El despertar de N'Zoth y el contraataque de Azeroth

Redactado por Felixfelito

El Caído – Parte IV

La brisa marina se mezclaba con el conjunto de olores pestilentes que fermentaban en el aire de trinquete, un cóctel fatal para cualquiera que poseyese un olfato funcional. A pesar de ello seguía transcurriendo el mismo ajetreo habitual, barcos de mercancías salían a alta mar, sobornos a guardias y robos en las esquinas, algún que otro borracho durmiendo encima de restos de comida y desperdicios y una pelea en la taberna.

Llevaba tres días investigando la ciudad y preguntando por los “emprendedores” del lugar, intrépidos goblins que sabia sacar dinero con la venta al por mayor de productos escasos y prohibidos. Necesitaba un barco para llegar a Pandaria y ya tenia decidido al capitán. Desde una mesa apartada en el fondo de la taberna el elfo se fijaba en un goblin vestido con telas amarillentas, que en algún momento fueron blancas, un sombrero de cuero con una pluma enganchada y una cadena medio verdecida por el oxido con forma de doblón.

Según pudo averiguar se hacia llamar Almirante Frezzo, especialista en transportes de materiales demasiado sensibles a lugares inhóspitos. Un contrabandista del tres al cuarto como otro cualquiera del lugar, pero con una embarcación decente y tripulación lista para partir. Y amante del oro por encima de todo, claro esta.

Ya estaba oscureciendo cuando se levanto de la silla dirección al goblin, había esperado a que el lugar estuviese mas tranquila con apenas un par de marineros borrachos que dormían la mona. Se acerco hasta tener enfrente al enano verdoso, estaba enfrascado en sus cuentas sin dejarse interrumpir por la presencia de su visitante hasta que no le quedo más remedio. Con cara de asco y media sonrisa, decorada con dientes de oro o carcomidos, se dirigió al paladín.

  • Vaya, acaso me ha salido un admirador. ¿Que quieres princesito, un pinta-uñas? - dijo riéndose entre dientes

DEMUÉSTRALE SU LUGAR. ENSEÑALE TU PODER. DEBE RECONOCER AL REY.

El paladín hizo caso omiso a los insultos del goblin, hurgo en su alforja hasta encontrar un monedero cerrado que lanzo a la mesa.

  • Quiero transporte -dijo en un tono de voz más grave de lo normal- Y camarote propio.

  • Lo que me faltaba por ver. ¿te crees que voy a llevar a un mie-rdecilla como tu por unas…-otra bolsa golpeo la mesa, esta era bastante mas grande que la anterior- ¿Donde decías que ibas?

  • Pandaria, al pueblo pesquero Zouchin. Y sin preguntas ni nombres.

  • Bueno es un viaje largo y ya he pactado un comprador para mis mercancías, claro, si. Sera bastante costoso el perder ese viaje y la tripulación, oh no creo que les guste el cambio de aires ¿sabes? Pandaria es demasiado pintoresco para nosotros.

Otra bolsa cayo encima de la mesa, el sonido parecía hipnotizar al goblin. Sus manos temblaban intentando resistir el impulso de lanzarse hacia su interior y guardarse en su baúl su nuevo dinero.

  • ¿5 mil monedas serán suficientes?

  • Si son suficientes…-seguía mirando fijamente las bolsas y no atendía- Tal vez si tengamos un hueco en las bodegas, si…¿Pandaria dices? Parece un lugar bonito para visitar.

  • 10 mil y con camarote. -Agarrando las bolsas con una mano y levantándose con la otra miro a la cara del elfo.

  • ¡Hecho! El mejor camarote que mi navío, decorado y cómodo como las camas de plumas de rock. ¿Cuando partimos patrón?

  • Ahora.

Varias Horas más tarde

El camarote había visto días mejores, estaba amueblado con un escritorio, un baúl, una cama estándar (goblin), una mesilla con un candelabro y una ventana. Habían zarpado inmediatamente, a pesa de las invitaciones “cordiales y amistosas” (todo lo que podían esperarse de un goblin con más dinero tuyo del que debería) para ver el mar y la salida del muelle prefirió encerrarse en su camarote.

ES ACASO NECESARIO EL SUFRIMIENTO. EL MUNDO QUE CONOCES NO ES MAS QUE MENTIRAS. ENGAÑOS. GUERRA. MUERTE. SOLO TE DAMOS UN MEDIO PARA MOLDEARLO.

Las voces le apabullaban y mareaban, cada vez eran mas frecuentes, llegando incluso a crearle lagunas a corto plazo, poco a poco iba perdiendo los cabales. Apenas dormía o comía, la comida le sabia a arena y tierra la mayoría d ellas veces, se volvía mas huraño, solitario, paranoico. Miro por la ventana e inspiro la brisa marina ya limpia del ambiente de Trinquete, las olas chocaban contra la popa del barco y los marineros corrían de un lado a otro lanzando gritos. Seria un viaje largo.

Aprovecho los últimos vestigios de luz para inspeccionar la garra que había arrancado al caparazón de C’thun, no tenia muy claro la razón de aquel acto pero algo le atraía de ese trozo muerto. Sentándose frente al escritorio saco de la alforja la garra, envuelta en una tela rúnica, era de color oscuro y de tacto áspero. A simple visto no podía notar nada mas, pero si podía percibir un poder acumulado dentro de el, no en gran cantidad casi como escondiéndose.

YACE DORMIDO ESPERANDO UN DESTINO. ESPERA ANSIOSO, NO DESCANSA. LLAMALO, ACUDIRÁ EN TU NOMBRE.

Las voces, no cesaban le mareaban y le instaban susurros de voluntades ajenas. Miro por la ventana y vio que era noche cerrada, no recordaba cuanto tiempo había pasado pero si que la garra parecía algo distinta. Ese poder ya no era un atisbo, había crecido un poco durante esta ausencia. Rápidamente la envolvió en la tela y la guardo, si había sido el factor para aumentar esa energía no era buena señal. Su estado debía ser peor de lo esperado.

Apagó la vela y se tumbo en la cama, tal vez un poco de sueño le ordenase las ideas.


  • Te digo que es mala idea, ese tipo no me da buena espina.

  • Bah, pamplinas. - agito la mano quitándole importancia- Alguien con tanto dinero debe poseer algo valioso. Quien sabe, tal vez hasta su cabeza valga unas monedas.

  • Sigo diciendo que es mala idea, esa armadura y su voz…Me pone los pelos de punta.

  • ¿Vienes o que? -dijo abriendo el camarote.

La habitación estaba a oscuras, una penumbra total que se rompía con la luz de la luna de la ventana. Los goblins palparon con las manos por el suelo hasta que su vista se acostumbro a la oscuridad, el paladín yacía dormido en la cama, en una posición incomoda con las extremidades sobresaliendo de la cama, y no parecía percatarse.

  • Busca su mochila, yo recogeré sus armas.

  • ¡Pero si la tiene al lado!

  • ¡Chsssst! Hazlo pero no grites o lo despertaras.

Ambos goblin recorrieron el camarote buscando los próximos beneficios en materiales ajenos, hurgaron en cajones, papeles y bolsas, el “líder” de este dúo empezaba a manejar el hacha y el escudo como podía mientras su compañero hurgaba en la alforja del paladín.

  • ¿y esto?

De la bolsa saco un objeto envuelto en tela rúnica, tenia una forma rara y parecía vibrar levemente.

  • Eh Frezzo, mira esto.

Se acerco a la mesa y deposito el tesoro, desenvolviendolo con sumo cuidado. Una especia de garra, una parte arrancada de una bestia desconocida por los goblins y, como todo lo desconocido, debía valer mucho mucho dinero al comprador adecuado.

  • Te lo dije! ¡Una mina de oro, esto debe valer millones! Y las armas, voy a ganar un pastón…vamos a ganar un pastos claro.

  • Parece antiguo…

  • Conozco un par de tipos especializados en bestias, tal vez podamos convencerlos de revisar este ejemplar y saber…

El otro goblin no escuchaba a su compañero, su mirada estaba fija en la garra parecía atraerle, llamarle. Su mano se empezó a acercar a la garra, solo quería tocarla un momento después de todo el la había encontrado ¿no? Era suya por derecho de descubrimiento. La agarro con la mano y una descarga le recorrió el brazo y lo vio.

Una ciudad durmiente de grandes edificios y ladrillos negros, un Dios enorme al que rendían tributo cientos de sirvientes, mundos oscurecidos y perdidos en el vacíos, ojos rojos que le hablaban en lenguas extrañas. Era una visión maravillosa.

Cuando recupero el sentido estaba tirado en el suelo, la habitación estaba en silencio pero una luz violeta se proyectaba a su espalda. Detrás de el Frezzo yacía muerto con la garra clavada en su corazón, la garra brillaba a intervalos con esa luz violácea conforme la sangre corría por el suelo.

Intento lanzarse para recuperar su tesoro, quería volver a ese mundo, conocer a esos seres divinos, esa tierra santificada por el orden, esos ojos llenos de poder. Pero un pisotón en su mano le hizo chillar de dolor, miro donde terminaba esa bota y vio al paladín levantado con el casco puesto mirándole fijamente. No emitía ningún sonido, casi parecía que no respiraba.

NO DEBERÍAS JUGAR CON AQUELLO QUE NO COMPRENDES.

La voz del paladín parecía de otro mundo, una voz grave que producía su propio eco aunque se sentía más dentro de su mente que por el sonido de las palabras. La bota presiono más y varios huesos crujieron bajo su peso.

LOS MUERTOS NO DEBEN TENER SIERVOS, ESE PODER TE HA CORROMPIDO. DEJARTE LLEVAR HABRÍA SIDO FATAL. YA ES TARDE; LA CORRUPCIÓN SE EXTENDIÓ POR TU CULPA, LES HAS LIBERADO. DEBO LIMPIAR.

Recogió su arma y escudo, apartando de una patada el cadáver de Frezzo, y levanto al goblin del suelo hasta tenerlo frente a sus ojos. El miedo y el dolor se reflejaban en las pupilas del ladronzuelo, removiéndose de un lado a otro buscando una salida o ayuda.

SOLO LO HAGO POR EL BIEN DE AZEROTH. POR VUESTRO BIEN.

Lanzo al pequeño ser a la cubierta del barco, la luna iluminaba las maderas creando un escenario blanquecino en el barco, las olas se habían suavizado y unicamente se oía el sonido del goblin arrastrándose.

NO DEBISTEIS ENTRAR.

El paladín alzo una mano y negras chispas recorrieron su brazo, una niebla espesa empezó a rodear el barco desde el fondo de las aguas, envolviendo cada centímetro hasta bloquear toda visión del mar. Unicamente el cielo con la luna quedo libre.

EL goblin grito e intento levantarse pero algo le agarraba con fuerza, sujeto a su pierna había una mano negra que aparecía entre los tablones. Muchas mas le siguieron agarrando las extremidades, el cuello, taponandole la boca y los ojos. Poco a poco iban envolviendo al pequeño ser como si una araña estuviese envolviéndolo en un capul,lo.

Un área negra empezó a esparcirse por la cubierta desde cabo y babor, metiéndose por las grietas, pequeños agujeros, por puertas, ventanas, por las bodegas y subiendo por los mástiles de la nave. Cuando llegaron al capul-lo este empezó a hundirse lentamente, el goblin ya no podía ni gritar y, por el pequeño hueco libre que quedaba en uno de sus ojos, solo vio al paladín sonriendo y susurrando a la nada.

Si alguien hubiese estado cerca pudiera haber escuchado los gritos y sonidos de un combate ya decidido, apenas unos minutos de tumulto que termino en la más silenciosas de las calmas.

El barco siguió su rumbo con su único pasajero.


VARIOS DÍAS DESPUÉS

La aldea Zouchin se divisaba en la lejanía, pequeñas antorchas se balanceaban en el umbral de las cabañas en una noche cerrada. Acercarse a un lugar poblado era demasiado arriesgado, el episodio del barco no debía repetirse menos con gente inocente.

  • Las sombras deben ser mi cobijo, los eremitas…debo ir a ver a los eremitas…Aun no es tarde, aun no es tarde, aun no es tarde, aun no es tarde…

Mientras se alejaba de la costa, desviándose de los caminos y del pueblo pesquero, por los pequeños bosques y riscos de Cima Kun-lai una gran llama se prendía en la orilla de la playa. Un barco de madera ardía desde las bodegas hasta el palo mayor del mástil central. El crujir de la madera empezaba a romper el silencio de la noche y varios sonidos de alarma desde el pueblo empezaron a resonar, pandas del lugar intentaron llegar al lugar para apagar las llamas, sin éxito.

Horas mas tarde, solo quedaba una estructura carbonizada. Un esqueleto del navío en una imagen espantosa, intentaron buscar los restos de algún marinero, para darle paz y sepultura, pero aun con la búsqueda de media aldea no tuvieron éxito.

En la nave no había nadie, ni huesos ni restos de alguien vivo. Tan solo una tela rúnica medio quemada.

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EL CAÍDO - Parte V

Mucho tiempo había pasado desde su última visita en el, antaño bello, valle de la Flor Eterna. Restos de batallas quedaban por los prados, zonas corruptas por el corazón del Dios antiguo o la contaminación del corazón de Y’shaarj.

El caos del mundo parecía no llegar a estas fronteras, la paz se había asentado pese a las macabras visiones del campo. Restos de empalizadas, tumbas recientes y trozos podridos de los sin rostro, durante todo el camino se veían alguno de estos restos e incluso templos derrumbados, demolidos a conciencia, que aún disponían de alguna runa intacta.

Las grandes figuras de los mogus, emperadores crueles y despiadados de esta tierra, que custodiaban la pagoda roja ahora estaban hechas cercenadas y esparcidas por el valle. El antiguo lago no era más que un cráter lleno de charcos, restos de corrupción y tierra, los bosques habían sido arrancados, quemados o talados para construir toscas defensas en su momento.

Había llegado a lo alto del palacio Mogu’shan, miembros del loto dorado, de los eremitas y del Shadopan deambulaban por el lugar. Vigilantes de los extraños o trabajando en pergaminos y textos antiguos, desde la llegada de la guerra se habían vuelto mas recelosos con el tiempo.

Entro a la cámara principal, una sala grande llena de estanterías con libros y pergaminos hasta donde la vista alcanzaba. Mesas repletas de papeles y pandas debatiendo sobre textos antiguos e historia desconocida, cajones con reliquias del pasado, artefactos construidos por los mogus de la época del rey del trueno o anterior a las guerras mogu. En otras circunstancias disfrutaría sumiéndose durante días en las palabras que se encontraban entre las paredes del palacio, pero no quedaba tiempo.

Se acercó a uno de los estudiosos, estaba enfrascado en un papiro con diagramas extraños y lenguaje extraño. Hasta no estar casi pegado a su hombro no pareció percatarse de su presencia.

BUSCO AL EREMITA

Carraspeó

  • Busco al eremita Cho, es un asunto urgente. ¿Dónde puedo encontrarlo?

El panda entrecerró los ojos y pareció escrutarlo con la mirada. Tras unos segundos de valorar la situación se encogió de hombros y le señalo una hilera de estanterías lejanas llenas de polvo. Sin más dilación volvió a su pergamino.

Las estanterías estaban plagadas de polvo, telarañas y trozos de papel desprendidos. Una escalera colgaba de una de las colecciones, chirriando bajo el peso de un panda bastante animado.

  • ¿Eremita Cho? -dijo el paladín

Ni un movimiento por su parte, si las palabras le habían llegado le rebotaban en una capa de absorción imperturbable. Intento acercarse y seguir insistiendo pero no conseguía hacer notar su presencia. Le estaba sacando de quicio. Ya, debajo de la escalera, le hablo por ultima vez.

EREMITA, MI TIEMPO CORRE. NO OSES HACERMELO PERDER POR UNOS PAPELAJOS.

Dio un respingo el panda perdiendo el equilibrio en la escalera. Antes de que pudiese alcanzarlo el eremita estaba rodando hasta el suelto y varios textos flotaban en el aire.

  • Ay, ay, ay…
  • ¿Estáis bien? - dijo mientras levantaba al panda del suelo.
  • Uno ya no tiene edad para estos sustos forastero. ¡No hacía falta tanto sigilo para captar mi atención! -un pequeño tic apareció en el ojo del paladín- Bueno, ya está hecho. ¿Y que puede hacer este humilde eremita para ayudarte?
  • Será mejor que nos sentemos en un lugar tranquilo.

Salieron al exterior del edificio y decidieron sentarse en unos bancos que daban, a lo que quedaba más bien, a lo colosales mogus. Mishi viendo al eremita se acerco revoloteando a su alrededor, mirando al paladín y terminando a un lado del pandaren como un guardian.

  • Lo primero debo enseñarte esto -de su alforja saco una garra- pertenece al Dios antiguo que yace en Silithus. Creo que tal vez si tu los inspeccionas podrás sacar algo en claro de mi historia.

Largo y tendido hablaron, conto la historia hasta entonces desde la caída de n’zoth, la corrupción de sus armas, los susurros, los cambios de humor, la ira. Relato su viaje por las dunas de Silithus y la entrada al imperio qiraji, las visiones en el desierto, las perdidas de memoria, la paranoia en el viaje y las pesadillas.

No obstante no se sincero del todo, evito hablar sobre el incidente del barco tomándolo como una laguna ni menciono que casi mata a su segundo al mano. Algo es su fuero interior le instaba a no avisar al panda con estos ataques, tal vez se negase a ayudarle en tal caso

El eremita se levantó del banco y, con paso lento, se dirigió a la barandilla. En sus manos seguía presente la garra, le daba vueltas y susurraba palabras que no pudo entender. Mushu, captando la preocupación de su compañero, se le acercó y acomodo en uno de sus brazos. Funciono

  • Lo que describes sabes bien que lo hemos visto últimamente. Soldados consumidos por el odio, la ira y la locura dominados por un terrible mal -hizo una pausa y miro de frente al paladin- Lo que pides es casi imposible, un riesgo atroz que podría empeorarlo todo. Aunque es un caso demasiado…concreto, si.
  • ¿Existe una posibilidad? ¡Necesito saberlo si es así! Llevo demasiado tiempo soportando está tortura, no podré soportarlo mucho más.
  • Hay una forma, al menos una mínima posibilidad. Tras la caída de los Klaxxi por segunda vez conseguimos gran parte de historias, ritos y textos perdidos y desconocidos. En uno de ellos se describe un rito para otorgar fuerza y poder a sus guerreros pero con un gran sacrificio y dolor. Tal vez podamos usarlo para revertirlo.

MENTIRAS. BUSCA CONTROLARLO Y QUEDARSELO. NO DUELE SOLO CORDURA. MATALO. TRAICIÓN AL PRESENTE DE LOS DIOSES. TU LUGAR ESTA CERCA DE NOSOTROS.

  • Que he de hacer.

Continuará

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Si gente, ya está el relato de thantos!


No quedaban muchas tropas, pero las que aún respiraban tenían la moral peculiarmente alta. El cadaver de Il’gynoth ya había quedado atrás, y ahora el último obstáculo que quedaba entre ellos y N’zoth eran un puñado de tropas dispersas y mal organizadas que intentaban detenerlos en las pasarelas y los puentes más estrechos. De esos se encargarían ellos, los valientes voluntarios venidos de todos los rincones del mundo, para dar un descanso a aquellos que de nuevo se habían ganado el título de campeones.

Aiden se sentó en un poyo junto a la puerta de un pequeño templete con el tejado derruido. La constante presión mental que había ejercido el maestro de los susurros había sido dificil de soportar incluso con la ayuda de su no-muerte y la Égida, así que solo podía imaginar el desgaste que los demás habían tenido que soportar. Pero aquello ya había pasado, y a juzgar por el parloteo de sus compañeros a ninguno le había causado secuelas. Era una de esas situaciones a celebrar, así que tomó uno de los viales de sangre que le quedaban y lo abrió con una daga de hielo como si fuera una botella de champán antes de alzarlo.

—Por los Defensores.

Bebió el contenido escarlata de un trago y su sabor ferroso apenas se posó en su lengua, pero el efecto sobre su cuerpo se sintió igual. El poco cansancio que podría haber sentido desapareció, dejando sola a la omnipresente hambre que anidaba en su interior. Con el borde de su capa se limpió los labios y luego comenzó con el filo de Silencio, que tan sumergida había quedado en el rio de las almas que sus runas a duras penas eran visibles entre los pegotes negruzcos que se habían pegado al metal.

Mantener en buena forma su arma era algo básico para cualquier guerrero. Frotaba con fuerza para eliminar la porquería que la cubria, pero siempre con la delicadeza y el cuidado con el que se abraza a un recién nacido. Era un contacto íntimo que siempre le había ayudado a relajar la mente tras verter sangre, pero esta vez no podía dejar de darle vueltas a la cabeza a una cosa que le llevaba un rato molestando.

¿De quien era la capa desgarrada? Los jirones eran tan escasos que habría sido dificil discernir su modelo, y aún así tenía cierta sensación familiar. Que Mir le hubiera guiado hasta ella no ayudaba a calmarlo, pero tampoco es que pudiera hacer nada al respecto. Lo más seguro es que a estas alturas la pobre alma que la hubiera perdido ya estuviera al otro lado del Velo a estas alturas. Pero aun así…

El ruido de un martillo golpeando el suelo desvió su atención frente a él. Drethz y su compañero de Kul’Tiras se habían plantado a unos pasos de él, aun recuperando el aliento. El enorme espía apuraba una botella de agua mientras el enano resoplaba con la cara completamente congestionada.

—Si sigues apoyándote así en el martillo vas a acabar doblando el arco —le dijo con el tono más amistoso que le permitía el eco espectral de su voz.

El enano le miró sin ninguna expresión discernible entre su barba empapada en sudor y el rojo perlado de su frente. Hizo ademán de levantarlo, luego recordó que la existencia de la gravedad se extendía hasta Ny’Alotha y lo dio por imposible.

—Ya, pero si no descanso la espalda lo que se va a combar va a ser mi columna —el enano resopló de nuevo y bebió con ansia del odre que su compañero le ofreció—. ¿Y dices que los Defensores os dedicais a esto profesionalmente?

—No nos pagan.

—Explotación laboral —. Le tendió el odre a Aiden, que lo rechazó con un sencillo gesto—. Que vida tan buena la del adalid.

El caballero se levantó y se unió a ellos. El resto del equipo ya había empezado a reunirse en torno a Aldana, que tenía un gesto aún más taciturno y asalvajado que de costumbre. No le resultó chocante teniendo en cuenta como había dado el golpe de gracia. Aunque no desmerecía a los demás, siempre había pensado que de ser un enemigo de Azeroth la druida sería el rival más duro a quien tuviera que enfrentarse.

—Lo habeis hecho bien. Veo que no me equivoqué con vosotros.

El kultirano asintió con educación.

—Agradecemos la confianza.

Yotni empezó a hacerles señas desde el otro lado de la plazoleta donde habían acampado. Aiden asintió y se ajustó la capucha antes de dirigirse al grupo grande. La espera se había acabado, y a N’zoth no le quedaban peones tras los que esconderse. Una vez que estuviera muerto, Azeroth estaría libre al fin. Su mente jugó con la idea de un mundo completamente salvo de fuerzas hostiles de las que apenas comprendían nada, e incluso imaginó a lo que se dedicaría él cuando no quedaran enemigos que destruir. Dejaría a Silencio a buen recaudo, eso por supuesto, y después tal vez se convirtiera en herrero. O tal vez volviera a recorrer los caminos como un aventurero explorando las ruinas de los rincones más remotos. O incluso podría…

Un fugaz recuerdo empañó su sueño de vigilia como una saeta cortando el viento; una saeta artera y esbelta vestida de púrpuras y morados que aún volaba libre por el mundo. Frunció el ceño, si bien su gesto quedó oculto tras la máscara de bronce que ocultaba su tez pálida. Aún no podía bajar la guardia. Aún quedaba un último enemigo que destruir.

—Bien, estamos todos y estamos listos. —El goblin comenzó a caminar de lado a lado como un sargento de instrucción—. Nuestros colegas ya habrán despejado el camino hasta nuestro calamar favoríto, así que solo queda hacer algo de turismo por la Ciudad Durmiente y avisar al señorito. Si haceis fotos, apagadad el flash.

Kultirano y enano miraron de soslayo al caballero de la muerte.

—¿De dónde has sacado a esta gente?

—No preguntes.

Un par de minutos después comenzaron su marcha con Valerie y Alainfierno a la cabeza. Las calles inclinadas de los niveles inferiores de la ciudad eran lo bastante angostas como para obligarles a ir de uno en uno en varios tramos. A medida que avanzaban los edificios iban siendo cada vez más grandes y espaciosos, pasando de ser meros santuarios personales a enormes templos sobre cuyos estandartes soplaba un viento mortinato. Aiden reparó en que la gran mayoría de los cadáveres dispersos por las calles pertenecían a miembros del Imperio Negro, acompañados en su último viaje solo por un puñado de desafortunados héroes que habían dado su vida por el bien común. Lo cual le llevó a preguntarse algo.

—¿Alguien ha visto a Felix?

La gnoma le dió tal tirón de la capa que de haber estado vivo lo habría estrangulado.

—Lo vi cerca de las tropas cuando derrotamos a Il’gynoth otra vez. Lo más seguro es pensar que el comandante esté dirigiendolas.

—Aunque se le veía algo cansado —terció Moki con la preocupación grabada en el rostro—. Tal vez debería quedarse al margen de la siguiente batalla.

—Tal vez —. Aiden no podía decir que conocía mucho al comandante a nivel personal, pero no le había parecido ser de los que se marchan sin avisar. Tamborileó los dedos sobre el mango de Silencio y apartó esos pensamientos. Aunque Ny’Alotha había sido arrasada, debía permanecer alerta. N’zoth bien podría estar guardándose lo mejor para el final.

No tardaron mucho más en llegar a la cúspide de la ciudad, el lugar más sagrado de todo Azeroth para quien siguiera los preceptos del Vacío. El cuerpo de un Dios se alzaba contra las nubes oscuras como un torreón de carne que amenazaba con rasgar el horizonte, tan inmenso y poderoso que no pudo evitar sentirse sobrecogido ante su visión. Los tres ojos en su lado frontal parpadeaban despacio, casi metódicos, mientras los pasaba sobre cada uno de los aspirantes a deicida que habían irrumpido en su sueño.

Pero no habían llegado hasta allí para acobardarse ante una sepia venida a más.

—Yotni, la bengala. Es hora de acabar con esto.

—Oido cocina.

El goblin tomó los cilindros que colgaban de su cinturón y se los dio de comer a la Chatarrera. Con un hábil giro de muñeca hizo girar el tambor y las disparó una a una al aire. Cada vez que su percutor golpeaba, una estela de humo blanco se unía a sus hermanas hasta que cubrieron todo el puente con una columna visible en toda la ciudad.

—Bien, señal enviada. Ahora solo queda esperar a…

Otra estela de humo se alzó de entre dos edificios del centro de la ciudad. Yotni se rascó una oreja.

—Oh, que rápido. Bueno —se encogió de hombros—, ¡el Dios Antiguo espera! ¡Si tardais os quedareis sin un trocito que matar!

Hizo ademán de adelantarse al grupo, pero no dio ni un paso para cuando Kaltharion le agarró por una de sus orejotas cargadas de pendientes.

—No tan rápido, tapón. ¿Acaso esto no os parece extraño?

Aiden no tardó mucho en entenderlo. Si sus tropas habían despejado el camino sin apenas bajas, ¿dónde se habían metido? No podían haber desaparecido sin más. Y tal vez no lo hubieran hecho.

—Preparaos.

Aiden sintió un golpe bajo la superficie que a punto estuvo de derribarlo. La tierra había comenzado a temblar y bramar como una bestia herida de muerte luchando contra el cazador. Los mares se agitaron y acabaron por desbordarse sobre las infinitas madrigueras que yacían bajo la ciudad, y en su superficie los altos obeliscos, que tan orgulloso habían señalado al cielo rasgado como dedos acusadores, temblaron de miedo hasta desplomarse frente a la presencia que se acercaba. La luz mortecina que los había iluminado se tornó aun más lóbrega e intensa; se deslizaba lentamente sobre la piedra y la carne a partes iguales como si de aceite se tratase, y frente a ellos una cortina de humo negro como el pecado se alzó de las crecientes grietas de la plataforma.

