Caída y ascenso. Muerte y renacimiento [relato].

Banda sonora
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Cerró los ojos mientras se preparaban para el viaje. Podía recordar con nitidez la voz del Anciano, la oscuridad empapada que anegaba su salón del trono, el centenar de polillas que iban y venían tan solo atadas a su Señor por el miedo que su sombra inspiraba.

Por aquel entonces ella aún no era la Dama Umbría y Oghma Infinium ni siquiera un proyecto. Sus primeros pasos habían sido como verdugo junto al Anciano, la promesa de un potencial virgen, el capricho de una escayola dúctil todavía. Él se había creído capaz de domarla, pero domesticar a Shiannas era como domesticar a la tormenta o al mar embravecido.

—El poder no corrompe —decía siempre el Anciano —. El poder magnifica la corrupción que uno lleva en su corazón de antemano. El camino que hemos escogido, Shiannas, conduce a la soledad y el aislamiento; tal es el precio del poder.


Despegó los párpados y afiló una mirada impaciente.

—Preparad el portal —su voz era grave, profunda como los abismos de la consciencia —. Una vez lleguemos a Orgrimmar tendremos que buscar donde asentarnos.

Decenas de ojos la rehuían. Hubo una época en la que Shiannas era la madre de todos ellos, mentira que incluso ella misma se había llegado a creer; pero ahora, ahora la admiración y el respeto se confundían con el miedo. No era muy distinta al Anciano.

—He visto tu futuro —había confesado el Anciano —. Tu destino está nublado, pero advierto una caída y un póstumo ascenso. Si permaneces a mi lado sé que juntos lograremos grandes cosas. Nuestras intrigas pondrán de rodillas a los poderosos, nuestras mentiras enfrentarán a los sabios, nuestras argucias envenenarán a los justos. Tiempo es todo cuanto necesitamos.

Pero ella repudiaba al Anciano. Él era el hombre que había sembrado la oscuridad en su seno, pero se había descuidado; no había hecho nada por enderezar la vegetación de su finca. El jardín que debió ser se había transformado en una selva en la que su agricultor ya no era bienvenido.

Si aquel era en verdad su destino, Shiannas no pretendía compartir el poder. Ni con él ni con ningún otro.

—¿Volveremos aquí cuando todo acabe? —de entre todos, Teslyn era la que más unida estaba a la Dama. Aún era capaz de sostener la oscuridad de sus ojos.

—Sí —dijo Shiannas, y el eco que arrastró hizo que los árboles se estremecieran —. Volveremos cuando todo acabe.

Teslyn asintió con diligencia y le devolvió una mirada distante, una mirada que le recordó a otra que se le había grabado a fuego.

—Mátala —había ordenado el Anciano.

Shiannas deslizó un dedo y en su mano apareció un filo de sombras. Habían encadenado a una mujer, una orco bruja, en el centro de la estancia. Había intentado matar al Anciano y su imprudencia le costaría la vida.

Avanzó hasta quedar junto a ella. La orco le devolvió una mirada distante a su verdugo.

—Os estáis condenando al servicio del Anciano —gruñó la bruja. Aún jadeaba por la paliza —. Estáis a la deriva en un agua que ha puesto a hervir a fuego lento. Cuando queráis daros cuenta ya será demasiado tarde.

La risa del Anciano empequeñeció a la orco, pero no fue él quien desnudó los colores de su rostro y pintó al verde de blanco mortecino. La orco había visto algo en la mirada de su verdugo. Había visto la muerte, el desamparo y el calvario que le deparaba a todo lo vivo. Aquella mujer que le rebanaría el cuello era una descastada, tan solo leal a sí misma.

—¿Quién eres? —preguntó en voz baja, incapaz de despegar los ojos de aquel océano de destrucción.

Shiannas se inclinó y apoyó el filo en el cuello desnudo. Las sombras chisporroteaban.

—Soy la que triunfará donde tú has fallado —susurró la elfa. La hoja perforó la carne como mantequilla y la orco se desplomó a un lado, ahogándose en su propia sangre. Entonces, volviéndose hacia el Anciano, dijo —. Está hecho, “mi señor”.

Tan necio era el Anciano, tan arrogante, que no había sido capaz de predecir un futuro en el que Shiannas ya no lo necesitase. Él le había dado todo para convertirla en su reina; ella lo había aceptado todo para convertirlo en su peón.

El portal se dibujó frente a ella poco a poco. La imagen temblorosa de Durotar apareció enmarcada por un borde centelleante. Era más que una ciudad lo que le esperaba al otro lado. Era más que una reunión donde tratar de imponerse. Que los hombres pequeños se contentaran con la discusión superflua, ella se había hartado de seguirles la corriente y mimar sus frágiles egos. No… ella buscaba algo más en esta ocasión.

—Y una vez gobernemos, querida mía, reharemos este mundo a nuestra imagen y semejanza.

Pretencioso. Ella era ambiciosa pero no estaba ciega. De ningún modo llegaría nunca a gobernar el mundo, ni tan siquiera la Horda. Pero…

—Cruzad el portal y recordad: somos Sangre Umbría. No estamos aquí para ser condescendientes con nadie. Respondemos ante la Jefa de Guerra, pero no olvidéis que vuestra lealtad reside exclusivamente en mí.

…pero podía forjar su propio pequeño imperio. Podía enhebrar una telaraña en la que enredar a todos con sus intrigas. Podía vengarse de aquellos a quienes odiaba, y aquellos a quienes odiaba eran más de los que se podían contar.

Turletes y la Espada Roja. La afrenta en Tierras Altas Crepusculares solo podía retribuirse con la muerte de todos ellos.

Vo’dral y Trol Kalar. Se habían reído de Shiannas aquella primera vez en la asamblea de Cima del Trueno. Un insulto que pagarían con sangre.

Zorro y Hoja de la Noche. Su crimen se parecía al de la orco; habían cometido la insensatez de infravalorarla, habían creído que podían infiltrarse y tenerla vigilada. Se equivocaban y lo pagarían con sus vidas.

Garador y los Siete Círculos. Shiannas los había rescatado y había tratado de unírselos; no solo no habían cedido si no que la habían desafiado en su propia casa. Por su ofensa los enviaría a las Tierras Sombrías a reflexionar por los siglos de los siglos.

Drak’gol. No lo odiaba, pero el caballero de la muerte se daría cuenta tarde o temprano de que Shiannas solo se era fiel a sí misma, y entonces se convertiría en su enemigo. Le recordaba al Anciano en cierto sentido: tan seguro, tan confiado de su complicidad con Shiannas, que apenas se había percatado de que había sido hecho peón.

—¿Por qué estamos exactamente en Orgrimmar, mi Dama?

De nuevo Teslyn. Hacía un calor apabullante en la ciudad.

—Hemos caído y es el momento de que ascendamos —respondió, sus ojos soltando ascuas —. Hemos muerto y es el momento de que renazcamos. El Clan Quemasendas nos ha convocado a todos; escuchemos lo que tienen que decir y finjamos que aún somos leales a los preceptos de su Horda.

