Sus hombres la esperaban al otro lado. Paseó la mirada por el semblante de todos ellos, buscando al infiltrado que había señalado Shiannas. No tardó en localizarlo, pero tampoco reflejó el menor interés por el hombre. No podía darle motivos para sospechar.

—Nos marchamos —anunció —. Les concederemos la cortesía de permitir que se retiren antes de apuñalarlos. Vamos.

No pudo evitar percatarse de que el infiltrado le dedicaba una mirada más larga de lo normal, como si estuviese sopesándola en silencio, analizando la situación. Se volvió una última vez para contemplar el local abandonado. ¿Cómo no se había dado antes cuenta de lo excesivamente “observador” que era aquel hombre?

Se le hizo un nudo en el estómago.

Con suerte, cuando las calles se pinten de rojo, él será una de las primeras bajas.

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10. COMER HASTA SACIARSE

Al día siguiente

Un cadáver presidía la mesa, pero no era un cadáver cualquiera. Este había sido desangrado a conciencia, limpiado por dentro y por fuera y cocinado a fuego lento, en presencia de otros condimentos no menos extravagantes. Parecía fresco y aunque no se advertían heridas de arma, la mujer había tenido que suplicar que la matasen. Y así lo habían hecho.

—Los cocineros se han esmerado en esta ocasión —brindó Mefistos, agitando una copa de líquido negro —. De no ser por el tórax abierto, casi podría decirse que está dormida. ¿Qué han usado de relleno?

—Paté de hígado —comentó la mujer que se sentaba en frente —. Y sangre coagulada, mezclada con miel. Creo que es una receta nueva.

La impaciencia se marcó en la mirada de los ocho comensales. Estaban hambrientos y hacía semanas que ninguno comía carne humana. Pero existía un protocolo, e incluso la Cábala era cuidadosa a la hora de cuidar las apariencias.

Los criados, cuyas bocas habían cosido hacía mucho, no tardaron en regresar con platos, cubertería y varias jarras más que rebosaban aquel mismo líquido negruzco.

—Bueno, ¡que aproveche! —exclamó Mefistos, blandiendo tenedor y cuchillo.

Alcanzó uno de los brazos de la mujer y empezó a serrar. Cortó una tira y se la llevó al plato, donde los criados depositaron unos extraños tubérculos de color rojo. Masticó, tragó, sonrió y se aclaró la voz:

—¿Tenemos alguna noticia, caballeros?

La mujer sentada enfrente se limpió la comisura de los labios y apoyó los cubiertos en la servilleta. Era una humana, de pelo blanco y facciones agraciadas, que solo ahora la vejez había empezado a enturbiar. Pese a todo, conservaba una elegancia que contrastaba con el contenido de su plato, y una solemnidad que hubiese avergonzado a reyes y reinas.

—Shiannas se ha desplazado hasta Bahía del Botín para visitar a Serana —dijo la mujer —. Nuestros infiltrados han deducido que le ha revelado nuestra existencia al Cuervo Rojo. Pese a todo, Serana se ha negado a colaborar con ella. Pronto entrarán en conflicto por dominar la ciudad.

—¿Y sobre Vell Umbra? —siguió preguntando Mefistos.

—Han vuelto a Rasganorte —respondió —. Estuvieron en Bosque del Ocaso hasta ahora, ocupándose de aquella bruja díscola de la que os hablé. Nuestros infiltrados todavía no han avanzado los detalles de su próximo movimiento.

Mefistos se mesó la barbilla. Parpadeó con varios pares de ojos, relamiéndose.

—Es bueno que no se hayan vuelto a cruzar —reflexionó —. Debemos procurar que siga siendo así. Que nuestros agentes así lo procuren, por favor.

Filosanta asintió.

—¿Y qué hay de Aranax? —intervino otra mujer, una trol de oscuras trenzas —. No hemos vuelto a saber de él desde su desaparición. ¿Saben algo tus hombres, Filosanta?

Filosanta le dedicó una mirada intrigante a la trol y sonrió.

—Lo cierto es que sí —murmuró, recuperando sus cubiertos para limpiar el hueso de un dedo que había arrancado —. Nuestros infiltrados dentro de Sangre Umbría creen haberlo localizado en las mazmorras. Es posible que haya revelado información sensible, puesto que Almada misma participó en el interrogatorio.

—Bien, bueno. No me preocuparía por ello —dijo Mefistos —. ¿Qué hay de la Horda y la Alianza? ¿Han dado ya con el Alma en Pena?

Salazar, un hombre de cabello oscuro y larga barba negra, negó con suavidad.