A través de ella, los ojos de N’zoth brillaron como soles.

—Por fin… habeis llegado…

Aiden sintió como se le erizaron los pelos de la nuca. Ya se había enfrentado antes a los susurros de los Dioses Antiguos, pero siempre había encontrado sus voces extrañamente placenteras de escuchar. A cada palabra que pronunciaban, más adictiva e intoxicante se volvía; tan solo un par de frases bastaban para poner a prueba la fuerza de las más inquebratables de las voluntades. Pero ahora que la escuchaba a través del filtro de la Égida ni siquiera la seductora voz de N’zoth podía esconder su verdadera naturaleza: un pozo de pensamientos dementes y discordantes. Una vorágine de inextinguible odio contra toda vida. El grán enemigo de Azeroth.

Fuera lo que fuera que lo que había preparado, no se dejaría pillar desprevenido. Se colocó en la vanguardia con Silencio en ristre, tan ansioso por derramar sangre que hasta el hambre de la propia guadaña había enmudecido en su mente. Respondió la mirada ardiente con desafío.

La decepción de N’zoth era palpable.

—Tanto fervor desperdiciado… vuestros ojos siguen cerrados…

El murmullo que sonó a su alrededor le hizo apartar la mirada de su presa. Eran pasos. El resto de los Defensores se había unido a él, y en ellos notó el mismo ímpetu que ardía en su pecho. Fuera cual fuera el resultado, ya se habían decidido a rebelarse contra el destino una vez más.

—No como los tuyos, mi fiel adalid…

La niebla frente a ellos restalló con una ráfaga de viento que arrancó todas las tejas de la ciudad. Varias fallas se habían abierto ante ellos como heridas supurantes de las que en vez de pus brotaban los engendros del Vacío. Tras ellos marchaban las huestes de los traidores involuntarios, almas desafortunadas que habían caido en las redes del Antiguo como moscas. Algunos apenas eran reconocibles tras tanto tiempo perdidos en las entrañas de la locura, otros aun estaban cubiertos con el polvo de la batalla de Orsis, e incluso había algunos vestidos con la Égida de los soldados rasos.

Tantos bocados en tan poco tiempo. El filo de Silencio ya había empezado a babear ánima, y su maestro no había sido diferente. No importaba que le lanzaran. No importaba a quien se enfrentaba. Había jurado defender Azeroth frente a todo mal. “Que vengan todos los que quieran”, dijo para sus adentros. “Si para llegar a N’zoth tengo que trepar por sus cadáveres que así sea.”

Al final el viento ceso y las fallas comenzaron a deshilacharse como el vaho frente al sol invernal. La última figura en aparecer frente a ellos había sido una elfa del Vacío con los brazos extendidos y el mentón todo lo alto que le permitía su cuello de cisne. Sus caderas bailaban en cada paso con un tímido y calculado vals que arrancaba destellos dorados al intrincado encaje de su túnica tejida con el crepúsculo. A su paso, las tropas de N’zoth se arrodillaban con una mezcla de respeto y temor en la mirada, y a medida que avanzaba entre ellos la aureola de falsa luz que flotaba lánguida tras ella pintaba de bronze sus cabellos zainos.

—Espera, ¿esa no es…? —comenzó a decir el enano antes de que el bufido de Aldana ahogara su voz.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que no eras de fiar, vívora!

La recién llegada continuó caminando sin pronunciar una palabra; su única respuesta fue una sonrisa tan llena de condescendencia y superioridad que resultaba hiriente. Se tomó su tiempo en llegar al borde de la plataforma, donde sin dejar de sonreir se llevo las manos al pecho y suspiró lentamente con los ojos cerrados como una princesa de cuento de hadas a punto de dar un discurso a un atajo de campesinos harapientos que besarían el suelo que pisaba. Todo en ella era deseable, atrayente en un sentido exótico como una melodía de tierras lejanas, pero aun así ni sus dulces gestos ni su voz de terciopelo podían esconder el desprecio que sentía por sus súbditos.

—Veo que algunos de vosotros ya me conoceis. Pero para los que no, permitid que me presente. Me llamo Saldienne, suma sacerdotisa del Dios de las Profundidades, y en su nombre os doy la bienvenida a Ny’Alotha. Debo decir que es un honor para mi recibir a los afamados Defensores en la casa de mi maestro.

Aiden arrugó la nariz en una mueca de asco, en parte por la melosidad de aquellas palabras, en parte por el tufo a arrogancia. Lo podía ver en la forma en la que los miraba desde arriba, en como cambiaba el peso de una pierna a otra, en lo calculado de sus palabras y lo premeditado de sus gestos. Tampoco es que le importara mucho: un tajo en el momento adecuado y su cabeza rodaría como la del más vulgar ratero. Solo necesitaría la apertura perfecta para lanzar a Silencio a buscarla.

—Esa… maldita…

Desvió la atención hacia su izquierda y vio que donde antes había un enano ahora había un volcan amenazando con entrar en erupción. Drethz la miraba fijamente, con la cara deformada por un rictus que poco a poco se iba tornando metal fundido. Palabras a medio hacer se amontonaban en su boca, cuyos dientes estaban tan apretados como sus gruesos dedos estrangulaban el mango de su martillo. Aiden vio destellos de Luz sagrada jugando al escondite con las chispas de fragua de sus ojos, así que decidió adelantarse a las llamas y extendió un brazo hacia él.

—Aun no. Espera la señal.

—Sentíos afortunados, héroes de Azeroth, por la oportunidad única que se os ha sido concedido —Saldienne había seguido hablando mientras los hijos de lo profundo marchaban con paso fúnebre a su alrededor—. A pesar de haber invadido la morada del maestro y haber masacrado a sus hijos, el Dios Antiguo ha decidido otorgaros una última oportunidad de conversión. Como vereis, algunos de entre vosotros ya han abrazado tan glorioso regalo.

Se apartó para dar paso a otra figura que emergió de entre los últimos hilos de noche que aún se resistían al tirón del olvido. Otro elfo, de eso no cabía duda. La armadura negra que portaba lo cubría por completo, pero fue precisamente eso lo que lo había hecho reconocible. Las pupilas de Aiden se contrajeron.

“Lo juré.”

El guerrero avanzaba con paso lento; cada una de sus pisadas hacía oscilar el reluciente brillo de las gemas incrustadas en su escudo de ónice.

—No… él no ha podido caer —la ira del enano había dejado paso a la incredulidad.

Su agarre flaqueó y Silencio estuvo a punto de escurrirse entre sus dedos. “Jure que mataría a todos los que la amenazaran”.

Se estaba acercando. Los ignotos se arrodillaban a su paso.

—Es imposible.

En realidad era dolorosamente obvio. “Pero no puedo matarlo a él”.

Alcanzó a Saldienne, que pasó su mano de seda sobre su mejilla acorazada. Alzó su hacha repleta de hieles y le clavó la mirada en el alma. Dos pozos violetas sin fondo ninguno, huecos, carentes de vida.

—Han irrumpido en las dependencias del maestro —su voz estaba tan rota como su mirada. Distorsionada y deformada más allá de lo imaginable, como si a cada palabra que pronunciase alguien tras él arañara cristales—. ¡Aniquiladlos!

“No. Lo juré.”

Los siervos del comandante caido respondieron al unísono y más organizados de lo que jamás habían estado. Avanzaban codo con codo, las filas cerradas, situando a la estofa prescindible en primera fila y a los grandes ignotos en un cerco que se estrechaba con cada latido. Sus pasos ahogaron el resto de sonidos de la Ciudad Durmiente mientras surcaban los retazos de humo de las bengalas que aún se arrastraban por el suelo. Pero había algo más, apenas audible entre el frufrú de su capucha. Un rugido en la lejanía.

“Y aun así…”

El resto de los Defensores respondieron con situándose en arco y enarbolando sus armas. Drethz lo miró de reojo; el ansia en su mirada era patente. No le respondió con su voz, sino con el tiriteo metálico de Silencio en su mano.

“Pero lo juré. Y si no cumplo, volveré a ser…”

—Con razón no te separabas de él ni para cagar —rugió de nuevo Aldana, cuya pose encorvada y las cortantes medialunas que tenía por garras la hicieron parecer aún más salvaje de lo que ya era—. Habías elegido presa desde hacía tiempo, ¿verdad?

—Confieso ese pecado —repuso la sacerdotisa con una risilla que disimuló tras el dorso de su mano.

—¡Ríete ahora que puedes! ¡Cuando acabe con estas pulgas iré allí arriba y os sacaré el espinazo por…!

Un trueno retumbó en Ny’alotha y le arrancó las palabras de la boca. Su grito fue hielo y acero sobre piedra pulverizada, tan fuerte y desafiante que detuvo el avance de la sombra. Incluso Saldienne le miró ojiplática por un momento antes de entrecerrar los ojos y humedecerse la comisura inclinada de sus labios.

—Es. Mio.

Aldana le miró con boca entreabierta durante un instante, pero alzó los brazos y retrocedió hasta el grupo. Aiden tomó su lugar y siguió caminando como si el ejército a su alrededor no existiera. Su mirada estaba fija en los dos elfos que se situaban tan solo un puñado de escalones arriba. Ambos eran enemigos de Azeroth, e independientemente de su origen, ambos debían ser destruidos. Eso es lo que habia jurado.

Felix hizo ademán de responder al desafio, pero paró en seco en cuanto su compañera alzó un dedo.

—Deja que les ponga en perspectiva, mi amado paladín —dijo tras pasarlelo por el pecho. Luego se dirigió hacia el caballero de la muerte—. Ah, el mismísimo verdugo de los Defensores será el primero en aceptar a su verdadero maestro. Que inesperado placer. Ven, hinca la rodilla y regocíjate en la gloria del Antiguo.

Aiden afinó el oido, pero no oyó nada. “Aún no.”

—Yo no me arrodillo ante nada. ¡Y menos aún ante escoria del Vacío!

—¡Qué arrogancia! —la voz de Felix retumbó bajo su casco—. Semejante herejía es intolerable. Si no serás el primero en arrodillarse, serás el primero en morir.

Los ignotos se revolvieron en el sitio como hojas a merced del viento, pero de nuevo Saldienne calmó los ánimos.

—Veo el descanso que anhela tu corazón, guerrero. Veo el peso que cargas sobre tus hombros. ¿Es eso lo que has venido a encontrar aqui?

Aiden se adelantó otro paso guadaña en ristre.

—El descanso es para los vivos.

Había esperado una orden de ejecución sumarísima de Felix en ese mismo momento, pero fue todo lo contrario. Saldienne rió. Rió con crueldad, con una burla que tocaba la condescendiencia con una mano y el auténtico desprecio con la otra. Cada vez que su abdomen se movía una lluvia de estrellas se proyectaba en el suelo húmedo y la armadura de su adalid con ritmo regular. Su voz se había desprendido del dulce veneno que las había envuelto hasta entonces, revelando los estiletes mellados de su verdadero ser.

—No puede ser. ¿Haces todo esto por redención? ¿Para ?

La risa seca de Saldienne siguió rasgando el aire. Alta, fuerte. Aiden aguantó el chaparrón con toda la frialadad del mundo, haciendo oidos sordos a su crueldad. Prestó atención, y tras unos segundos lo escuchó de nuevo. Y a juzgar por el cabeceo del comandante, él también. Estaba cerca.

—Se bien que estoy más allá de toda redención —contestó en voz baja—. No es por eso.

Ella se serenó, pero no recuperó el tono dulce.

—Ni redención ni descanso. Entonces dime, Asesino de la Tundra, ¿por qué sigues luchando? ¿Por qué desafiar a un Dios?

De pronto se levantó un vendaval de aire seco y asfixiante. La tierra retumbó como si intentara sacudirse de encima los altos obeliscos que la habían intentado someter. Los hijos de N’zoth lanzaron alaridos confundidos, intercambiaban miradas entre ellos para luego buscar respuestas en su comandante. más éll se limitó a alzar su escudo y ponerse frente a la elfa. El humo se tiñó de rojo.

—¡Por Azeroth!

Un rugido desgarró las cortinas de tela y dio paso a la llama y la ira. La silueta negra de un dragón brotó de sus llameantes entrañas dejando una estela de ascuas pintada en el cielo, y los ignotos aullaron como perros apaleados cuando vomitó llamas sobre ellos.

—¡Ahora!

Los Defensores cargaron, pero el enano se adelantó a todos ellos. Cubierto por un manto de justa ira y su corazón prendido en llamas sagradas, se abalanzó contra la elfa gritando su nombre. Felix se interpuso en su camino, pero solo consiguió que el impacto de Silencio le lanzara contra el suelo a varios pasos de la sacerdotisa. Para cuando se levantó el alarido de Saldienne ya había desgarrado el aire y buscaba alejarse del martillo que se había cebado con su costado.

Lanzó un gruñido y se alzó todo lo rápido que pudo.

—¡No te atrevas a ponerle un dedo encima a…!

De nuevo sintió el impacto de la guadaña sobre su escudo. Buscó a su dueño, pero no le costó encontrarlo: era el único de los invasores que no estaban corriendo bajo la sombra de hijo de Alamuerte. El azul y el morado se encontraron bajo la lluvia de chispas que caía desde arriba y le quedó claro que si quería llegar a ella, tendría que derrotar a la mismísima muerte primero.

—Eres. Mio.

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Inconsciente todavía, Kæteren me susurraba a través de la armadura ...


Empuñas y disparas día y noche sin descanso, no puedes mantenerte cuerdo para siempre peleando de esta manera.
Estás en medio de una guerra contra ese tipo de cosas, no sé si para bien o para mal pero lo haces para saciar tu sed de venganza.

¿Por qué no dejar todo atrás? El odio, la venganza …

Esa cosa llamada odio es donde las personas que no enfrentan el dolor se refugian, más que una armadura manchada de sangre la venganza se alimenta de mas sangre. Sumerges tus dagas en sangre para cubrir sus muescas.

Entre mas las afilas mas se mellan y debes seguir afilandolas más y más, al final lo que obtendrás será una pila de herrumbre y chatarra.
Tú corazón está lleno de grietas Nhail, grietas malditas llamadas miedo fluyendo dentro de ti.

— No sabes lo que es … no lo entiendes … ¡Nadie puede comprenderlo! — llevando las manos a su cabeza recordando los sucesos en Ulduar junto a sus camaradastodos murieron, no quedo nadie, nada de lo que pasó tenia sentido alguno, de repente … injustamente … fueron aplastados como insectos sin entender nada, la mayoría eran muy jóvenes todavía, podrían haberse dedicado a cualquier oficio si vivieran, pero en un instante … murieron, desaparecieron, para mi ellos fueron … lo más apreciado que tuve.

Abandonaste a los que aprecias, te fuiste solo ese día 10 años atrás en tu desconsuelo abandonaste a los únicos seres queridos que te quedaron y te fuiste por tu cuenta, tenías a quienes te apreciaban a tu lado y no pudiste soportar tener que sumergirte junto a ellos en el dolor. En cambio, huiste para que el odio comenzara a quemarte desde dentro. ¿Me equivoco?, ¿Tienes derecho de hablar sobre venganza por tus amigos cuando fuiste tú quien abandonó a los pocos que quedaron en vida?, en el momento mas dificil te elegiste a ti mismo y buscaste refugio en las batallas.

Eres como una espada desenfundada en el campo de batalla con incontables muescas, bañada en sangre y corroyéndose, como una espada con una grieta letal, una espada que ha comenzado a romperse.


Todavía sumergido en su subconsciente ...


La había perdido. La armadura por la que tanto había trabajado, por la que se había esforzado e insistido, se había ido de su lado, lo había abandonado. Nada de lo que pudieran decirle le haría sentir mejor.

Se sentía un idiota. El calificativo le quedaba corto, pero así se sentía. El legado de su maestro, el orgullo que le hizo ser tan poderoso durante los últimos 7 años, todo lo había perdido por un vano sentido de venganza, por una distorsionada interpretación de su rol en la tierra.


Consciente


Ni siquiera sabía en dónde estaba o cuánto tiempo había pasado. De pronto se halló vagando sin sentido, apenas consciente, embargado de un dolor nuevo e inconcebible. El dolor que él mismo se había provocado. Ahora estaba varado, estancado en el medio de la nada sin sentir ni frío ni calor, abrumado por la culpa y la desesperación.

Demasiado tarde había entendido cuál era su misión. Ahora que ya no importaba, ahora cuando ya no era nadie. La paz que lo rodeaba parecía una burla. En su interior se arremolinaban la vergüenza, la angustia, la incertidumbre …

Por fin comprendía que había más emociones además de la venganza, por fin entendía que además de desear algo, había que cambiar para obtenerlo.

Y él no había podido cambiar.

Qué iluso había sido, cuán ingenuo y fatuo. Él que se jactaba de ser más sensato y más centrado de los hermanos. Su madre, que se lo había advertido tantas veces y de tantas maneras … ni siquiera podría mirarlo a la cara si ella todavía viviese.

¿Qué haría ahora? ¿Hacia dónde ir? ¿Por qué luchar?, ya no era nadie…

El silencio del mundo adquirió la densidad de la roca, la pesada carga que lo agobiaría hasta el final del camino. Había fracasado. Peor aún: se había equivocado, había fallado. Los motivos por los cuales se le había confiado la armadura, la armadura que lo convertiría en un héroe dorado se hacían más nítidos dentro de sí, para su completo bochorno y deshonra.

Él, un héroe. Él, un Quel’dorei … no era la armadura la que lo convertiría en eso, sino sus acciones, sobre todo si éstas iban a la saga de su corazón.

Lejos de ser la luz que iluminaría la senda de la justicia y el desagravio, se había convertido en un fantasma, en un espectro sin rumbo ni este ni en el otro mundo, el mundo en el que había pensado con asiduidad oprimido por la congoja.

Nhail se echó en la tierra, de cara a ese cielo inmenso, triste y apagado.
¿Siempre había sido el cielo así de extenso y aterrador? El vértigo de la inmensidad lo envolvió impiadosamente, pero él se dejó porque ya no tenía voluntad.
A Nhail se le cerraban los ojos por el cansancio y la tristeza. Nadie lo aguardaba, no había más promesas para él ni tenía ya ningún destino que cumplir. En el medio de la nada, abstraído del tiempo, se dejó llevar por la oscuridad del olvido.

El sonido de una carreta fue lo primero que llegó a sus oídos. Después, los pasos de alguien que se había apeado, de alguien que se acercaba.
Los pasos se detuvieron a su lado, vacilantes, aunque no retrocedieron. Luego oyó el tenue susurro del vestido cuando la persona se agachó.

— Oye, ¿estás bien?

A él no le importaba nada.

— Oye — insistió la voz, una voz de jovencita, dulce, un poco recelosa, pero al parecer determinada, porque mientras seguía llamándolo lo zarandeaba suavemente.

Nhail abrió los ojos fijos en la bóveda estrellada. La muchacha al verlo entendió que estaba en estado de shock. Su juventud, su evidente desasosiego y ese estado de abandono la conmovieron en lo más profundo.

— Espera aquí, te traeré agua — le dijo.

Fue hasta la carreta y regresó con el agua. Apenas consiguió que bebiera un sorbo, sosteniéndolo de la nuca. Luego suspiró, examinándolo con más detenimiento.

— Eres demasiado pesado para míobservóIré por mi madre, ella me ayudará a cargarte.

Al elfo no le importaba nada. Se mantuvo impertérrito, ajeno. La joven se compadeció.
Dio media vuelta para volver a la carreta, pero a mitad de camino se detuvo y regresó junto al viajero más misterioso y abatido que hubiera visto jamás.

— No sé por qué estás así ni cómo llegaste a este lugar — le dijo, de nuevo agachada para hacerse oírNo sé tu nombre ni sé qué hiciste para terminar en este estado. Pero te encontré. No sé si buscabas algo o a alguien, si venías con alguna ilusión o con alguna derrota, pero te encontré. Y como te encontré me haré cargo de ti, te protegeré.

Recién entonces el otro pareció reaccionar. Apenas un gesto, un mohín desvaído, el asomo de una lágrima retrasada.

— Te protegeré, me haré cargo de tirepitió ellaAsí que no puedes morir, ni rendirte, ni desaparecer. Si todavía puedes confiar en alguien, confía en mí. Confía en mí incluso si ya no puedes confiar en ti mismo.

La muchacha permaneció algunos segundos más por si obtenía una respuesta u otra reacción, pero nada sucedió. Suspiró otra vez, se levantó y fue hasta la carreta para ir por su madre.
Cuando regresó, el viajero todavía estaba allí.

— Me llamo Larale dijo.

Entre la madre y ella lo llevaron hasta la carreta, y este se dejó conducir sin protestar. Tal vez registrase su ternura, tal vez presintiese su calidez desinteresada. En todo caso, Lara le enseñaba lo que era confiar, lo que en verdad era proteger. Y quizás un héroe también fuera eso, una persona con muchas lecciones para aprender si todavía tenía la oportunidad.

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Y aqui finaliza mi relato, al menos el arco que lleva gestandose en mi cabeza desde Wotlk (2008) y que empezó a relatarse en mi mente en la época de Cataclysm y que gracias a vosotros me animé a plasmarlo en letras, mas de una década … se dice pronto, mas de una década de amigos, conocidos, aventuras y decenas de emociones y sensaciones que han llegado a su fin.

Todo lo que venga después podría considerarlo como ‘‘relleno’’, pues mi historia como tal termina aqui, pero por supuesto voy a seguir escribiendo aunque mi aventura seguirá en Azeroth y no en las tierras sombrías.

Ha sido un verdadero placer empezar este viaje con todos vosotros. Espero que hayais disfrutado de la misma manera que lo he disfrutado yo.


Anu belore dela’na !

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Gracias gemelo,nos has dado un regalazo. No dejes de escribir la evolución de Nhail,aunque no sea en SL.
Tienes muchas cosas en esa cabecita,y me encanta irlas descubriendo, según nos “abres” el interior de Nhail…:wink:
Cada uno de nosotros somos un “parto” en la cabeza de quien nos crea. Los matices nos enriquecen,nos dan forma,y moldean lo que somos…
Hace mucho tiempo,abrí un post con el título “cuanto hay de ti en tu pj”
Creo que estos relatos,nos ayudan a “conocernos” más, asi que gemelo…¡me encanta seguir conociéndote!, no dejes de escribir,por favor.

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thantos escribe y yo publico:

DUELO DE ADALIDES, PARTE I

A su gruñido le acompañó el repiquetear de las esquirlas de piedra sobre el suelo adoquinado. Había conseguido ver venir el segundo ataque en el último momento y lo bloqueó con maestría, y aún así lo había lanzado hacia atrás varios pasos dejando tras de sí estelas gemelas de tierra levantada. Ignoró el entumecimiento de sus dedos y se puso en guardia de nuevo sin dejar amilanarse por su rival. No le importaba lo más mínimo cuan poderoso fuera, pues se había decidido a proteger todo lo que le había sido concedido. Todo lo que había recuperado. No le importaba contra quien tuviera que enfrentarse para conservarlo, incluso si ese alguien resultaba ser…

—Ríndete. Ambos sabemos que no me puedes derrotar.

…el enemigo de todo.

Félix afianzó su escudo e hizo girar su hacha como respuesta. Recordaba a ese guerrero. Lo había conocido en algún punto, e incluso podría jurar que habían sido aliados alguna vez. Sus memorias volaban por su mente como una bandada de pájaros a merced de la tormenta, lanzando vigorosos destellos antes de que la sombra los consumiera en un torbellino de verdades infinitas. Del enemigo que se plantaba ante él solo recordaba una cosa.

—El Maestro me ha otorgado dones que escapan a tu comprensión, Aiden Hojagélida. Dones que has decidido rechazar. Ya no tienes cabida en su mundo.

El guerrero taciturno resopló con desdén y comenzó a caminar en círculo a su alrededor. Él hizo lo propio y pronto acabaron orbitándose mutuamente alrededor de un baricentro invisible, haciéndose amagos para tantear al rival y dejando entrever su poder.

—“Su mundo” —. La máscara de bronce solo escondió a medias la expresión de desprecio que adornaba su rostro—. Fantasías de un demente que juega a ser un Dios. Antes de que acabe el día yacerá inerte ante los defensores del mundo que intentó conquistar. Y si tú te interpones en mi camino haré que compartas su destino.

Aiden lanzó su guadaña de nuevo y cargó tras ella hacia el paladín caido. Silencio se topó con su escudo y con un grito metálico rebotó y salió disparada en la dirección contraria, encontrándose a mitad de vuelo con su maestro, que no dudó un instante en saltar y lanzar un segundo golpe. El asolar descendente se estrelló como un alud contra el pie de la montaña. La tierra gritó de dolor cuando se quebró bajo sus botas y decenas de pequeñas grietas desfiguraron su rostro. Incluso a través de Svalin había sentido la fuerza del impacto reverberando en sus dientes apretados, pero el comandante no iba a amilanarse ante la burda fuerza bruta de su oponente, no con N’zoth de su lado.

Se lanzó al contraataque. Apartó la guadaña con un revés de su escudo y adelantando un pie lanzó un primer y artero golpe horizontal. El caballero de la muerte se retiró de un salto y Baruk solo llegó a tajar aire, pero no vio venir el rápido escudo de vengador que le siguió. La sombra del escudo surcó el aire en un latido y le alcanzó en el pecho, donde estalló en una nube de violentas gemebundos y le arrojó hacia el suelo como a un muñeco de trapo. Aiden dejó escapar un gruñido entre dientes. Se recompuso con una voltereta, clavando los dedos de su mano libre en el suelo hasta que su impulso murió y quedó agachado, casi de rodillas, frente al adalid del Profundo.

—Tu causa está condenada, Hojagélida. ¡Los anillos predijeron la victoria del maestro hace tiempo!

—Cierra la boca y muere.

Cinco espadas de frío azul surgieron a su espalda con un silbido cristalino. Alzó a Silencio sobre su cabeza y azuzándolas como a perros de presa las mandó volar en busca de carne cálida. Félix respondió cargando con el hacha en alto y la sombra danzando en sus ojos. Su propio arsenal negro ejecutó su sentencia y espada a espada se fueron destruyendo mutuamente hasta que solo quedó nieve y sombras entre ellos.

Aiden no detuvo su ofensiva. Con un movimiento amplio y fluido arrastró el colmillo del segador por el suelo y lanzó un torrente de cuchillas heladas. El hielo lo arrojó hacia atrás a medida que crecía, pero de nuevo llamó a la sombra; plantó sus pies en el suelo y con un escudo del corrupto redujo el hielo a polvo.

—Te lo advertí, Hojagélida —dijo el paladín caído extendiendo los brazos—. Todo lo que tú puedas hacer yo lo supero por la gracia del Maestro. Me ha elegido para ser el heraldo de su cólera, su voluntad encarnada. Todo el que se oponga a nosotros será destruido.

Aiden hizo girar a Silencio en su mano antes de recuperar la guardia.

—Te he dicho que te calles. Ya es bastante difícil sin tener que aguantar las estupideces que salen de tu boca.

—¿Difícil? ¿Tan pronto has alcanzado el límite de tus fuerzas?

De nuevo comenzaron a andar en círculos, pero esta vez cada revolución les hacía estar más y más cerca, como si la gravedad que los unía creciera a cada paso que daban.

—Solo estoy calentando.

—Irónico. Aun así, esperaba más del Asesino de la Tundra.

Aiden se detuvo y le fulminó con la mirada. El paladín respondió con una risa socarrona que apenas pudo escapar de su casco.

—No me llames así. No sabes de…

—¿Lo que estoy hablando? Fui el comandante de Rasganorte durante bastante tiempo, Hojagélida. Lo bastante como para oír rumores. Hasta ahora creía que solo era folclore, pero que lo seas tú tiene todo el sentido del mundo.