—Hay una Asamblea —comprendió Teslyn. Sonó como una pregunta, pero Shiannas sabía interpretar muy bien el tono de aquella, a la que hubo de querer como a su hija.

—Hay una oportunidad —concedió la Dama Umbría —. De reclamar lo que es nuestro.

—¿Y qué es nuestro?

—¡El mundo es nuestro!


—El resarcimiento.
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Heis se había encaramado a una peña partida para admirar a la Dama cuando habló. Él ahora también estaba partido, quebrantado por la magia antigua de los aquelarres prohibidos que profanan el cuerpo, retuercen el alma y la mente resquebrajan.

Pero su historia ahora no importaba. Él era un peón más. Jamás había existido una Madre, ni una Familia, ni hermanos ni hermanas a los que llamar. Esa era la Verdad.

Ahora escaseaba el apego donde antes rebosaba; la Muerte se lo había llevado como un huracán que arranca árboles hasta las raíces.

Pero eso ya no importaba más. Allí donde la Dama se alzaba el pequeño peón la admiraba. Ya no podía amarla como antes, pero pronto había entendido que gracias a ella seguía vivo.

¿Agradecimiento? No en realidad. Maneras vetustas en las que semblantes aún más vetustos acostumbraban a expresarse. La Dama nunca volvería a inspirarle agradecimiento. Tan solo ecos perdidos en la cavidad sesgada de su subconsciente que susurraban "gracias". La Dama nunca volvería a inspirarle amor. Tan solo ecos de otra verdad, ahora extinta, pero que permanecían susurrantes, resonando en las oscuridades informes. La presencia soberbia de la Dama jamás volvería a inspirarle nada. La presencia soberana de la Dama sólo le recordaría lo que en vida él fue. Y ahora el pequeño peón no podía aferrarse a nada más que a ese recuerdo.

Sin embargo allí, en aquella ciénaga estéril, sobre aquellas aguas pestilentes se erguía otra Verdad: fecunda, e inmaculada en su certeza. Las palabras de la Dama sí inspiraban cosas. En algunos ojos fervorosos podía distinguirse el cirio de la adoración. En otros más distantes el miedo a las represalias y al castigo.

Que te admiren y que te teman estos tus dos pilares, Dama Umbría. Que tiemblen y desesperen al besar estos tus nombres. Que vean sobre ellos más que una promesa; y otra Verdad más. Que tengan fe en tu futuro Imperio, Shiannas.
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El regreso del Gran Infernal

Música
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Jugueteó con la idea, la tiró, la recuperó, volvió a jugar con ella. Siguió jugando con ella. La desechó, trató de volcar su atención en otra cosa pero no fue capaz. Volvió a recogerla, jugó con ella, la tanteó, la exploró, la desnudó y por último, la hizo suya.

—Khyra.

La no-muerta apenas se movió de su posición. En la oscuridad espesa habría sido indistinguible de las estatuas y ornamentos de Dazar’alor.

Un brillo en sus ojos le hizo saber a Shiannas que la estaba escuchando.

—Tengo una misión para ti.

El viento susurró meciendo el cabello azabache de la Dama Umbría. Su rostro níveo afiló una mirada que se perdió en el vacío entre las estrellas.

—Hay algo que necesito que encuentres —continuó Shiannas —. No será sencillo.

—Lo que ordenéis.

La mirada descendió de las estrellas para posarse en el rostro de Khyra. Una determinación más profunda que las profundidades del océano dormía en aquellas cuencas y Khyra, si acaso era posible, se sintió empequeñecer frente a aquellos ojos.

—Un anillo —la palabra sonó extraña en sus labios, como si ella misma se hubiera sorprendido —. Un anillo que alberga los últimos estertores del que fuera el más visceral de mis enemigos. Viaja a Tol Barad. El resto de nuestra Orden se asentará en Nazmir mientras tanto. Cuando sea tuyo vuelve a Orgrimmar, allí nos reencontraremos.

—¿Está alguien en posesión del anillo?

Shiannas no lo dudó ni por un segundo.

—Friederich. Era el segundo al mando. Tras la derrota de su amo habrá intentado mendigar una mínima parte de su poder —iba a callarse, pero se interrumpió —. Procura no tocar el anillo, mucho menos ceñirlo por tentadora que resulte la idea.

Khyra inclinó la cabeza y se deslizó por los barrios escalonados que descendían al puerto. Era una noche despejada y las lunas brillaban soberbias, arrancando reflejos plateados al oro de la gran pirámide; pero no a Shiannas. Podía deslumbrar el sol en lo alto que la oscuridad en sus ojos jamás menguaría ni se vería intimidada.

:-:-:-:

Ahora en Azshara caía una lluvia tenue pero ininterrumpida. Incluso Teslyn se había ido a dormir. Incluso Khyra, que no necesitaba descansar, había preferido cerrar los ojos un rato.

El anillo. Shiannas jugueteó con la idea, la acarició, la sopesó, casi la descartó pero entonces se decidió. Deslizó una mano hasta la faltriquera y tomó el anillo. Extendió el índice, un dedo que parecía esculpido para señalar y dar órdenes, y se lo ciñó.

—Dama Umbría… ¿Por qué haces… esto?

La voz sonó débil, vetusta y cansada. Pero aún en la derrota Draegar era pendenciero.

—¿Quieres saber la verdad? La verdad es que todo lo que has hecho por detenerme, romperme, destruir mi existencia, tan solo me ha hecho más fuerte.

Lo voz no se atrevió a llevarle la contraria. El Gran Infernal había pasado años conspirando y arañando poder de la Legión, pero la mujer con la que ahora hablaba… Shiannas ya no era una pieza en el tablero, ni siquiera la mano que movía las fichas. Shiannas ya no era una actriz más del mundo, ya no era la mujer movida por su ambición y su codicia.

—Te escucho… —dijo sin más.

La mujer ante ella era una fuerza de la naturaleza. Existía como existía la tormenta o el mar encabritado, y nada se podía hacer por comprenderlo o domeñarlo. Tan solo sobrevivirlo.

<¿En qué se ha convertido?>

—Te ofrezco una oportunidad —dijo Shiannas. Su voz sonó en la mente de Draegar e hizo ecos en los abismos de su consciencia. El resto del mundo enmudeció y se encogió turbado —. La oportunidad de serme útil y abandonar tu encierro.

—Soy tu némesis. ¿Cómo es que confías en que no te traicionaré?

Se arrepintió de formular aquella pregunta porque en el fondo conocía la respuesta. Era como preguntarle a la muerte cómo estaba tan segura de que al final todo acabaría en sus garras.

—Soy el momento final dado forma, la terminación de toda existencia. Soy el testimonio de la impenetrable oscuridad que se oculta tras el velo de la muerte, el recordatorio de la entrópica decadencia que le depara a cuanto concibes. Nuestros conflictos triviales no significan nada ahora. Puedo chasquear un dedo y arrancar tu alma del anillo, o puedo quebrar el anillo y dejar que tu espíritu languidezca por otros mil años.