—Las heridas que abrió la guerra tardarán en cicatrizar, aunque pronostico que no todas llegarán a sanar, y aún muchas se infectarán por el camino. Los esfuerzos por dar con Sylvanas tampoco han dado sus frutos. Ni siquiera nuestra red de informantes ha podido descubrir su paradero.

—Intrigante —convino otro de los comensales —. Tendremos que proceder con cautela. Los susurros de la Sombra suenan cada vez más inquietos. Preveo que este mundo sufrirá pronto grandes cambios.

—Y nos adaptaremos, como siempre hemos hecho —dijo Filosanta —. Sin embargo, permíteme discrepar contigo, Mefistos, en lo que a Sangre Umbría se refiere. No son una amenaza por sí mismos, pero cuentan con la orientación de Sitis.

Varias miradas buscaron instintivamente el asiento vacío de la mesa.

—Mataron a Un Pensamiento —continuó Filosanta. Como había terminado de aprovechar el dedo le hizo un gesto a los criados para que le sirviesen una cucharada de aquel mejunje extraño —. Y ahora somos ocho. Con la guía de Sitis puede que consigan matarnos a todos.

El sonido metálico de los cubiertos rompió el silencio. Mefistos hundió la mirada en su plato, reflexivo.

—¿Podríamos utilizar a Serana? —preguntó el hombre.

—Podríamos —admitió Filosanta —. Aunque jamás nos será fiel, venderse al mejor postor no es algo ajeno a ella. Puedo enviar asesinos a apoyar al Culto Silente cuando estalle el conflicto por controlar Bahía del Botín. Cuando Serana esté más necesitada, nuestros intermediarios le tenderán una mano.

—Bien —zanjó Mefistos —. ¿Alguna novedad del Silencio?

Todos negaron.

—Mejor. De no ser por su obsesión con Shiannas y la profecía del Prometido, nada de esto hubiese ocurrido. Eso sí, necesitaremos reemplazar pronto a Aranax. Tendremos que encauzar el liderazgo del Silencio para asegurarnos de la prevalencia de nuestros intereses.

La mujer tendida sobre la mesa abrió súbitamente los ojos. Eso no impidió que los comensales más voraces siguiesen cortando y trinchando.

—Fueron seguidores dedicados —rugió el cadáver —. Yo soy su dios, no vosotros.

La Cábala se había acostumbrado a aquel tipo de intervenciones. Aunque Yth’qwa había sido derrotado (la propia Shiannas había procurado la desaparición del ignoto), su poder todavía permeaba el mundo. Y por alguna razón, su esencia había buscado el sombrío cobijo de la Cábala.

—¿Tú un dios? —rieron —. Apenas sobrevive un eco de tu fuerza. Vete antes de que decidamos apagar la llama de tu vida.

La frigidez volvió a apoderarse del cuerpo.

—En cualquier caso —prosiguió Filosanta —, hemos hecho progresos importantes en la Cámara Original. Aranax no pudo haberles revelado mucho más que la ubicación de la isla, con lo que no me cabe ninguna duda de que me harán una visita tarde o temprano. Con suerte, para cuando lleguen, estaremos en condiciones de darles una bienvenida a la altura.

Todos supieron a qué se refería. Después de todo, La Cábala rara vez se ensuciaba las manos con sangre ajena. Solían preferir manipular a terceros y utilizarlos como carne de cañón.

Pero aquella necesidad estaba a punto de desaparecer, y con ella, tal vez pudiesen llevar la guerra contra el Cónclave hasta el mismísimo corazón de su mundo.

No dejaron del cadáver ni los huesos.

—Bueno, caballeros. Y damas —se corrigió Mefistos —. Creo que ha sido una velada productiva. ¿Tenemos todos claro qué hacer a continuación?

Los otros siete asintieron al unísono.

—Pues que comience el espectáculo.

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11. EL REY PLEBEYO

Miedo. Todavía podía leerse en las facciones de los cadáveres: los ojos abiertos, inyectados en sangre; las bocas fruncidas, apretados los dientes. Aunque no sumaban más de una docena, Shiannas hubiese podido llenar una caldera con su sangre. Era una lástima tener que resignarse a derrochar sus preciados fluidos en aquel pasadizo, pero no había tiempo que perder si querían llegar antes de que saltasen las alarmas.

Shiannas y Almada se miraron una última vez antes de retomar la carrera. El pasillo era oscuro, húmedo y estrecho, pero si Almada había hecho bien sus deberes, debería ensancharse más adelante.

Y así lo hizo.