Aiden golpeó el suelo con el mango de la guadaña con tanta fuerza que el eco metálico retumbó entre las lejanas torres de Ny’alotha. Una ráfaga repentina de puro frio agitó su pelo y la convulsa niebla de sus ojos emitió un destello de advertencia.

—Una palabra más y te mato aquí mismo.

—Por supuesto que sí —replicó con crueldad—. Es lo único que sabes hacer, ¿verdad? Me pregunto a cuanta gente habrás matado solo por haberse cruzado contigo después de liberarte del yugo del Rey Exánime. No eres más que un asesino que juega a ser un héroe. Resulta…

—¡Aaargh!

La figura fantasmal del adalid de Azeroth surcó el aire en un parpadeo y descargó su ira con un brutal zurdazo que acertó de lleno en su cabeza. El impacto le hizo retroceder a trompicones, exprimiendo cada gota de equilibrio en su cuerpo solo para mantenerse en pie. El lado derecho de su cara estaba entumecido, con el oído pitando en una nota continua y el familiar sabor ferroso acumulándose en su boca. Escupió un esputo de baba y sangre y encaró al guerrero maldito con el odio grabado en la mirada, pero su gesto no tardó en pasar a uno de sorpresa cuando vio el filo de la guadaña descendiendo de nuevo sobre su cabeza.

Apenas tuvo tiempo de poner a Svalin entre medias. El golpe arrastró su torso hacia abajo y a punto estuvo de arrancarle el escudo de las manos. Silencio, larga como la eternidad, tañía con cada golpe que, como las olas, hacía retroceder paso a paso al acantilado. No podía hacer más que encajar los golpes que le venían desde todas direcciones; cada uno de ellos como una pequeña condena a muerte que le hacía zarandearse a merced del viento gélido.

—¡No… vuelvas… a llamarme…! —la voz de Aiden rugió como la mar encrespada.

Intentó contraatacar; esquivó el primer golpe que le vino una décima de segundo más lento que los demás, imbuyó de sombras su metal y saltó hacia delante usando el escudo de ariete. El soplido del viento en su costado le avisó de que el heraldo de la muerte le había esquivado. No le daría tiempo a detener el siguiente ataque. Apretó los dientes y se preparó para encajar el impacto.

Aiden se había situado a su espalda. La niebla de sus ojos se agitaba al compás de sus dientes rechinantes. Alzó a Silencio, su filo envuelto en luz aguamarina, y clavó sus pies en la tierra. Su guardia estaba totalmente abierta, sólo necesitaba dar el golpe de gracia.

—Tsk.

La guadaña surcó el aire dejando una estela helada tras ella. La onda de magia impactó contra el suelo con el mismo estruendo de una montaña desplomándose. Cuando la niebla helada se disipó, una nueva cicatriz cubría el rostro de la ciudad durmiente. A su lado, el campeón de N’zoth contemplaba el cráter recién abierto a menos de un paso de él sin ocultar su jadeo. Se dió la vuelta despacio, con la guardia baja pero más seguro de lo que había estado en toda la pelea. Sus labios dibujaron una sonrisa de satisfacción.

—Estaba equivocado contigo, Hojagélida. Acepta mis disculpas. —El paladín hizo entrechocar sus armas—. Es más que evidente que no eres capaz de matarme.

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Escrito por Thantos, como parte de Espectro

LA PESADILLA DE AZEROTH, PARTE I

Corrió a través de la galería metálica todo lo rápido que le permitían sus piernecitas robóticas. Cada vez que daba un paso el metal chocaba contra el metal con un estruendo que se perdía en la oscuridad y le hacía maldecir el diseño de los Titanes. Solo quería detenerse y encontrar un lugar donde esconderse sin hacer ruido alguno, pero se obligó a continuar. Por mucho que su cuerpo se lo rogase, sabía que su única esperanza era llegar al tren y alcanzar su taller antes de que él lo hiciera. Los demás se habían quedado atrás para hacerle frente. Lo menos que podía hacer era aprovechar cada instante de ventaja que pudieran darle.

Un temblor sacudió el túnel y lo hizo tropezar. Mimiron cayó de bruces contra el suelo con la misma gracia que un montón de ladrillos. Su núcleo, que hasta ahora le había estado zumbando en los oídos al borde del fallo catastrófico, se acalló de golpe con la torpe cacofonía que había causado. Agitó las extremidades hacia todas partes en un intento desesperado por ponerse en pie de nuevo, y apenas lo consiguió otro impacto, más fuerte esta vez, lo volvió a derribar.

Las luces titilaron y un grito desgarrado y gorgoteante se apoderó de la cámara y de sus piernas ahora inmóviles. Un instante después, la compuerta del pasillo, a duras penas a cien metros y oculta contra una esquina, había salido volando hasta estamaparse, completamente abollada y doblada al medio, contra las tuberías de acero que tapizaban el muro de piedra. La misma voz volvió a gritar, esta vez de esfuerzo, y la galería entera se iluminó con la intensa luz azul de unos relámpagos ensordecedores. Su fulgor errático proyectaba sombras intermitentes sobre la pared que dejaron entrever la figura de un hombre de largos cabellos apuntando con un martillo hacia delante.

Mimiron consiguió arrancar sus piernas del suelo, pero ahora era su mirada la que lo manenía inmovil en un estado de sopor. La voz de la tormenta era una con los gritos de su amo y el espectáculo de luces había traido el amanecer a las profundidades del mundo. Dió un paso hacia la luz con la mano extendida, con cada vez menos peso en sus entrañas mecánicas y el esbozo de una sonrisa definiéndose en sus labios de chapa. La victoria se hizo posible en su mente: estaba hablando de Thorim, al fin y al cabo. Era el más fuerte entre los Vigías, el más recio defensor de Ulduar.

Pero tan pronto como su sonrisa había nacido había empezado a morir. La sombra del Señor de la Tormenta había empezado a retroceder y una nueva había aparecido proyectada en el muro, una mucho más pequeña que la suya. De nuevo sonó un grito que estremeció los huesos de Azeroth. Un grito iracundo, enloquecido; un grito cuya voz eran ecos olvidados que rugian hasta desgañitarse. El frio se empezó a filtar entre las paredes y le acariciaba la piel con manos largas y escabrosas. Los relámpagos morian a medida que la noche aplastaba su luz, dejándole solo en un pozo de negrura y destellos de neón.

—No…

La segunda voz ahogó a la primera y se detuvo un instante.

—¡No!

Se llevó las manos a los oídos y se agazapó por puro instinto. Los ecos explotaron en un aullido tan agudo como profundo; miles de voces discordantes rugieron y lloraron al unísono arrastrando el universo a la más profunda oscuridad. Chispazos de verde y azul se sucedieron a velocidad enloquecedora, dibujando figuras tan fugaces que a duras penas podía reconocerlas. Borrones de luz maldita, cadenas de tormento que aparecían y desaparecían en menos de un parpadeo. La galería tembló una última vez, precedida por un fogonazo que arrancó las sombras y le hizo daño en los ojos. De nuevo cayó al suelo, intentando enfocar la mirada, y cuando lo consiguió solo pudo ver como una docena de agujas de hielo negruzco habían empalado las paredes y el techo como si estuvieran hechas de frágil carne.

Apenas quedaban vestigios de la tormenta que hasta hacía un instante había reinado en la cámara. De los rayos solo quedaban pequeñas corrientes que saltaban entre los crueles estiletes de escarcha de los que colgaba inerte un brazo metálico. Sus dedos, antaño tan fuertes como para estrangular a un protodraco, se aflojaron hasta dejar escapar al martillo de su dueño. El arma rebotó en un par de veces y acabó por caer a plomo con un sonido sordo.

Silencio.

Luego sonó otro grito más. Uno pequeño, apagado; un quejido que sonó distante a pesar de haber salido del fondo de su propia garganta. Y corrió.

Corrió todo lo deprisa que pudo y aceleró un poco más. Su cabeza se volteaba de adelante hacia atras como movida por un resorte. No podía permitir que lo alcanzara. Tenía que llegar a su taller y pulsar el gran botón que nunca había que pulsar. Haría saltar por los aires toda la Chispa de la Imaginación y el puente que lo conectaba al resto de Ulduar y lo sepultaría bajo el peso de la tierra. Tenía que hacerlo. Era la única manera de detenerlo.

El pasillo se oscureció de nuevo; sabía que estaba aquí. No podría darle esquinazo eternamente. Frenó en seco cuando alcanzó la siguiente esquina y se lanzó a una de las rejas de ventilación. La abrió con un tirón, rogando a los Titanes que no le hubiera oído, y entre sollozos se escondió en el angosto tubo rectangular. Por ahí llegaría a la sala de calderas, desde donde podría atajar al tren a través de una de las escaleras de emergencia. Comenzó a arrastrar su cuerpecillo poco a poco, de nuevo maldiciendo el chirrido de su pecho rozando contra el metal.

La sala no estaba lejos; tan solo unos pocos metros, teñidos con la luz ígnea de los grandes hornos que le esperaban al otro lado del tubo, separaban la vida de la muerte. Hizo un esfuerzo por levantar su cuerpo y avanzar sin hacer ruido. Le dolían todas las juntas, pero ya casi estaba. Extendió un brazo y rozó con la punta de los dedos el marco de metal que marcaba el fin del camino. Solo un poco más y…

Un golpe sordo a sus espaldas le paralizó como si le hubiera arrancado las baterías de cuajo. Miró hacia atrás cubriéndose la boca con manos temblorosas y entrecerró los ojos. No quería verlo, pero debía saber dónde estaba.

Otro golpe sordo, esta vez algo más cerca, siguió al primero. Luego vino un tercero y un cuarto, todos con la misma cadencia lenta y pesada. Al principio no los reconoció, pero pronto entendió la dolorosa verdad que encerraban. Un gemido se formó en su garganta y tuvo que contenerlo con todo su ser para que no le traicionara. El aire se hizo denso con la mudez que lo llenaba. No le había visto aún. Lo racional era pensar que mientras se estuviera quieto no lo vería; y aun así una parte de su interior le decía que la muerte le había alcanzado por fin.

El siguiente golpe sonó tan cerca que dio un respingo y gimoteó como un cachorro herido. Al otro lado del tubo, recortándose contra la sombra en una retorcida versión de un eclipse, una bota blanca había hecho acto de presencia. La figura albina caminaba despacio, casi arrastrando los pies, y para su fortuna no parecía haber reparado en su escondite. En lo que le pareció una eternidad pasó de largo y sus botas desaparecieron de nuevo, seguidas brevemente por el pequeño chirrido de una hoja metálica rozando contra el suelo. Incluso en la oscuridad se podía apreciar el brillo etéreo de sus runas, solo oscurecidas por las salpicaduras de sangre arcana que goteaban desde ella como la saliva desde las fauces de un perro.

Cuando pasó el peligro continuó hasta la rejilla y la apartó con cuidado. Mimiron se descolgó y aterrizó como pudo sobre uno de los muchos arcones que atestaban aquella sala. Se permitió suspirar aliviado. A pesar de la atmósfera rojiza, la escasa iluminación y el calor asfixiante, o quizá gracias a eso, el Vigía volvía a sentirse a salvo.

—Vale, Mimiron, vamos a pensar con tranquilidad—. Se susurró a sí mismo mientras rebuscaba entre los estantes llenos de trastos y chatarra—. Aquí tiene que haber algo que te pueda ayudar a matarlo… o a mantenerlo a raya un poco al menos.

Balda a balda buscó con manos frenéticas un artilugio capaz de hacer lo segundo, porque había empezado a pensar que lo primero era imposible. Si el grandullón de Hodir no lo había conseguido abriéndole la cabeza con su maza, él no tenía ni la esperanza de poderlo intentarlo siquiera. Los pasaban por él tan rápido como su mente podía procesarlas.

—Espada, no. Pistola, no. Granada de hielo, para nada. Llama Titánica, no. Sacacorchos… espera un momento.

Bajó al suelo de un salto con un rifle en sus manos. Era uno de los prototipos del rifle de caza que le había hecho a Thorim con la Chispatrueno, solo que este estaba alimentado por los fuegos más profundos de Azeroth. Con un movimiento fluido le quitó el seguro y preparó el percutor. Si había un arma ideal para hacer frente al nuevo Rey Exánime, era…

Una fuerza repentina lo lanzó contra una de las calderas como si fuera una hoja a merced del viento. El muro frente a él había explotado en una lluvia de escombros y trastos. Las llamas de los hornos se tornaron azules y moribundas, y del hueco en la pared, censurado por una nube de polvo, surgió la muerte vestida de blanco.

Alzó la Llama Titánica y con un grito que mezclaba miedo y sorpresa disparó sin pensárselo. Apenas su dedo había rozado el gatillo cuando el fantasma alzó su mano y disparó un relámpago blanquecino que lo alcanzó primero. El cañón del rifle se partió al medio y Mimiron cayó de espaldas. El dolor le atenazaba el brazo derecho con tanta fuerza que a duras penas consiguió enfocar la mirada, pero el efecto duró hasta que ese espectro dió un paso hacia él. Ni todo el tormento del mundo hubiera podido superar al miedo que recorría cada fibra de su ser.

—Vine aquí buscando vuestra ayuda y a cambio me traicionasteis. A mi y a Azeroth.

A pesar de la máscara que cubría su rostro, la única pieza oscura en un atuendo completamente blanco, el rictus de ira de Aiden Hojagélida era la única verdad que albergaba el cosmos en aquel instante. Su guadaña goteaba sangre mezclada con una sustancia fantasmal aguamarina, increiblemente brillante pero sin que alumbrase sus alrededores; y mientras Silencio babeaba como un perro en su diestra, de su cinturón colgaba un farol negro como el pecado que brillaba con el mismo color. De vez en cuando, un chispazo saltaba desde sus largas y agudas patas hasta la toma de tierra más cercana.

Mimir balbuceó sin saber bien que decir. El espectro se acercó otro paso con el rostro mucho más sereno que hace un momento.

—Me quisisteis encerrar como a un vulgar perro. A mi, solo por tener el mismo poder que la maldita Alma en Pena —su voz también sonaba mucho más tranquila, pero no para bien. La rabia explosiva había dado paso a un desprecio gélido que solo parecía crecer a cada segundo que pasaba.

—E… e… eres un peligro para Azeroth. Tú mismo lo dijiste —intentó razonar Mimiron—. Este tipo de magia no debería estar aquí.

—Y no se os ocurrió otra cosa que volveros contra quien os avisó del peligro. Yo quería solucionar el problema.

—¿Solucionar? ¡Los has matado a todos!

—Y nadie los echará de menos. Este mundo está mejor libre de esos idiotas.

Mimiron retrocedió arrastrándose sobre una montaña de llaves arcoluz.

—¡Eres un monstruo!

—¡Soy lo que me habéis obligado a ser! —explotó de nuevo el Rey Exánime—. Yo no fui el primero en atacar —respiró hondo con los ojos cerrados—. No fui yo. Si quieres culpar a alguien, Mimiron, que sea a la corta de miras de Freya. Ellos ya habían cumplido su deber para con Azeroth, pero tú, Gran Arquitecto, tú aún tienes un papel que cumplir en esta última batalla. Si lo cumples, no tendré motivo alguno para extinguir tu vida.

Mimiron parpadeó con gesto horrorizado.

—¿Me estás pidiendo ayuda?

—Desde que he llegado aquí. Has mencionado que podías hacerlo.

—¿Después de lo que has hecho? ¿Acaso estás loco?

—Sí… y puede.

El padre de los mecagnomos se puso en pie. El espectro le miraba desde lo alto con los ojos muy abiertos. Estaba expectante de su respuesta, y por el martillo de Kaz’Goroth que iba a tener una.

—Aquí, en Ulduar, hay cientos de manuales repletos de conocimientos mecánicos que los mortales no pueden entender y los medios para que se salten del papel a la realidad. Así que, querido, ya puedes ir y hacerte tu solo ese rastreador, ¡porque por mis hermanos que no te voy a ayudar!

Ya está. Ya lo había dicho. Las piernas le temblaban y el núcleo se le quería escapar del pecho. Sabía bien lo que su osadía le iba a acarrear, pero rendirse a los deseos de aquel asesino sería despreciar la última voluntad de los demás Vigías. Lo único que esperaba es que lo hubiera enfadado lo suficiente como para que su muerte fuera rápida.

Por su parte, Aiden había fruncido el ceño hasta que la niebla lechosa de sus ojos apenas tenía espacio para escapar. Alzó un dedo mientras inspiraba por la boca, como si fuera a gritarle de nuevo, pero a medio camino dejó escapar el aire con la cabeza gacha. La mano que iba a usar, había supuesto Mimiron, para mandarlo al olvido se deslizó con pereza por el contorno de la Máscara de Dominación y acabó soportando el peso de su sien.

—¿Por qué siempre me obligan a que sea por las malas? —murmuró el espectro sin ocultar su decepción. De no ser porque había masacrado a sus compañeros, hubiera sentido lástima por él—. Dejemos una cosa clara.

El dolor perforó la mitad inferior de su cuerpo mecánico en forma de miles de agujas heladas, tan rápido que ni siquiera pudo gritar. Cuando reunió el valor de mirar hacia abajo solo logró alcanzar a ver las estalagmitas de hielo que habían destrozado sus piernas un segundo antes de que Aiden le agarrara por el cuello y le obligara a mirarlo cara a cara.

—Al igual que a los guardias de la entrada, no te lo estoy pidiendo. Te lo estoy exigiendo —. Mimiron temblaba como un flan, obligado como estaba a mirar a la muerte literalmente a la cara. Los crueles ojos del Rey le miraban de arriba abajo con desprecio, tan fríos y glaucos como la gema que lucía su máscara de verdugo—. No me iré de aquí hasta que tenga lo que necesito, y para eso necesito de tus manos y tu cabeza. Tus piernas, sin embargo…

El espectro dió un tirón y lo elevó sin miramientos sobre su cabeza. El sonido a cristal roto, cables pelados y aullidos de dolor inundó la cámara de las calderas al tiempo que las llamas de zafiro se desbordaban de los hornos. Mimiron vomitó aceite cuando vió los restos destrozados de sus piernas aún pegados al suelo nevado. Se sentía tan mareado que ni siquiera notó cuando el Espectro del Invierno le lanzó contra la pared contraria.

Aiden alzó su mano y de nuevo invocó su abominable poder. Un orbe de hielo y neón apareció flotando sobre sus dedos flexionados, cada vez más pequeño y oscuro hasta que reveló la verdadera fuente de su poder. Se lo lanzó al mecagnomo como si fuera una pelota, que a duras penas pudo atraparlo entre sus manos. El orbe se parecía a un humo turbulento de tonos cinéreos, de blancos y negros atrapados en una vorágine que los obligaba a aglutinarse. De su interior solo manaban el aullido del viento y a lo lejos, muy a lo lejos, el tintineo de las cadenas azotando a los condenados.

El caballero se puso de cuclillas frente a él y con mirada asesina le escupió sus siguientes palabras.

—Rastreador. Sylvanas. Ya.

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Pues thantos again

DUELO DE ADALIDES, PARTE II

Félix convocó a la sombra durmiente, y esta no tardó en responder a su llamada. Ny’alotha entera se sacudió entre bostezos, como una peligrosa bestia saliendo de su hibernación más hambrienta que nunca, y su poder otrora encadenado se enroscó en las extremidades del campeón de N’zoth. Hebras palpitantes manaron del suelo al ritmo del corazón de la propia ciudad y, enredándose entre ellas y cada hueco y relieve de su armadura, se hicieron uno con él y lo coronaron en sombras. Un aura de negrura insondable lo rodeó como el abrazo de una madre, desdibujó sus contornos e iluminó sus ojos y las runas de su escudo con los mortecinos naranjas del ocaso.

Aiden respondió con el mismo movimiento. Se puso en guardia y llamó al invierno, que lo rodeó con un vendaval helado. Su movimiento fue recibido con una cruel carcajada.

—Luchar sin intentar ganar es de necios, Hojagélida. Nada más que una rabieta infantil. La paciencia del maestro es profunda como los mares que una vez lo encadenaron, pero incluso su divina piedad tiene un límite.

—Parece que al final el Corruptor y yo tenemos algo en común.

—Seguro que no es lo único —el paladín rió ante la chanza—. Te daré una última oportunidad para someterte, Aiden. Hinca la rodilla.

—Yo no me arrodillo ante nadie.

Félix respondió con una mueca cruel.

—Sea.

Las gemas de su escudo brillaron y vomitaron un torrente de energía del Vacío. La oscuridad recorrió el trecho entre ambos y le alcanzó en pleno pecho, donde detonó y le lanzó por los aires. Aiden sentía que le habían clavado una docena de cuchillos en cada una de las costillas, y el impacto con el suelo no fue mejor. El duro adoquinado le recibió con malicia y a cambio de su abrazo le arrancó el aire de los pulmones. Con los dientes apretados, gruñó y de una voltereta hacia atrás consiguió ponerse en pie solo para que el canto del escudo le acertara en la mandíbula.

Silencio se le escapó de entre los dedos. El mundo estaba dando vueltas a su alrededor incluso cuando se quedó tendido en el suelo por segunda vez. Agitó la cabeza para espantar el dolor y volvió a ponerse en pie. Félix estaba a apenas unos pasos, haciendo girar a Baruk en su mano mientras esperaba su siguiente movimiento.

Extendió la mano, llamó a Silencio y sintió una oposición en su magia. Varios tentáculos habían brotado a su lado y la habían capturado en pleno vuelo. La guadaña forcejeaba contra sus ataduras sin conseguir liberarse, y el paladín caído aprovechó la abertura para cargar y lanzar un hachazo mortal. Aiden saltó en el último instante, impidiendo que Baruk le abriese la cabeza, pero no se libró de que el canto del hacha arañara su máscara y la coraza de la Égida con un chillido estridente.

—Parece que el hábito si que hace al monje después de todo —se jactó el campeón de N’zoth—. Sin esa guadaña no representas ningún peligro.

Aiden estrechó la mirada, pero decidió no contestar, en parte porque era cierto. Un caballero de la muerte es tan bueno como su hojarruna. Su profunda conexión con sus armas siempre había sido su mayor virtud y su peor defecto, pero Félix pecaba de confiado. Aún se guardaba trucos bajo la manga.

Extendió los brazos e invocó a su arsenal astral al completo, siete espadas de puro hielo que se fundieron y entremezclaron en réplicas heladas de las Hojas del Príncipe Caido. Las hojas cantaron la canción del invierno mientras hacía frente a la sombra. Aiden bailaba alrededor de Félix buscando una apertura en su defensa; se movía de un lado a otro con fintas y amagos, saltaba y se agachaba explorando cada ángulo posible de ataque. El paladín giraba sobre sí mismo, manteniéndolo siempre frente a él y moviendo en escudo para bloquear cualquier intento de atacar.

Emisaria encontró un hueco. Una veloz estocada alcanzó el hombro del paladín y le hizo ladearse antes de que la apartara con el escudo y contraatacara con un revés seguido de un hachazo. Aiden se tambaleó, pero logró deslizar a Segadora por el hueco de su filo y desvió el golpe hacia un lado. Recolocó los pies siguiendo la inercia de su desvío, alineó sus armas y lanzó un asolar oblicuo que cortó el aire con un silbido. Baruk la imitó y cuando chocaron una onda de escarcha y sombras hizo temblar al suelo entre escalofríos.

De las hojas de hielo solo quedaron los mangos destrozados. Félix le dedicó una sonrisa torva antes de reanudar su ataque, que a duras penas pudo esquivar inclinándose hacia atrás. Maldijo en su fuero interno. Necesitaba a Silencio si quería tener alguna oportunidad de ganar, pero bien sabía que el paladín no le dejaría recuperar su ventaja. Tendría que cambiar de táctica y detenerlo de alguna manera para recuperarla.

Antes de que perdiera el equilibrio hizo chocar las empuñaduras todo lo cerca del amenazante yelmo. Se hicieron añicos con un sonido ensordecedor, como el de una vidriera antigua desplomándose desde lo alto de una torre, y sus restos formaron una nube de niebla helada entre ellos mientras se dejaba caer al suelo. Rodó de espaldas y extendió una mano hacia la guadaña sin levantarse siquiera. Silencio, hasta ahora inerte en el suelo, volvió a sacudirse para librarse de los tentáculos que la aprisionaban.

Frente a él, Félix se libró del velo blanco con un tajo de su hacha.

—¿Ahora recurres a trucos baratos? ¿Tan desesperado estás?

Se lanzó a la carga de nuevo, y él solo podía esquivar. El arsenal cristalino a duras penas podía aguantar un par de choques antes de hacerse trizas y tener que reconstruirlo. Si seguía así sólo conseguiría desperdiciar energía, y aunque fuera un no muerto su magia seguía teniendo un límite.

Desató la nigromancia de su interior; un sudario de morados crepitantes cubrió su mano hasta desdibujar sus formas. Cuando cerró el puño, Félix lanzó un ruido ahogado y se llevó las manos al cuello y se elevó sobre el suelo pataleando y revolviéndose. Aiden centró su atención de nuevo en la guadaña, esta vez con ambas manos.

Silencio bramó a medida que sus runas estallaban en llamas frías. Su mango se soltó del primer tentáculo y escoró hacia su dueño.

—Vamos…

La guadaña dio un tirón brusco. Otro de los tentáculos salió por los aires.

—Agh… —la voz estrangulada del paladín luchaba para salir a trompicones de su garganta oprimida—. ¡N’zoth…! Bríndame poder… para destruir a este hereje.

Solo quedaba un tentáculo. Aiden apretó los dientes y redobló sus esfuerzos mirando de reojo a Félix. Había alzado a Baruk sobre su cabeza y una preocupante cantidad de magia oscura se había acumulado sobre ella en forma de un martillo de profundos morados. Un ojo se abrió en su centro con un destello azafranado.

—Vamooos…

—¡Intruso! ¡Siente la cólera del maestro!

Silencio salió despedida cuando rompió la última de las ataduras. Aiden se lanzó a recogerla con un salto a la desesperada. Estaba cerca, a menos de un paso. Luego a un palmo; pudo rozarla con los dedos. El martillo le alcanzó. El vacío se carcajeó de él con voz ronca mientras la noche inundó sus ojos y los susurros asediaron sus oídos. Salió volando por los aires y se perdió tras la enorme cortina de humo y los trozos de suelo que la explosión había arrancado de cuajo.

Félix cayó de rodillas, luchando por llenar sus pulmones con un poco de aire fresco. Se agarró el cuello entre toses y jadeos y se incorporó con torpeza, sin dejar de mirar hacia el frente con una sonrisa de satisfacción bajo el casco. Frente a él, envuelto aún por las sombras del vacío, se había abierto un cráter que humeaba vapores purpúreos. Se le escapó una risilla entre dientes que creció hasta convertirse en un coro de carcajadas desquiciadas. Su risa retumbó en sus propios oídos con tanta fuerza que hasta los bastos bramidos de la Furia de N’zoth, encarnada con el único propósito de aplastar al resto de intrusos bajo la atenta mirada del Dios de las Profundidades.

—¡Está hecho, maestro! N’zoth pthag re’lah. ¡He conquistado a la muerte misma en tu nombre! ¡Ahora este mundo yacerá a tus pies, tal y como siempre debió ser! Ahora cumple tu promesa y devuél…

La niebla se partió al medio ante un repentino obús de hielo y muerte que se lanzó a su cuello con intenciones asesinas. Svalin se hizo cargo de detener a su hermana mayor de nuevo, pero ni siquiera él pudo impedir que el impacto le arrastrara varios metros hacia atrás. Silencio giraba, cada vez más rápido, contra el acero del escudo, saturando el aire con una lluvia de chispas multicolor. Félix dejó escapar un grito ahogado más de sorpresa que de dolor. Debería estar muerto. Debería estar más que muerto. Rugió empujó con el doble de fuerza, con el triple. La radial de muerte empezó a ceder ante el aura demencial que manaba de su cuerpo. ¿Cómo había sobrevivido al martillo de Su divina cólera?

—¡Hojagélida! ¡Sal de tu escondite y acepta la muerte!