Él ya no era una amenaza para ella. Ni su poder ni su inteligencia rivalizaban. Draegar podía elegir nadar a favor o contra corriente, pero no podía detener la dirección de las aguas.

Tragarse el orgullo o la muerte verdadera. Tenía clara su elección.

—Te serviré.

La voz se resquebrajó. Incluso la lluvia dejó de caer, espantada.

—Al final, todos lo haréis.
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Macabra paradoja

Música
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—Teslyn.

—Mi Dama.

Los cadáveres alfombraban el suelo entre ambas. La mayor parte de los orcos ya habían muerto o perdido la consciencia. La noche seguía nublada, sin estrellas que escrutar o seguir por el firmamento.

—Id al Norte. Encontrad su poblado y quemadlo. Acabad con los civiles que halléis.

La Inquisidora asintió y les hizo un gesto a los demás para que la siguieran. La soledad acudió a llenar el vacío que sus esbirros habían dejado. La voz de Draegar sonó en sus pensamientos.

<Eres maquiavélica>

Se inclinó sobre el suelo encharcado de sangre. Hundió la mano en la tierra y trazó unos símbolos que había grabado a fuego en su memoria. Había pasado meses estudiando aquella magia, profundizando en el saber profano, en la comprensión de la muerte. Había tenido que hincar la rodilla ante la Espada de Ébano para ello, había tenido que viajar lejos para recuperar grimorios que el tiempo casi había olvidado. Pero había merecido la pena.

<¿Qué es eso?>

—Una runa taam —contestó con naturalidad, irguiéndose para admirar su obra. Desvió la mirada hacia el druida, hacia Valdir, y caminó hasta él —. ¿Qué te parece el elfo?

Cogió el cuerpo y lo colocó en el centro de la runa. Murmuró una palabra y las líneas se encendieron. Murmuró otra y el mundo se estremeció. Las energías nigrománticas que flotaban en el aire, engendradas del calvario y tormento de los orcos, se derramaron en los símbolos del suelo.

El anillo vibró en su dedo. Y entonces, y solo entonces, Draegar comprendió.

<No quiero regresar como un elfo>

Pero ella ya no lo escuchaba, y aunque lo hubiese hecho nada habría cambiado.

—Irónico —observó la expresión abatida del elfo y sonrió. Con una mano alzó la guadaña hojarruna; con la otra, aquella que ceñía el anillo, señaló al cadáver —. ¿Dónde está tu diosa ahora? ¿Dónde está Elune para evitar que mancille tu cuerpo y lo parasite otro espíritu?

No obtuvo respuesta, tan solo una ligerísima satisfacción.

El filo de la guadaña se iluminó y sintió cómo la energía nigromántica atravesaba su cuerpo como si fuera un cable. Entonces, algo salió despedido del anillo contra el cuerpo tendido en la runa. Los trazos parpadearon, cobraron intensidad y se apagaron de nuevo.

Y todo volvió a estar a oscuras y en silencio.

—Álzate, Draegar.

Su voz fue como una orden. El elfo parpadeó y despegó los labios. Tenía la boca seca y un punto de malicia había anidado en sus ojos. Por lo demás, nada lo distinguía de un kaldorei que siguiese con vida.

Las articulaciones le temblaron, pero consiguió incorporarse. Era más alto que Shiannas, y aún así tan pequeño frente a ella…

—Arrodíllate —le ordenó.

Y no tuvo otra opción. De alguna forma sentía que una fracción de su alma seguía en aquel anillo, que ella era la dueña de su sino ahora. Quiso gritar, como los orcos habían gritado, pero de una forma mucho más profunda y sincera, visceral.

<Un peón>. En eso se había convertido. Había albergado una mínima esperanza de aprovecharse de la Dama Umbría y traicionarla en el último momento. Al parecer, aquello ya no era una opción.

Sintió cómo Shiannas le pasaba una mano por la cabeza. La Dama Umbría se conocía vencedora. Se estaba regodeando, disfrutando del momento. Draegar tuvo que apretar los dientes.

—Júrame lealtad.

Pero no contestó de inmediato. Se sentía apabullado, como si otros cien fragmentos de alma que no eran suyos hubiesen encontrado un refugio en su mismo cuerpo. Tanteó la idea de enfrentarla ahora que su Familia se había ido, pero desechó pronto aquella posibilidad.

No. Shiannas era imbatible ahora. Aún en el apogeo de su poder habría caído ante la mujer en la que se había transformado.

—Juro lealtad eterna —murmuró, azorado, deseando con todas sus fuerzas que la Dama no advirtiese la hipocresía en su corazón —. Tal y como ya dije, “te serviré”.

—Sé que lo harás —dijo ella —. Del mismo modo que sé que no hay nada que puedas obrar en mi contra.

Le habría gustado decirle que se equivocaba. Hasta se habría conformado con saber para sus adentros que Shiannas no estaba en lo cierto. Lo peor; ella tenía razón. Lo había atado corto, ambos lo sabían.

—No se me ocurriría tal cosa —dijo el Gran Infernal, mientras se emponzoñaba por dentro.
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Lealtad post mortem

Música 1
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Y la mansión apareció frente a ellos, un monumento a su gloria pasada. Los muros se habían roto, hundido los tejados, las torres desmoronado; y aún así la sombra que vertía sobre el jardín era proverbial y soberbia. No era tan solo el único sitio al que habían podido llamar hogar, pero el más espléndido de todos en cuantos habían estado.

Siguieron a Shiannas por el empedrado que bordeaba la casa hasta el jardín de atrás. A su paso, la flora se marchitaba y envejecía, meciendo mechones de hierba que se recostaban acongojados.

Se detuvo e inspeccionó la tierra a sus pies. Los arbustos habían crecido hasta apabullar la piedra de una losa. Paseó una mano por la inscripción y leyó claramente todavía:

"Tasslehoff"

Retrocedió un paso y grabó los símbolos de una runa en el suelo. Arantir y Khyra emergieron de entre el grupo y se colocaron a un lado y al otro. Los trazos mórbidos se iluminaron con un resplandor profano. Un escalofrío de energía sobrevino a quienes contemplaban.

—Desenterradlo —dijo con una voz que podría aplacar tormentas.

Arantir y Khyra excavaron en la tumba hasta desenterrar sus restos mortales. De no haber sido por la armadura, el cadáver del goblin se hubiera desmoronado en sus manos, apenas un saco de huesos con algo de carne pegada. Lo tendieron en el centro de la runa taam.

Shiannas blandió la guadaña y las inscripciones se iluminaron hasta enceguecer a los que veían. Arantir preparó los materiales e ingredientes. Khyra desenvainó su hojarruna y empezó a canalizar energía.

La runa vibró y brilló con más fuerza. A medida que Shiannas pronunció las palabras rituales, el aire se hizo más pesado y se cargó de expectación. Cuando Arantir se sumó al hechizo, los trazos dejaron de iluminar para encenderse en llamas niquelinas.