—Tenías razón —admitió la Dama Umbría —. No nos hemos perdido. ¿Recuerdas el resto del camino?

Almada adelantó su lanza y empaló una figura que bloqueaba el pasadizo. El hombre, bastante más menudo, quedó atrapado en el doble filo de su arma. Quiso chillar, pero un poder tenebroso le había robado la voz. Se debatió unos instantes hasta que su cuerpo se rindió y cedió su alma. Con un exabrupto, Almada lo desencajó y arrojó el cadáver a un lado.

—Lo recuerdo —respondió al fin —. He memorizado cada pasillo, cada cruce y cada recodo. En unos cuantos metros se bifurcará el camino. Tomaremos el pasadizo de la derecha y habremos llegado.

Shiannas asintió y adelantó a Almada. En su mano apareció un juego de púas que salieron disparadas contra la oscuridad. Aunque Almada no había conseguido distinguir sus siluetas, escuchó cuatro cuerpos que se desplomaban y caían al suelo.

—Esos debían de ser los últimos —dijo la Dama Umbría.

—Habrá más en el Emporio.

Se detuvieron tan pronto alcanzaron el cruce. Una luz tenue, acompañada por una brisa leve y refrescante, procedía del pasillo a su derecha. Almada suspiró, aliviada, y agradeció la deferencia de Shiannas al concederle un respiro. Después de todo, llevaban dos horas corriendo y segando vidas de forma casi ininterrumpida. La no-muerte blindaba a la Dama Umbría frente a tales padecimientos, pero Almada empezaba a sentir cómo la extenuación aflojaba sus músculos.

—No nos atacarán de inmediato —dijo —. El Rey no es estúpido: si hemos llegado hasta aquí, entenderá que no somos mujeres ordinarias. Su escolta es grande y lo acompañan hechiceros bien adiestrados, pero dudo que quiera arriesgarse a un combate directo.

—En cualquier caso —observó Shiannas —, lo necesitamos vivo: tanto a él como a su Emporio. O todo habrá sido en vano.

Almada dio un leve asentir y se puso en marcha por el pasadizo. Shiannas se apresuró hasta alcanzarla. Así caminaron hasta el final, a la par y en silencio, inquietas y expectantes. Aunque hubiesen podido forzar la cerradura de la puerta, creyeron conveniente volarla por los aires.

Al otro lado cundió el pánico.

—¡¿Qué significa esto?! ¡Guardias!

Ante Shiannas y Almada se reveló una gran cámara de piedra. Los techos eran altos y un agujero central filtraba la luz del día. De las paredes colgaban tapices y estandartes de la más fina manufactura. Había baúles, bidones y estanterías repartidas por todo el perímetro, y montañas de oro que empequeñecían los depósitos que Sangre Umbría le había confiado a Pipa Thanta.

Al fondo, en lo alto de un podio excavado en la misma roca de la cueva, el goblin más gordo que habían visto nunca yacía recostado en su trono acolchado, más parecido a la mullida cama de un noble. Una corona diamantina decoraba su diminuta cabeza.

—Albergábamos la esperanza de que nos concedieseis una audiencia, Majestad —comenzó Almada.

El goblin solicitó la ayuda de su criado ren’dorei para enderezarse. Shiannas y Almada se mantuvieron firmes aún mientras los guardias las cercaban con sus alabardas. El Rey (así se hacía llamar el líder del Emporio) les dedicó una mirada intranquila.

—¿Cómo habéis dado con nos?

—La existencia de este complejo de pasadizos y grutas bajo Bahía del Botín no es ningún secreto —prosiguió Almada —. Lleváis años labrándoos un nombre en los bajos fondos. Con vuestro perdón, Majestad, era cuestión de tiempo que alguno de vuestros hombres se fuese de la lengua.

El goblin agitó los brazos y apretó el puño. Aquello pareció dejarlo sin fuelle.

—Lamentablemente —prosiguió Shiannas —, tus matones no accedieron a dialogar con nosotras. Hemos tenido que abrirnos paso a la fuerza.

Las mujeres, en efecto, blandían armas que todavía chorreaban hileras de sangre.

—¡Exigimos una compensación! —bramó el goblin —. ¡Doscientas piezas de oro por cadáver!

Shiannas avanzó un paso. La alabarda de uno de los guardaespaldas se encontró con su armadura. El eco metálico reverberó en la estancia.