Vió un destello azulado por el rabillo del ojo. El caballero de la muerte, con una hombrera menos y un hilo de sangre pútrida manchando sus labios retraídos, había aparecido a sus espaldas con un Paso Espectral. Estaba agachado, preparado para atacar a traición. En su mano brillaba un objeto romo y brillante. Sus pupilas se contrajeron al tiempo que su expresión de esfuerzo daba paso a una de pánico.

—El único que saldrá serás tú, N’zoth.

Aiden aplastó el Farol de Almas contra el costado de Félix. La fuerza de pura muerte restalló con un suspiro hambriento y le lanzó por los aires junto con la guadaña. Se lanzó sin detenerse a pensar en nada más y plantó el pie en el escudo antes de que lo recuperara y volvió a golpearlo, esta vez en la cara. El adalid de N’zoth se tambaleó, su mano se deslizó sobre la piedra húmeda y cayó de bruces contra el suelo. El caballero de la muerte lo agarró por el cuello, su rostro contraído en una expresión de ira pálida, y volvió a golpearlo con él una y otra vez.

Pero aún no lo había sometido. El paladín se revolvió y acertó un tajo en la bota blindada que le aplastaba el pecho. Aiden aulló y se desequilibró lo bastante como para que pudiera apartarlo de una patada. Reptó por el suelo, intentando llegar al escudo, cuando sintió el frío atenazándole los tobillos y arrastrándolo hacia atrás. Se revolvió y pataleó mientras lo alejaba, blandiendo a Baruk de lado a lado hasta que volvió a liberarse.

El Farol volvió a brillar. Su luz enfermiza alumbró al paladín y éste profirió un grito de dolor. La silueta blancuzca de su alma empezaba a asomar de su cuerpo imitaba todos sus movimientos erráticos con cada vez menos ímpetu. Poco a poco se alejaba de él, y poco a poco notaba como las fuerzas le abandonaban y todo se tornaba oscuro. Un gran ojo rasgado se abrió en su pecho.

—No —su boca se movió sola, y mezclada con su voz sonó la del propio N’zoth—. No me arrebatarás a mi adalid.

El caballero de la muerte, que a duras penas podía mantenerse en pie en medio de aquella tormenta de almas, retorció sus facciones en una mueca cruel que rozaba lo monstruoso.


Saldienne sintió la vida de su compañero apagándose y le distrajo lo bastante como para que la sentencia del enano la golpeara en el abdomen. Bufó entre dientes cuando la Luz sagrada asaltó sus entrañas por segunda vez, pero tuvo los bastantes reflejos para parar el inminente mazazo con una barrera de las sombras. A su izquierda, la Furia de N’zoth lanzó un quejido similar cuando esa bestia descerebrada de druida castigó su despiste arrancándole un ojo de cuajo.

Ya era lo bastante difícil dirigir a la Furia con aquel retaco acosándola. No quería tener que enfrentarse al carnicero de almas que tan conveniente había decidido enfrentarse contra su campeón.

—No puedes esconderte para siempre tras esa pompa, traidora —rezongó el joven paladín al otro lado de su escudo. Cada uno de sus golpes lanzaba ondas doradas sobre la superficie turbia de la barrera mística y la hacía deslizarse un poco más hacia los autoproclamados “Defensores” del mundo de su maestro.

Concentró energía en su aureola y cambió las manos de posición.

—No mancillarás más mi carne consagrada al maestro con tu sucia magia de los naaru. ¡Desaparece!

El escudo se infló y explotó como una deflagración arcana. Las hebras de sombra salieron despedidas en todas direcciones y con ellas el enano, que cayó por el terraplén de los tentáculos dando vueltas de campana como un tonque de vapor.

Se giró hacia el señor de Ny’alotha con las manos levantadas. El Dios Antiguo hizo descender su mirada abrasadora sobre ella y pudo reconfortarse en su calor asfixiante.

—Oh, Dios de las Profundidades. Tu suma sacerdotisa te implora intervención divina. Asístenos en esta batalla y erradicaremos a los impíos en tu nombre.


La Ciudad Durmiente al completo tembló con el alarido de la tierra al ser desgarrada. El puente que conectaba la plataforma de N’zoth con el resto de la ciudad se desplomó sobre las aguas fétidas de abajo mientras los tentáculos del Antiguo ascendían y los mares se desbordaban. Aiden no les hizo caso alguno; toda su atención estaba puesta en su presa, a la que paso a paso se había acercado con una sonrisa cada vez más amplia y ojos rezumantes de malicia.

—No podreis impedir que todos los ojos se abran —seguían declarando las voces combinadas de Félix y su maestro—. No habrá Luz; solo mi Imperio prospera. No me lo arrebatarás.

—Lo sé. Mi intención era la contraria.

Giró la mano libre y cambió el Farol de posición. El alma de Felix salió rebotada hacia su propio cuerpo, dejando solo al gran ojo de niebla que flotaba sobre su pecho. Ahora era solo la voz de N’zoth la que sonaba en su cabeza.

—¡No! No toleraré tu interferencia, apóstata. El Invierno será el fin de todas las posibilidades.

La oscuridad y la muerte chocaron en una vorágine devastadora a su alrededor. Aiden extendió una mano y Silencio, siempre fiel, regresó a su creador.

—Toda posibilidad acaba en tu muerte.

La hoja espectral cortó al medio el ojo y todo se volvió blanco. Ambos guerreros salieron por los aires, cada uno en una dirección, a merced de los caprichos de un viento negro que los zarandeaba como hojas. Aiden tuvo que usar la guadaña como un punto de apoyo para no seguir rodando por el suelo y acabó por derrumbarse.

A duras penas podía sentir el brazo izquierdo. Haciendo más esfuerzo que en toda su no vida, se levantó como pudo y contempló el panorama a su alrededor. Los demás seguían combatiendo contra el enorme ignoto que había nacido de la carne del Corruptor a pesar del continuo hostigamiento de los tentáculos, pero no veía ni a Drethz ni a Saldienne por ninguna parte. Su mirada vagabundeó por el campo de batalla hasta toparse con Félix, que también había comenzado a levantarse.

El paladín se miró los brazos con aire confuso y se llevó las manos a la cabeza. Se agitaba a uno y otro lado, con su aura de sombra titilando y deshilachandose mientras intentaba mantener el dominio sobre él. La batalla entre el negro y el dorado recorrió su armadura en varias oleadas hasta que al fin, con un destello y una columna de luz, tan alta que parecía enviada por los naaru en persona, la oscuridad se disipó y dos alas de luz líquida brotaron de su espalda.

Aiden dejó caer su cabeza hacia atrás y lanzó y respiro de alivio y cansancio. Sentía una ligereza en las entrañas comparable a cuando vio despertar a Valerie en la batalla contra P.A.D.R.E. Jugárselo todo a una carta había sido de locos incluso para él, pero el destino le había recompensado por mantener la esperanza y, más importante aún, haber mantenido a raya su necesidad de matarlo en el acto.

—Uff… me alegra tenerte de vuelta, Comandante. Espero que sigas con ganas de pelear.

Se acercó con paso lento a él. Debía de seguir confuso, a juzgar por la forma en la que se miraba las manos. Las giró un par de veces y flexionó los dedos antes de dejarlas colgar inertes a sus costados. Un rumor apenas audible se filtró entre sus labios.

—¿Comandante?

Sus alas emplumadas se extendieron con fuerza explosiva. La Luz se recrudeció a su alrededor hasta que la piedra empezó a ponerse al rojo bajo sus pies.

Apretó el mango de Silencio.

—¿Félix?

Se estaba riendo. Al principio con recato, agachando la cabeza e intentando no hacer ruido, y luego a carcajada limpia, mirando al cielo con los brazos abiertos. Se volvió hacia él. Sus ojos todavía tenían aquel brillo morado.

—¡Contempla esto, Hojagélida! ¡Incluso la mismísima Luz Sagrada se arrodilla ante el Maestro! Dime, Defensor de Azeroth, qué esperanza le queda a esta pequeña rebelión contra la inmensidad de lo divino.

Ninguna. Nunca había habido ninguna esperanza. No había sido más que un cebo brillante que le había distraído de su deber. No respondió a la provocación, simplemente se limitó a ponerse en guardia de nuevo.

Lo había jurado.

Protegería el mundo y a todos los que morasen en él hasta su último aliento. A través de la sangre y el acero los defendería de todo aquello que les hiciera daño. No importaba quien fuera el enemigo, no le daría tregua hasta llevarlo a la tumba.

El invierno lo envolvió con toda su furia. Esta vez no se contendría.

Por su propio bien, debía morir.

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Creado y redactado por Thantos

DUELO DE ADALIDES, PARTE III

Puro o corrupto. Caminando bajo la Luz o acechando en la Oscuridad. Nada de eso importaba, no a él. Mientras el campeón de N’zoth se recreaba en su nuevo y radiante poder, Aiden se colgó el farol de la cintura y comenzó a caminar hacia él a ritmo pausado. No tenía ninguna prisa, ni tampoco ganas de alargarlo más de lo necesario. No lo disfrutaría, eso estaba claro, pero tampoco lloraría por lo que estaba a punto de hacer. Era simplemente su trabajo, su función: no tenía motivos para sentir nada. Y nada era lo que sentía. Era una sensación extraña, como si su capucha se hubiera alargado hasta formar un velo que le hacía ver todo de una pálida sombra de gris y, a la vez, claro y cristalino como el agua de un manantial virgen. La Luz veía un único y recto camino que seguía con celo, mientras que las Sombras serpenteaban entre todos los que, en su ansia, podía abarcar entre sus brazos. En el fondo nada importaba.

Todos los caminos llevan a la muerte.

—Un gran plan, tengo que reconocerlo. No esperaba que pudieras usar ese farol tuyo de una forma tan original —le provocó el paladín cuando volvió su atención hacia él—. Pero has fracasado, Hojagélida. Y seguirás haciéndolo mientras N’zoth esté conmigo.

No respondió. No había necesidad. Incluso Silencio lo había entendido. Las runas de la guadaña no brillaban, pulsantes, al ritmo soñoliento de una hojarruna aburrida, pero su filo tampoco babeaba ánima como un perro de presa. Ya no. La certeza absoluta que arma y maestro sentían le quitaba toda expectación a la espera. Solo le quedaba el frio: un invierno, puro e inmaculado, al que nada pudiera perturbarlo. Su invierno.

—Espero que estés preparado para la segunda ronda —insistió Félix. Su voz, aunque más baja y dubitativa, seguía siendo igual de desafiante.

Aiden se detuvo a unos metros de él. Antes del invierno venía el otoño, donde los animales duermen bajo tierra y los árboles, teñidos con los colores de la guerra, pagaban tributo con sus hojas a la fuerza que él representaba. Al igual que no había invierno sin otoño, no habría paz sin sangre.

—Ataca.

Con el orgullo herido, el comandante obedeció sin poner trabas. Sus alas se extendieron con ruido sordo y una repentina ráfaga de polvo brillante, acumulando una luz cegadora que reptó hasta su escudo. Las gemas brillaron, tiñendo de blanco y dorado aquello que fue negro y morado, y con un repiqueteo de cristal lanzaron una onda de pura energía sagrada que iluminó la Ciudad Durmiente.

La Luz tardó un parpadeo en recorrer el espacio entre ambos, y cuando lo alcanzó su restallido retumbó en sus oídos como un campanazo a quemarropa. Como cuando se enfrentó al Vacío, decenas de voces anidaron directamente en su mente, pero estas no eran discordantes y contradictorias; todas ellas cantaban la misma canción. Formaban un coro en el que la que cada nota estaba deliberadamente colocada. Pero armónica o no, seguía siendo música. Y como toda la música, esta se ahogaba ante el silencio.

La guadaña se había interpuesto entre él y el juicio de los naaru. Giraba como una radial de creciente aguamarina, desviando la riada en pequeños canales que se perdían contra las nubes inflamadas y abrasaban el suelo húmedo a sus pies. Le había hecho inclinarse hacia atrás un momento, al principio, pero a medida que el hielo de sus venas comenzaba a fluir y el aire a su alrededor se condensaba en niebla pálida su empuje se había hecho más y más pequeño. Pronto dejó de sentirlo. Comenzó a andar.

Al otro lado del chorro divino, Félix apretó los dientes. La resistencia que sentía contra su escudo era cada vez más grande y pesada; le costaba mantenerlo en alto. De pronto sintió que esta se movía mucho más rápido. ¿Aiden había empezado a correr?

Su instinto le hizo apartarse. El rayo sagrado se deshilachó como cuerda vieja y la guadaña pasó aullando donde había estado su cabeza hacía menos de un instante. Su mirada la siguió mientras se perdía entre la pared tallada del desfiladero, girando justo a tiempo para encarar al caballero de la muerte que había aparecido tras ella. Su puño acorazado en negros ctónicos y azules glaciares impactó contra Svalin con el mismo estruendo que una montaña derrumbándose, con tanta fuerza que un calambre le recorrió el brazo.

—Por fin te lo tomas en serio, campeón de Azeroth —le dijo con sorna al encapuchado, que ya había alzado su otro brazo. El siguiente golpe le rozó las tripas antes de que saltara hacia atrás y descargara su hacha sobre él.

Aiden recolocó el brazo y bloqueó el golpe con el dorso de su brazal. Cuando Baruk lo alcanzó su acero crujió y se quedó incrustado en la placa de hielo que lo recorría. El caballero extendió un brazo hacia su cuello con los dedos saturados por magia gélida. El paladín retrocedió a tiempo, pero su rival no se movió. Oyó un silbido tras él, y apenas tuvo tiempo de procesar lo que pasaba, dar un respingo y agacharse. Silencio regresó a su amo sin apenas perturbar el aire viciado de la ciudad, y tan pronto como estuvo en sus manos lanzó una andanada de ataques.

Los aceros chocaron de nuevo, cada uno cantando una canción diferente. Silencio ya no oscilaba como un péndulo sobre el aire; ahora sus golpes eran tajantes y secos, tan repentinos y mortales como un infarto fulminante. Su melodía también era distinta. Ya no alternaba entre mudez sepulcral y gritos de ultratumba que la desgañitaran. Era un murmullo constante, frio y cortante como el propio acero que la formaba. La Luz respondía con su propio coro, más alto y potente a cada compás que ambas armas chocaban. Su música era cada vez más potente y grandilocuente, un dueto cuya ejecución crecía en complejidad con cada movimiento. Cortaba de golpe a la guadaña cada vez que se acercaba, y luego lanzaba una contestación en forma de sobrecogedores tajos. Pero por mucho que la Luz alzara la voz, la frialdad de la Muerte la empujaba poco a poco al final de la partitura.

Félix cambió de ritmo y lanzó un revés imprevisible que golpeó a Aiden en el pecho. El caballero retrocedió dejando escapar una exhalación entre dientes, pero aplastó el suelo con el pie y su garra helada aprisionó el canto del escudo. La niebla que bailaba en sus ojos dio un espasmo y se extendió su toda la figura encapuchada. Alzó a Silencio; sus runas anunciaron el último movimiento de aquella obra con llamaradas gélidas.

El mango chocó contra el suelo con tanta fuerza que se hundió casi un palmo. Las entrañas mismas de la tierra se retorcieron de dolor y vomitaron decenas de lanzas de hielo y niebla. La falange de ébano inundó el campo de batalla con el sonido afilado del cristal alzándose y quebrándose al chocar contra la barrera de un apresurado escudo divino que a duras penas le había salvado las piernas de ser empaladas.

Jadeando, Félix dedicó varios segundos a procesar lo cerca que había estado de la muerte. Su casco lanzó un traqueteo cuando levantó la mirada del suelo, aún repleto de lanzas y trozos de hielo despedazado, y observó con incredulidad la expresión que asomaba desde más allá de la máscara de acero, más cercana al desprecio que a la ira. Lo único que lo separaba de ella era la barrera de Luz.

Una risilla culpable y nerviosa se escapó entre sus labios escondidos. N’zoth no permitiría su muerte tan fácilmente.

¿Verdad?

—Tal y como el Dios de las Profundidades había anunciado. Hete aquí: el Asesino de la Tundra, a un paso de aceptar…

Un chirrido atroz, como uñas en una pizarra, le arrancó las palabras de la boca, atormentando sus oídos hasta el punto de tener que apretar los dientes para soportarlo. El caballero de la muerte había extendido su garra de acero hacia la barrera sagrada con un movimiento brusco; las yemas de sus dedos, arqueados y afilados ganchos de colgar carne, habían atravesado la Luz dejando huecos crecientes sobre su superficie prismática. Para cuando Félix quiso reaccionar, el escudo se hizo pedazos como fino cristal.

Retrocedió con un gruñido, interponiendo su escudo de nuevo entre ambos. De nuevo la guadaña descendió buscando un hueco en su defensa. Con un embate preciso consiguió alejarla con un rebote metálico y lanzó un certero martillo del honrado como contraataque. El golpe alcanzó a su objetivo, pero en vez de chocar contra su carne lo atravesó dejando un rastro de luz moribunda: Aiden había usado su paso espectral durante una fracción de latido, atravesando el hacha y situándose en su costado ahora desprotegido.

El puñetazo le dio de lleno en la sien y le hizo ver dolorosas estrellas en el fondo de sus ojos a pesar de su casco. Se tambaleó hacia un lado, ganando terreno mientras luchaba por no caer al suelo. El mundo daba vueltas en su cabeza y a duras penas podía ver lo que tenía enfrente, pero obligó a sus músculos cesar sus gritos y encaró a Aiden una vez más. Silencio chocó de nuevo con sus hermanas pequeñas en un remolino de hielo y locura, pero esta vez la pieza a duras penas llegó a durar un compás: Aiden había girado sobre si mismo evitando que Baruk le cortara la cabeza, y a cambio Silencio ascendió como un sol invernal apuntando a la suya.

La visión de Félix pasó a negro durante un instante mientras el crujido del metal restallaba en sus oídos y el dolor del impacto le recorría la cara y le arrancaba los pies del suelo. Cayó varios metros más atrás con la gracia de un peñasco, llevándose una mano a la dolorida cara, y un latido después las dos mitades de su casco rebotaron contra el suelo. Dolorido como estaba, parte de su cuerpo quería rendirse y quedarse tendido sobre los adoquines babeados de la ciudad, pero su instinto guerrero y, más importante, los intensos susurros de su maestro le obligaron a ponerse de nuevo en pie. Se apartó un mechón bermejo, pegado con sudor y un hilillo de sangre, de su ahora descubierta frente. Alzó la mirada. El caballero de la muerte, con expresión neutra, casi vacía, caminaba hacia él con parsimonia.

—¿Crees que esto ha acabado, Defensor? —le preguntó tras enderezarse del todo y reanudar su pose de combate—. ¿De verdad crees que N’zoth permitirá la victoria de un pagano?

Siguió caminando. Ni siquiera se dignó a contestar, y eso por si mismo era un mensaje inconfundible.

—¿Ya no hay más palabras, Aiden? ¿No más gritos de “por Azeroth” ni más discursos heroicos?

El encapuchado seguía avanzando, ignorando cada una de sus palabras. El invierno lo rodeó con un vendaval y se formó escarcha sobre su armadura negra, dándola un aspecto cada vez más fantasmal. Él se afianzó y las gemas de Svalin brillaron de nuevo.

Apretó los dientes y pidió… no, exigió a la Luz que le entregara más poder, pero esta se le escapaba entre los dedos. Sus alas empezaron a oscurecerse, doblándose sus puntas negruzcas como las hojas de una planta enferma. La oscuridad había arraigado tanto en su interior que la Luz no habría respondido a su llamada ni aunque hubiera querido. Aun así, todavía pugnaba por abrir un claro en el profundo y enmarañado bosque de sus pensamientos. Los susurros nunca se habían ido del todo, pero estaban creciendo en fuerza a pasos agigantados. Las mismas palabras de retorcido aliento, las mismas promesas que parecían poder solucionar todo lo que lo atormentaba desde hacía mucho tiempo. Era la misma voz que antes, la voz de su maestro, del mismísimo N’zoth, le había prometido una eternidad junto a ella, reinando como generales y extensiones de su negra voluntad. Era la palabra de un Dios. No cabía duda de que cumpliría su prometido en cuanto se deshiciera de los intrusos que asaltaban su ciudad sagrada.

Pero estaba dudando.

Aiden estaba cada vez más cerca. Había descolgado el siniestro farol que le colgaba de la cintura de su cinturón y lo había colocado en la cabeza de lo que fue el Cetro de Dominación. Ahora se bamboleaba con pereza de lado a lado, sus paredes de nebuloso cristal y negro acero entrechocando con el filo de la guadaña con delicadeza cada vez que su amo daba un paso.

—Se acabó —. La boca de Aiden se abrió al fin con una bocanada de vaho. Sus palabras eran aún más frías que la niebla que lo rodeaba.

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Las losas de piedra de las que se componían los escalones seguía igual de agrietada y resbaladiza de lo que recordaba. Gotas caían del techo golpeando la dura roca, creando bolillos diminutos que terminaban creando corrientes por los escalones.

El túnel seguía bajando, la cámara a la que iban estaba en lo profundo del valle oculta para miradas curiosas. Al fondo se veía una tenue luz que anunciaba el fin de la escalinata, el eremita Cho resoplaba con los últimos escalones mientras Mishi revoloteaba a su alrededor.

NADIE OSA DESMERECER EL REGALO DE UN DIOS. SON MEROS MORTALES CON MIEDO DE UN SER SUPERIOR. ES NUESTRA VOLUNTAD.

Atravesaron el arce de entrada y llegaron a una salan de enormes dimensiones y altura, decorada en metales y jade, el cual a simple vista podía notarse los siglos de antigüedad, con un techo en cúpula con pinturas al oleo. En el centro de la sala 7 grandes circu-los de mayor a menor tamaño resplandecían con un tono celeste, similar al cielo despejado de Pandaria con la misma calma y paz, entorno a ellos varios pandaren se preparaban para el ritual. Pero su mirada no reparo mucho en ellos, quedo absorbida por el objeto central al que primeramente fue destinada esta sala, justo en el centro de los anillos, elevado a varios metros de altura, se encontraba encadenado un corazón de grandes dimensiones.

El corazón de Y’Shaarj, los últimos restos de un dios antiguo que fueron utilizados por Garrosh durante su locura. Ahora ya no latía ni emanaba con fuerza esa sombría energía que parecía pe-netrarte en lo más profundo, era más bien una cascara seca de color marrón y mucho más pequeña de lo que podía recordar.

  • Pensaba que fue destruido tras el asedio a la capital, ¿Qué hace aquí el corazón de la bestia muerta? -miro al eremita alejando la vista del centro de la cámara- Ni siquiera vosotros deberíais tener esto. ¡Debería estar destruido!
  • ¡Y es lo que intentamos pero no hay medios mortales para hacerlo! -suspiro como quien ha repetido esta historia varias veces- Ni siquiera los viejos vigías lograron destruir este pedazo, lo único que pudimos hacer es esconderlo en las profundidades de nuevo y decir al mundo que su existencia había terminado. Norushen lo custodia como antaño, por ahora no podemos hacer más.

Un dolor le llego del costado y subió hasta su cabeza, los susurros se incrementaban cada segundo que pasaba y apenas podía descentrarse 3 minutos sin que volviesen a su mente. Aquí, con su hermano caído en el olvido, habían empeorado pero ya faltaba tan poco… el ritual le daría su ultima oportunidad.

UNA VICTIMA PARA UN FIN. NO ES EL FINAL SINO EL PRINCIPIO. TODO RENACE, TODO MUERE, TODO CAE. SIGUES SIENDO NUESTRO.

El eremita le miraba preocupado, notaba cada ataque y punzada de dolor del paladín pero se veía en su rostro que no estaba seguro del “plan”. Traía demasiados riesgos.

  • Sigo vivo, por ahora, démonos prisa con el ritual o temo no poder controlarme por mucho mas tiempo. Los susurros, las visiones, la ira cada vez son más incontrolables y difíciles de soportar. -miro al pandaren de reojo- Si no funciona, huid o matadme antes de que cause más daño.
  • Pero los textos no eran claros, se especificaba un ritual para dotar de poder no para purificarlo del mismo. Si… el principio es digamos el mismo, no supondría un problema, pero temo que no sobrevivas en ambos casos.
  • Entonces salimos ganando no crees. Cuéntame de nuevo, que debo hacer no tenemos mucho tiempo.

Cho movió la cabeza con resignación, la suerte estaba echada y solo quedaba un camino.

  • Que los augustos nos ampares entonces. El ritual requiere de bastante concentración, tal y como explicaban en los escritos tallados en piedras se requiere un recipiente del mal antiguo y un portador, tu en este caso. Curioso como tallaron las piedras, por la disposición donde las encontramos parecían ser tesoros mogu pero cabe decir que parecen más escritas por klaxxi ates del emperador SaoHao, un dato curioso es…
  • Cho, al grano.
  • Ah si si, bien bien. Es necesario que te quedes en el centro bajo el corazón, nosotros imbuiremos tu cuerpo con energías contrarias a la magia de los sha intentando expulsar la corrupción que atesoras ahora mismo, al mismo tiempo tendrás que usar esa garra que me enseñaste y, justo en el momento propicio, clavarla en el corazón. Pero ya te he dicho que trae riesgos, tantas energías atravesando tu cuerpo solo acabaran matándote o destrozándote en pedazos.

PERDEIS EL TIEMPO. NO HAY SALVACION SOLO UN ETERNO DOMINA LA VIDA. LAS RAZONES NO BASTAN Y LA PACIENCIA TIENE LIMITES. NO OSES ENFRENTARTE A LO QUE NO PUEDES DOMINAR.

  • Empecemos, clavar garra en el corazón y sufrir dolores mas atroces que jamás experimente. Sencillo. - se coloco en su posición y preparo la garra de Cthun- Empecemos cuanto antes.

Pese a sus reticencias el eremita tuvo que aceptar, indico a Mishi que custodiase la única salida posible, dio las ultimas indicaciones a sus compañeros y se coloco en posición. Cuando todo estuvo listo llamo a Norushen, un vigía de aspecto mogu de grandes dimensiones que serviría como ultimo catalizador para el ritual. Y el más peligroso de todos.

  • Unidad contaminada con fuerzas de Dios Antiguo, procediendo a purificar objetivo.

Su pesada mano se alzo en dirección del paladín, no había vuelta atrás ya si huía solo pondría en peligro a los pandas, una energía blanca y azul empezó a cargarse en la palma de su mano acumulándose lentamente como si burbujease. Sin previo aviso, un rayo de luz, de mismos colores, salió desde su palma y dio justo en el pecho del paladín.

Un dolor indescriptible recorrió cada centímetro de su cuerpo, los músculos parecían estar estallando desde dentro, sus huesos vibraban e intentaban salirse de su propia carne, los ojos querían salir de sus propias orbitas e incluso su mente parecía deshacerse por momentos.

  • ¡Ahora, no os retraséis! -chillo el eremita

Varios pandaren empezaron a canalizar energías de distintas escuelas, cada uno impactando en el cuerpo del paladín ya presa del dolor y casi inconsciente. Noto como cada impacto incrementaba su dolor, su desesperación, le nublaba la mente y dejaba de distinguir los sonidos, su visión se emborrono y casi dejo de existir.

Su cuerpo se elevo en el centro de la cámara, alzándose del suelo mientras gritaba lleno de dolor y presa del pánico más absoluto. Haces de luz atravesaban su cuerpo, verde, roja, blanca, brillante como la luz, oscura y morada; Cada una de ellas procedentes de uno de los ritualistas que empezaban a flaquear, se agotaba el tiempo.

  • Alerta, sujeto inestable. Posible expulsión de corrupción inminente.
  • ¡CLAVALO EN EL CORAZON, DEPRISA!

No veía ya nada, la oscuridad le rodeaba y el dolor había remitido, ruidos procedían desde el exterior pero apenas lograba discernir que estaban diciendo. Su mente no lograba ubicarse, no recordaba porque sufría tal tormento, odiaba a sus torturadores, a sus captores.

AHORA COMPRENDES. MENTES MORTALES QUIEREN ARREBATAR LO QUE NO COMPRENDEN. VENGARSE. APAGAR LA LLAMA DEL FUEGO ETERNO. BUSCANOS, ENCUENTRANOS, ACEPTANOS.