—¡Álzate! —Shiannas dio la última nota, triunfal, y los trazos del suelo se apagaron con un estallido. Todo quedó en silencio, hasta los murmullos aprensivos que escuchaba a sus espaldas.

Música 2
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Y entonces, apenas un instante después, el cuerpo menudo se incorporó, vacilante, y quedó postrado frente a ella. Ella se inclinó también.

Tasslehoff no pudo si no balbucir y mirar en derredor, confuso. Las palabras abandonaban ortopédicas su boca sin labios. Una eternidad separaba cuanto decía. Pero sus ojos, sus ojos habían quedado clavados en aquellos de la Dama, como un náufrago que se ahogase en aquella mirada oscura.

Cuando ella habló, todo lo demás calló de nuevo. Por un momento, su voz volvía ser la de siempre, una voz sugerente, que murmuraba promesas y concedía propósitos. La voz de una diosa de la misericordia y el perdón.

—Tasslehoff —las hierbas murmuraron, el viento se encrespó, el mundo giró más despacio —. Te he traído de vuelta del otro lado. Soy yo, tu Dama. La Dama Umbría.

Tasslehoff comprendió poco a poco, aunque la congoja no desapareció todavía de su tono.

—Shiannas…

Ella extendió los brazos y sonrió. Era una sonrisa triste, de melancolía inenarrable.

Pero él todavía recordaba el cómoy el por qué de su muerte. Había perdido su fe en Shiannas en el último momento, había puesto a toda la Familia, la única familia que jamás había tenido, en peligro de muerte. Y aunque al final había dado su vida para salvar la de la Dama, sabía que jamás compensaría del todo su deslealtad.

—El pasado ya no importa, Tasslehoff —dijo ella, y lo abrazó un instante antes de alzarse de nuevo. Era alta, pero no tanto por su constitución como por su magnificencia —. El futuro es lo que importa. Se cierne un peligro sobre nosotros, y pronto necesitaré a todos y cada uno de los que una vez formaron esta Familia.

La voz de Shiannas flaqueó un momento, como si un miedo que hubiese estado callando durante semanas aflorase de pronto.

—Necesitaré tu consejo —terminó de decir.

El goblin se irguió tan solo para arrodillarse de nuevo.

—Hubo una época en la que dudé el camino, pero nunca he estado tan convencido. Mi lealtad está con vos, mi Dama. Ahora y siempre.

Aquello complacía a Shiannas. Se hizo a un lado y dejó que Teslyn se reencontrase con él. Estaban en lo cierto, todos habían cambiado desde la última vez que se vieran. La amargura había moldeado a la Inquisidora en una mujer regia y severa. La muerte había esculpido a Shiannas en una líder fuerte y sin parangón. Y la no-vida había hecho de Tasslehoff el fanático perfecto.

—A propósito, Teslyn —continuó Shiannas y dirigió la mirada hasta las ruinas de la mansión —. ¿Recuerdas la Herramienta de los Creadores, el artefacto del antiguo Gran Erudito John?

La Inquisidora siguió la mirada de Shiannas hasta la mansión y sintió un sobrecogimiento. Asintió, diligente.

—He decidido venderla. Creí conveniente invertir el dinero en mano de obra para reconstruir nuestro hogar.

Todos se volvieron hacia la mansión ahora. Los muros se habían roto, hundido los tejados, las torres desmoronado; y aún así la sombra que vertía sobre el jardín era proverbial y soberbia. Era un monumento a su gloria pasada.

—Prepara el portal de regreso al campamento en Azshara. La Horda nos requerirá de nuevo muy pronto.
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El poder de las palabras

—Hablaré con vuestro líder.

Los veinte nagas la rodeaban ahora, sus lanzas en ristre, las jabalinas preparadas. Sólo uno se atrevió a hablar.

—¿Acasso no hass vissto loss cadáveress en el camino? Esstamoss en guerra. Uno de loss tuyoss ha intentado matarme cuando me acercaba a insspeccionar.

—Sí, lo sé; Jarukan. Debe afinar su puntería.

El naga soltó un siseo largo, como si quisiera intimidarla. Los demás endurecieron sus rostros.

—¿Y tú quien eress?

La voz que sonó ahora era distinta, femenina, cargada de autoridad, convicción y… resentimiento. Sí, Shiannas conocía aquel sentimiento, sabía darle lo que su corazón más anhelaba.

Le temblaron los labios, apenas capaz de contener la sonrisa.

—Soy la Dama Umbría. Estoy aquí para parlamentar contigo.
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Engordar al cerdo

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Ella no le era fiel a nadie. Así se lo había demostrado al mundo una y otra vez, siempre traicionera, silenciosa y discreta, un paso por delante de aquellos que preferirían verla caer. Pero aún ahora la Horda la había llamado como al resto, no porque confiasen ella, si no porque la necesitaban. La Alianza los superaba en número y, aún peor, la Horda estaba dividida de forma irreparable.

Meditó en las palabras de Dhaedra. Una Horda regida por el honor no era favorable para los de su clase; lo sabía, lo compartía. Pero hasta qué punto Sylvanas llevaría su cruzada, era algo que inquietaba a la Dama Umbría. Cuando la Alianza fuese exterminada, cuando los disidentes fueran ajusticiados y sus cabezas decorasen las picas de Orgrimmar, ¿entonces qué? Azeroth sería un yermo de orden frío y calculado, sin espacio para la intriga o la maquinación.

Aquel había sido el objetivo de Shiannas durante mucho tiempo, construir un mundo donde la guerra y el caos fueran cosa del pasado. Un mundo bien atado, si hacía falta, donde los hombres menores hubieran quedado excluidos del poder, y las decisiones pertenecieran a alguien más fuerte y más apto.

Pero ahora, la Dama Umbría pensaba de distinta forma.

Recordad qué es lo que nos hace superiores al resto. Os he enseñado a no temerle a las emociones, ya sea odio visceral o exaltación vigorizante. No puedo permitir que vuestro carácter se macere por sentimientos de empatía o pena; vuestro destino es liderar, y como tal debéis ver a toda otra forma de vida como un peldaño más en vuestro inexorable ascenso.


Le gustaba gobernar y ser venerada, pero aún más placentero le resultaba la conspiración, entretejer la telaraña imposible de sus ambiciones, enredar a los que caían cerca y enhebrar con sus vidas el tapiz del destino. Le gustaba sentir el miedo en la dicción de su nombre, notar el tono medroso cuando se referían a ella. Y no tenía pensado compartir ese placer ni con Partemontañas ni con la Dama Oscura en persona.

Su gente, Sangre Umbría, eran solo suyos. Suyos para liderar, suyos para proteger, suyos para lanzarlos como flechas contra aquellos que osaban desafiarla. No era un carcaj portentoso ni ilimitado, pero su precisión había mejorado con el paso del tiempo.

Este es nuestro momento, nuestra realidad. Pues Sangre Umbría es para aquellos que valoran el autodeterminismo por encima de todas las cosas, enfocados en la acumulación de poder y conocimiento.