—No estás en posición de exigir nada —dijo la Dama Umbría —. Eres un lastimoso hombrecillo confinado a un camastro empapado de sudor. Y antes de que el orgullo nuble tu juicio y ordenes atacar a tus hombres —sugirió, viendo cómo la ira deformaba el rostro del goblin —, quiero que consideres lo irrisorias que son tus probabilidades de victoria. No te será demasiado complicado llegar a la conclusión de que si sobrevives al día de hoy, será por merced mía.

En aquel momento, el goblin comprendió.

—Eres la Dama Umbría —no se molestó en camuflar su aprensión. Turbado, se arrastró por el colchón como si quisiera alejarse de su opresiva presencia —. Eres la responsable del baño de sangre que hay en la superficie. ¡Te odiamos! ¡Te repudiamos! ¡Nos no queremos tratar contigo!

El miedo se contagió a la escolta del goblin. La línea de alabardas no tardó en vacilar.

—No tenéis opción, me temo —intervino Almada —. Matamos a vuestros matones porque sabíamos que no tendríais problemas para encontrar sustitutos. Sin embargo, Majestad, no creáis que queremos destruir vuestro Emporio. Tan solo buscamos cerrar una transacción.

El voluminoso monarca le susurró algo a su criado ren’dorei y enterró la cabeza entre las mantas del camastro. El elfo del vacío tragó saliva, descendió las escaleras del podio y avanzó hasta los alabarderos que todavía cercaban a las dos mujeres.

—Su majestad demanda conocer la naturaleza de la transacción propuesta.

—La fortuna de su Majestad ha crecido exponencialmente gracias al contrabando de azerita —dijo Almada —, pero sé de buena tinta que su fortuna tiene raíces en un negocio distinto. Ciertas sustancias químicas.

El ren’dorei no gesticuló lo más mínimo. Tampoco apartó la mirada de Almada.

—Mover la mercancía por los Reinos del Este nunca supuso un desafío —prosiguió la mujer —. Pero, comerciar con ella en Kalimdor… Sé que incautaron varios barcos de su Majestad, y que se convirtió en una empresa arriesgada. Por eso, su Majestad cambió de estrategia y dejó de enviar barcos. Invirtió las ganancias en otro proyecto, un prodigio de la ingeniería. Un submarino.

—Lo queremos —sentenció Shiannas.

Antes de que el ren’dorei pudiese abrir la boca, el mórbido goblin dio un chillido y cayó de la cama del disgusto. Hicieron falta varias manos para levantarlo y sentarlo de nuevo.

Shiannas pudo adivinar una peligrosa impotencia en su mirada.

—Tenemos aliados poderosos —amenazó desde el trono —. No es prudente encararnos con exigencias.

—¿Dónde escondes el submarino? —inquirió la Dama Umbría.

El goblin gimió, asustado.

—Nos no recordamos, nos no…

Shiannas frunció los labios.

—¡Al sur, fuera de la ciudad! —balbució —. En una cala arenosa, frente a una roca con forma de tambor. ¡Dejadnos! ¡Fuera! ¡Largo!

El ren’dorei se aclaró la voz. Los rítmicos golpecitos de sus botas atestiguaban su nerviosismo. Dijera lo que dijese, su credibilidad sería escasa.

—Ya habéis oído—titubeó —. Agradeced la generosidad del Rey y abandonad estos túneles.

Shiannas y Almada abandonaron la estancia sin despedirse. Caminaron unos minutos en precavido silencio, pero no tardaron en tropezarse con unos cuantos matones bien apostados. Obviamente, el Rey goblin no tenía la menor intención de compartir su submarino; mucho menos toleraría su ego una humillación como aquella.

—Qué necio —murmuró Shiannas —. Pero tenías razón. Su pavor era fingido.

Varias flechas silbaron en la penumbra del pasillo e impactaron contra la puerta que se cerraba a sus espaldas. El eco de la insidiosa risa del Rey goblin alcanzó sus oídos justo cuando los matones se preparaban para cargar.

—Conozco bien a los de su calaña —murmuró Almada —. Que alguien que ni siquiera es capaz de valerse por sí mismo haya llegado tan lejos es un testamento a su genialidad. El Rey goblin es una rata muy astuta.

Shiannas extendió una mano y varias púas salieron disparadas contra las figuras entrecortadas de los asaltantes.

—Una rata muy lista puede conseguir escapar de la víbora —respondió la Dama Umbría —, pero jamás conseguirá que la víbora escape de ella.

Almada alzó una mano y disparó un relámpago contra los ballesteros. El contraste dejó a la multitud enceguecida.

—Espero que recuerdes el camino de vuelta a la superficie —dijo Shiannas —. Si nos apresuramos, puede que logremos escapar antes de que nos corten el paso.

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