Notaba el mango de algo extraño en su mano, la voces seguían hablándole, instruyéndole pero notaba que algo andaba mal, algo no debería ser así. Intento alzar la otra mano y toco algo seco y de textura cartilaginosa, sus recuerdos intentaban aflorar pero el dolor se lo impedía.

¡CUMPLE TU COMETIDO, TU DESTINO!

Una luz se empezó a captar en la oscuridad permanente, primero como un punto lejano y distante que apenas se podía encontrar. Conforme paso el tiempo el punto aumento de tamaño, esparciendo las sombras y mostrando imágenes borrosas apenas discernibles. Lo que parecía un corazón, una garra en su mano, una sala…

Sin entenderlo del todo recordó su cometido y el deseo de terminar con todo, librarse de un peso enorme que tenia a sus espaldas y liberarse de un mal que lo atormentaba. Alzo su mano con la garra muy despacio tal y como le permitió el dolor, dejándola lista para clavar en el corazón que tenia delante. Listo para llegar al final.

DECEPCIONANTE

UN nuevo dolor recorrió su cuerpo, ardía cada célula, cada molécula era torturada y quemada por un fuego que no podía ver. Grito hasta que su voz se apago aunque su rostro seguía roto por el daño que estaban causándole. Y su mente se apago.

AHORA COMPROBARAS LO QUE TE DEPARA.

Su cuerpo se imbuyo de un aura morada, sus ojos refulgían de un tono violeta y brillaron incluso desde el interior de su casco. Ahora, se irguió lentamente aun con la mano levantada con la garra en sus manos y miro el corazón. Una sonrisa salió de su rostro.

  • Cumplo mi cometido… cumplo el ritual -su voz sonaba lejana, distorsionada y distante

Clavo la garra en lo mas profundo que pudo del corazón, el aura se propago por el órgano muerto haciéndola brillar lentamente hasta que estuvo completamente rodeada. Poco a poco el aura se expandió, recubriendo las cadenas que la aprisionaban hasta romperlas en pedazos.

Sin embargo el corazón no cayo al suelo, floto junto al paladín mientras la energía de ambos comenzada a incrementarse, a brillar con mas fuerza, a unificarse. Pero, para el terror de los pandaren que realizaban el ritual, no estaba siendo almacenada en el corazón sino que el paladín estaba acaparando los últimos vestigios del corazón del dios antiguo. Asumiéndolo para si mismo.

  • ¡Hay que parar, esta potenciándose el ritual a fracasado!

La cabeza del paladín giro hacia los pandaren y rio por sus intentos de cesar lo que ya no tenia fin. El aura empezó a contaminar cada haz de luz que atravesaba su cuerpo, transformando los colores en una mezcla de color violeta y negro.

Los primeros pandaren contaminados empezaron a chillar de dolor para horror del Eremita Cho, Norushen intensifico su ataque pero iba perdiendo terreno lentamente. El corazón dio un estallido y la energía restante fue absorbida por el paladín, no quedaba rastro del órgano pero si del paladín que refulgía en un brillo morado. Lentamente empezó a bajar hasta el nivel del suelo, los pandaren chillaban de dolor y 2 yacían inmóviles en el suelo recubiertos de una masa negra con ojos por su cuerpo.

Cho consiguió cesar el ritual y alejarse lo suficiente para evitar el ataque del paladín, Norushen por el contrario no ceso en destruir a su objetivo. Vio como a un ritmo lento se iba acercando paso a paso al vigía sin cesar ni un centímetro en su camino, hasta quedar de frente al vigía titánico y, con una rapidez asombrosa, salto hasta alcanzar su torso y clavo la garra que tenia en sus manos.

El vigía chillo e intento llevarse las manos al pecho pero era demasiado tarde, de la herida el aura violácea se expandió tan rápido que el eremita no pudo ni levantarse a ayudar al guardián. La sala tembló ante el rugido del vigía, rocas cayeron del techo e incluso Mishi chillo asustada, el valle entero pudo notar el cambio que se daba en esta sala.

Acabo arrodillando al gigante de los titanes y quedo en silencio tras ser totalmente envuelto, el tiempo paso lentamente y, tras lo que parecieron horas, se levanto. Ahora sus ojos brillaban con la energía del vacío y su cuerpo refulgía llamas moradas, su tono ahora era oscuro y su voz sonaba rota.

  • SIRVO, AL MAESTRO.

Cho consiguió levantarse y empezar a correr hacia la salida, necesitaba ayuda y debía advertir al ShadoPan antes de que fuese tarde. Estaba llegando a la salida donde Mishi le esperaba cuando sintió un golpe en el costado que lo lanzo hasta la pared.

Detrás de él se erguía el paladín con sus armas ahora caídas en desgracia por la corrupción del vacío, este se arrodillo hacia el eremita y le agarro desde la túnica para alzarlo hasta su cara. Podía notar la fuerza que proyectaba incluso a esa distancia, un sudor frio empezó a recorrerle por la frente presa del pánico.

  • Quisiste ayudar al prójimo pero al final nos ayudaste en nuestro cometido. Nos has dado un campeón digno para llevar nuestro mensaje, un caído que doblegara este mundo tal y como estaba predicho.

Mishi ataco al paladín a pesar de estar en su forma pequeña dándole un latigazo con su cola, intentando desesperadamente en salvar a su amigo. Intento transformarse para atacar todo lo posible pero El Caído se adelanto a sus movimientos, agarro del cuello al dragón y, escrutándolo con los ojos, tomando una decisión. De su mano emergió de nuevo la energía corrupta y envolvió al dragón por completo, hecho esto lo lanzo a un costado mientras se revolvía y chillaba de dolor.

De nuevo se centro en el pandaren y le hablo, a lo lejos voces y pasos rápidos se escuchaban bajando por las escaleras.

  • Tristemente no podemos permitir que entrometáis y digáis que ocurrió aquí antes de tiempo, seremos clementes y rápidos por tu ayuda.

Antes de que pudiese hablar una espada se clavo en el pecho del eremita, el paladín sonreía mientras le arrebataba la vida casi parecía disfrutar con su miseria. Intento buscar a su amigo con la mirada pero donde antes yacía un dragón de escamas rojizas ahora se alzaba un dragón negro y aura blanca que esperaba a su nuevo amo.

  • Adiós Eremita, no podrás ver el destino de esta tierra aunque tal vez puedan contártela en el otro mundo tus hermanos. Espero que pronto.

Hizo una seña al vigía y al dragón, un simple gesto con la mano con desdén que señalaba el túnel de entrada, ordenando a ambos que destrozasen el lugar. Fuertes energías emergieron del vigía y explotaron los muros del túnel creando un derrumbamiento, por su parte, la que una vez fue Mishi, exhaló un fuego negro que derritió la dura roca impidiendo el acceso a la cámara. La sala empezó a ceder y cascotes de gran tamaño cayeron por todo el lugar, uno de ellos aplasto lo que hace apenas unos minutos era un pandaren vivo, el paladín solo reía mientras abría un portal negro.

El eremita, con la vida escapándose entre sus dedos, vivo como los 3 atravesaban el portal. Solo el paladín se volvió para “despedirse” con desprecio y una risa diáfana y hueca, cuando desaparecieron el portal se cerro y escucho como sus hermanos sufrían el derrumbamiento en el túnel, los gritos de dolor y desconcierto.

Sus ojos se cerraban, apenas distinguía los colores y las formas pero su mente solo podía pensar en que había salido mal del ritual, en que momento no vio lo que claramente tenia delante, en como podía haber condenado miles de vidas.

Y, con un suspiro el Eremita Cho exhalo su ultimo aliento mientras las lagrimas recorrían su rostro. La sala se derrumbo y los muertos quedaron sepultados.

Había comenzado la nueva era del campeón. El caído había surgido.

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relato de Thantos alias Aiden alias Señor de la muerte alias señor del invierno alias Aloy alias Asleid alias relato master alias saila.

Parte 1 de 2

El Fin de Azeroth

Saldienne apartó al enano con un revés de su magia oscura, ganando un ansiado respiro en aquella batalla. El costado le ardía de dolor; podía sentir como la Luz carcomía los bordes de su herida como si fuera papel quemado. Aprovechó la pequeña pausa para retomar aliento y apartarse el pelo pegado a su frente perlada, e inmediatamente otra gota de sudor se deslizó hasta sus delgadas cejas. Maldijo en Shath’Yar. La batalla se estaba alargando demasiado.

El rabillo del ojo la avisó de la nueva carga del enano. Con un respingo saltó hacia atrás y extendió las manos hacia él, justo a tiempo para crear otro escudo mágico que detuvo el martillazo cargado de magia sagrada. El incordio barbudo no se dejó amilanar por su magia, y alzó nuevamente el martillo para descargar una batería de golpes tan pesados como el fondo del mar.

La elfa apretó los dientes. Los susurros explotaron en su mente, mostrándola nuevos e impensables futuros e ideas dementes que la sacudieron hasta el alma. Las sombras que la rodeaban se hicieron más densas y su aureola titiló con un destello purpura.

—Sucio muñeco de los Titanes, ¿Cómo osas mancillar la casa del maestro trayendo la Luz a sus salas?

Bufando, Saldienne dio un paso hacia delante, obligándolo a retroceder. El enano se tambaleó ante su impulso, pero plantó las columnas que tenía por piernas en el suelo y logró mantener el equilibrio. Su esfuerzo solo consiguió que el siguiente martillazo le hiciera vibrar los dientes.

Se le escapó el aliento. Un mechón de pelo volvió a posarse sobre su frente. Semejante resistencia era inadmisible. Retrajo una mano hasta llevarla a su costado, con los dedos flexionados y mostrando la palma hacia el paladín. Una oscuridad informe serpenteó sobre su piel crepuscular, como ríos desembocando en un mar esférico de insondable negrura. El orbe de su mano titilaba y giraba a gran velocidad sobre la palma de su mano, pulsando con los susurros enloquecedores de aquellos más allá de la realidad.

Retrajo aún más la mano, preparándose para lanzarlo, cuando una punzada de dolor asaltó sus sienes. A su diestra, la Furia de N’zoth berreaba y se sacudía en un triste intento de librarse de las llamas viles que se habían pegado a su carne. Saldienne liberó su frustración empujando al enano de nuevo y dirigió el orbe hacia el gigante. El poder que había acumulado la abandonó con un suspiro y apagó las llamas como un caldero de agua sucia. Consiguió que la Furia volviera a atacar, y su premio fue sentir tal martillazo sobre el escudo que le hizo vibrar los dientes.

—Mi señor —dijo con voz entrecortada—. No puedo cumplir todos tus designios en solitario. Necesito la asistencia de tu adalid.

Los tres ojos de N’zoth la examinaron por un instante y volvieron a centrarse en la pelea que ocurría algo más allá. Cuando empezaba a creer que la había abandonado, escuchó su voz suave en los confines de su mente.

Los siervos desgarran carne pasajera, más quien los acompaña se regodea en el olvido. Mi adalid no puede fallar.

Saldienne entreabrió la boca sin ocultar su asombro.

—Esa visión es imposible. Nadie podría…

Una fuerza entró en ella y silenció sus palabras.

Todo camino es verdadero. Solo yo puedo salvaros de aquellos que niegan a los demás.

El Dios enmudeció, dejándola sola con el choque constante del martillo contra su barrera. Sobre ellos, en la distancia, Saldienne escuchó en ensordecedor sonido del metal chocando contra el metal.


El siseo chirriante que acompañaba a sus botas se cortó abruptamente en cuanto Félix, aún tras su escudo y envuelto en una polvareda de esquirlas y trocitos de piel muerta, se detuvo a unos cuantos pasos del lugar donde le había alcanzado con Silencio. El adalid de N’zoth levantó la cabeza sobre su escudo y le fulminó con la mirada. Tenía el rostro desencajado, con los ojos como platos y unos labios temblorosos a través de los cuales se podían ver sus dientes apretados. Estaba jadeando, con el pelo alborotado y pegado a la frente y un hilillo de sangre corriendo por su ceja. De su garganta brotaban quejidos entrecortados.

—¿Cómo te…? —comenzó a decir.

—Comandante Félix de la Horda —le interrumpió con voz fría como la muerte—. Por los delitos de alta traición y alianza con el Dios de las Profundidades, y en nombre de los Defensores de Azeroth, te condeno a muerte. Rinde tus armas si quieres que sea limpia.

El paladín caído le miró con incredulidad y la boca entreabierta por un momento. Al siguiente, apretó aún más su mandíbula y se encorvó tensando tanto los músculos que pudo oír crujir a sus tendones.

—¡¿Crees que se ha terminado?! ¡Esto no ha hecho más que empezar!

Félix gritó hasta desgañitarse. El eco roto de su voz aumentó a medida que su aura se inflamaba con los restallidos de la llama y la pólvora. Una tormenta de sombras lo rodeó, quebrando suelo y aire como si fueran cristal. Las pocas luciérnagas doradas que aún lo orbitaban zozobraron y se hundieron en su piel, tiñéndola del mismo tono cárdeno que la de la elfa que lo había condenado. A su espalda, sus alas se extendieron como una noche artificial, donde decenas de vigilantes estrellas sin párpado de ardiente naranja miraban en todas direcciones.

Aiden observó su transformación por la escasa rendija que formaban su capucha y el brazo que había alzado para protegerse del vendaval. Su única reacción fue estrechar los ojos y estrangular con aún más fuerza el mango de su compañera. El adalid de N’zoth volvió a hablar, y su voz atravesó su aura negra como cristales rotos.

—No permitiré que me arrebates nada más.

Se lanzó contra él de un salto, impulsado por sus nuevas alas. Baruk trazó un arco buscando su cabeza, pero se apartó ladeando el cuerpo. El siguiente golpe vino rápido, más de lo que esperaba: su contrataque se convirtió en un desvío a la desesperada. Félix volvió a atacar, y él respondió con el mismo ímpetu. Las armas se redujeron a borrones apenas visibles y, cada vez que se cruzaban, una onda expansiva sacudía el suelo. Aun así, se vio obligado a retroceder.

El mecanismo de Silencio murmuró cuando se convirtió en lanza y su maestro perforó el aire frente a ella. Félix le había esquivado con una finta y ahora lo tenía a su costado. Aiden apretó los nudillos, ladeó el cuerpo y abrió su brazo con un restallido de fuerza profana. La hoja de la guadaña recorrió el aire trazando un arco y mordió el costado del paladín.

Félix lanzó un bufido de dolor que fue ahogado por el estruendo de su cuerpo acorazado rodando por el suelo. Se equilibró poniéndose de rodillas e hincando el escudo entre los adoquines desgajados a sus pies. Rugió desde el fondo de su garganta y las gemas vomitaron un torrente de Vacío que pulverizó la roca a su paso. Aiden quemó una runa, afianzó sus piernas y extendió una cúpula de luz a su alrededor. El chorro de sombras la embistió con la fuerza de un toro contra la ondulante superficie de la cúpula antimagia. Apretó más los dientes, de los que manó una bocanada de vaho a presión. Agarró la guadaña con ambas manos y la alzó sobre su cabeza. La cúpula se tiñó de azul brillante y se expandió, deshilachando el rayo como tela vieja y arrancando peñascos de la superficie de la plaza.

Pudo ver al paladín desde el banco de niebla, enmarcado entre sus dos brazos aún alzados. Tenía la boca entreabierta.

—Imposible… —le oyó musitar.

No le dejaría recuperarse. Arqueó el cuerpo y lanzó a Silencio con toda la fuerza de la que era capaz. La hoja surcó el aire como una exhalación, y él la siguió dando enormes zancadas. El paladín reaccionó en el último instante y se agachó, esquivando la guadaña, antes de ponerse en pie y cargar contra él. Aiden se lanzó hacia su costado, dando una voltereta y poniéndose a sus espaldas, donde se reunió de nuevo con su compañera. El invierno rugió a su alrededor y se lanzó contra él. Cada golpe era un trueno entre montañas. El choque de la nieve y el viento contra el aura de sombras era tan alto que ahogó los gritos de esfuerzo de ambos. Aiden bloqueó un golpe que le vino desde un ángulo muerto, giró y descargó su ira contra el adalid de N’zoth, aunque solo consiguió castigar a Svalin. Baruk voló de nuevo buscando su cuello. Se agachó girando sobre si mismo, esquivándolo a la vez que descargaba la base del mango contra el pecho de Félix. El paladín retrocedió conteniendo una arcada. Aiden aprovechó la inercia de su golpe y la apertura en sus defensas. Plantó la hoja en el suelo y, usándola de pértiga, pateó la cara del elfo con sus botas de acero.

Félix retrocedió con un gemido. El golpe le había partido el labio y ahora todo su mentón estaba salpicado de sangre. Sus miradas se cruzaron un instante antes de que Aiden se lanzara de nuevo, pero paró a medio camino y saltó hacia atrás. El campeón de N’zoth había trazado un arco en el aire con Baruk. De su aura oscurecida volaron decenas de espadas y martillos de luz violeta en una andanada de sentencias inclementes. Aiden lanzó un gruñido y levantó un muro de hielo entre ambos, retrocedió de nuevo y alzó otro al tiempo que el primeros se hacía pedazos. Siguió saltando de espaldas y levantando muros hasta que dejó de sentir la sombra rozando su alma.

Frenó en seco flexionando las rodillas. Con una orden mental, obligó a los fragmentos de hielo flotar a su alrededor como atrapados en una tormenta. Salió de su escondite con un salto y, con la guadaña extendida, giró en el aire y lanzó un torbellino de viento y escombros contra el paladín, que esquivó impulsándose hacia el cielo con sus alas.

Félix se detuvo en el aire con brazos abiertos. Cuatro orbes naranjas envueltos en niebla amoratada aparecieron sobre sus hombros y descargaron una lluvia de proyectiles mágicos. Aiden invocó sus espadas, haciéndolas volar como un enjambre a su alrededor. Hielo bloqueaba los ataques en su carrera, y aquellos que atravesaban sus defensas se encontraban de frente con Silencio. Lanzó una gran bocanada de aire tan gélido que le dio dentera y concentró su poder frente a él, formando pequeños trozos de hielo flotantes situados como peldaños. Subió a saltos por ellos, enterrando las espadas en los ojos que rodeaban al campeón del Vacío. Esquivó el último ataque que le vino desde arriba y enganchó su hoja curva en el canto de Svalin y, arqueando el cuerpo con un gruñido de esfuerzo, lo lanzó contra el suelo.

Félix se recuperó antes de que tocara tierra. Silencio y Baruk chocaron de nuevo y su grito colectivo bastó para arrancarlos a ambos del abrazo de la gravedad. Aiden se impulsó con su forma espectral y descargó un vendaval de golpes. Le ardía la garganta de puro frio y los músculos se le estaban entumeciendo, pero ignoró las quejas de su cuerpo y extrajo aún más poder de sus venas heladas. Paso a paso le iba ganando terreno al adalid, hasta que al final acertó con su Asolar en el canto del escudo y la hoja salió rebotada contra las placas que cubrían su abdomen. Félix retrocedió a trompicones.

—BASTA.

Estrelló a Svalin contra el suelo. La oscuridad se filtró por sus crecientes grietas y arrancando trozos de piedra de sus profundidades. Aiden sintió una vibración bajo sus pies un instante antes de que la tierra misma se rompiera y una fuerza oscura le lanzara como un muñeco en el aire. Tres tentáculos del Vacío se alzaron como reptando por una pared invisible mientras le perseguían en su ascenso. El más rápido de los tres se abalanzó contra él, topándose con el filo de la guadaña. Cuando sintió que la gravedad volvía a ganar terreno, extendió su energía oscura para engancharse a otro de los apéndices negros.

Desde abajo, Félix gruñó y se lanzó contra él impulsado por sus alas. Los golpes atormentaron sus oídos de nuevo mientras saltaban de tentáculo en tentáculo. En el último de ellos, Aiden se colgó con una cadena de hielo y dio la vuelta en un falso vuelo a su alrededor, aterrizando contra la espalda del Félix. El elfo salió disparado de nuevo contra el suelo y Aiden, impulsándose con todo lo que tenía, se lanzó guadaña en alto como un cometa de hielo. Las siete runas explotaron en llamas gélidas mientras arqueaba el cuerpo. Caballero y hojarruna rugieron al unísono, acompañando con sus voces a la energía profana que arrasó con todo a su alrededor. El paladín salió por los aires, atravesando los muros de hielo como si fueran de cristal agrietado.

Quieto como una estatua, conservado la pose del ataque, Aiden clavó la mirada al frente esperando a que la cencellada pasara. Félix estaba sentado al pie del último muro, con la cabeza baja y las armas esparcidas por el suelo. Había vuelto a la normalidad, pero aún conservaba un hálito de vida.

Aiden relajó su postura y dejó escapar su aliento gélido. Una tos interrumpió su exhalación y salpicó de sangre sus propias botas. Sentía los cristales de hielo que se habían formado en su interior, apuñalando su garganta y atenazando sus articulaciones. El peso inerte de Silencio colgaba de sus manos, cuyas runas se habían oscurecido y apenas eran visibles entre las placas de escarcha que se habían formado sobre el metal. Aun así serviría a su maestro, aunque fuera de bastón.

Caminó hacia el confuso paladín con paso oxidado y renqueante. Si de algo estaba seguro es de que jamás se había esforzado tanto en un combate, ni estando vivo ni estando muerto. Apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie. Jadeando, se acercó lo bastante como para ver el rostro de Félix. Su mirada vagabundeaba despacio de un lado al otro. Era evidente que se estaba resistiendo a la inconsciencia. Suspiró de alivio en su fuero interno. No tendría que cruzar miradas con él otra vez, lo que hacía que lo que tenía que hacer fuera mucho más fácil.

Alzó a Silencio.

¡No!

Aiden sintió como la voz de N’zoth le atravesó de lado a lado. Sus ojos verticales estaban tan abiertos que casi parecía que se iban a acabar solapando, y las fauces que lo coronaban se agitaron nerviosas con espasmos irregulares. El Dios Antiguo, ardiendo de ira, vociferó de nuevo.

Se acabaron las contemplaciones. Se acabaron los juegos. Este mundo se someterá a la locura, y todo aquel que niegue mi Imperio será destruido.

El suelo entre él y Félix desapareció en una cortina de polvo y cascotes de la que manó un borrón de colores oscuros. Un enorme tentáculo, casi tan grueso como alto y acabado en una punta roma quitinosa, se interpuso entre ellos como un muro de carne. A sus flancos surgió una docena más de tentáculos mucho más largos y de figura esbelta, negros como la brea y rezumando sustancias densas y pegajosas. Y ese fue solo el comienzo.

Aiden se vio obligado a retroceder, esquivando en su carrera las torres de carne que se alzaban de las profundidades. A su espalda, los tentáculos delgados se arrastraron sobre el hielo y la piedra hasta alcanzar al paladín, sobre el cual se enroscaron hasta que lo único que quedaba era una madeja viviente y pulsante. Fuera lo que fuera lo que pretendieran, no estaba en condiciones para detenerlo. Siguió avanzando hasta que el suelo se alzó de golpe y le hizo tropezar. Los tentáculos habían arrancado toda la plataforma del suelo y como un niño enrabietado con un juguete viejo la habían hecho pedazos. En tan solo unos segundos, la gran plaza a pies del Dios se había convertido en un montón de cascotes y plataformas elevados a decenas de metros sobre el suelo. Apenas cesó el estruendo de la piedra quebrada, otro sonido llegó a sus oídos. Un grito de dolor, ronco y profundo, le hizo desviar la mirada hacia el frente. Lo que vio le revolvió el estómago.

La Furia de N’zoth se revolvía en el aire, empalada por una enorme tentáculo color hueso. Otra docena de tentáculos negros brotaron de él y se colaron por cada orificio y herida de la criatura, arrancándola pedazo a pedazo la carne de los huesos. El olor amargo a pescado podrido asaltó su nariz, incrementando las nauseas que sentía. Al final solo quedó el corazón de la criatura, atravesado de lado a lado por uno de los tentáculos pequeños.

Ya es demasiado tarde para una conversión para vosotros, títeres del Usurpador. Vuestra sangre teñirá los salones de mis templos —el tono de N’zoth era inflexible. Se había deshecho de todas sus máscaras—. Y en cuanto a mi adalid… ¡Lo reharé a mi voluntad! ¡Lo convertiré en un conquistador! Será quien dirija las huestes que consumirán este universo.

El tentáculo con el corazón se abalanzó a toda velocidad contra la madeja que envolvía a Félix, atravesándolo como una saeta de sombras. Esta se hinchó, bombeando chorros de Vacío pulsante por cada una de sus rendijas, y acabó explotando en una lluvia de sangre y carnaza. Su núcleo, niebla con entidad propia, se precipitó como un meteoro y partió la plataforma donde estaba en dos. Los vestigios de lo que fueron alas se extendieron a su espalda, huesos fibrosos de niebla ennegrecida, y despejaron las sombras que rodeaban al adalid de N’zoth.

Era inmenso, empequeñeciendo la figura del caballero de la muerte no solo en altura, sino en intensidad. Aiden reconoció la figura al instante y dio un paso atrás a pesar de la rigidez de su cuerpo. Vestía con una armadura ornamentada de puro ónice y filigrana de plata, con tentáculos tallados en el acero que rodeaban un pecho ancho y robusto. La malla que vestía por debajo se había fusionado con su piel, una membrana translucida de color morado recorrida por manchas oleosas que se movían y cambiaban de forma como si tuvieran vida propia. Los rasgos marcados y fibrosos de su rostro se encontraban velados por un embozo violeta, dejando a la vista solo unas cuencas huecas de las que manaba brea. En su frente, un gran ojo ansioso se retorcía como brasas entre el tizne, y sobre su cabeza una gran aureola de inclemente acero. Otra docena de ojos estaban embebidos en el metal, con el más grande situado sobre la pieza central.

El Guardián de los Antiguos Dioses flexionó los dedos con aire distraído durante un instante, para luego centrar todos sus ojos sobre él. Aiden sintió como cada uno de ellos examinaban lo más profundo de su alma.

—Aiden Hojagélida. Heraldo de la Muerte. Fin de las Posibilidades. Aquí termina tu rebeldía.

El dolor estalló en su vientre con tanta fuerza que le arrancó el aire de los pulmones antes de que pudiera gritar. Ni siquiera lo había visto moverse, pero el Guardián estaba frente a él, con su puño inmenso clavado en las tripas. Su cuerpo se dobló en forma de U cuando le arrancó los pies del suelo. El enorme brazo de la criatura terminó su recorrido y el salió por los aires como un espantapájaros viejo, luchando por mantener las extremidades en su sitio. Dejó un rastro de sangre y bilis en su camino al suelo, donde se estrelló con la fuerza de un edificio al hundirse. Se levantó como pudo, cubriéndose con su hojarruna más por instinto que de forma consciente. Esta vez consiguió verlo por el rabillo del ojo: ahí estaba otra vez, a su derecha, pero apenas tuvo tiempo para procesarlo cuando un segundo puñetazo le alcanzó en la sien. De nuevo salió volando, sus ojos en blanco y sus extremidades ondeando como trapos. Ni siquiera supo cuando volvió a aterrizar. A duras penas podía distinguir arriba de abajo.

Quien fue Félix extendió un dedo hacia él. El Vacío se acumuló en el extremo de sus zarpas.

Uull lwhuk h’iwn.

La oscuridad ardió a su alrededor. Aiden logró escuchar la fractura de su plataforma y un tintineo antes de caer en ella.

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relato de Thantos alias Aiden alias Señor de la muerte alias señor del invierno alias Aloy alias Asleid alias relato master alias saila.

Parte 2 de 2 (de verdad, que si que es el final)

El Fin de Azeroth

Valerie apartó el mandoble cuando cesó la lluvia de sangre. De la Furia de N’zoth no quedaba más que un montón de carne apilada deslizándose poco a poco por el borde de la plataforma. Fuera lo que fuera lo que hubiera incurrido en la cólera del Dios ya había pasado, y levantó un rápido agradecimiento a la Luz por ello. El plan necesitaba tener la zona despejada y acercarse a él todo lo posible.