No había trabas para ella ahora. Partemontañas la necesitaría tanto como los rebeldes si querían obrar algo en su contra. No era tan solo un arma en su ajedrez, si no un comodín que lanzar contra el enemigo, y Shiannas estaba demasiado cómoda en aquella situación.

La Paz es una falacia, tan solo existe la Pasión. A través de la Pasión ganaréis Fuerza. A través de la Fuerza, Poder. A través del Poder, Victoria. Y con la Victoria en vuestras manos, las cadenas que os atan se habrán roto.


Ninguno en Sangre Umbría terminaba de entender por qué Shiannas seguía colaborando con la Horda. Había dos razones fundamentales.

La Alianza debe ser exterminada.


Hay que engordar al cerdo antes de matarlo.
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Inexorable

La oscuridad caía sobre Tierras Altas Crepusculares como una sábana sudada en exceso. A las puertas de Garganta de Sangre, dos sombras acechaban entre los arbustos, lanzando miradas afiladas, malintencionadas, hacia la atalaya en la que se había apostado Sangre Umbría.

—Debemos matarla ahora. La Horda está demasiado dividida, demasiado ciega, como para hacer el trabajo por nosotros.

El murmullo no obtuvo réplica de inmediato; tan solo el viento, que suspiró entre los dos arrastrando las hojas de otoño.

—Sería un suicidio arriesgarnos ahora. No, esperaremos.

—Sería un suicidio regresar junto al Pintor con las manos vacías —lo corrigió el otro —. Usaría nuestra sangre como pigmento, bien lo sabe la Sombra.

Algo se movió allá arriba, en la atalaya. Shiannas había encargado la vigilancia a su predilecto Heis. Aunque era imposible que el no-muerto los advirtiese en su escondrijo, se inquietaron.

—No nos envió para matarla, si no para tenerla vigilada y sabotear sus planes.

—Y hasta ahora no hemos hecho nada.

—Porque ella no se ha arriesgado a hacer nada.

Otro silencio, reflexivo, esclarecedor.

—¿Crees que fue ella la responsable del incendio?

Ambos sabían que no había pruebas que señalasen a nadie en concreto. Podría haber sido cualquiera, incluso un infiltrado de la Alianza, y sin embargo no podían evitar pensar que Shiannas había tenido algo que ver en ello.

—Es posible.

Un cuervo graznó por encima de sus cabezas.

—Parece mentira, ¿verdad? —continuó el mismo —. Lo cerca que estuvimos de manejarla cuando al fin se hizo con el Zafiro de Shott. Han pasado casi dos años desde entonces, su destino era la Sombra y la Sombra era una con ella. Pero ahora se ha convertido en algo nuevo. Ya no es de los nuestros.

—Nunca lo ha sido —dijo el otro —. Nunca estuvo destinada a serlo. Shiannas ha estado toda su vida en el mismo bando; el suyo propio. El Pintor creyó que podríamos utilizarla del mismo modo que lo creyó el Anciano. Solo hay una opción: acabar con ella. Aprovechemos esta oportunidad, Orlando: atentemos contra su vida.

—El viento tampoco tiene amo o dueño y aún así puede soplar en nuestro favor. Atacar ahora es arriesgado, y el Pintor tiene planes futuros para ella, para cuando nazca el que fue prometido.

Escucharon pasos cerca y un fuego que alargaba las sombras de los árboles y arbustos. La patrulla de faucedraco debía estar de regreso, y ya no era seguro merodear tan cerca de Garganta de Sangre. Ambas figuras se disolvieron en la oscuridad de la noche, las dos con Shiannas dando tumbos todavía en sus pensamientos, las dos enfrentadas en el temor que les inspiraba la Dama Umbría, y en cómo habría que combatirla si querían truncar su inexorable ascenso.
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Gobernar el viento

—Seré misericordiosa y te daré a elegir entre hablar o morir.

El hombre que aún se arrodillaba frente a ella sacudió la cabeza como para poner orden a sus pensamientos. Ya no se encontraba en Tierras Altas Crepusculares, donde lo habían abatido, si no en la alfombra de un salón portentoso, atontado y entumecido. Tuvo que parpadear varias veces hasta que el mundo apareció de nuevo frente a él, desenfocado.

—¿Quién os envía?

La voz venía de las escaleras en frente. Levantó la mirada para descubrir a una mujer parada en el tercer escalón, alta y orgullosa, terrible de observar. La vidriera a sus espaldas filtraba una luz umbría que caía sobre su cabeza como una aureola. Los ojos brillaban con un punto maquinador.

Era Shiannas, recordó al fin. Los labios le temblaron hasta esbozar una sonrisa siniestra.

—Nos envían nuestras promesas, nuestro deber.

Un silencio expectante cayó alrededor. Teslyn y Shim intercambiaron una mirada confundida e intrigada a partes iguales; no había sido la primera vez que lidiaban con fanáticos religiosos, no sería la última. Pero había algo oscuro en aquel hombre. Algo que encogía el corazón y congelaba el aliento.

Shiannas descendió un escalón. El eco de sus botas rompió el hechizo del silencio y todos salieron del embrujo.

—Los acertijos no te salvarán de la muerte ni evitarán que descubra la verdad en este asunto. Responde.

El hombre rio hasta que le dolió la mandíbula. La locura anidaba en los rasgos de aquel rostro enjuto, y sin embargo una extraña cordura guiaba cada una de sus palabras y gestos, como si una voluntad más grande le hubiese robado la voz.

—Tu final está próximo, “Dama Umbría”. Tu trono de mentiras se desmoronará. Tu imperio de cenizas será llevado por el viento; el mismo viento que desenredará los hilos de tu telaraña, uno por uno, hasta dejarte desnuda y sola.

La ira asomó a los ojos de Shiannas, pero esta vez no fue una llama lo que ardió en su mirada; no se iluminó, de hecho. La oscuridad, la oscuridad fue lo que llenó el pozo de sus ojos, la noche primordial confinada en aquellos dos bulbos podridos, una sombra más afilada que la punta de una flecha.

—¡Yo también puedo gobernar sobre el viento, hay un huracán en mí que arrasará con todo el que me desafíe o amenace!

La lluvia martilleó contra los ventanales. El mar se agitó y batió contra las rocas del acantilado. El temporal arreció arrojando rayos que deslumbraron la sobria iluminación que reinaba en el interior de la casa.

Y cuando cesó el alboroto distinguieron la misma risa, socarrona y suave. Los ojos del hombre eran negros ahora, negros como si el vacío se arremolinara en sus cuencas.

La oscuridad de Shiannas palideció frente a aquella. La Dama Umbría ya no era la calamidad del mundo, el demonio de las naciones que fracturaría desde dentro a la Horda; era una necia, una niña a la que el trono le quedaba demasiado grande, una actriz en un guión escrito por otra mano.

Y aquel pobre diablo que se encogía de dolor frente a ella no hacía más que recitar sus propias frases.

—Mátame —dijo el hombre, pero no era una súplica —. Gustoso le entregaré mi alma al Vacío sabiendo que algún día, muy pronto, compartiremos pena en el calvario eterno —alzó la voz y echó una mirada alrededor —. Todos nosotros.

Shiannas descendió otro escalón. La mansión enmudeció. Las velas titilaron hasta que no sobrevivió más que un rastro de humo. Hasta la luz que vertía la luna se tornó desganada.

—Tu alma no irá al vacío —dijo, y su voz fue decreto, su palabra sentencia. El mundo se encogió a medida que el poder de la muerte se derramaba a los pies de la escalera —. Tu alma no irá a ningún lado. La romperé en mil pedazos que arrojaré a los abismos de la creación. Descubrirás el verdadero sentido del dolor, y verás que hasta la oscuridad puede morir y hallar la inexistencia.

El cuerpo del hombre se arrugó, se encogió y se deformó hasta que se le secó la piel y le cayeron los huesos. Los que estaban cerca tuvieron que apartarse, como si las fuerzas que se medían frente a ellos pudieran cobrarse en un descuido sus propias vidas.

Los huesos crujieron y se astillaron hasta convertirse en polvo blanco que tiznó el suelo. Un vacío sobrevino a los que observaban, la epifanía del espíritu profanado, la celebración macabra del ánima que se había roto.

Fue rápido.

—Podríamos haberle sonsacado más información —dijo Teslyn, todavía no recuperada del todo. Se había cruzado de brazos para disimular su propio temor.

—No podríamos —replicó la Dama —. Me dijo todo cuanto necesitaba saber. Reforzad los sigilos que guardan esta casa. Barred el polvo de sus huesos y que se lo lleven las olas. Convocad a nuestros aliados en Sangre Umbría a una reunión de emergencia.

Teslyn conocía demasiado bien el carácter de Shiannas para saber cuándo estaba preocupada, cuándo inquieta y cuándo les ocultaba información. Pero nunca, jamás, la había visto así. Ni en vida, ni en muerte. La Dama estaba aterrada.

Otro rayo partió la noche en dos tras los ventanales de la mansión. Pareció como si la risa del fanático todavía flotase en el salón de alguna forma.

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Esperaban por ellos a las puertas del jardín, frente al umbral que marcaban las dos piedras imbuidas de Muerte. La inexpugnable barrera que protegía la casa había sido temporalmente desactivada, así como las trampas en el camino, y Shiannas había organizado un pequeño grupo que montase guardia hasta que hubieran llegado los demás líderes de Sangre Umbría.

Alentalle fue la primera, acompañada por un séquito de nocheterna tan altos como ella, pero que solo podían soñar con igualar su distinción. El segundo fue Shanzae, decrépito, estoico y solo. El viejo pandaren había conocido tiempos mejores, todos lo sabían; pero allí, bajo la lluvia, no solo inspiraba quietud si no también compasión. Por último llegó Aeera, la bruja, la humana, los ojos de la Dama Umbría en la Alianza. Esa mujer tenía mucho que ver con Shiannas. Bajo el alero del sombrero de pico su mirada ardía con la vanidad de una reina.

Los siguientes días transcurrieron con normalidad. Los nocheterna no tardaron en integrarse y disfrutar de las comodidades de la mansión y la compañía de la Familia. Colaboraron en la clasificación de artefactos y dieron largos paseos por la biblioteca, ordenaron libros, leyeron y estudiaron y hasta ayudaron con los trabajos menos intelectuales.

La reunión se celebró al cuarto día, a puertas cerradas en los aposentos de Shiannas. Era una habitación grande, sobria en su decoración pero no menos orgullosa por ello. Habían dispuesto varias sillas en una circunferencia, junto a la ventana. El temporal arreciaba afuera.

—Nos enfrentamos a nuestra extinción —anunció Shiannas. Las miradas inquietas de Teslyn, Alentalle, Shanzae y Aeera descansaban sobre ella —. Todavía no sé ni cómo ni cuándo, pero sería una necia si no supiera reconocer las señales. Han atentado contra mi vida.

Teslyn conocía la historia y había sido protagonista de ella, pero los demás se sorprendieron y arrugaron el rostro.

—¿Atentado? —inquiró Alentalle —. ¿La Horda?

—No —dijo la Inquisidora —. Fueron seguidores de la Sombra, o eso me pareció. Dimos muerte a uno y trajimos al otro aquí, a la mansión, para interrogarlo. No dijo nada revelador, salvo las amenazas que prorrumpía.

—Y sin embargó reveló algo de grave urgencia. No trabajaban solos.

Hubo un silencio reflexivo, tan solo interrumpido por el martilleo de la lluvia contra los cristales de la ventana. El mar se revolvía furioso allí abajo, negro como el cielo amortajado.

—Podrían formar parte de una secta —murmuró Aeera. La melena rubia había vivido demasiado como para hospedar algún atisbo de animosidad en ella. Los pómulos albergaban surcos que los años habían excavado en el cutis perfecto —. Conocí varias durante mi gobierno como Mayor del Cónclave de Samara; pequeñas, enfrentadas entre sí a menudo.

—Como las patas de un ciempiés, podrían formar parte de algo más grande que todavía no vemos —reflexionó el pandaren. Tenía la mirada desenfocada en los nubarrones que cubrían el cielo. Se mesaba la barba alborotada con la mano siniestra.

—¿Pero por qué habrían de querer mataros siquiera? —dijo Alentalle, y se descruzó las piernas con el ceño fruncido —. ¿Qué podría querer la Sombra de vos?

Shiannas y Teslyn intercambiaron una mirada rápida antes de pronunciarse.

—El Ojo de Alentalle estaba entre las reliquias que supervivieron al desmoronamiento de la mansión —comenzó la Dama —. Su tacto abrasó la mente de Teslyn, arrastró palabras a su mente de las que no era dueña. En vida me rendí a las Sombras y se me impuso un destino del que me liberó la Muerte.

—Y ahora que habéis errado el camino que otros pavimentaron para vos —comprendió Alentalle —, preferirían veros destruida a que fuerais dueña de vuestras acciones.

—Y por ello tratarán de romper no solo Oghma Infinium, si no Sangre Umbría.

A las palabras de Shiannas les sucedió un segundo silencio ominoso. Su historia había sido durante mucho tiempo la de una mujer tratando de imponerse al mundo; visto en perspectiva, parecía más bien el intento frustrado de escapar a su destino y forjar su propio futuro.

—¿Qué podemos hacer para contraatacar y defendernos? —preguntó Alentalle. El temporal amainaba y el negro desaparecía del cielo y las aguas.

—En primer lugar, ponerle cara a nuestro enemigo —dijo Shiannas. Se incorporó —. Ponerle cara. Saber dónde vive. Medir su fuerza. Por el momento no tenemos respuesta a nada.

Aeera se ajustó el sombrero sobre la melena rubia y afiló una mirada que susurraba, oh, tantos misterios…

—Puede que tengamos una pista.

De pronto, todas las miradas se volcaron en ella. Erguida, la Dama Umbría dominaba el espacio. Sus ojos relampaguearon.