—¿Estáis todos bien?

Un gruñido feral a su derecha llamó su atención. Aldana, con los labios agrietados fruncidos y pálidos, se había puesto en pie gruñendo.

—Nos han robado la presa ¡otra vez! Y encima ha sido el propio N’zoth.

«Vale, por lo menos ella está bien».

—¿Qué diantre ha pasado? —murmuró el goblin mientras se frotaba la cabeza con la culata de Chatarrera.

—Parece que N’zoth se ha cansado de mirar —le respondió Kaltharion, aún con las alas extendidas. Al parecer había sido el único con los reflejos tan agudos como para esquivar el súbito ascenso del suelo—. ¿Dónde está Wrathion?

Valerie giró sobre sí misma, buscando el disfraz humano del dragón entre el bosque de tentáculos y cascotes que ahora los rodeaba. No tardó mucho en encontrarlo. Estaba tendido en el suelo, inconsciente, con la daga que un día había albergado a Xal’Atath a un par de pasos.

—¡Aquí! Está herido. Necesita sanación.

Se lanzó al trote a asistir al joven draco. Wrathion entreabrió los ojos cuando notó la diferencia de luz y balbuceó algo que no llegó a entender. Con un rezo rápido, volcó la Luz sobre su frente para despejar la contusión.

—¿Mejor?

Wrathion agitó la cabeza.

—Un poco. Pero no se si… ¡mortal, cuidado!

Dio un respingo y se dio la vuelta justo a tiempo para detener con una barrera el proyectil sombrío que había salido de la nada. La explosión la arrojó por encima del dragón y fue a dar con sus huesos en el suelo. Se puso en pie de un salto mandoble en mano, buscando el origen del ataque.

Saldienne se había materializado en el lugar donde había estado ella, agarrando a Wrathion por el cuello y envuelta en una barrera de magias siniestras.

—¡Suéltalo!

La suma sacerdotisa la miró con una ceja levantada y resopló con desdén antes de dirigirse hacia su rehén.

—Regocíjate, hijo de Alamuerte. Tu fuerza servirá para hacer lo que tu padre no pudo —luego alzó la voz—. ¡N’zoth, cumple tu promesa! Los secretos del Vacío a cambio de un mundo maduro para ser recolectado. ¡Uhnish Shath’mag!

Shel’pahg qiiwhuk ongg.

Saldienne se elevó en el aire sin que pudiera hacer nada. Wrathion se revolvía, incapaz de librarse de la grácil mano que rodeaba su cuello. El Vacío serpenteó por la piel de la elfa e invadió de nuevo su cuerpo, que estalló en llamas de rojos y morados. Un huracán de sombras se formó con ellos de epicentro, y pronto los cielos de Ny’alotha cubrieron sus ciudades hundidas y sus mares picados con una muralla de nubes. Entre ellas, formas familiares empezaron a entreverse.

—¡Eso es Azeroth! —exclamó Tuercarcana dando un respingo—. Por todas las tuercas, está llevando Ny’Alotha al plano físico.

—¿Qué? —respondió la paladín no con menos sorpresa—. Se suponía que necesitaba usar Uldum para hacerlo.

El viejo Moki se acercó cojeando a ellos.

—Ahora que tiene a su protector planea tomarlo por la fuerza. Si consiguen cruzar el umbral…

—El Imperio Negro —terminó el enano por ella.

El gesto grave de los Defensores fue respuesta suficiente.

—Como que se lo vamos a permitir.

Yotni apuntó a la cabeza de la sacerdotisa con sus dos pistolas. La azerita de su interior comenzó a chispear y agitarse como si de una tormenta embotellada se tratara. Soltó los gatillos y un instante después dos relámpagos se lanzaron raudos zigzagueando por el aire. Y tan rápido como habían aparecido, desaparecieron más allá del horizonte de un escudo cubierto de ojos y púas quitinosas. La criatura, mirándolos fijamente, habló con una voz tan distorsionada que apenas era entendible y, aun así, cada una de sus palabras se grabaron a fuego en su mente.

Ilfah iggksh, ilfah magg.

Un Guardián de los Reyes. No cabía duda. Aun corrupto y deformado como estaba, la Luz de su interior reconoció la forma y reaccionó con asco. Cómo había se había convertido en eso era un misterio, pero otra pregunta, más profunda y más aciaga, fue la que se deslizó entre sus labios.

—¿Dónde está Aiden?



Aiden sintió un copo de nieve fundirse sobre su máscara y deslizarse hasta una de sus cuencas. Un pequeño chasquido helado precedió a su intento de abrir los ojos. Los cerró de nuevo, enfocando la mirada, y alzó una ceja cuando vio el paisaje a su alrededor.

Estaba en una planicie helada, barrida por el viento y sumergida en niebla, con su cabeza a escasos centímetros de la nieve semisólida que cubría la roca estéril. Estaba colgado boca abajo de un pie, enganchado a una cadena que se perdía hacia entre las nubes blancas de arriba. Podía sentir cerca a Silencio, pero no tenía fuerzas para llamarla.

¿Era esa la eternidad que le esperaba más allá del Velo? Si era un castigo, era demasiado irónico como para que le molestara. Se quedó allí, con los brazos colgado y de cara al viento, sin intentar desengancharse.

Un golpe sordo sonó a su izquierda. El farol se había caído de su cinto y había quedado semienterrado bajo la nieve. La tormenta nebulosa de su interior se retorcía con pereza en los límites del cristal ahumado, casi burlándose los escasos esfuerzos de su amo por liberarse. Pero ¿para que iba a intentarlo? No tenía fuerzas, era…

—¿Imposible?

Una vaga sensación de peligro brotó en su pecho y desvió la mirada hacia delante. Allí, en el límite de la niebla, había aparecido una figura encapotada por nubes de tormenta y harapos níveos. No se movía, pero su voz crecía en volumen, dando la sensación de que cada vez estaba más cerca.

—¿Quién eres?

—Una palabra curiosa para una persona curiosa —. Le ignoró por completo—. Imposible. Su significado es cada vez más extraño para mi.

La sensación de peligro se acrecentó y se pegó a sus costillas. Aiden giró como pudo y vió que la figura ahora estaba tras él, dándole la espalda. Lo único que logró distinguir fueron unas botas de metal desvaído y una capa larga y tan blanca que la nieve le empezó a parecer barro.

—Mmm… recuerdo cuando llegué a este punto. El momento en el que la esperanza murió. Me sentía tan confuso…

La figura extendió un brazo pálido y asió la cadena con sus gráciles dedos. Con un pequeño tirón reventó varios eslabones y le dejó caerse contra la nieve. Aiden se incorporó como pudo y acabó por quedarse sentado. El frio comenzó a treparle por las piernas.

La figura desapareció de su visión de nuevo. La buscó a tientas entre la ventisca. Había reaparecido algo más lejos, caminando mientras le mostraba su perfil. Su cabeza estaba cubierta por una capucha que proyectaba una sombra oscura sobre su cara, casi como si una máscara tapara sus facciones. En sus manos reposaba el farol. Brillaba con más fuerza que antes.

—Las mil verdades. Las infinitas posibilidades —. La figura se detuvo para contemplar el interior turbulento del farol—. Incontables caminos que el Vacío ve y acepta por igual. Se regocijan en ellas creyéndolas suyas, pero en realidad no hacen más que dar palos de ciego a través de unas mentiras puestas por aquellos mejores que él.

Aiden consiguió ponerse de rodillas. Tenía la sensación de estar sumergido en agua helada de la cintura para abajo. Respiraba a ritmo regular, lanzando profundas bocanadas de aliento congelado.

—Se quien eres.

La figura ladeó la cabeza lo suficiente como para que pudiera ver la gema pálida engarzada sobre su máscara de verdugo, justo en el centro de la frente.

—Es por eso por lo que te temen. Temen lo que representas. Sus medias verdades se derriten como nieve ante la llama cuando son enfrentadas a la única verdad absoluta de este mundo. Todo acaba. Todo muere.

El Espectro del Invierno, con una media sonrisa en los labios, caminó hacia él con paso rápido. Aiden se sintió pequeño y congelado, no más que un cubito de hielo a punto de ser arrollado por un glaciar, y aun así no pudo apartar la mirada de quien podría llegar a ser. La perdición y la salvación de Azeroth a la vez.

—Lo entiendes, ¿verdad? —continuó—. Ellos creen verlo todo. Sus tentáculos no se limitan a asfixiar el presente. Se cuelan por cada grieta del futuro, da igual si próxima o distante, si pequeña o grande. No valdrá con detenerlos solo aquí. No les puedes dejar opción. No les puedes dejar elegir.

Aiden logró ponerse en pie. El viento amainó. Saturado de cristales como estaba, bien podría haberse congelado del todo.

—¿Cómo puedo lograrlo?

La sonrisa del Espectro se convirtió en una mueca de expectación.

—Ya lo sabes. Ya lo has visto. Y… ya eres lo bastante fuerte como para lograrlo.

Le entregó el farol. Su peso le resultó curiosamente reconfortante. En su interior se había levantado una tormenta cuyas ráfagas embestían contra las paredes de su prisión.

—El Gran Invierno.

—Es la única salvación. Si quieres salvar este mundo, deberás cargarlo de cadenas primero.

Aiden se quedó solo. El blanco pasó a negro, y luego a morado. Volvía a colgar cabeza abajo, sintiendo como el calor de la lava se hacía tenue y distante. Su fuerza se multiplicó por dos, por tres, por diez. El mundo empequeñeció, luego enmudeció y acabó cubierto por una mortaja en blanco y negro.



El Guardián de los Antiguos no tenía que moverse del sitio para mantenerlos a raya. Ni siquiera necesitaba matarlos, solo tenía que proteger a la elfa mientras completaba el ritual. Valerie aprovechó una distracción para colarse por el costado y alzar la espada, pero el metal se quedó bloqueado a mitad de vuelo, despojado de todo ímpetu, y las sombras se encaramaron a sus bordes en un intento por consumir la Luz que manaba de ellos.

Quien fue un aliado alzó su hacha cargada de ojos para quitársela de encima de un golpe, indiferente a si sobrevivía o no. Alzó una plegaria a la Luz y esta la envolvió con su abrazo radiante. Interpuso la espada en la trayectoria y apretó los ojos mientras esperaba el impacto de las sombras. El golpe nunca llegó. Abrió un ojo para entender lo que pasaba, y vio al Guardián volteándose en dirección a la ciudad con gesto de sorpresa. Ella lo imitó, y no supo si sentir alivio o más miedo.

El Segador volaba a toda velocidad hacia ellos dejando una estela de neón que erosionaba y necrosaba todo lo que se le pusiera por delante. La figura espectral lanzó su enorme guadaña, cortando el aire con los gritos de los olvidados, y se llevó por delante a la oscura figura angelical.

Se lanzó hacia la única fuente de color que veían sus ojos malditos. El adalid de N’zoth extendió sus alas y le imitó hacha por delante. Silencio y sus hermanas chocaron con una fuerza apocalíptica; sus energías concentradas en el impacto explotaron en una deflagración devastadora de sombras y muerte que desintegró varias plataformas y convirtieron en fina niebla sanguinolenta los tentáculos que las soportaban.

—Shuul ¡Ouu!

Se alzaron intercambiando golpes que habrían asesinado a sus homólogos mortales. Los dos heraldos coronados con aureolas salían disparados cada vez que sus armas chocaban en el aire, y una nueva torre de Ny’Alotha se reducía a una pila de escombros. Atravesaron la tormenta de sombras de Saldienne, difuminando la cada vez más clara silueta de los palacios pandaren que aguardaban al otro lado, y acabaron por seguir su pelea justo frente a los ojos de N’zoth.

El Guardián retrocedió con un barrido de alas. Alzó a Baruk como si estuviera dando órdenes a una batería de catapultas abrir fuego.

—Uhn’agh thyzak skhalahs —vociferó el arcángel oscuro cuando la hizo descender. Decenas de fallas rasgaron la realidad a su alrededor, y de ellos brotaron los tentáculos del Vacío como pus de una herida. Las serpientes ciegas se abalanzaron sobre la Gran Igualadora hasta cubrirla por completo, pero se aplastaron y retorcieron como si se hubieran topado con un muro. Sonó un grito desgarrador que habría puesto en evidencia a una banshee y su carne se hizo papilla ante la tormenta de cortes de aguamarina.

El Vacío rugió en su lengua demente y se abalanzó de nuevo contra la Muerte. Ella voló muda contra en trazando una espiral en el aire y chocaron de nuevo. N’zoth cerró los ojos para protegerse de la explosión.

Descendieron, surgiendo de la nube de negros y grises. Silencio y sus hermanas rugieron cada vez que se cruzaban. Sus golpes agitaron los mares. La hoja curva se coló por el escudo y le arrancó las armas de los manos al Guardián, con tanto ímpetu que se deslizó de las manos del Segador y juntas cayeron sobre el suelo reventado bajo ellos.

El arcángel siseó en Shath’Yar y descargó un zurdazo contra la sien del Segador. Su cabeza encapuchada se ladeo, pero las ascuas azules que flotaban en ella no le perdieron de vista. Respondió con la misma moneda, arrancando el embozo de su mandíbula con un gancho. Intercambiaron golpes atroces a medida que caían. Lanzó un puñetazo a su pecho con su brazo acorazado, pero el Guardián lo atrapó en el aire y a punto estuvo de partirle el brazo con un codazo.

Bufó de dolor y rabia. Se arrancó el farol del cinturón. Lo alzó todo lo que le permitió su hombro. Lo descargó contra la cabeza del Guardián. Las almas encerradas ardieron hasta el olvido con un restallido espectral. El arcángel se precipitó al suelo chillando de rabia con tanta fuerza que abrió un enorme cráter y salió rebotado de nuevo hacia arriba. El Segador descendió, agarrando su reliquia con ambas manos, y volvió a golpearle con aún más fuerza. La luz verdiazul inundó el cosmos por un instante, y cuando se disipó, la Muerte se había posado a espaldas del Vacío. Sus manos escabrosas enroscaron largos y fríos dedos sobre la base de sus alas y comenzó a tirar. El Guardián se retorció de dolor, lanzando improperios y amenazas, pero él siguió tirando. Y tirando. Y tirando. Hasta que al final las arrancó como los parásitos que eran.

La noche se alternó con un velo gris en la tercera y más grande de las deflagraciones. La oscuridad se disipó alrededor del cráter, donde Félix yacía boca abajo, completamente inconsciente. Varios metros más allá, la figura del Segador se había desintegrado y Aiden salió despedido desde su pecho dejando un reguero de ánima, sangre y escarcha. Cayó al suelo, rebotó un par de veces y quedó tendido, jadeando entrecortadamente y forzado a mirar a los cielos secuestrados de Azeroth.



Una lágrima impotente se derramó desde los ojos temblorosos de Saldienne. Lo habían visto todo y aún así no era capaz de creerlos. Después de tanto tiempo, de tanto esfuerzo, los secretos del Vacío se le habían escurrido entre los dedos, al igual que el cuello de Wrathion cuando la mezcla de magia arcana, vil y de la vida la alcanzó en pleno aire. La Muerte se había impuesto, y con ella todas las posibilidades se habían evaporado. Todas menos una.

El golpe contra el suelo le arrancó el aire de los pulmones y ensordeció sus oídos con un chasquido metálico. Su aureola se había partido al medio y ahora yacía completamente inerte a sus doloridas espaldas. Giró y se incorporó como pudo. Un dolor agudo le recorrió el costado y vomitó una pequeña cantidad de bilis mezclada con sangre púrpura. A duras penas podía respirar. Se puso en pie como pudo, apoyándose en una de las paredes de carne, y cojeó sin rumbo los pocos pasos que pudo dar antes de desplomarse de nuevo.

—N’zoth… ¿por qué… me abandonas?

No hubo respuesta. Los ojos del Dios estaban demasiado ocupados mirando a su adalid e intentando procesar lo que había pasado.

—¡N’zoth! ¡N’Zoth! —gritó presa de la desesperación—. ¡Lo prometiste!

Una respuesta llegó a sus oídos. Débil, lejana, rota. El paladín a quien había corrompido como su campeón había despertado. Estaba extendiendo una mano hacia ella.

—Ni… sela… yo… Perdóname. No pude…

Un dolor atroz en su brazo la impidió oír nada más. Salió volando como una pelusa a merced de la brisa y acabó tendida boca arriba gimoteando de dolor. Su brazo izquierdo estaba torcido en un ángulo imposible. Consiguió alzar la cabeza, hiperventilando entre dientes. El enano, empapado de la sangre de ambos, se dirigía hacia ella enarbolando el martillo.

—No… no… —susurró ella, pataleando para alejarse del verdugo divino que se le acercaba.

—No te mereces nada más que la muerte, bruja.

Casi la había alcanzado, ya con el martillo sobre su cabeza. Usó todas las fuerzas que la quedaban para llamar la Vació. Una falla comenzó a dibujarse a su alrededor.

Félix consiguió ponerse en pie y avanzar a trompicones.

—No, Drezth. Para. No puedo perderla otra vez. No puedo…

El enano musitó una disculpa.

—Lo siento, pero es necesario.

El martillo descendió dejando una estela de Luz. El Vació aulló por un momento y fue dispersado por un resplandor dorado. Cuando se extinguió, la figura de Saldienne había desaparecido. Solo quedaba un humo negro que revoloteaba con pereza alrededor del martillo del enano.

Félix se desplomó sobre sus rodillas y empezó a llorar.

—No… otra vez no. Nisela, lo siento. No he podido salvarte.

De pronto sintió un objeto afilado rozando su cuello, obligándole a alzar el mentón. Su mirada se cruzó con la de un encapuchado con un terrible rictus de ira en la cara. El vapor que se escapaba entre sus dientes y por su nariz le daban un aire espectral. Tardó un momento en reconocerlo.

—¿A… Aiden?

—Saldienne.

—¿Qué?

—Se llamaba Saldienne. No Nisela.

¿Saldienne? Aquel nombre se sintió como el crujido de una puerta vieja al abrirse por primera vez en años. Varias imágenes asaltaron su mente en rápida procesión. La batalla de Uldum. Las joyas de su escudo. Las dudas de la Luz. Su paso por la enfermería. A ella.

Ella… Saldienne, no Nisela. Entonces todo había sido…

Se hizo el silencio. El resto de los Defensores los rodearon.

—¿Que estas haciendo, Aiden? —preguntó la paladín con voz temblorosa.

El caballero de la muerte la miró de refilón.

—Lo que juré hacer tiempo atrás —su cruel mirada se posó de nuevo sobre el elfo—. La traición a Azeroth se paga con la muerte.

La guadaña traqueteó en sus manos de forma tan sutil que solo él se dio cuenta. N’zoth los observaba desde arriba sin parpadear. Si Félix le hubiera derrotado, él hubiera ganado. Pero si le mataba ahora, demostraría que no habría esperanza y él ganaría igual. Tenía que pensar en el futuro inmediato, y además ¿que diferencia había entre morir ahora o hacerlo en unos días junto a todo Azeroth, sepultado bajo el Gran Invierno?

Retiró la guadaña de su cuello, y al hacerlo se levantó un coro de suspiros de alivio.

—Las visiones de lo que podríamos ser son tan embriagadoras como adictivas. El Vacío lo sabe bien. Con ellas nos arranca de la realidad y manipula nuestras mentes y nuestros corazones. Sucumbir a ellas no es algo que merezca la muerte.

Cerró los ojos por un momento, lanzando una última bocanada de aire. Los muertos no necesitaban respirar, y por ello no dudaban.

—Pero una traición es una traición; algo que jamás puede quedar sin castigo —el filo de Silencio se deslizó hacia el brazo izquierdo del paladín, justo después del codo—. Por mucho que nos atraigan las fantasías, no podemos abandonar la realidad. Recuérdalo bien.

La hoja macabra subió con un sonido viscoso y un grito ahogado. Félix se retorció de dolor, llevándose la mano que le quedaba al muñón. Apenas había sangre, una capa de hielo lo había preservado.

Aiden limpió la sangre del filo de Silencio con su capa y luego se la quitó.

—Aldana, que sea más fuerte que antes.

La druida asintió y recogió el miembro cercenado del suelo. Creó una semilla y la introdujo entre los huesos. Con una orden, sus raíces se enterraron en la carne y surcaron sus venas.

—Muerde esta rama, sin’dorei —dijo la druida con un tono cruelmente dulce—. La vida suele pagar sus favores con dolor.

Mientras ella reinsertaba el brazo, Aiden guardó a Silencio en su funda y sopesó la capa de su Égida. Valerie se acercó a él y le puso la mano sobre el hombro. La Luz se volcó en él, pero tenía el cuerpo tan entumecido que a duras penas sintió la quemadura de su sanación.

—¿Por qué lo has hecho?

Aiden se encogió de hombros. Hizo aparecer con un gesto el resto de viales de sangre que le quedaban y le arrancó el tapón a uno con los dientes.

—Quien sabe.

La paladín esperó a que se los bebiera todos.

—¿Y la capa?

—Necesitamos toda la ayuda posible para completar el plan y borrar a N’zoth de la faz de Azeroth. Además, su mente aún está frágil. La necesita más que yo.

En cuanto la paladín terminó de curarle, se quitó la máscara que cubría su rostro y la dio la vuelta, sosteniendo la mirada a los huecos vacíos de sus ojos.

—¿Crees que podremos derrotarlo? Incluso con el reoriginador y el Corazón de Azeroth será una tarea casi imposible.

—Su derrota es una certeza.

Ella asintió y se fue con la capa a asistir a Félix. Aiden disfrutó de aquella última gota de esperanza cerrando los ojos y permitiéndose respirar de nuevo. Dejó caer la máscara cuando los abrió y se dirigió hacia los demás, dejándola abandonada en Ny’alotha. No le importaba.

Pronto, otra máscara cubriría su rostro.


MENSAJE DEL AUTOR:


Pues hasta aquí llegó el amor. Por mi parte, el relato de N’zoth se ha acabado (por fin). Antes de nada, siento haber tardado 8 meses en hacerlo (xd), pero se me mezclaron un montón de circunstancias. Ya no solo el bloqueo que me quitó de escribir cualquier cosa durante mucho tiempo, sino el dejar de jugar me hizo perder interés en el propio juego. Que la historia de N’zoth per se fuera de calidad… discutible no ayudó precisamente a animarme a continuar (y esta es la última vez que planeo un combate de forma tan meticulosa, se me da mucho mejor improvisar y revisar).

Tengo que decir que me habéis ayudado mucho a escribir mejor. Lo malo es que ahora, en términos generales, no me gusta mucho como he llevado a Aiden. Cuando miro hacia atrás lo veo algo inconsistente. Por tanto, cuando empiece con Shadowlands, voy a “empezar de cero” con él. No es un reboot ni voy a borrar nada, no os preocupéis. Solo voy a adecentarlo un poco, como si empezara a escribir con él.

Así que Félix, Nhail, Rho o quien sea: sin piedad con el pulpo, que bastantes dolores de cabeza me ha levantado.

Postdata: Que bien sienta la libertad xd.

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Con permiso, hago un off, aun que no puedas responder.
No hay nada peor que forzar cualqueir tipo de arte, en este caso la escritura, los libros, la música, una pintura … el arte fluye, forzarlo es darte cabezazos y no quedarte satisfecho con la obra, por lo que el tiempo es lo de menos. Lo importante es que ha quedado como tu querías o al menos parecido y te has liberado. Que buena sensación cuando terminas un trabajo¿verdad?.

Gracias por este año y medio de relato, me quedo con nuestra peleita en Uldum mientras mi hermano vigilaba el combate … fue un placer compartir camino con usted señor del invierno. He aprendido mucho de ti y de cada uno de vosotros y he descubierto en esto una bonita via de escape la cual es adictiva y sana.

Gracias, espero que aunque no sigas jugando al wow (al wow siempre se vuelve xD) espero seguir leyendote en futuras tramas, aunque sean cameos.

Yo al pulpo ya le di matarile desde un segundo plano, mas arriba está mi final por si no lo leiste, ahora mi aventura se centra en lo mundano y algo mas aventurero por Azeroth.

Un saludote maestro ! Gracias por thantos !

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Imágenes fugaces bailaban en su mente, rápidas y asincronizadas en un vals sin ritmo ni sentido. Recordaba encontrarse en Lunargenta, salvar a el corazón de todo su ser, estar con Nissela, luchar contra los demonios que querían arrebatármela, matarla, los que querían perderla en las sombras.

DOLOR

Giro su cabeza hacia esa punzada insufrible, las visiones se alejaban momentáneamente y vio su brazo suelto, libre, separado. Miro al rostro del que sujetaba su brazo, una sonrisa que mostraba un colmillo le miraba fijamente, parecía hablarme pero no escuchaba sus palabras apenas reconocía quien era. Los monstruos habían ganado y se cebaban con su nueva presa, la había vuelto a perder.

DOLOR

La lucha era violenta, la sangre, las chispas de las armas chocando, una luz cegadora, un beso. Recordaba las bestias de la plaga que intentaban asediar su hogar, como una entre todas se enfrentaba a el con fuerza y descontrol, vio como un amo de esclavos atacaba con una maza a su amada. Debía frenarlos, protegerlos a todos, no debía perderla, el trato así lo decía era su recompensa.

  • ¿Recompensa?
  • Silencio comandante, los nervios no se arreglan solos y menos con tanto ajetreo. Ahora sentirás una punzadita de dolor, todo controlado por supuesto.

TORMENTO

No algo no estaba bien, la historia no ocurrió así. Pero si la encontró, recordaba el beso pero…las imágenes se retorcían y transformaban. ¿Aiden? La bestias se difuminaba y recordaba el rostro del invierno y la muerte, el tañido de Silencio chocando contra Baruk y Svalin, sin embargo las imágenes volvían demonios y no muertos asediaban su hogar. ¿Entonces porque reconocía rostros donde antes solo había bestias sin cerebro? El amo de esclavos se encogió y las cadenas se retralleron hasta formar únicamente un haz de luz pura, su rostro le recordaba a un enano que conocía pero no lograba identificar quien. La cabeza le dolía, su mente se retorcía y peleaba contra si misma.

¿Qué era real, que era la verdad tras esas imágenes? ¿Acaso no había luchado por amor y por lo que juro defender? Entonces… porque recordaba un trato, porque sentía repugnancia y se sentía merecedor de un castigo, porque sentía la sangra manando de sus manos de inocentes y camaradas. Unos ojos grandes como montañas volvieron a su mente, le observaban, le hablaban desde la mas profunda oscuridad, le atraían, le prometían su deseo más ferviente, su regreso.

Miro de nuevo el lugar donde había ocurrido la batalla, imágenes espectrales del combate transcurrían por sus ojos mientras ignoraba la realidad que le rodeaba. Recordó su propia traición.

AGONIA

Recordó el beso, sin embargo el rostro de ojos azules de su prometida se transformo en una piel morada, recordaba a N’zoth prometiéndole su mayor deseo, su creciente poder, su desdén hacia lo humano y el puro egoísmo que emano del trato que realizaron. Ahora lo recordaba todo, la plaga y los demonios ya no atacaban su hogar, era el mismo asesinando a los que hasta ahora eran sus compañeros, las tropas que le habían sido conferidas, los rostros aterrados de aventureros que jamás verían un nuevo amanecer.

Recordó su combate contra Aiden, sus impulsos de evitar cesar su muerte, sus esfuerzos y el instinto que evitaba para no matarlos. Sin embargo el respondía con ira, desdén, con intentos de asestar un golpe fatal que redujese su vida a meros escombros. Quería ensartar su cadáver y glorificarse en ellos.

Rememoro el beso, como a través de tal acto había perdido totalmente la cordura; No, no era cierto, dentro de su ser había una parte de si mismo que sabia la verdad pero dejo engañarse por la remota posibilidad de recuperar lo perdido, dejarse llevar y evitar el dolor que tanto le persigue desde ese día y las vidas que han sido derramadas por su culpa.

Un recuerdo fugaz seguido de dolor físico lo devolvió al presente, sin percatarse de su estado alzo ambos brazos hacia su rostro. Un dolor atroz le recorrió el brazo izquierdo, notaba la sangre manar pero no le importaba. Su casco ya no estaba y, a cambio, una cicatriz aun fresca le partía desde la frente hasta el labio.

  • ¡CACHO AN***!** ¡Te has arrancado 3 ligamentos, estate quieto! ¡DEJAME TRABAJAR O TU BRAZO SERA EL MENOR DE TUS PROBLEMAS!

DOLOR, TORMENTO, SANGRE, AGONIA

Susurros y mentiras, eso habían sido los recuerdos que tenía. No, sería mentirse así mismo aceptarlo. Fue un trato, pese a ser llevado entre sombras y engaños es lo que fue, un trato que acepto de buen grado para obtener un imposible. Un trato que había condenado a tantas almas, incluida la suya, por un deseo egoísta de un corazón roto que, para más dolor aún, nadie podía cumplirlo.

Alzó la cabeza y vio el rostro de Aiden, hablaba con una paladina de armadura dorada, Valerie creo que de llamaba, vislumbrando el combate entre trazos de su mente rota supo que se había autocontrolado. ¿Porque? Lo ignoraba, no merecía tanta indulgencia ni era alguien a quien salvar. Se habrían salvado tantos…

  • Bien, esto ya está unido pero necesito que las raíces actúen de ligamentos. -Añadió Aldana sacudiendo las palmas de sus manos- Espero que te guste la madera y esa rama soldadito, porque la vas a morder con ganas.

Un dolor atroz saco los pensamientos como un huracán, su brazo se retorcía y temblaba mientras la “vida” recorría su carne, sus músculos y sus huesos. La mandíbula se le desencajaba e incluso de la propia fuerza la rama entre sus dientes se partió, otras personas lo agarraron cuando intento alzarse. Cada segundo era agónico y notaba cada milímetro de raíz hurgando en su interior. Pasado cierto tiempo incierto el dolor remitió.

  • Listo -la druida dio un puñetazo, aunque algo le decía que hubiese preferido ser un zarpazo, en el hombro reparado- da gracias que necesitamos gente para matar a esa cosa. Yo no habría sido tan cándida como el.

Miro su obra finalizada, no había apenas percepción de la operación salvo por la cicatriz que iba a formarse, lo que podríamos llamar puntos de raíz y un ligero añadido.

  • Gracias…aunque no entiendo el porqué tras…sucumbir, caer en una promesa vacua y sin sentido. ¡Podría haberos matado!
  • Pero no lo hiciste y ahora es lo único que cuenta.
  • ¿Y a que viene esta flor en el hombro?

La druida se había alejado y hacia oídos sordos, miro la flor y tuvo la extraña sensación, un frío escalofrío, de que mejor no debía tocarla.

Intentó reincorporarse como pudo sin ayuda, sin existo alguno. La batalla le había pasado factura en ambos campos, cuerpo y mente, un par de campeones le ayudaron a levantarse pese a su negativa de recibir ayuda. No la merecía tras lo que había hecho, cómo podría merecerla.

Lentamente probo su nuevo amigo el brazo natural, para su asombro lo notaba incluso más suelto que antes. Esperaba algún tirón, dolor o sangrado pero nada de eso, solo un brazo fuerte, sano y con energía. Dio un par de pasos y recogió sus armas, al agarrarlas sintió una punzada en la mente, más flashes del combate contra Aiden, gritos de ira y mafia del vacío. De alguna forma podría decirse que también habían sufrido el mismo tormento.

Dio un par de estoques con las armas ya puestas en posición, atacando a la nada mientras dejaba la mente en blanco todo lo que podía. Se notaba ligero, poco en forma en general pero con el brazo renovado, bloqueo a un ficticio enemigo y arremetió desde abajo con el hacha. Una honda violeta salió del propio filo, sorprendiendo al comandante que apenas pudo mantenerse en pie. Algo no andaba bien, no sentía ya las voces sin embargo si el poder de las sombras, invoco a la luz y consagró el suelo donde estaba. Un círculo dorado se creó a su alrededor, no dañaba a su cuerpo e incluso lo notaba sanador.

  • Algo bueno he sacado de todo esto por lo que veo…

Siguió entrenando mientras se congregaban los supervivientes, por el oeste ruidos de carga anunciaban la llegada de aliados. Menos de los que partieron y aún menos de los esperados, pero no por ello menos agradecidos. Por el este cuernos de guerra y heráldicas resonaron, otro grupo congregado de horda y alianza se acercaban al lugar, aunque estos vestidos con telas de varios colores o armas enfundadas en lo que parecían ¿Camisetas?

Dejo vagar su mente, centrarse es recuperar las fuerzas y las costumbres. Bloqueo, azote, bloqueo, estoque, barrido, golpe, barrido, bloqueo. Conforme recuperaba la fuerza notaba como ambas armas respondían de igual forma a las dos fuerzas, tanto a la luz como al vacío, sentencias de injusticia, consagraciones, azote de vacío, martillo de justicia… Parecía que su trato había tenía un efecto secundario en ellas del que no se libraba.

Fue en uno de estos momentos cuando tropezó con algo en el suelo, casi lo había pasado durante su ensimismamiento pero consiguió frenarse. En el suelo, astillada y algo agrietada, se encontraba una máscara ya conocida. Miro en dirección a los defensores, ese variopinto grupo de “héroes”, buscando a su propietario pero algo en su fuero interno le dictó callarse su hallazgo. Por lo que, teniendo sumo cuidado, decidió guardarsela hasta nueva orden.

Hecho esto y, tras ver que empezaba a congregarse lo poco que había quedado de los frentes que entraron en Nyalotha, decidió unirse a los demás. Había trabajo que hacer, o por lo menos que intentar organizar si es que le era posible en esas circunstancias.

Mientras iba acercándose al improvisado puesto, sin tenderete ni mesa solo un grupo armado de pie y cansado, pudo ver los rostros de la gente. Rostros cansados, tristes, aterrados, ansiosos, perdidos, rostros que no volverían a sonreír ni reír, rostros que pronto no volverían directamente. El caparazón estaba abierto y el corazón del dios antiguo al descubierto, sin embargo el ambientes era peor, si es que era suficiente como para describirlo, que cuando entraron. Atrás quedaron los vítores y los gritos, ahora solo había muerte y una lejana esperanza.

Llegado al grupo vio como los defensores ya estaban formando e indicando a los recién llegados sobre nuestro amigo el pulpo. No obstante su vista se fue hacia un individuo en concreto, matizando a su cabeza. Este, antes incluso de poder abrir la boca, vio como llegaba y atravesó, literalmente, los mapas tácticos que estaban repasando. Por el rabillo del ojo pudo ver cómo 3 personas evitaban que Aiden sacase la guadaña, desgraciadamente no lo logro.

  • Aiba muchachu, si está to apelmazao y manchugroso!! Ve p’aca ome! Que tamos aquí con el capas ese qui no suelta ni Miaja de coa con sentido. Yamentiendes eh!

Delante de él un enano forjado en la misma piedra parecía que le hablaba en algo medio entendible, seguía con su sonrisa altanera a la que se le habían sumado tres cosas. Por un lado ahora vestía una camiseta verde chillón donde podía leerse “equipaento Gamva”, por el otro y para su desgracia adornaba su cabeza con lo que una vez fue su casco ahora convertido en dos trozos simétricos que apenas podían tapar las orejas de la mole rocosa que tenía delante.

  • Oh lamentu lamentu, pille isto pur si acaso pero mi quieda tam Ben que me lo quede JA JA JA JA. Nonfadarse ya daré otro pa ti, ahora ven ven curramos o perdernuslo to.

Y tal y como vino de rápido se fue, atravesó de nuevo la zona de peligro y se colocó en su sitio mientras le hacía señas.

  • Me pregunto si seguirá siendo esto una visión de Nzoth, no… De ser así iría de morado no de verde.

Suspiró profundamente y se unió al grupo. Como en toda buena organización los rumores vuelan y que unos de los máximos cargos hasta hacer unas horas estuviese intentando asesinar a todo lo presente no iba a ser menos. Nada más llegar susurros y miradas iban a su alrededor, pequeños gestos, un dedo alzándose, una mirada de miedo y odio…

Lo último que quería era crear más polémica por lo que se apartó lo más que pudo para escuchar los planes y evitó las miradas, sin embargo no contaba ninguno con una masa terrestre irrefrenable e inamovible.

  • repantantruecanos y mecachiandiosesnastos, ¡¿Pero mozó que hacías tú del lao malvadioso del morao ese?!
  • No creo que sea el momento
  • ¡¿Que no es el momento?! Resulta que el tío que dirige el ataque contra Nzoth por parte de nuestra se ha convertido en un sirviente del dios antiguo. Pero no es el momento ¡¿No?! - EL capitán de la alianza alzo los brazos al cielo y siguió con su discurso señalando al elfo- Este tipo no solo ha traicionado lo que veníamos hacer, se ha doblegado a su voluntad, a atacado directamente a nuestras tropas, sus camaradas, sus compañeros de armas y conocidos pero se niega a tratarlo. NO PODEMOS CONFIAR DE QUE NO VUELVA A PASAR.
  • Y no pasara, así te lo puedo confirmar.

Una voz gélida y cansada se abrió camino entre los gritos del humano. Pese a ser casi un susurro estremecía con rotundidad cada palabra que decía.

  • Ha pagado un precio y ya nos hemos encargado de que su cabeza repose donde debe. -concluyo el caballero de la muerte- Lo necesitáis os guste o no.
  • ¡PERO ESTO ES UN ULTRAJE!

Aiden golpeo con el mango de su guadaña en suelo con fuerza y señalo con su filo la abertura del caparazón.

  • NO. TENEMOS. TIEMPO.

Ambos se miraron durante unos segundos, desgraciadamente para el capitán de la alianza fueron eones tal y como mostraba su rostro.

  • Está… Esta… Está bien, si, claro, si… ¿Y que podemos hacer?
  • rezar, morir y, si tenéis mala suerte, vivir otro día para recordarlo -dijo el comandante y, antes de recibir respuestas, alzó la mano para continuar- No hay estrategia que valga, ese agujero infecto es una trampa más que evidente a la que vamos a entrar de cabeza.

Se puso de pie, su mirada seguía pérdida mirando el plano dibujado en el suelo con rapidez, que el enano había aplanado varias veces, mientras hablaba.

  • No hay ninguna solución, no hay táctica que valga, no encontrareis un milagro donde solo existe el castigo. ¿Estrategia? Por favor… Es un suicidio, eso es lo que es.

Hubo un silencio momentáneo por sus palabras, aunque seguía sin reponerse de su “viaje astral” y las falsas esperanzas no servirían más.

  • ¿Pretendes decirnos que nos rindamos?
  • No, os digo que si entréis ahí sea sabiendo que estáis muertos. Lo más afortunado es que dentro podamos rodearlo sin resistencia y atacando en todos sus frentes. -alzó la cabeza- Pero no está solo, seguro que podéis notarlo. Está esperando a que piquemos en el cebo tan bien tejido que ha trazado y, para nuestra desdicha, no tenemos otra opción que morderlo con saña.

Se acercó al mapa de tierra y lo borro de una patada que levantó polvo, rocas y tierras alrededor. Su mirada cruzó la del caballero de la muerte, atendiendo sus palabras y movimientos como un cazador esperando a su presa en un movimiento en falso.

  • Solo se puede hacer esto, los defensores junto a un pequeñísimo grupo de héroes encabezarán una punta de lanza. Seremos la cabeza de turco y el bocado más jugoso para su “magnificencia” -añadió con una sobreactuada parsimonia- si tenemos suerte, podremos cobrarnos las suficientes víctimas para que un segundo y tercer regimiento a mayor escala entres y empiecen a desplegarse. No, no solo rodearlo sino dividirse protegiéndose en cada campo, lugar y enemigo, tened por seguro que invocará sus artes más oscuras, sus esbirros más potentes y arrancará vuestras mentes pedazo a pedazo.

Con el polvo ya lejos del centro, giró sobre sus talones y volvió a sentarse alejado del grupo. Pero continuo hablando en tono serio.

  • Habrá más como yo, no insistáis en el tema lo sé, lo recuerdo más bien. Amigos se convertirán al instante al enemigo y eso mientras intentamos asesinar a un dios antiguo casi a pleno poder. Una vez dentro será una masacre y apenas sobreviviremos un 20%, siendo generosos, de los presentes. -suspiró y cerró los ojos, aún podía escuchar el trato en su mente- rezar, morir y tristemente sobrevivir con esta carga. Así planteo entrar ahí y nadie debería mentirse al respecto, da igual las tácticas, dan igual las tretas, las sorpresas o la fuerza de choque aquí ya no sirven. Solo queda la fuerza bruta y resistir.
  • Dices entonces que no hay salvación para todos nosotros y estamos condenados. ¿Qué hacemos aquí entonces? -añadió el humano
  • Creía que estaba claro, salvar a los que no están aquí y luchar un día más cargando a nuestras espaldas las almas que aquí se pierdan. Si no os es suficiente buscad la salida de este laberinto y escondemos. Pensar en una solución factible, positiva es perder el tiempo, cosa que hacemos ahora mismo. - se levantó de un salto y guardo sus armas en su lugar correspondiente- cargaremos en 20 minutos, sed libres de decidir lo que queréis hacer.

No quería escuchar sus respuestas, bastantes dudas tenía en la cabeza ahora mismo como para cargar con las suyas. Necesitaba pensar en lo que había pasado, lo que iba a acontecer y si alguna vez se perdonaría por ello. Sin mirar atrás fue a buscar algo de comida y entrenar un poco antes de lanzarse a la muerte.

20 minutos después

Ahora, frente a la cicatriz que pondría en riesgo su vida, curiosa frase que ya había pensado más de una vez, pensó en el fatídico día donde todo cambio. ¿De verdad había merecido la pena mi vida¿, ¿tan necesario he sido aquí? o solo fui un mero tramite, un empujón que apenas acelero las cosas. Sin duda había luchado, salvado y ayudado a nobles causas pero cuantos habían muerto por sus manos, a sus ordenes, por sus elecciones. Y sin embargo una y otra vez le seguían.

Se dio la vuelta y vio a los defensores, por titulo al menos cada vez tenia más claro que era un grupo suicida con demasiado poder que podrían desatar 6 guerras en el desayuno y una más para merendar si les daba el gusto.

Cuando posó su mirada sobre Aldana está le “sonrió” con un bufido y enseñando un colmillo. Un tic repentino le dio en el hombro bajo la armadura, había cortado antes la flor para, unos minutos después, darse cuenta que su hermana había decidido salir en su lugar. Si era una chanza no le veía la gracia pero el brazo funcionaba a la perfección.

Tras ellos banderines, estandartes, hachas, lanzas, arcos… Tres ejércitos preparados unidos bajo un mismo y terrible destino. Que tendrán para seguir haciendo caso a sus palabras, las de un loco traidor, que por más que pase el tiempo atraen a la gente. Tendría que haberse buscado otro trabajo definitivamente.

Volvió su vista al frente, en las profundidades aguarda el dios de las mentiras, de las profundidades y de la inminente destrucción de su planeta. Otra vez.

  • Acabemos con esto de una maldita vez

Y girando a Svalin en su mano cargo a la oscuridad. Los demás le siguieron, los tambores retumbaron, las heráldicas sonaron. La ultima batalla había llegado.

La negrura los envolvía, un vacío insondable que solo el brillo de las égidas y las armas rompían su imperturbabilidad. Sondeando paso a paso, esperando un ligero movimiento, un cambio en el aire que declararé que o quién podía ocultarse en las profundidades de la oscuridad. Pero nada paso y así eran un plano fácil.

  • ¡Encender las antorchas, que llegue la luz a las fauces de la bestia!. - grito el comandante

Lentamente pequeñas llamas resplandecieron en la oscuridad, luces brillantes procedentes de flores o animales se unieron al grupo invocados por druidas, chamanes y cazadores, por último sacerdotes y paladines invocaron la luz en esferas o en sus armas para iluminar áreas a su al cáncer. Por su parte, Félix se concentró en Baruk notaba como acumulaba poder así que rogó por un poco de luz, y la luz se mostró.

De su escudo un área de 3m de radio le rodeaba, consiguiendo que la oscura sala ahora tuviese formas inquietantes. Alrededor de ellos se alzaban pústulas y tentáculos, retorciéndose lentamente pero aguardando a su momento, podrían aplastarlos en la oscuridad pero su maestro no disfrutaría con ello. Y menos aún le sería útil.


Lejos, en las profundidades un ojo brillaba observando a los intrusos, esperando a las órdenes de su maestro aguardaba sus órdenes. Ansiaba saborear la carne de los visitantes, deleitarse con la tortura que crearía en sus mente, saboreando la desesperación al derrumbar los muros de su consciencia. Pero debía aguardar, no era el momento, su señor no lo había ordenado.

Dulces moscas revoloteando por el hogar de su maestro, brillos clamando ser bocado rápidos para su hambre infinita o incluso convertirlos en hermanos. Oh siempre necesitaba hermanos, el maestro lo agradecía y saboreaba cada momento en que rompía sus mentes. Pero aguardar, debía esperar un poco… Solo un poco.


El lugar era demasiado grande para ser el caparazón donde habían entrado, otras de las artimañas ilusorias de Nzoth suponía, solo se escuchaba el crepitar de las antorchas y las viscosidades del lugar. Pero notaba algo… extraño, no había enemigos, no habían sufrido ningún ataque, nadie les había impedido el paso y solo podía pensar en una única cosa. Estaban atrapados.

Siguieron andando, muy por detrás la entrada emitía aún luz donde aguardaban el grueso del ejército, esperando la señal. Sus pasos resonaban en la cámara del yaciente, eco imparable que parecía sacado de un entierro, de pronto lo noto. Y no fue el único, sin girarse pudo escuchar como Aiden agarraba firmemente la empuñadura de Silencio y estiraba lentamente su pierna rasurado el suelo con la bota. Ninguno hablaba y habían parado, una minúscula brisa confirmaba sus sospechas.

Aguardaron varios minutos, quietos como rocas esperando al momento oportuno, hasta que, de pronto, una bestia se abalanzó desde las alturas en dirección a la retaguardia. Un rápido movimiento hizo voltearse al comandante y parar su estampida con Baruk, Aiden por su lado silbo a Silencio en un arco cercenando a la bestia por la mitad.

Muerta la bestia la sala empezó a mutar, los zarzillos empezaron a zarandearse e intentan golpear a los defensores, chasquidos y arañazos indicaban que más de esas repugnantes bestias se acercaban a gran velocidad. Pero lo peor estaba por llegar, del centro de la sala un gran ojo apareció iluminando la negrura de un color anaranjado, varios más le siguieron mientras la cabeza del Dios Antiguo se alzaba.

La sala destello en un color vio-laceo desde el centro de la misma, ahora veían a través de la mirada y la luz que proyectaba Nzoth en cada rincón ya no necesitaban las antorchas. A su alrededor cultores, bestias, amalgamas y kvirr se arremolinaban y empezaban a atacar al grupo que los repelida entre golpes, estallidos y sangre.

RENUNCIASTE OS AL REGALO DE UN DIOS
OBSTACULIZASTEIS UN DESTINO QUE OS ES IMPOSIBLE CAMBIAR
RECHAZASTEIS MIS DONES, O MIS CAMPEONES
PUES LA SANGRE Y LA MUERTE SERAN VUESTRA RECOMPENSA.

Un rugido inundó la cámara, hueco y descomunal, obligando a varios desdichados a taparse los oídos. Del techo una bestia enorme, que recordaba a Mythrax de la vieja Zuldazar, cayó frente a su amo. Dos grandes tenazas terminaban de sus brazos violetas y decorados con escamas y tentáculos, de su espalda un ojo buscaba su nueva presa mientras a su lado dos garras enormes se abrían a los visitantes, sus pezuñas más grande que un kodo viejo de Nagrand supuraban alguna viscosidad lentamente por casa uno de sus pasos y, por último, su rostro era un único ojo de mirada feroz que terminaba en una boca llena de tentáculos.

PSYCHUS, MI FIEL SIRVIENTE DEVORALOS. NO ME FALLES COMO TUS HERMANOS.

  • Si maestro -contesto lentamente, su voz era ronca y atronadora

Momentáneamente la bestia, Pyshus, quedó en guardia evaluando sus contendientes. Si era por inteligencia o por ver quién era más sabroso le era desconocido en ese instante, pues no dudó en cargar a los poco segundos contra el grupo.

El dh alzó el vuelo y cargo de frente contra la mole frenando la lentamente con sus hijas, al mismo tiempo una salva de azerita empezó a impactar en el costado derecho de la monstruosidad finalizando en un corte del caballero de la muerte. Al mismo tiempo el comandante empezaba a arremeter con las bestias menores que empezaban a rodeados, Valeri rezo momentáneamente para sanar a los defensores de su alrededor y cargo arma en mano siendo rodeada de un aura dorada, Félix giro a Svalin con su muñeca y, tras golpear en el cráneo con Baruk a la última bestia, cargo y golpeó el suelo con el hacha creando un área negra de la que se alzaron picas con runas.

  • Ahora, disparad el aviso. Que entre el primer batallón. 3 salvas división de 360!!

Varios cañoneros siguieron las órdenes del comandante y dispararon unas bengalas al cielo, más bien al techo, dando brillo y forma. Desde la entrada respondieron con un cuerno de batalla.

El segundo tercio de los campeones de Azeroth cargo dentro del caparazón dividiéndose tal y como habían sido indicados. Se esparcieron por la enorme sala mientras aniquilan a cada tentáculo y siervo de los dioses antiguos que llegaban a su alcance. De lejos pudo ver cómo grupos formados por tolvir y terraneos dejaban una defensa en la entrada mientras el resto acompañaba a los campeones, rajani se unieron a este envite con grandes lanzas de guerra acompañados del relámpago y el fuego. Solo una figura parecía fuera de lugar pues se acercaba a toda velocidad ignorando a bestias, aliados, pústulas y cadáveres.

Saludando a mano alzada y con un gran martillo demasiado grande y pesado para su estatura se acercaba al trote un enano férreo. Un klaxxi intento clavar sus dagas en el duro cuerpo del enano sin éxito, pues un puñetazo acabo por reventarle parte del tórax para luego abrirse otra vez tan alegremente.

  • ¡PARDIEZ! Mi había ulvidau de venir cun vusutros. Menudo mamalón toy hoy io, ueno basta di tochuras. ¡Al taju jefe!

Otro cuerno sonó en la lejanía alejando al enano de sus pensamientos, con esfuerzos logro acabar con un ignoto menor y miro hacia la entrada, las 3 divisiones estaban siendo rodeadas por mas corruptos de los que habían pensado no aguantarían mucho mas. Uno de los grupos había roto su defensa y estaba siendo masacrado lentamente. El cuerno resonó y se apago abruptamente.

  • ¡Que entre el ultimo grupo! ¡AVISADLOS YA!. En muro que arrasen desde la entrada.

De nuevo los cañoneros siguieron sus ordenes y lanzaron salvas al cielo, una heráldica les respondió rápidamente. En la entrada, en formación de cuña, el ultimo tercio se unió al combate arrasando con cada soldado o bestia enemiga que se cruzaban, eran un enjambre unido que iba a proteger a sus hermanos de armas. Llegaron hasta el segundo tercio y consiguieron reponerse, divididos en 3 segmentos el segundo tercio y en dos cargas el tercero que despejaban el camino de salida y las zonas intermedias, la heráldica sonó una única vez seguida de un cuerno de batalla.

Su atención pronto se tuvo que dirigir a otros menesteres, Psychus arremetía con sus pinzas a los defensores, un mazo que aplastaba y destrozaba el suelo antiguo de nyalotha, apenas tenia algún rasguño pese a los esfuerzos de los defensores. Un hálito de sanación llego a sus carnes por parte del chaman “moki”, o ese creía que era su nombre, y cargo contra la descomunal bestia. Pero ella tenia otros planes.

Vomito en su dirección una bilis morada corrosiva que a duras pena logro esquivar, detrás suya enemigos y aliados no habían tenido la misma suerte y ahora caían desmenuzándose entre carne y hueso en una asquerosa escena, al girar la cabeza la mole fijaba su mirada en la entrada.

  • No, contra ellos no. ¡Detenedlo se acerca a la entrada que no salga!

Psychus ignoraba su entorno, solo veía bocaditos sabrosos revoloteando entre unas moscas molestas a su alrededor, por lo que cargo ante tan delicioso apetitivo. del empujón mando volando al cazador de Demonios así como al caballero de la muerte, aplastando ignotos, campeones y pústulas llegando al frente. Los defensores como una única mente, fueron lo mas pronto posible hasta su posición por el rastro de cadáveres que había dejado pero ya era tarde, se estaba dando un festín de carne, gritos y huesos.

La bestia atacó sin compasión, el frente se disperso bajo sus pies y el que no fue aplastado fue agarrado por sus tentáculos para ser próximamente alimento de sus entrañas. Era una bestia en frenesí, no pensaba solo seguía un instinto asesino por lo que consideraba presas débiles e indefensas. Las tropas se replegaban y huían de pavor ante la descomunal mole, ¿Cómo podían enfrentarse antes semejante impotencia descomunal.

La mitas del grupo del comandante llego, el resto seguía luchando firmemente intentando aliviar la carga del resto de batallones y llegando al frente con Nzoth, escuchaba como los disparos, el crujir de Silencio o los rezos llegaban desde la lejanía. Tenia que centrarse, bloqueo un ataque de un ignoto menos con su escudo y lo empujo a los pies del mastodonte hasta hacerse un rico puré.

Bestia o no ignoraba a sus hermanos, solo ansiaba comer, alimentarse y servir a su amo. podían usarlo a su favor, pero como siempre habría un riesgo, no quedaban muchas opciones ni tiempo para meditarlas así que decidió arriesgarse.

  • Replegaos, formad una cuña tras de mi, a mi señal cargar dirección a Nzoth ¡ME OIS, REPLEGAOS NO OS QUEDEIS AHI QUE NO SALGA LA MOLE!

Con dificultad poco a poco el escuadrón tomo forma y fue avanzando lentamente hacia su posición, no se fijaba en quien llegaba solo en la mole tenia que captar su atención. Aldana gruñía a su lado, sus manos ahora convertidas en garras de ¿oso? ¿lobo?, mejor no pensarlo, estaban en posición de ataque de no ser por la inminente mole destructora devora hombres sentiría algo de miedo por su parte.

  • Aldana -esta giro su cabeza en su dirección, quería sangre mejor no cabrearla- necesito que esa bestia nos persiga y creo… que eres la más indicada. Te seguiré por detrás.

Un colmillo se alzo en su mejilla como respuesta y cargo contra Psychus como una bola de furia, de verdad rezaba porque no cambiasen de bando, la siguió a la desesperada hacia la muerte. Detrás la cuña inversa avanzaba hacia el Dios Antiguo dejando un espacio libre de enemigos. Para cuando consiguió llegar Aldana estaba cortando y escalando una de sus extremidades inferiores a base de garra, diente y furia.

Por su parte acumulo energía en su arma y lanzo el escudo con un haz brillante que, poco a poco, iba aumentando de tamaño hasta golpear su rostro. Uno de los tentáculos de su boca sufrió el impacto y cayo al suelo arrancado por el taque, en ese momento una flecha de brillantes colores y forma nunca vista surco el cielo dando en el ojo de la bestia.

  • GRAAAAHHHH

Su grito retumbo por la sala, estridente y de un tono ascendente que obligo a todos los presentes a agacharse. Pústulas y tentáculos explotaron a su alrededor, Aldana se agarraba con todas sus fuerzas en su espalda soportando la reverberación del propio cuerpo de la mola. De pronto, con un suspiro y un ojo sangrando, la bestia se giro hacia ellos.

  • Amarga comida, retorcida y peleona. Devorada debes ser por el bien del maestro.