—Las sectas de las que hablé, aunque divididas, compartían un objeto de adoración —continuó la bruja —. Alguien a quien llamaban Madre Noctis.

Alentalle abrió mucho los ojos y despegó los labios para decir:

—Madre Noctis es uno de los muchos nombres que se le dio a Alentalle, primera de entre los kaldorei que se aventuró por el camino de las sombras. No es más que una leyenda, pero inspiró muchísimas historias de rebelión y herejía.

—Y tus padres creyeron prudente llamarte Alentalle en su honor —siseó Aeera.

Alentalle miró a la humana por encima del hombro y fingió que el aguijón no la había alcanzado.

—No. Alentalle es el nombre que yo misma elegí cuando renegué de Elune. Mi nombre de cuna es Demelia.

Un último silencio habría crecido en el salón de no ser por la voz de Shiannas, estricta y serena, adelantándoles sus órdenes y cometidos.

—Empezaremos por las sectas de las que nos has hablado, Aeera. Servirás de guía para dar con ellas y aconsejarás a Teslyn en lo que dure la misión. Entretanto, Alentalle, llama a tus amigos y confidentes y averigua todo lo que puedas sobre Madre Noctis y cualquier asunto abyecto. Tú, Shanzae, residirás aquí hasta que sea seguro aventurarse afuera.

Unos nudillos en la puerta. A una orden mental de Shiannas se abrió sola.

—Jarukan —la expresión de la Dama se tornó grave —. ¿Qué ocurre?

El rostro del trol había perdido toda compostura. Respiraba a saltos, fatigado, y un miedo se había adueñado de su mirada ladina.

—Algo ha traspasado las defensas —jadeó —. Hemos encontrado una ventana rota.

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El temporal arreciaba sobre los tejados puntiagudos de la espléndida morada. Podían sentir la lluvia con sus diez mil dedos martilleando contra el cristal de las ventanas, arremetiendo contra las puertas inexpugnablemente cerradas, deslizándose por las chimeneas que se estiraban como dedos al cielo encapotado.

Llegaron al salón. El suelo frente al vidrio quebrado se había encharcado, empapando la larga alfombra roja que atravesaba el comedor. Apenas se advertía ningún otro rastro que delatase la intención del intruso.

—Debe haberse escabullido al piso de arriba —dijo Alentalle —. No percibo otra presencia que no sean las nuestras.

—Yo sí —murmuró el maestro pandaren —. Puedo intuir el peligro acechando, una sombra sin nombre que observa desde cada esquina; como si estuviese en todas partes y ninguna al mismo tiempo.

Un rayo estalló al otro lado de la ventana, deslumbrando el salón y exponiendo a la vista de los tres, apenas durante una fracción de seguro, las inscripciones marcadas en la pared del fondo.

Ni viva ni muerta, el camino erró; que la sombra marcó en ella y en la gente que falló”

Leyó Alentalle. Las cejas plateadas que se combaban a los lados describieron un movimiento escéptico sobre los ojos.

—Subamos —dijo Shiannas simplemente. La voz sonó dura y áspera por la ira que anidaba en su pecho —. Estamos perdiendo el tiempo aquí.

Desanduvieron el camino hasta el piso de arriba. Las puertas a los dormitorios se abrieron con una palabra de poder de la nocheterna. En los candelabros titilaba una luz mortecina y moribunda.

Descubrieron otro mensaje en el suelo del pasillo.

La promesa se cumple, aunque tarde la venganza arriba. Títere y marioneta, Anciano y aún más Vieja, más iguales de lo que parecía”

Shiannas no necesitó terminar de leerlo para resolver la estrategia del asaltante.

—Está jugando con nosotros —dijo Alentalle.

—No —replicó la Dama Umbría. La oscuridad se enconaba en sus ojos fríos —. Quiere distraernos para ganar tiempo. Está invocando algún poder oscuro entre estas paredes sagradas, por eso sientes una presencia envolviendo la casa, Shanzae.

Nocheterna y pandaren intercambiaron una breve mirada antes de volver a detenerse en los ojos de la Dama. Shiannas parecía convencida.

—Está en mis aposentos.

Se apuraron por las escaleras hasta la habitación donde se había celebrado el consejo. El invasor había sido inteligente y sabido aprovechar la confusión de los primeros minutos para abrirse paso hasta el piso de arriba. Los mensajes habían sido migajas para despistar a los que pudieran seguirle el rastro.

—¡Patentibus!

La voz de Alentalle perforó las puertas del dormitorio e hizo crujir su superficie veteada. Un momento después las bisagras saltaron por el aire y ambas hojas salieron despedidas hacia el interior oscuro. En el centro descubrieron una figura enjuta y agachada, trabajando afanada en lo que parecía un dibujo de sangre. Su propia sangre.

Shiannas reconoció al instante aquellos símbolos.

—Se acabó —dijo con su vez afilada como un puñal —. Tus tretas han fracasado. Tus aliados morirán pronto a manos de mi gente. Tu sacrificio es en vano.

El dibujo se iluminó con un resplandor carmesí, pero el ritual estaba lejos de ser completado.

Shiannas se adelantó un paso cuyo eco resonó en la habitación como una sentencia.

—No se ha acabado; acaba de comenzar —contradijo. Seguía encorvado, despreocupado, como si se hubiera resignado a la muerte y supiera que ningún poder obraba en sus manos para salir de allí con vida —. Escuché a dónde mandabas a tu rebaño y no encontrarán nada de valor allí. Por una vez, Shiannas, no sois los protagonistas de esta historia, tan solo los torpes que mueren en el prólogo para alimentar la intriga.

La guadaña fue tan rápida que el hombre apenas tuvo tiempo para mirar a los ojos a su verdugo. El corte fue limpio. La sangre silbó un rato hasta que el corazón dejó de latir y el cadáver se enfrió y se ablandó como el barro cocido. La cabeza decapitada les devolvió una expresión abatida.

—¿Qué era esa magia, Shiannas? ¿Qué trataba de invocar el hombre?

—Trataba de romper la barrera que protege la finca, pero até mi magia a algo más que dos piedras. Debió de imaginar que le tomaría menos tiempo.

Shanzae, que se había parado en el umbral del cuarto, cabeceó, cabizbajo, y asomó entre los labios un colmillo decolorado por la vejez.

—Si quería romper la barrera significa que hay más como él esperando afuera, a la espera de que las defensas caigan. Pero queda una pregunta sin respuesta, ¿cómo ha podido traspasarlas él en primer lugar?

Shiannas se llevó una mano al cuello, donde ceñía el Ojo de Alentalle. Aunque las voces del collar eran sordas a la Dama Umbría, todavía percibía cómo el poder del colgante iba en aumento. Quizás tuviera algo que ver, quizás hubiera alguna fuerza confinada en aquella gema purpúrea que conspirase desde dentro.

—Nos desharemos de esto —dijo, y se arrancó el collar —. No tiene valor alguno para mí.