Giro lentamente sobre lo que suponía que eran los talones y miro fijamente a la cuña que avanzaba a su maestro, paso a paso busco a su nueva presa. su espalda ya sangraba entre bilis, pus y sangre morada, su ojo ahora perdido chorreaba líquidos, que no podía describir, por su rostro y el suelo llegando a quemar a un goblin que se había retrasado. De él salía la propia corrosión y corrupción de Nyalotha.

Más tropas se unieron al ataque, hechizos, flechas, balas bailaron por el cielo de la ciudad dormida hiriendo al monstruo que los perseguía, corriendo como podía el comandante salto a una de sus patas clavando a Baruk y Svalin para escalar mínimamente. La mole caminaba y lentamente alcanzaba a los defensores, las primeras filas se desviaban y empezaban a disgregarse, al igual que los ataques se volvían erráticos pese a las heridas que tenia Psychus. Fue, por ese momento concreto, cuando alzando a Svalin a lo alto y cargando de luz su arma dio un tajo profundo en la pierna de la bestia, a la altura de lo que consideraba su ¿gemelo? o pantorrilla, al mismo tiempo otra flecha de energía pura impacto en el pecho de la mola y Aldana, cubierta de sangre y vísceras cortaba tajos con una forma animal que no había visto en un druida.

  • GRAAAAAAAAAAAHHHH

Un nuevo grito reverberó en la cámara, Psychus se revolvía y agitaba sus brazos golpeando techo, ignotos y suelo por igual. Al final empezó a caer, con sus inquilinos colgando y sujetándose como podían, hasta desplomarse como una montaña contra el suelo pero vivo. Oían su respiración, concretamente es lo único que empezó a resonar en la cámara pues el Silencio la invadió en un solo momento salvo por el repiqueteo de armas y sonidos de combate.

¡¡¡BASTA!!! NECIOS INEPTOS, BUSCAIS UNA SALVACION ERRONEA DICTADA POR UNOS SERES MUERTOS EN EL ORDEN. MI REGALO LO RECHAZAIS COMO SI FUE DAÑINO, UNA BURDA MENTIRA QUE CREEIS POR EL EMOSARIO DE DIAMANTE DE LA DORMIDA EN LETARGO. VEZ PUES, HIJOS ADOPTIVOS MIOS, LO QUE YO OS PUEDO OFRECER.

Su mente se rompió en un estallido de dolor, cayo de rodillas al suelo sujetándose la frente con las manos mientras sus armas caían al suelo. Su voz, volvía a clavar cada silaba en su profundamente con mentiras, promesas, ofertas y tratos vacíos que solo eran meras falacias de la boca de un embustero. Su capa brillo con intensidad, mientras luchaba contra los susurros y gritaba de dolor pero, limpiando y contraatacando dentro de su propia mente frente a las verdad entre mentiras que era su oferta consiguió romper su vinculo. Al alzarse vio que no fue el único afectado, por toda la sala capas brillaban por doquier, el dios antiguo buscaba romper las mentes y unirlos a la fuerza a su causa, su voz siempre presente iría arrancando la cordura de mas de uno. Recogió su armas y, con las fuerzas que reunió en ese momento, grito a la cámara.

  • ¡Alzaos pues hijos de Azeroth! ¡No os rindáis, luchad contra lo que os ofrece contra las mentiras de un Dios ya muerto en sentencia! -Los primeros campeones negros se alzaban, no tenia tiempo- ¡Detened a los que se alcen, que recuperen la cordura! ¡Están perdidos en un vacío que les traiciona! Y -añadió entre susurros- esperemos que no sea demasiado tarde para ellos.

Tristemente más soldados se habían alzados y otros aun no se reponían del dolor de su mente, vio como una draenei chillaba de ira y dolor para desesperación de un compatriota de la luz suyo, vio como las capas y las egidas brillaban con mas intensidad y los primeros reconvertidos atacaban y mataban a sus propios compañeros, vio como aturdían y encadenaban a uno de los alzados con miradas asustadas y de desconcierto, vio que el miedo y el terror había llegado hasta sus corazones.

Y TU, HIJO DESMERECIDO E INGRATO. PSYCHUS DEJASTE QUE TU PROPIA HAMBRE CEGARA TUS PENSAMIENTOS, GLOTONERIA Y EGOISMO HAN SIDO TUS ARTIMAÑAS EN ESTA PRONTA GUERRA.
NO TEMAS, PUES AHORA ME SERVIRAS EN LA MUERTE JUNTO A TUS HERMANOS

La mandíbula que tenia por cráneo se abrió y los ojos de la bestia brillaron. De el un torrente de vacío salió disparado al lugar donde yacía Psychus, gritos y guturales inundaron la cámara mientras su propia carne ardía y se desintegraba, su “hijo” ahora era inútil a sus servicios así que lo utilizaría costase su vida o no. La forma del gigante se perdía, trozos de carne candente caían al suelo mientras se revolvía y gritaba de un dolor inigualable, brazos y rostro cada vez eran menos identificables, empequeñeciendo su forma y figura hasta reducirla a la nada de donde había sido invocado. Al final el reyo paro y, entre humo y fuego negro, los restos de Psychus apestaban a carne quemada en el lugar donde había caído ante los defensores. Pero no termino ahí, NZoth había acumulado energías, una esfera morada y negra se alzaba dentro de las fauces de su rostro y, en sumo silencio, las envió al cielo de la cámara.

SEA PUES LA ULTIMA ESPERANZA DE ESTE MUNDO DESTRUIDA

Una explosión sacudió los cielos de la cámara, grietas blancas y doradas aparecieron en el cielo mientras manaba aun más energía del Dios Antiguo, retumbaban paredes y suelos por igual. Trozos volaron por el cielo quedándose flotando al rededor, de su interior una voces y sonidos de alarma empezaron a llegar, poco a poco una cámara brillante solo rota por las luces de emergencia rojas brotaba de cada esquirla que desaparecía del techo de la cámara. Al final la propia cámara del corazón, núcleo de nuestro mundo, apareció para el horror de todos, aun en la lejanía podía distinguir la figura de M.A.D.R.E y Magni luchando contra algo y solicitando refuerzos. No tardo mucho en sonar su voz por mediación de los collares que habían repartido, su voz sonó grave y preocupante.

  • CAMPEONES, AZEROTH OS NECESITA UNA VEZ MÁS PESE A ESTAR EN UNA NECESIDAD MAYOR. ¡N’ZOTH ATACA LAS INSTALACIONES, EL CORAZON DE NUESTRA MADRE AZEROTH…
  • PROTOCOLO DE EXTERMINIO NECESARIO -interrumpió la voz mecánica de M.A.D.R.E
  • POR INVASORES Y HEROES. AYUDAD AL NUCLEO DE NUESTRO MUNDO O TODO ESTARA ¡¡¡ ¡¡¡P E R D I D O!!! !!!

No había tiempo, agarro sus armas y, aun sin recomponerse toda la sala, corrió dirección a uno de los frentes que seguía medianamente intacto.

  • ¡Capitán! ¡Preparaos no debemos dejar que caiga la cámara! ¡Dad la alerta! y Magni -dijo dirigiéndose a su collar- ¡A MI SEÑAL QUE M.A.D.R.E ACTIVE EL PROTOCOLO DE TELETRANSPORTE DEL SECTOR 3! ¡A TODOS SIN DISTINCION NO TENEMOS TIEMPO!
  • AZEROTH OS NECESITA HEROES LA CAMARA ESTA EN
  • ¡¡¡ ¡¡¡ ¡¡¡MAGNI CALLATE QUE LO HAGAIS, M.A.D.R.E SI HACE FALTA ACTIVALO TU NO TENEMOS TIEMPO!!! !!! !!!
  • Protocolo activo y listo, 50 segundos para establecer contacto.
  • Ya lo habéis oído, preparaos volvéis a Silithus por correo urgente.
  • ¡Si comandante! ¡YA HABEIS OIDO NOS VAMOS!

No pudo centrarse mucho en sus rostros, aun seguían combatiendo contra enemigos y aliados por igual, esos preciados segundos sirvieron para prepararse contra el viaje que se avecinaba. Vio como entre los integrantes estaban los draeneis que tanto sufrían antes, ahora juntos, además presente estaban más héroes, gente de armas extrañas que luchaban junto a un cazador y un compañero felino, un orco y enano que se chillaban e insultaban y un pícaro que asesinaba en las sombras a cada enemigo sin dilación entre movimientos ligeros y una mirada feroz. En un parpadeo, y con un ligero brillo, desaparecieron en frente suya. Era lo único que podían hacer.

El cielo destello y aparecieron en la cámara cortando y asesinando a las tropas de N’zoth por igual, el tiempo les era crucial y ahora les había asegurado un futuro al núcleo del mundo.

Con el corazón siendo asegurado quedaba la ciudad durmiente por delante, volvió como pudo al frente, o a lo que se suponía que era, combatiendo las hordas incesantes del dios antiguo. Poco a poco iban ganando terreno y la dorada luz de la cámara, pese a ser un claro inicio de lo que podría ser el final, se convirtió en un faro que iluminaba la cámara del durmiente. Cielo y tierra combatían en arduos enfrentamientos, bestias que eran atravesadas por las hachas de un aliado o enloquecidos que cargaban contra sus propios camaradas antes de caer muertos. una abominación salto con sus fauces abiertas sobre su rostro pero consiguió pararla con su escudo para acabar con su hacha clavada en su cráneo.

Lentamente el dios antiguo se veía rodeado de enemigos, las tropas menguaban y pronto sus pesquisas mentales no serian mas que mero contratiempos. Las mentes de los defensores se fortalecían junto a las brillantes egidas y sin Psychus estaba desprotegido. peor no perdido.

Un grito apabullante, terrorífico y desgarrador, pero no fue el único. A su alrededor distintos focos corroídos y espesos aparecían por el suelo, viscosidades y burbujas salían de sus propias entrañas pero lo peor era la desgracia que provocaban. Un desgraciado enano, encima de esas áreas negruzcas, ardía y gritaba de puro dolor, su cuerpo incinerado entre llamas se desintegraba en cenizas. Sus músculos se desgarraban y la piel se desprendía a tiras pequeñas rápidamente, en meros segundos la carne dejo paso al hueso y la voz a los gorgojeos incomprensibles, todo esto ante la mirada aterrorizada de la gente a su alrededor, apartándose a pasos lentos del área que iba creciendo.

Las zonas se multiplicaban obligando a caminar en círculos mientras esquivaban tanto enemigos como la podredumbre, lo único bueno es que afectaba tanto a los enemigos como a ellos mismos, cosa que podían usar en su favor. Un humano de blanca armadura empujo con su mandoble a un kvitrr a una de las zonas y este empezó a arder, sin embargo un ignoto consiguió agarrarle por la retaguardia retorciendo su cuerpo hasta perder las extremidades entre crujidos y sangre chorreante. La venganza llego en forma de andanadas de hechizo de fuego y hielo que atravesaron al gigante hasta la muerte. Otro caído que cargar a sus espaldas.

Tras lo que parecieron horas los soldados menguaron en numero y por fin llegaron a las carnes del mastodonte de las mentiras, sus ojos viraban de dirección mirando a cada soldado que llegaba a sus carnes cortando y desmenuzando su propio cuerpo. Los tentáculos cortados se apelotonaban por el suelo de la cámara y los últimos defensores de su amo caían entre sangre, espadas, magia y flechas. El suelo retumbo cuando el cuerpo del Dios Antiguo miro hacia el techo, la cámara estaba siendo defendida, apenas contenía a los defensores de la misma e incluso caían del cielo antes de entrar por el portal. En un instante, noto como la mirada, los ojos anaranjados de la bestia, miraban fijamente con desprecio ante su “campeón caído”, un parpadeo y dejo de notar la presencia.

La cámara volvió a retumbar y escombros cayeron desde las alturas.

DESTINADOS A UN FIN ATROZ. ENTRAIS EN LA CIUDAD DURMIENTE, DESTROZAIS A MIS HUESTES, NEGAIS EL REGALO MARAVILLOSO QUE OS OFREZCO Y AUN ASI, AUN ESTANDO FRENTE A UN DIOS QUE PUEDE DAROS LO QUE DESEAIS Y NI SIQUIERA LOGRAIS CAPTAR, INSIGNIFICANTES MENTES DE LOS HIJOS DE LOS USURPADORES, LO QUE EN VERDAD DEBERIAIS TENER.

CASTIGADOS, ASESINADOS ENTRE DOLOR Y SUFRIMIENTO SERA VUESTRO CASTIGO MAYOR. NEGADOS A UND ESTINO DE GLORIA CAEREIS EN LA DESHONRA Y SUPLICAREIS UNA CLEMENCIA QUE NO LLEGARA A DESTINO ALGUNO. CAEREIS ANTE UN DOLOR INTOLERABLE PARA VUESTROS INSIGNIFICANTES CUERPOS, DAROS LA VERDAD NO FUE SUFICIENTE ASI QUE APRENDEREIS… SI APRENDEREIS Y CLAMAREIS LA AYUDA NEGADA DE VUESTROS DIOSES Y OS LA NEGARAN. DESCUBRIREIS UN TORMENTO QUE NI ES VUESTRAS MAYORES PESADILLAS PUDISTEIS CONCEBIR EN UNA NOCHE PERENNE.

Bultos empezaron a desprenderse el cuerpo de N’zoth, gigantescas protuberancias que se expulsaban del mismo cuerpo escupiendo bilis y carne muerta, cayendo al suelo y escurriéndose por el rostro de N’zoth ignorando, aparentemente, si existencia. Con un plop las protuberancias amorfas terminaron de salir, se expandieron y retorcieron por la zona hasta que un ojo naranja y brillante se encontró en el centro, la carne se incrusto en el suelo echando profundas raíces como si de un árbol se tratase, resquebrajando suelo y salpicando con gravilla y pedruscos. Los ojos miraron a su alrededor, vislumbrando a los defensores y la cámara como si nunca la hubiesen visto, fijaros su vista en los defensores y retorcieron su iris en un gesto de ira.

Gag vwah gag yyqzz ez hoz shAth’yar plahf

Energías empezaron a arremolinarse alrededor de cada uno de los nuevos ojos de N’zoth y de la gran mirada pe-netrante del propio pulpo, virutas moradas se arrejuntaban es una esfera diminuta que lentamente iba creciendo a cada segundo. No se lo pensó dos veces.

  • ¡Retirada!, ¡Poneos a cubierto!

La mayoría de campeones siguió las ordenes retirándose a los restos de los tentáculos o creando defensas mágicas con las fuerzas que les quedaban. Pequeñas cúpulas de colores dorados, rosas, azules empezaron a emerger por la cámara mientras aguardaban en su interior los cansados contrincantes del Dios antiguo. A su alrededor una cúpula dorada empezó a rodearlo, giro la cabeza un poco y vio un grupo variopinto, una sacerdotisa junto a Valerie parecía estar formando la cúpula. Por su parte, se dirigió a la parte más cercana al ojo, acumulando energías en el escudo como podía para reforzar esa parte y aguantar en caso de perder la defensa.

De pronto, se hizo el silencio en la cámara solo roto por el entrechocar de las armaduras y las respiraciones de los supervivientes. Un trueno resonó haciendo temblar la cámara, las esferas que había acumulado el Dios antiguo explotaron con un fogonazo, un haz negruzco se extendió en las 4 direcciones arrollando y destrozando a su paso. De los 4 uno dio de lleno en la cúpula en la que estaba, sin pensárselo clavo a Baruk en el suelo y reforzó con luz brillante, dividida con forma hexagonal, la cúpula. Notaba la presión que recaía sobre la misma.

A su alrededor conseguía vislumbrar, lo que le permitía la posición y el esfuerzo, como otras cúpulas sufrían el mismo impacto algunas resquebrajándose lentamente por el imparto. En otros lugares, los tentáculos empezaban a quemarse, dejando perdidos a los pobres desgraciados que se resguardaban tras sus restos. La primera grieta, blanca y fina, apareció en su cúpula los rezos sonaron más fuertes a su espalda intentando reforzarla pero no tenían suficientes fuerzas. Otro guerrero se unió a su lado con un escudo gris de gran tamaño decorado con púas, e incluso el único chaman de su grupo intentaba sanar y revitalizar a todos. Todo por evitar la condenación.

Con el tiempo los mismos rayos bajaban su intensidad, cesaban en su empeño y fuerza desinfladose lentamente. Dejando atrás un caudal tormentoso a un rio manso terminando por cesar, cuando el desconcierto se levanto vieron que los ojos de N’ztoh estaban cerrados así como sus tumores. Un hueco por el que atacar.

No tardaron los primeros desesperados en cargar contra los laterales, cercenando y calcinando los cerrados ojos individuales del Dios de la profundidades, sin embargo este no dormía solo recuperaba fuerzas seguía intentando pe-netrar en las mentes de cada individuo a su alrededor. Podía sentir el miedo y el temblor en sus brazos, reconocía esa sensación que le había llevado a un oscuro lugar no hacia tanto pero no se amedranto. Se levanto del suelo mientras la cúpula dorada desaparecía a su alrededor y, junto al orco, cargo contra el ojo más cercano.

Bajo el ojo unas raíces habían agrietado el suelo, más parecidas a un árbol antiguo, se aferraban a las profundidades de la tierra para ganar fuerza y robustez. Svalin oscilaba dando tajos al “tronco” del ojo, intentando por todos los medios separarlo de las raíces y cortar carne lo más rápido posible mientras el gigante descansaba y recuperaba fuerzas. Las sangre morada y negra se esparcía por todas las direcciones, haciendo una lluvia negra alrededor de cada tumor. Al final unos gritos en la lejanía, donde un fuego azul se alzaba brillante, avisaron del primer tumor arrancado.

El suelo tembló

¡Ak’agthshi ma uhnish, ak’uq shg’cul vwahuhn! ¡H’iwn iggksh Phquathi gag OOU KAAXTH SHUUL!
En’othk uulg’shuul. Mh’za uulwi skshgn kar
Gul’kafh an’qov N’Zoth
¡Kulaq w’ajj, hwa-ksh brraglac!

Con un chasquido N’zoth abrió sus ojos de nuevo mirando a las pequeñas hormigas que eran sus contrincantes, la cámara reverberó un grito del dios antiguo que obligo a retroceder unos pasos a todo el mundo. Un nuevo ojo enraizó donde su gemelo abriendo furiosamente, o así lo parecía, su único parpado con las venas hinchadas y la pupila estirada verticalmente. De nuevo energías se acumularon delante del iris de cada uno de los lados del dios Antiguos, sin embargo no fue lo único.

El suelo alrededor de la bestia se empezó a teñir de morado, no burbujeante ni viscoso como hasta ahora sino como si tiñese el suelo de un nuevo color, textura escamada y vivo. Avanzaba poco a poco pero estaba claro que no iban a acercarse y arriesgarse, repitiendo la táctica los grupos se replegaron y emergieron las cúpulas pero no servirían como protección para el suelo corrupto. Fue en ese momento, rompiendo el aire, cuando un grito paso a su lado.

A su izquierda, el orco con el que había colaborado se había arrodillado y temblaba, se acerco para ayudarle pero su piel se torno morada, su armas cambiaron y apéndices aparecieron a su alrededor. Lentamente se levanto susurrando palabras que no comprendía, se alzo como un autómata y le miro a los ojos, ahora sus pupilas eran un único mar morado que no discernían donde estaba mirando. Sin previo aviso empezó a andar camino al Dios antiguo, lentamente con un paso firme y constante, y no fue el único.

No luchaban contra los demás, tampoco se detenían pese a intentar retenerlos o atraparlos únicamente balbuceaban y andaban hacia el Dios antiguo. Sin embargo, no podían retrasarse cada vez más energía se acumulaba en las pupilas, la corrupción del suelo avanzaba y sus mentes sufrían a las amenazas de N’zoth. Las cúpulas se alzaron de nuevo justo a tiempo cuando los rayos explotaron en la sala, mas débiles que los primeros pero igual de mortales excepto para los convertidos los cuales atravesaban su energía como si fuese mera agua. Paso a paso las cúpulas se retrasaban como pequeñas tortugas, parándose únicamente cuando el rayo se cernía sobre ellos, los muros de la cámara cada vez estaban mas cercanos, gente abandonaba las cúpulas y unos pocos insensatos se lanzaban contra el pulpo para caer en la corrupción que acababa convirtiéndolos.

RESISTIS POR UN ORGULLO SIN MOTIVO, CADA SEGUNDO NUEVOS HIJOS E HIJAS SE SUMAN A MIS FILAS. EL FIN OS LLEGA EN FORMA DE MUERTE O SERVIDUMBRE, PERO OS NEGAIS CON UNA VACUA ESPERANZA MUNDANA, ERRONEA POR VUESTROS DIOSES Y TRAIDORES, QUE EN VERDAD DEBERIA ESTAR ENFOCADA EN UN FUTURO PERFECTO, ARMONIOSO Y DIVIMO. MI FUTURO
VUESTRO TIEMPO SE HA AGOTADO, VUESTRA CARNE TORNA MUERTA CONVERTIDA EN CENIZAS, VUESTRO MUNDO AHORA SERA MIO, VUESTRA ESPERANZA SE TORNARA EN TORMENTO, VUESTRAS MENTES SON MIAS. ¿ACASO NO COMPRENDEIS, SIMPLES SERES INFERIOES Y MORTALES, LA GRANDEZA QUE PRESENCIAIS ANTE VUESTROS INEXPERTOS OJOS?
SOLO SIRVIENDO AL DORMIDO SOBREVIVIREIS PARA VER ESTE MUNDO RECONSTRUIDO EN GLORIOSA FORMA.

Paso a paso iban retrocediendo hacia las paredes, golpeando con la suela gravilla y rocas desprendidas que se movían al arrastrar los pies lentamente. La salida se había derrumbado, debían buscar una vía de escape, una forma de contraatacar, su mente se debatía entre las imágenes y promesas viejas de N’zoth y formas de luchar contra algo imposible. Una cúpula reventó frente a un rayo de uno de los iris, no quedó nada en su interior, dejando más desesperanzados a sus pensamientos. Uno a uno iban cayendo en las promesas, perdiéndose en la lejanía como esclavos atados a sus cadenas, el resto estábamos apelotonados, indefensos en las paredes sin salida. Los rostros a su alrededor se desencajaban, junto a unas miradas que veían un final sin salida, la corrupción estaba ya cerca, unos pocos centímetros, las voces se hacían insoportables, creía escuchar gritos y llamadas pero solo podía escuchar al corruptor.

VUESTRO MUNDO… ES MÍO

Cada segundo se volvió un tormento, recordó las fugaces imágenes de su combate contra Aiden la caída de Lunargenta, el rosto de Saldienne y el de Nissela, no podía concentrarse ni en el sonido del rayo chocando contra la protección que frenaba su muerte. Apenas entendía las palabras, cayo de rodillas agarrándose la cabeza con una mano intentando frenar el dolor, quería rendirse pero conocía sus mentiras, debía frenar a N’zoth.

A TRAVES DE VUESTRA CARNE, EL IMPERIO NEGRO RENACE

Los rayos frenaron en su ataque, la corrupción yacía bajo sus pies engañando a los últimos vestigios de la defensa de Azeroth. Apenas unos pocos resistíamos a su poder y nos veíamos superados por un tormento mayor e inimaginable, algunos se arrastraban intentando alcanzar al corruptor, seguir luchando por la tierra que defendíamos, el tañido de una guadaña clavándose en el suelo llego a sus oído, pero parecía lejana, débil, lenta.

  • ¡No escuchéis sus mentiras! ¡No le pertenecéis! -la voz de Magni se extendió por la cámara, con voz grave habitual pero en un tono preocupado. estaban perdiendo- ¡Sois de la propia sangre de Azeroth! ¡Su fuerza… es vuestra fuerza!

Sus piernas no se movían, sus armas estaban tiradas al suelo, el sudor le recorría el rostro y las lagrimas brotaban mientras su mente se rompía en pequeños pedazos diminutos. No lo soportaría más, volvería a ganar, a corromperlo como antes, a negarle la libertad bajo unos deseos engañosos que le encadenarían eternamente. Fue entonces cuando la sala se ilumino, una luz brillante dorada y azulada aunque no conseguía ubicar su procedencia, su cabeza seguía atrapada y apenas atisbaba si era otra ilusión o la realidad pero tras una vibración en la cámara un rayo atravesó a N’zoth.

La cámara empezó a desmenuzarse, grietas y cascotes empezaron a caer pero desaparecían apenas se soltaban, rajas anaranjadas aparecieron por todos lados, la luz se intensifico envolviendo a N’zoth en brillantes colores mientras un silencio atroz atrapo toda la estancia. Su mente empezó a liberarse, sus extremidades recuperaron su flexibilidad y libertad y la corrupción desaparecía lentamente. El rayo cada vez gano mas intensidad, expandiéndose rápidamente por todos lados.

Al poco tiempo lo único que recordaba era la luz, blanca, azul y dorada. Y su realidad estallo, solo había luz.

FIN

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Epílogo

Una descarga de dolor en el costado despertó a Saldienne, no podía moverse ni abrir los ojos pero al menos recupero la consciencia. Su mente daba vueltas con las ultimas imágenes, pequeños destellos sin orden ni sentido, recordaba estar en el hogar del maestro, Nyalotha la ciudad durmiente. Otra punzada de dolor la sumió en la inconsciencia.

Su mente volvió a funcionar, ¿Cuánto había pasado? Bueno, tampoco importaba su cuerpo no respondía no iba a irse a ninguna parte. Intento ordenar sus pensamientos, estaba frente al caparazón de su señor, su campeón, su trabajo, enfrentaba fieramente a los defensores pero… ¿Qué había pasado y como había terminado ahí? un enano había cargado a su posición maza en ristre, recordaba el golpe de la maza y su impulso.

Intento mover su cuerpo, seguía sin poder abrir los ojos pero pies y manos empezaban a responder, notaba frio y el suelo se desmenuzaba al tacto, la mano se cerraba congelando su palma. Nieve. Brazos y piernas recobraron la vida, aunque entre meros temblores y espasmos.

Vio como la luz le avasallaba, entre destellos y sombras la lucha se alargo por el caparazón. Mientras su campeón quebraba y esquivaba los daños de su oponente, pero no perdería fue su elección y su destino elaborado a sus manos.

Abrió los ojos, la nieve le cubría la mitad del rostro, el cielo estrellado le indico que era de noche pero no reconocía el lugar. Montañas bordeaban alrededor de la zona, hielo se veía en la lejanía y el viento arrastraba la nieve por todo el lugar dejando caer los copos, casi afilados, clavándose en la tierra. Y lo recordó.

Recordó ver como caía su elegido, recordó el dolor y verse acorralada, recordó como llamo a una falla en el ultimo momento que freno un golpe mortal, recordó el silencio de su maestro. Habían perdido, el comandante, que tanto esfuerzo le costo entregar a su maestro, caía rendido en el suelo frente a los defensores. Llamó a gritos en su mente a su maestro, algo, un atisbo de vida, una señal, pero solo obtuvo silencio. Era imposible, no podían haberlo conseguido.

Lentamente consiguió levantarse, su traje estaba rasgado y la sangre le escurría por un costado por una herida mal cerrada, al menos el frio contendría la hemorragia. ÉL, maldito elfo incompetente, no consiguió frenarlos y ahora si maestro yacía… ERA IMPOSIBLE. Pero era perfecto, consiguió engañarlo, llegar a robarle el corazón, reparárselo, adueñárselo para si…

¡NO! ¡Era perfecto! ¿Acaso no era suficiente para su maestro? ¿No había dado todo por el? ¿les abandono? ¿No le protegió pese a todas sus cualidades? ¿No recibiría su justa recompensa?

Sin embargo había algo que no comprendía, porque no había funcionado, que salió mal. ¿Sera que su “juguete” estaba roto? Pero lo había elegido sin fallos, no podía salir mal. Él no le defraudaría así, estaba dispuesto y a su plena disposición. No podía quedarse ahí, se envolvió con energías del vacío, freno sus heridas y recreo su vestido junto a un abrigo.

Necesitaba respuestas y solo una persona las tenia si es que seguía con vida. Y esperaba que así fuese, no quería perderlo, no a su campeón.

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