Pero mentía; a ellos, sus confidentes, y a sí misma. El collar sí había tenido valor para ella, en vida y aún después en la muerte. Con él, se iba la última pizca que quedaba de la mujer que había sido. A la cáscara vacía que sobrevivía de Shiannas no le importaban la añoranza y el recuerdo, tan solo el resarcimiento.

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De las cenizas

Una luna espeluznante brillaba sobre el Bosque de Argénteos aquella noche. Teslyn y Shiannas se alzaban como dos faros en la oscuridad impermeable, la una roja como un atardecer manchado en sangre; la otra, la verdugo que la había derramado.

En el silencio, la voz de la inquisidora sonó como un quejido. Hacía frío y una neblina pertinaz envolvía el descampado. Se encogió y despegó los labios:

—Debería estar cerca —dijo —. El campamento de Balthasar ocupaba toda esta zona.

Tan solo recordar su nombre hizo que la Dama Umbría se estremeciera de rabia. Aquel no-muerto había sido más listo que el Anciano, el amo a quien servía. Había fingido lealtad a unos y otros, según conveniencia. Pero en el fondo, intuía Shiannas, ni siquiera le era fiel a la Luz.

Algo la distrajo y los nervios de acero se destemplaron y la ira remitió y dejó paso a la intriga del descubrimiento. Un murmullo frente a ella, como un alarido, el último eco de una voz que se había apagado hacía ya casi un año.

Teslyn se adelantó tras Shiannas.

—Aquí —dijo la Dama Umbría. Estiró un dedo esculpido para dar órdenes y señaló una calva a sus pies. La vegetación que crecía alrededor era mustia y retorcida, pero ahí, en aquel rectángulo ceniciento, ni siquiera se aventuraban los gusanos.

Teslyn asintió y con un gesto y una palabra de poder, la tierra, de muerte empapada, se movió sola y se abrió hacia los lados. Ambas se asomaron y contuvieron una exclamación.

Un cadáver, quemado hasta casi los huesos. La expresión se había desfigurado entre la podredumbre y las llamas. El poco cuero que había sobrevivido al fuego sagrado se había tornado negro como el carbón.

—Es ella —la miró largamente la Dama. Teslyn no supo adivinar la expresión de su rostro. ¿Era pena? ¿Compasión? ¿Arrepentimiento? —. Es Adrilia —hubo un momento de silencio en el que los cuervos aprovecharon para graznar. Luego, Shiannas se volvió para mirar a la Inquisidora —. Teslyn, llama a Kineria y Selnalla.

La inquisidora se alejó y desapareció engullida por la bruma mortecina. Kineria y Selnalla, ambos versados en lo Profano, habían partido caminos hacía una media hora. Todo lo que habían encontrado hasta entonces eran indicios vagos de un combate breve, pero ningún cuerpo que alzar, ningún rastro de aquella a por la que habían venido.

—Adrilia —Shiannas se inclinó sobre los restos de la que había sido su amiga más cercana. La no-muerte había suavizado aquellos sentimientos, transformado en respeto el amor que las había atado. Por supuesto, el cadáver no contestó. Todavía —. Creí que merecías descansar y por eso no hurgué en tus restos. Pero ahora, mi campeona, requiero de tus servicios y tu consejo. Ya no sé cómo proteger a los míos.

La Dama descubrió algo nuevo en los rasgos necrosados de Adrilia: su propia nostalgia, su pena, la realización de una vida mal encauzada.

Escuchó pasos a sus espaldas y se irguió.

—Dibujad la runa —dijo. Su voz no sonó distinta pero su mirada era otra —. Preparaos para la reanimación.

Aconteció deprisa, relativamente. Teslyn sintió cómo la tierra se quejaba a sus pies, aun en su estado, y cómo el velo que separaba ambos mundos era perforado por la voluntad de su Dama. Sintió cómo algo era arrastrado del otro lado y arrojado sobre los restos de Adrilia. El silencio dio la última nota, triunfal, y la oscuridad llegó para aplaudir en póstumo lugar.

—La flor de tumba. Dadme el menjunje.

Teslyn rebuscó en la faltriquera y le tendió el vial con el líquido a Shiannas. Aún mientras las energías nigrománticas terminaban de atar el alma de Adrilia a su cuerpo, la Dama vertió unas cuantas gotas en los labios quemados y secos.

—¿Qué ha pasado?

La voz de Adrilia sonó rota, de alguna manera. No por las lesiones de su garganta, si no porque su espíritu mismo se había resquebrajado. Titubeaba y los ojos, ligeramente rojizos, todavía no terminaban de enfocar bien su entorno.

—Estabas muerta —dijo Shiannas. Su voz era una certeza, la roca a la que se aferraría un náufrago —. Pero te he devuelto. Yo también he estado muerta y he renacido. Caí, pero me alzo.

En aquel rostro consumido apareció primero la confusión y después, tan solo un instante más tarde, la devoción más ciega.

—Shiannas. Shiannas. Shiannas.

Se agarró al nombre y se hizo con él un abrigo. Hacía frío, demasiado frío para caminar desnuda.

—¿Recuerdas algo?

Shiannas sabía que aquello era peligroso. La mente de los recién alzados todavía tardaba en asentarse unos minutos. Formular una pregunta podía hundirlos todavía más en la incertidumbre.

Pero no fue el caso.

—Oscuridad. Royendo mis huesos, perforando mis sentidos. La soledad era… apabullante.

El relato hizo que Teslyn y Selnalla se estremecieran. ¿Les sobrevendría un destino similar a aquellos que habían decidido servir a la Dama Umbría? La inquisidora hizo todo lo posible por camuflar el desaliento.

—Necesitamos tu ayuda, Adrilia —continuó la Dama —. Fuiste una vez miembro de los Secretum Saeculorum. Y tenemos tantas preguntas sin respuesta…

El cuerpo de la no-muerta se tambaleó a medida que se incorporaba. Los cuervos volaron aún más bajo y en círculos, anunciando la que sería una noche muy larga.

—Llévanos de vuelta a casa, Teslyn —dijo Shiannas.

La inquisidora agradeció tener una excusa para mirar a otro lado. Acababan de regresar de Ventormenta y todavía no había recuperado del todo sus fuerzas. El enfrentamiento contra los sectarios, las palabras de Madre Noctis, el combate con Cellya…

Teslyn no había sido dotada con el don de la adivinación, pero no era ninguna tonnta. Sabía que había mucho más en juego que la propia supervivencia de Sangre Umbría.

Despejó su mente y pronunció las palabras. Así como Shiannas rasgaba el velo entre la vida y la muerte, la inquisidora perforó la realidad física entre el descampado y la Mansión. Con todos los sigilos arcanos que habían colocado en los últimos días, ella y Alentalle eran las únicas que podían salir y entrar a placer de sus confines.

Sintió un par de gotas de lluvia caer sobre su rostro níveo. Siempre comenzaban así las tormentas: una pequeña gota se sucedía a la otra hasta que un resplandor y una trompeta anunciaban en el horizonte el fin del mundo.

Al otro lado del portal apareció la imagen de una larga alfombra roja.

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